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miércoles, enero 06, 2010

Por las promesas incumplidas: "El genio del anónimo" (Rodolfo Walsh)

Véase: Por las promesas incumplidas: "Dos mil quinientos años de literatura policial" (Rodolfo Walsh)
Por las promesas incumplidas: "¡Vuelve Sherlock Holmes! (La resurrección literaria más sensacional del siglo)" (Rodolfo Walsh)
Por las promesas incumplidas: "Un estremecimiento, por favor. (En torno al cuento fantástico y de suspenso)" (Rodolfo Walsh)

El genio del anónimo (Rodolfo Walsh)

Si se afirma que la más larga y enconada batalla periodística de todos los tiempos fue librada por casi toda Inglaterra contra un fantasma, apenas se exagera. Y si se añade que esa batalla fue ganada con todos los honores por el fantasma, se está en los justos términos de la verdad. En efecto, no hay calificativo que cuadre tan bien como el de fantasmal al ignorado personaje que durante tres años, al finalizar el siglo XVIII, tuvo en jaque a la nobleza y al gobierno británicos. Que esos acontecimientos, esos ataques despiadados contra los lores y pares del reino, contra las instituciones, contra el mismo rey, hayan tenido lugar en Inglaterra, tan celosa amante de venerables tradiciones, no hace sino añadir un toque de delicada ironía al escandaloso asunto. En verdad, la historia que vamos a referir constituye una de las burlas más colosales de todos los tiempos.
Todo empezó cuando en el Public Advertiser, periódico popular de la época, editado por Woodfall, apareció una carta firmada por un tal "Junius", donde se arremetía impávidamente contra los personajes más encumbrados del país. Literalmente, esa carta no dejaba títere con cabeza. Sin embargo, pudo pasar inadvertida. Las protestas de los lectores a propósito de cualquier cosa constituyen, aun en la actualidad, la salsa cotidiana del periodismo inglés. "Enviar una carta al Times" es una frase hecha. Pero quiso la suerte que sir William Draper, espejo de caballeros ingleses, leyera la invectiva y en ella viese despellejado a lord Granby. Si sir William se hubiese callado la boca, quizá "Junius" habría muerto al nacer, y la literatura política inglesa habría perdido un clásico. Pero sir William no se calló. Siguiendo los dictados de la amistad, replicó al periódico de Woodfall, defendiendo valerosamente a lord Granby. Fue el minuto fatal.
La respuesta de "Junius" no se hizo esperar. Pero esta vez el desollado fue el propio sir William, concienzudamente desollado por espacio de varios meses, a pesar de sus ineficaces tentativas de devolver los golpes. Sir William, por cierto, no era nuevo en lides políticas. Tampoco era inhábil. Pero ya en esta primera escaramuza se hizo evidente que estaba ante un genio de la invectiva, quien gozaba, por añadidura, de una inconmensurable ventaja: permanecer ignorado e inidentificable mientras él, a juzgar por todos los indicios, conocía al dedillo la vida política y aun íntima de sus sucesivos rivales. "Junius" podía acusar públicamente a cualquiera de sus víctimas de cultivar una excesiva amistad con la botella, de apalear a su mujer o de tener un lunar en la nariz —supuesto que así fuese—, pero, ¿quién podía retribuirle? "Junius" era un hombre sin cara, un hombre sin historia y, por lo tanto, sin fallas ni vicios (salvo su pequeño entretenimiento), de quien se ignoraba todo.
¿Realmente se ignoraba todo? No es lícito pensar que los hombres que en aquella época llevaban al imperio británico a su máximo esplendor tuviesen una pizca de tontos. Bien pronto comprendieron algo elemental, pero al mismo tiempo aterrador, Junius era uno de ellos. Sólo así podía estar tan minuciosamente enterado de los entretelones políticos, de las intrigas palaciegas, de todos los trapos que implacablemente sacaba al sol —es un decir— de aquella capital de las brumas. Sólo así podía rechazar con un gesto de altivez los derechos de autor que le correspondían por sus escritos, indicando así que sus fines no eran mercenarios sino cívicos o, por lo menos, desinteresados. "Estoy muy por encima de todo interés pecuniario", escribió a Woodfall. Y el tono de aristocracia y altivez que impera en sus cartas no deja lugar a dudas sobre eso.
Entretanto, "Junius" seguía cortando cabezas. Blackstone, el duque de Grafton, lord Mansfield fueron sus próximas víctimas. Se empezaba a temer lo peor. Y, en efecto, lo peor no tardó en ocurrir. "Junius" dirigió su artillería contra el rey. En la más célebre de sus cartas, que provoca un resonante proceso contra Woodfall, lo acusa de favoritismo y de parcialidad, de estar dominado por sus ministros, de permitir la injusticia, y termina aconsejándole paternalmente que obre sin consultar a sus colaboradores inmediatos. "Deje a un lado la miserable pompa de un rey", clama Junius, "y hable a sus súbditos con el espíritu de un hombre y las palabras de un caballero. Confiese que ha sido fatalmente engañado".
La conmoción fue indescriptible. Hace un siglo y medio éstas no eran las palabras más habituales para dirigirse al monarca inglés. Hubo varias sesiones del Parlamento en las que no se habló sino de Junius en los más diversos tonos: desde la cólera hasta la fingida y burlona reprobación.
— ¿Cómo es que este Junius escapa a las redes de la justicia? —preguntaba socarronamente en la Cámara el célebre orador y político Burke—. Hace mucho tiempo que lo persiguen los esbirros de la corte. Sin embargo, este jabalí de los bosques arremete contra todos. El rey, los lores, los comunes, son el juguete de su furia...
La primera carta estaba fechada el 21 de enero de 1769. La última, el 21 de enero de 1772. Es decir que el reinado de Junius duró exactamente tres años. Y resulta sorprendente, en efecto, que en plazo tan dilatado no haya sido posible atraparlo ni averiguar más datos que los que él voluntariamente suministraba.
Sus víctimas le tendieron innumerables trampas. Todas fracasaron. Un instinto infalible parecía guiar al desconocido francotirador. Woodfall fue procesado, y desde luego, interrogado infinitas veces. Pero nada pudo o quiso decir. Quizá él mismo no sabía nada. Lo cierto es que el leal periodista siguió siempre estrictamente las instrucciones de Junius. Se cree que éste no llevaba personalmente sus cartas al diario, sino que las encomendaba al primer desconocido que encontraba, a cambio de una generosa dádiva. Pero lo más probable es que haya utilizado un procedimiento distinto en cada oportunidad. Cuando a la redacción del periódico llegaba alguna misiva o paquete destinado a Junius, Woodfall se comunicaba con él por anuncios en clave que insertaba en el diario. A veces la clave era un verso latino, a veces un par de palabras, y en ocasiones una letra en la columna de anuncios era suficiente. Junius indicaba dónde debían dejarse los objetos dirigidos a él, y si el lugar le parecía vigilado, no daba señales de vida.
No es difícil comprender el por qué de estas precauciones. Bien es cierto que Junius pertenecía probablemente a las clases sociales más elevadas, pero los enemigos que se había echado encima eran demasiado fuertes. "Estoy seguro de que si me descubrieran", escribe a Woodfall, "no me quedarían tres días de vida". Otras veces se muestra más confiado: "Nunca sabrán quién soy", exclama. "Soy el único depositario de un secreto que morirá conmigo".
Estas palabras parecen destinadas a cumplirse, a pesar de los empeñosos esfuerzos de varias generaciones de críticos. La paternidad de las cartas de Junius (44 en total) ha sido atribuida a más de cincuenta personas distintas, entre ellas el propio Burke.
El interés por el enigma no había menguado en 1816, fecha en que se publicó un libro de título promisorio: Junius identificado. Su autor, John Taylor, se apoya en abundantes datos para atribuir la correspondencia a sir Philip Francis. Este, al casarse en 1814, había regalado a su esposa una edición lujosamente encuadernada de las cartas de Junius, pidiéndole que las guardara en el mayor secreto. Y poco antes de morir, en 1825, le entregó un ejemplar del libro de Taylor. Pero el argumento más decisivo —más aun que el libro— es para los sostenedores de la teoría, que el propio sir Philip, que aún vivía, en ningún momento negó la acusación, o la atribución. Lejos de ello, pareció empeñado en fomentarla indirectamente hasta la fecha de su muerte. De entonces acá, muchos críticos, con lord Macaulay a la cabeza, se han pronunciado por esa solución.
¿Queda pues resuelto el misterio? En modo alguno. Los "partidarios", digámoslo así, de sir Philip no son más numerosos y calificados que sus detractores, aquellos que lo acusan lisa y llanamente de impostor, de haber tomado la oportunidad por los cabellos para atribuirse méritos ajenos. Y los argumentos que aducen son dignos de tenerse en cuenta. Entre ellos, el testimonio de Pitt, que dijo conocer a Junius, y que éste no era sir Philip. Alguien afirmó con más rudeza que nadie que hubiera visto, oído o leído a sir Philip podía identificarlo con el elegante, certero y lúcido Junius. Y, en efecto, tanto el estilo como la simple escritura de Junius son incomparablemente superiores a lo que Francis escribió con su propio nombre. Otro detalle significativo: los personajes que Junius atacó con más encarnizamiento eran íntimos amigos o protectores de sir Philip. Aunque esto, desde luego, tanto puede aducirse a favor como en contra...
En 1867 la teoría sufrió un nuevo golpe, al publicarse las memorias de sir Philip Francis. En ellas, aparte de su contenido trivial, se advierte que las opiniones políticas, intereses y preferencias de sir Philip son todo lo opuesto a los de Junius. Además, en los pocos pasajes en que el propio Francis se refiere a Junius, lo hace como si él no tuviera menor relación con él. Así, en una carta a su cuñado dice lo siguiente: "Junius no es conocido, y esa circunstancia es tan curiosa como sus escritos. Yo siempre he sospechado de Burke".
Naturalmente, después del libro de Taylor, sir Philip hizo todo lo posible por escribir como Junius, pero salvo algún acierto ocasional, no pasó de una discreta imitación. Y aun concediendo que sir Philip haya sido Junius, sólo puede conquistar esa atribución a cambio de ganar al mismo tiempo los estigmas de perfidia y deslealtad para con sus mejores amigos, condiciones que no parecen atribuibles a Junius.
El interrogante, pues, queda abierto. Sólo faltaría agregar un curioso incidente, acaecido una noche de aquellos tres años en que la pluma acerada de Junius inquietó a los poderosos señores de la nobleza británica. Un transeúnte que pasaba frente al periódico de Woodfall vio a un hombre detenerse y dejar una carta en la entrada. Intrigado, lo siguió. Más tarde lo describió como un caballero alto y elegante, envuelto en una liviana capa negra. El desconocido apuró el paso. Segundos después, en la oscuridad de la calle, se abrió la portezuela de un carruaje y en seguida se oyó el brioso trote de las cabalgaduras que restituían a Junius a su región de tinieblas y misterio.

Fuente: Walsh, Rodolfo (1987): Cuentos para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires, Puntosur, págs. 195-201.

martes, octubre 27, 2009

Por las promesas incumplidas: "Un estremecimiento, por favor. (En torno al cuento fantástico y de suspenso)" (Rodolfo Walsh)


Un estremecimiento, por favor. (En torno al cuento fantástico y de suspenso) (Rodolfo Walsh)

Una escritora inglesa, autora de novelas policiales y traducciones de los clásicos, de ensayos eruditos y divagaciones excéntricas, de poemas no leídos y dramas neo-medievales, ha señalado que el arte de atormentarse a sí mismo es antiquísimo. Se refería Dorothy Sayers, naturalmente, a la literatura policial y fantástica. Dos géneros que se dirían opuestos, ya que uno postula el ejercicio del razonamiento y el otro lo excluye, pero que, singularmente, van dirigidos a un mismo sector del público y son cultivados con frecuencia por los mismos autores, y hasta incluidos en antologías comunes, bajo la denominación de "relatos de misterio". Un misterio, pues, un enigma, es un tema tan rico en posibilidades que tanto aclarándolo como dejándolo insoluble se puede escribir con él un cuento o una novela...
¿Cuándo nació el género fantástico? Sería muy difícil establecer la fecha. Todas las antiguas literaturas cuentan con instancias aducibles. Inclusive se ha dicho que así como la poesía fue antes que la prosa, así la literatura fantástica es anterior al realismo y, por lo tanto, es la primera literatura. Todos los grandes libros de la antigüedad, empezando por los poemas homéricos y la Biblia, abundan en episodios sobrenaturales. Sin contar las leyendas y los mitos, que son como los sueños primordiales de los hombres y participan del carácter fantástico de los sueños.
Lo dilatadamente episódico, sin embargo, lo arbitrario, conspira contra los fines del arte, y llega un momento en que es necesario recoger las tentativas anteriores, refinarlas y ceñirlas y sujetarlas a una finalidad específica. Esto lo hace en el siglo pasado Edgar Allan Poe. Poe introduce nuevos temas y nuevo enfoques, introduce sobre todo una técnica narrativa nerviosa, ágil y precisa, que hasta hoy permanece casi insuperada, y obra un renacimiento de la literatura fantástica. Antes de él —queda dicho— existió el género. Inclusive en las letras norteamericanas puede citarse esa leyenda maravillosa de Rip Van Winkle. Pero después de él, algo ha cambiado. Ya no se puede escribir como antes, amontonando episodios en una masa informe. La obra de Poe es de purificación, de poda, de síntesis: atrapar la idea básica y seguirla sin desviaciones, sin hojarasca, ateniéndose al efecto único que se desea producir.
El Caso del Señor Valdemar es para algunos críticos el mejor de sus cuentos. Ciertamente sería aventurado señalarle defectos. La revelación final está sabiamente sugerida, anticipada, pero no pierde nada de su fuerza. Y el efecto, en este caso de horror, está plenamente conseguido. Pero El Caso del Señor Valdemar tiene otro detalle de interés: basta leerlo con atención para comprobar que pertenece en rigor a ese desarrollo lateral de la literatura fantástica que ha adquirido en nuestros tiempos un auge fabuloso: el science-fiction.
El science-fiction, o literatura de anticipación, tematiza acontecimientos posibles dentro del marco de las adquisiciones científicas que se han ido sucediendo de tres siglos a esta parte. No hay un solo invento moderno de importancia que no haya aparecido primero en la ficción que en la realidad.
H. G. Wells ha sido probablemente el más versátil o informado de sus cultores. Un hombre invisible, un viaje en el tiempo, una invasión de Marte son algunos de los arduos asuntos que resolvió con autoridad y maestría. Su aptitud sociológica, su humor, su estilo, lo colocan muy por encima de un autor simplemente popular, aunque esto también lo era en el mejor de los sentidos. Pero la mayor de sus virtudes fue quizás su "visión apocalíptica", que le permitió figurar vastos cuadros de destrucción y de pánico, como en El Astro.
El talento multiforme de Jack London (marinero, vagabundo, cazador de focas, buscador de oro, y sobre todo hombre íntegro y generoso) tampoco pudo sustraerse al science-fiction. En La Sombra y el Destello maneja un tema fascinante que compensa lo sumario, quizá, de la caracterización.
En El señor Lupescu, de Anthony Boucher, retornamos a la forma más tradicional del género, aunque encierra en verdad dos cuentos: uno que llega hasta el penúltimo párrafo y es un excelente relato policial; otro que empieza donde termina el anterior y en poquísimas líneas presenta todo bajo un nuevo aspecto, con un fulgurante vuelco hacia lo fantástico. Esta proeza nada común ha convertido a El señor Lupescu en un favorito de las antologías. Boucher, cuyo verdadero nombre es William White (escribe también con otros seudónimos), es, en los Estados Unidos, el crítico más prestigioso de libros policiales y autor él mismo de varias novelas. Un detalle de interés para el lector argentino es que Boucher se ha ocupado en alguno de sus artículos de nuestra literatura policial, y tradujo al inglés el relato de Jorge Luis Borges que hace unos años ganó un premio en un concurso de la famosa revista de Ellery Queen.
El relato de Matheson* actualiza en forma por cierto inquietante los vagos temores que comenzó a sentir el hombre cuando dejó de considerarse el centro del universo y dirigió la mirada a otros mundos, a otros seres posibles, acaso más evolucionados, acaso hostiles.

* En el texto de Leoplán -quizá por la necesidad de adecuarlo a último momento al espacio disponible- faltaría el párrafo que Walsh dedicaba a alguna obra del escritor norteamericano Richard Matheson, autor de Soy leyenda (1954), Nacido de hombre y mujer (1954), The shrinking man (1956), The shores of space (1957), A stir of echoes, etc. (N del E.)

Fuente: Walsh, Rodolfo (1987): Cuentos para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires, Puntosur, págs. 189-192.

jueves, octubre 22, 2009

Por las promesas incumplidas: "¡Vuelve Sherlock Holmes! (La resurrección literaria más sensacional del siglo)" (Rodolfo Walsh)



¡Vuelve Sherlock Holmes! (La resurrección literaria más sensacional del siglo) (Rodolfo Walsh)

"¿Qué ha hecho? ¡Pedazo de animal!..." Así empezaba una de las cartas dirigidas a Arthur Conan Doyle por una anónima e indignada lectora, después de publicarse en el Strand Magazine un cuento llamado a producir escándalo.
Sucedía esto en diciembre de 1893, y aquella carta no era la única. Millares de lectores doloridos, desconcertados o furibundos escribieron cosas similares. Los jóvenes londinenses llevaron luto en los sombreros. El clamor provocado fue indescriptible, único en la historia de la literatura.
¿Qué había hecho Conan Doyle? En verdad, había cometido un crimen abominable. Había querido destruir un mito, dar muerte a un personaje que él había creado, pero que ya no le pertenecía, porque poseía una indestructible realidad propia.
Conan Doyle acababa de asesinar a Sherlock Holmes.
Había premeditado fríamente el crimen.
En abril de ese año escribía a su madre: "Aquí estamos muy bien. Voy por la mitad del último cuento de Holmes, después del cual ese caballero desaparece para no volver. Estoy cansado de oírlo nombrar".
El cuento en cuestión era el último de la serie "Las Memorias de Sherlock Holmes", y en él el viejo enemigo del detective, el profesor Moriarty, lo precipitaba al fondo de un abismo en los Alpes.
Después de esto, Conan Doyle pensaba dedicarse tranquilamente a lo que consideraba una tarea más seria y más acorde con sus gustos: escribir novelas históricas, para las que iba recogiendo pacientemente una vasta documentación. Se equivocaba, sin embargo. Sherlock Holmes no podía morir, y un público inexorable se encargaría finalmente de hacérselo comprender.
Pero ya dos años antes Conan Doyle había intentado deshacerse de aquel molesto Holmes, con quien empezaba a identificarlo la gente, y que reclamaban a gritos los editores de las revistas. Oigamos lo que decía por aquella época, cuando terminaba la serie de "Las Aventuras de Sherlock Holmes": "Pienso matarlo en el último capítulo y terminar con él de una vez por todas. Me quita tiempo para dedicarme a cosas más importantes".
— ¡Matar a Holmes! Jamás. No puedes hacerlo. No debes hacerlo. No lo harás.
Esta vez fue la propia madre de Arthur quien salvó la vida del personaje. Se opuso con indomable energía al proyecto de su hijo, y Arthur, que toda su vida tomó muy en serio las opiniones de la autora de sus días, debió resignarse.
Ahora la situación se repetía. Pero ya no era una simple mujer quien contradecía sus intenciones. Era todo un pueblo, casi podría decirse todo el mundo.
¿Quién era aquel endiablado personaje que se resistía a morir a pesar de la voluntad de su progenitor? ¿Y quién era aquel gordo doctor Doyle, que al ocurrir los hechos relatados pasaba una temporada de descanso con su esposa enferma, en Suiza, hasta donde llegaban los ecos de la tempestad desencadenada por él?
Vale la pena hacer un poco de historia. Tres años antes Arthur Conan Doyle era prácticamente un desconocido que aún vacilaba entre la ardua práctica de la medicina y el problemático ejercicio de la literatura.
Cursó los primeros estudios en un colegio jesuita, después en Stonyhurst. A los quince años se perfilaba como un extraordinario jugador de cricket..., además de crecer en forma alarmante. Por espacio de un año prosiguió sus estudios en Feldkirch, Austria. Ahí llegó a sus manos un libro que le causó profunda impresión. Eran los cuentos de Edgar Allan Poe...
Entretanto, su madre había resuelto que debía estudiar medicina. Y como ocurría casi siempre, la voluntad de su madre se cumplió. Arthur ingresó en la Universidad de Edimburgo, terminando su carrera en 1881.
Casi inmediatamente se embarcó con destino al África occidental. Allí contrajo la fiebre, estuvo a punto de ser devorado por un tiburón y, para completar, el barco se incendió en el viaje de regreso. No empezaba del todo bien la carrera profesional del doctor Doyle.
—No pienso volver al África —dijo Arthur.
Su familia estaba muy bien relacionada en Londres. Podían ayudarlo a iniciarse, ganarle una clientela. Pero eran todos católicos acérrimos. Y Arthur, aunque educado como tal, hacía tiempo que profesaba un meditado agnosticismo. No hubo posibilidad de que se entendiera con ellos. Salvo, claro está, con su madre, que compartía sus ideas.
Después de algunas vicisitudes instaló su flamante consultorio en Southsea. Compró los muebles en un remate, y con el dinero que le anticipó un editor logró pagar el alquiler.
Poco a poco empezaron a llegar los primeros pacientes del doctor Arthur Conan Doyle...
En 1883 se publica su primer trabajo en una revista importante, el Cornhill Magazine. Dos años después conoció a Louise Hawkins, con quien se casó cuatro meses más tarde.
Imaginémoslo en este momento. Tiene veintiséis años, pesa aproximadamente cien kilos, es uno de los mejores jugadores de cricket y de rugby del condado y cuenta con una clientela discreta. De tanto en tanto escribe algún cuento, y ha empezado una novela que no le inspira mucho entusiasmo. Pero habría que ser brujo para pronosticar su fabuloso porvenir.
Ahora, sin embargo, acaba de leer una novela de Gaborlau, el gran folletinista francés.
¿Por qué no tomar de personaje a un detective?

Nace Sherlock Holmes

Y así fue como en aquellos primeros meses de 1886 vino al mundo Sherlock Holmes, el personaje mítico, el único —al decir de Chesterton— que es familiar a todo el mundo, el más universal de los tipos literarios.
Pero en realidad, Sherlock Holmes ya existía en carne y hueso. O por lo menos había de él, en el mundo de la realidad, una prefiguración, un anticipo. Era el doctor Joseph Bell, profesor de la Universidad de Edimburgo. La seguridad de sus diagnósticos era famosa. Pero Bell no se contentaba con esto. Le gustaba deducir la profesión, el origen, las costumbres de sus pacientes, sin otra guía que la observación.
—Hay que usar los ojos y la cabeza —recomendaba a sus alumnos.
Y a continuación, realizaba una demostración práctica.
—Este hombre —decía, refiriéndose a un paciente a quien veía por primera vez— es un zapatero zurdo.
Asombro entre los discípulos. El doctor sonreía.
—Sus pantalones —explicaba— están raídos en los lugares donde el zapatero se apoya en su banco de trabajo. El lado derecho está más gastado que el izquierdo, porque usa la mano izquierda para clavetear el cuero.
Tenemos aquí un eco anticipado de aquellas "salidas" de Holmes que hicieron las delicias del público.
El doctor Bell era muy delgado, nervioso, de nariz aguileña, rasgos afilados, ojos penetrantes. Estas características físicas las encontraremos en Holmes.
Pero, por encima de todas las cosas, hallamos en Holmes los métodos científicos del doctor Bell aplicados a la investigación criminal. Sherlock Holmes estudia un problema con la precisión, con la minuciosidad con que el doctor Bell sigue el desarrollo de la enfermedad de un paciente. Todo puede ser importante para Holmes: una pisada, unos restos de barro, unas partículas de polvo. La criminología se ha convertido en una ciencia.
¿Y el doctor Watson? ¡Ah, el doctor Watson es tan admirable como Holmes! Es él quien lo completa, quien le da relieve, el balancín con cuyo auxilio realiza sus airosas piruetas. El doctor Watson es, con relación a Holmes, lo que Sancho a Don Quijote.
Pero también existía en la realidad aquel Watson. Doyle sólo le cambió el nombre, dejándole el apellido. Lo llamó John en lugar de James. James Watson era un médico de Portsmouth, miembro importante de la Sociedad Literaria y Científica de esa ciudad. Pero a tal punto lo identificaba Doyle con su personaje que a la menor distracción sale a relucir su verdadero nombre. Así, en "El hombre del labio torcido", dice la señora Watson refiriéndose a su esposo:
"—¿Prefiere que mande a James a dormir?"
Doyle vaciló mucho antes de dar con la mágica combinación de sílabas que designaría a su héroe. También dudó si elegir el título de la novela que acababa de escribir.
Por fin se decidió. Lo llamaría Un estudio en Escarlata.
Mandó la novela a James Payn, editor del Cornhill Magazine, con la esperanza de que se publicaría en folletín. Payn la elogió, la elogió mucho, la rechazó cortésmente. Era demasiado larga y demasiado corta para su revista.
¿Demasiado larga y demasiado corta? Payn se explicó. Demasiado larga para publicarse en un solo número; excelentemente corta para folletín.
Arthur remitió el manuscrito a Arrowsmith, otro editor. Se lo devolvieron sin leerlo. Lo mandó a Fred Warne & Co. El mismo resultado. Insistió, esta vez con Ward, Locke & Co.
Y allí lo aceptaron. Pero ¡en qué condiciones! Por de pronto, debía esperar un año para que se publicara. Y además, debía ceder a perpetuidad sus derechos de autor a cambio de la exigua suma de veinticinco libras.
Conan Doyle aceptó. Total, ya había escrito aquella condenada novela. Entretanto, empezaba otra, de tema histórico esta vez.
Y por fin, al concluir el año 1887, apareció el Estudio en el número de Navidad de una revista.
No ocurrió nada. El nacimiento de Sherlock Holmes pasó completamente inadvertido. Nadie comentó la novela.
Su obra histórica, Micah Clarke, tuvo por el momento mayor fortuna. Los comentarios fueron buenos. Andrew Lang, el gran crítico escocés, lo estimuló. Arthur proyectó una nueva novela histórica. Parecía haber olvidado por completo las ficciones detectivescas...
Pero ya entonces Sherlock Holmes empieza a interferir sus planes. Al editor norteamericano del Lippincott's Magazine le ha quedado grabada la historia de aquel detective de cara afilada. Almuerza con Doyle y le pide un nuevo trabajo con Holmes de protagonista. Incidentalmente, en aquel almuerzo Doyle conoció a Oscar Wilde.
La nueva novela — La señal de los cuatro— apareció a comienzos de 1890 simultáneamente en Inglaterra y en Estados Unidos. En Inglaterra no tuvo éxito. Los críticos no se ocuparon de ella. Pasó sin pena ni gloria.
Era como para mandar al diablo a Sherlock Holmes.
Entretanto, ¿qué había progresado el doctor Conan Doyle en los ocho años pasados en Southsea? Muy poco. Algunas novelas y cuentos publicados, una clientela que nunca fue abundante, unas pocas libras ahorradas.
Tenía 31 años. Quizá fuera mejor dedicarse seriamente a la medicina. Partió para Viena con el propósito de estudiar cirugía ocular.

Un escándalo... en Londres

"Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez la llama de otra manera. A sus ojos, eclipsa y prevalece sobre todas las de su sexo. Y no es que haya sentido alguna emoción parecida al amor con respecto a Irene Adler. Todas las emociones, y ésa en particular, eran aborrecibles a su mente fría y precisa, pero admirablemente equilibrada. Era, creo, la más perfecta máquina de razonar y de observar que haya visto el mundo; pero, como enamorado, se habría puesto en una falsa posición. Siempre habló con burla y menosprecio de las pasiones más tiernas. Esas cosas eran admirables para el observador, excelentes para levantar el velo que cubre los motivos y los actos de los hombres. Para el razonador adiestrado, sin embargo, admitir tales intrusiones en su temperamento sensitivo y perfectamente armonizado, equivalía a introducir un factor de distracción que podía volver dudosos todos los resultados de sus procesos mentales. Para una naturaleza como la suya, una emoción fuerte sería más perturbadora que un puñado de arenilla para un instrumento de alta precisión o una fisura en una lente de aumento..."
Con estas palabras, Conan Doyle subió el peldaño inicial del éxito. Con ellas comenzaba su cuento "Un escándalo en Bohemia", la primera de las "Aventuras de Sherlock Holmes" que empezaron a aparecer en el Strand Magazine a mediados de 1891. Hablar de éxito es poco. Fue una fulguración. El público hacía colas para adquirir un ejemplar de la revista, apenas aparecía. Doyle pensaba escribir seis cuentos. Se vio obligado a escribir muchos más antes de rehusarse definitivamente a seguir haciéndolo.
Lo que no había logrado con sus novelas históricas, ni tampoco con Un estudio en escarlata y La señal de los cuatro, lo lograba con aquellos cuentos publicados en una revista. Y se explica. Después de las largas novelas policíacas de Collins y de los folletines franceses, la brevedad y el brillo de las narraciones de Holmes eran un alivio. "Fue el triunfo del epigrama", comenta Dorothy Sayers.
Pero, ¿qué había sucedido entre diciembre de 1890, cuando Conan Doyle y señora viajaron a Viena, y julio de 1891, fecha en que apareció "Un escándalo en Bohemia"?
Muy sencillo. Arthur estudió cuatro meses en Viena, y de regreso se estableció como cirujano oculista en un barrio elegante de Londres. Pero si como simple médico nunca había tenido una gran parroquia, su fracaso en la nueva especialidad fue brutal. Ni un solo corto de vista, ni un astigmático, ni un solo enfermo de cataratas llamó a su puerta. Ni un miserable orzuelo curó el doctor Arthur Conan Doyle. Los pacientes no iban, sencillamente.
Abandonó la medicina y se lanzó por ese camino incierto de los que pretenden vivir de lo que escriben.
Por medio de su agente mandó al Strand el cuento arriba mencionado.
A fines de ese mismo año, el editor del Strand se mesaba los cabellos y se comía las uñas. El público clamaba por Sherlock Holmes, a él se le estaban acabando los últimos cuentos de la serie, y aquel animal de Doyle no quería saber nada más con su detective.
Para Doyle, los cuentos de Holmes no eran más que un medio de ganar dinero, lo que le permitiría dedicarse a sus amadas novelas históricas.
Escribió los seis relatos que completaron la serie. Y fue entonces —como ya hemos visto— cuando por primera vez resolvió eliminar al maldito Holmes. Y fue entonces cuando la madre de Arthur salvó la vida del detective, y no contenta con esto, dio a su hijo el tema para la última de las "Aventuras"... En febrero de 1892, se repitió la historia.
—¡Más cuentos! —clamaba el desesperado editor.
—¡Escríbalos usted! —gruñía Arthur.
—Pida lo que quiera —insistían de la revista.
—Ochenta y cinco libras por cada uno —dijo Arthur.
Era un disparate. Pero el precio fue aceptado inmediatamente.
¿Qué fascinación tan particular tenía aquel detective de nariz de halcón y ojos penetrantes a quien iban a visitar en su departamento de Baker Street hombres y mujeres de las más diversas condiciones, para exponerle los más abstrusos problemas?
Es difícil responder a esta pregunta. Pero de todas maneras, la gloria de Holmes no fue el fruto de una ilusión colectiva. Son muchos los factores que han hecho de él un tipo universal. No son sólo sus excentricidades, la originalidad de sus métodos, la novedad de los problemas que encaraba, sus respuestas enigmáticas. Es que Conan Doyle era, además, un gran escritor, un conocedor profundo de los secretos de su idioma, un hombre que había recogido en Macaulay y en Meredith y en Stevenson una riquísima herencia literaria. Nadie puede negar que Doyle ha legado al idioma inglés una vasta colección de aforismos, de epigramas, de "sherlockismos", como los ha llamado Ronald Knox.
Desde un punto de vista puramente policial, es posible que Holmes haya sido superado. Philo Vance, Ellery Queen y otros quizá hayan resuelto problemas más complicados, pero ninguno de ellos tiene, ni remotamente, la solidez y la fascinación de Holmes.
Si es preciso buscarle un equivalente, como personaje, sólo lo hallaremos, quizá, en el padre Brown, el sagaz personaje de Chesterton.
Resurrección
Pero, entretanto, Arthur había lanzado a su héroe al precipicio de Reichenbach, y ocho años más tarde aún recibía protestas de los lectores, súplicas de los editores, y lamentos de todo el mundo.
¿No podía resucitarlo?
—No —dijo Arthur.
Y sin embargo, entre agosto de 1901 y abril de 1902, los regocijados lectores del Strand leyeron por entregas El sabueso de los Baskerville, donde aparece nuevamente el detective.
¿Ha resucitado Sherlock Holmes?
No, aclara compungido el editor. Los hechos relatados en El sabueso ocurrieron antes de la muerte de Holmes, pero éste sigue aún en el fondo del abismo de Reichenbach.
Mientras tanto, la fama de Doyle sigue en aumento. Meredith, Kipling y otros grandes escritores ingleses lo honran con su amistad. El rey le otorga un título nobiliario. H. G. Wells le escribe: "Deberíamos felicitar a los que se han honrado al conferirle ese título".
Y por fin los norteamericanos triunfaron donde habían fracasado los compatriotas de Arthur. En 1903, éste recibió un ofrecimiento fabuloso. Si resucitaba a Holmes y lograba explicar satisfactoriamente el accidente de Reichenbach, le pagarían cinco mil dólares por cada cuento.
Cinco mil dólares. Digamos, modernamente, unos cien mil pesos de nuestra moneda.
Arthur se encogió de hombros. Aceptó.

Reflexiones y comentarios

"Holmes no murió en aquella caída —comentaron regocijadamente los periódicos ingleses—. En realidad, la caída no existió. Trepó por el lado opuesto del precipicio, para huir de sus enemigos, y dejó a Watson en la ignorancia de lo sucedido."
El público había hecho su voluntad. En el entusiasmo despertado por su resurrección, pocos repararon en lo endeble de la explicación. ¿Qué más daba? Lo importante era que Holmes nunca había muerto.
Después vino la apoteosis. Colas larguísimas se formaron en Southampton Street, para adquirir ejemplares de "El retorno de Sherlock Holmes".
Desde 1886 hasta 1927, Conan Doyle escribió en total 56 cuentos y cuatro novelas con Sherlock Holmes como personaje central. Esos cuentos y novelas han sido traducidos a todos los idiomas del mundo que merecen ese nombre, inclusive el islandés, el chino y dialectos africanos. El detective ha aparecido en más de cien películas (encarnado, entre otros, por John Barrymore, Basil Rathbone y Raymond Massey), en un millar de dramatizaciones radiales y quince obras de teatro. En los lugares más apartados del mundo —Tokio, Sidney, Copenhague—, se formaron sociedades de exégetas, cuya misión es comentar los textos en que aparece Holmes, elucidar la cronología de sus aventuras, buscar o explicar las contradicciones o los olvidos del inefable doctor Watson. Un músico, Harvey Officer, llegó a componer una "Suite de Baker Street", para violín y piano. En el reciente festival de Gran Bretaña, millares de personas visitaron la reconstrucción de la casa donde "vivió" Sherlock Holmes.
Se han escrito más de ochocientos libros acerca de Sherlock Holmes. Las parodias del personaje son innumerables: Hemlock Jones, Picklock Holes, Shamrock Jolnes, Thinlock Bones son sólo unos pocos de los nombres burlescos que asumió el detective. Watson se llamó, a su vez, Watsis, Whatsoname, Whatsup... En Las desventuras de Sherlock Holmes, Ellery Queen ha recopilado los mejores de esos pastiches.
La fama del personaje, como es natural, acompañó a su creador. Cuando la flota francesa visitó puertos ingleses en 1905, y se preguntó a la oficialidad qué personalidades británicas deseaban conocer respondieron:
—A su Majestad, el rey, y al almirante Fisher.
— ¿Alguien más?
La respuesta fue instantánea:
—A sir Arthur Conan Doyle.
Dos veces sir Arthur fue candidato al Parlamento. Le derrotaron las dos veces, pero sólo porque se empecinó en elegir distritos donde su partido no tenía ninguna posibilidad de triunfar. Cuando visitó los Estados Unidos, se lo recibió como a un rey. Durante la guerra mundial, el Foreign Office británico utilizó sus servicios. Incluso se pusieron en práctica algunas innovaciones militares propuestas por él: el casco de acero, un peto liviano para protección de la infantería, el bote inflable de goma para las tripulaciones de los buques. De aquella época data también el cuento "Su última reverencia", donde Holmes captura a un hábil espía enemigo.
En ningún momento Doyle había dejado de recibir cartas solicitando sus servicios para investigar casos de la vida real. En cierta ocasión, resolvió un problema colmado de detalles sensacionales y enigmáticos, que parecía entresacado de las páginas de sus libros. Un joven hindú, Jorge Edalji, que residía en Great Wyrley, había sido juzgado y condenado por un crimen abominable, que sólo podía ser obra de un maniático: la matanza de animales de la comarca, que se venía repitiendo durante muchos años, acompañada del envío de feroces anónimos a los vecinos más destacados del lugar. En esos anónimos se amenazaba proseguir la matanza, pero con seres humanos. Conan Doyle no sólo pulverizó todas las pruebas contra Edalji. Descubrió al culpable y el arma utilizada, y logró que Edalji fuera absuelto de culpa y cargo.
El caso de Joan Paynter también merece citarse, porque tiene una gran similitud con uno de los cuentos escritos anteriormente por Arthur. Joan era una muchacha de Hampstead, enfermera de un hospital. Se había comprometido con un joven danés, que bruscamente desapareció sin que volvieran a tenerse noticias de él. Desesperada, la muchacha escribió a Arthur una serie de cartas suplicándole que encontrara a su prometido. A base de esas cartas, Conan Doyle descubrió adónde se había dirigido aquel hombre y por qué había obrado así.
En 1912 se empeñó en resolver otro problema misterioso. Fue el célebre caso de Oscar Slater, acusado de asesinar a una anciana. Conan Doyle nunca creyó en su culpabilidad. Durante años libró una encarnizada campaña, y por fin descubrió que algunas de las pruebas utilizadas contra el acusado habían sido fraguadas por la propia policía. La sentencia fue revocada, y ése fue uno de los tantos casos que valieron a sir Arthur el título de "el paladín de las causas perdidas".

¿Epílogo?

El último cuento de Holmes apareció en 1927. Tres años más tarde, el 7 de julio de 1930, se extinguía en Windlesham la vida de sir Arthur Conan Doyle.
Una vida de prodigioso trabajo, en la que había ejercido todas las actividades imaginables: médico, oculista, escritor, voluntario de la guerra de los boers, deportista, político, investigador privado, autor teatral, polemista, orador, inventor, poeta en los años de su juventud, campeón del espiritismo en los de su laboriosa ancianidad...
Esta vez sí era indudable que Sherlock Holmes había muerto. Desaparecido el genio que le dio vida, parecía que ya nadie podría sacarlo de un abismo más profundo que el de Reichenbach.

¡Vuelve Sherlock Holmes!

Y sin embargo, la vitalidad del personaje es tan grande que el milagro se ha cumplido por segunda vez. La noticia corrió como un reguero de pólvora por los periódicos ingleses y norteamericanos... Sherlock Holmes ha resucitado. Sherlock Holmes sobrevive a su creador.
John Dickson Carr y Adrian Conan Doyle —el hijo de sir Arthur— acaban de escribir el primer cuento de una serie que se llamará "Las hazañas de Sherlock Holmes".
Con esta resurrección se cumple uno de los más caros anhelos de los aficionados a la novela policial. Quizá sea éste el comienzo de una obra hereditaria, trasmitida de generación en generación, destinada a perpetuar para siempre las proezas del héroe de Baker Street.
De todos los escritores policiales ingleses que viven en la actualidad, ninguno tan capacitado como Dickson Carr para llevar a cabo esta dificilísima tarea. Carr ha escrito nada menos que 59 novelas policiales —casi todas ellas traducidas a nuestro idioma— que se distinguen por su sostenida calidad. Es autor, por otra parte, de la más completa biografía de Conan Doyle publicada hasta la fecha. Es un estudioso y un estilista. Por si esto fuera poco, cuenta con la valiosa cooperación del hijo de Conan Doyle, quien sin duda podrá proporcionarle muchos datos de interés.
Para escribir "La aventura de los siete relojes", que hoy publica Leoplán, Carr y su colaborador han estudiado minuciosamente el estilo de Conan Doyle. Han tratado de ponerse en su lugar, de pensar como él, empleando las mismas palabras, los mismos giros característicos. Han analizado el ritmo de las frases de Doyle; su empleo de la puntuación, el número medio de palabras de cada párrafo, los diálogos y el ambiente. Y al servicio de esta maquinaria han puesto la indiscutible capacidad de argumentista que posee Dickson Carr.
Desde luego, un solo cuento no basta para juzgar en forma definitiva los resultados de este intento. Pero en lo que concierne a "La aventura de los siete relojes", puede afirmarse que esos resultados son excelentes. El personaje que aquí nos ofrecen Dickson Carr y Adrian Conan Doyle no sólo es Sherlock Holmes. Es Sherlock Holmes en sus mejores momentos.

Fuente: Walsh, Rodolfo (1987): Cuentos para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires, Puntosur, págs. 171-186.

sábado, octubre 03, 2009

Por las promesas incumplidas: "Dos mil quinientos años de literatura policial" (Rodolfo Walsh)

Fuimos engañados. En la contratapa de la segunda edición de Cuentos para tahúres y otros relatos policiales de Rodoldo Walsh se nos prometían, se nos anunciaban, además de los cuentos policiales escritos por el maestro: "A ellos se agregan notas periodísticas que exponen sus ideas sobre los cuentos policiales y fantásticos, la figura de Sherlock Holmes o las entidades encubiertas.". Ahora bien, cuando abrimos el libro y nos dirigimos al índice, oh sorpresa, las notas periodísticas de Walsh brillaban por su ausencia. Bien, no nos dimos por vencidos, nos leímos enterito el volumen y hete aquí que efectivamente si bien la contratapa (pueden leerla acá) de De la Flor nos prometía un contenido, el libro tenía otro distinto. Fuimos engañados, fuimos estafados, fuimos decepcionados. Nos moríamos de ganas de leer las notas sobre el policial de Walsh, esas notas que prometía la reseña, reseña que parecía haber sido trasladada a través de un vulgar y automático copy&paste de la contratapa de la completa primera edición de Cuentos para tahúres (la de los 80, la de Puntosur) a la pobre segunda edición de la editorial que publica todo lo escrito por Walsh.
Por este cruel suceso, por esta nefasta experiencia, decidimos recomponer la situación y como la divina providencia nos hizo conseguir la bella edición de Puntosur (que tiene, además de las notas faltantes, un artículo de Víctor Pesce sobre el policial de Walsh), en sucesivas entregas subsanaremos la promesa incumplida en la contratapa de la actual edición de Cuentos para tahúres y devolveremos la alegría a todos los lectores engañados. Ahí va una de las notas, tal vez una de las más interesantes.


Dos mil quinientos años de literatura policial


El comienzo de la literatura policial suele situarse, con acuerdo casi unánime, en los cinco relatos del género que entre 1840 y 1845 escribió Edgar Allan Poe. Sin embargo es posible demostrar que la totalidad de los elementos esenciales de la ficción policíaca se hallan dispersos en la literatura de épocas anteriores, y que en algún caso aislado ese tipo de narración cristalizó en forma perfecta antes de Poe. "El arte de atormentarse a sí mismo", dice Dorothy Sayers, "es antiguo y tiene una larga y honorable tradición literaria".
Los primeros relatos policiales bien caracterizados son bíblicos. Aparecen en el Libro de Daniel (capítulos XIII y XIV). En uno de ellos, Daniel prueba la inocencia de Susana, acusada de adulterio por los ancianos, interrogándolos separadamente y haciéndolos incurrir en contradicción. En el otro, demuestra que los sacerdotes del templo de Bel roban de noche las ofrendas dejadas ante el ídolo. Para ello cubre de cenizas el piso del templo, y a la mañana siguiente aparecen las huellas de los culpables. En verdad, Daniel es el primer "detective" de la historia, y tiene muchos puntos de contacto con los modernos héroes de la no vela policial. Como ellos, es capaz de salir airoso de situaciones que serían fatales para el común de los hombres: el horno encendido, el foso de los leones. Como ellos, descifra escrituras enigmáticas, "declara sueños, desata preguntas, suelta dudas". Y en los episodios que hemos mencionado quedan establecidos, por obra suya, tres elementos muy importantes de la novela policial: la confrontación de testigos, la clásica trampa para descubrir al delincuente y la interpretación de indicios materiales.
No son éstos los únicos antecedentes que nos ha dejado la antigüedad. La fingida locura de Ulises desenmascarada por Palamedes; Aquiles disfrazado entre las mujeres de Sciros y el expediente que sirvió para descubrirlo; la historia del rey Rampsinitos, que refiere Herodoto y que modernamente retomó Theodore Dreiser; y por fin algunas fábulas esopianas constituyen el aporte de los griegos. Entre los romanos, Virgilio se anticipó a Conan Doyle en el libro VIII de la Eneida. El villano es Caco, mitad hombre, mitad bestia, que habita una cueva en cuyo piso humea la sangre de las recientes matanzas, y en cuyas puertas insolentes cuelgan pálidos rostros de hombres, manchados de sangre. El héroe es Hércules, a quien el inveterado ladrón roba cuatro vacas y cuatro toros, tirándolos de la cola para que sus huellas parezcan alejarse de la cueva. Veinte siglos más tarde el tema reaparece en uno de los cuentos donde interviene Sherlock Holmes: The White Priory Murders. De Cicerón merecen citarse algunos pasajes del tratado De Divinatione, y sobre todo su discurso Pro Sexto Roscio, antecedente perfecto e inimitable de la novela que podríamos llamar "judicial" porque su acción se desarrolla en los estrados judiciales y gira en torno a los esfuerzos de un abogado criminalista por salvar a un inocente acusado de un crimen. La fórmula cui bono?, tema permanente de esa pieza oratoria, es uno de los ejes en torno a los cuales se mueven las ficciones detectivescas contemporáneas.
Al eclipse de las letras y la artes que sucedió a la disolución del Imperio Romano no pudo escapar ciertamente un género que se hallaba apenas en embrión. Volvemos a encontrarlo, más o menos disimulado, en episodios de la Gesta Romanorum, de los fabliaux y el Roman de Renart, del Conde Lucanor, de los Canterbury Tales, del Decamerón, de Las Mil y Una Noches y, por fin, del Zadig.
Historiadores de la literatura policial, franceses como Fosca, ingleses como D. Sayers, lanzan un sus piro de alivio cuando después de efectuar la travesía anterior, salteando algunas etapas intermedias, arriban a ese pequeño islote de la ficción policial que es el Zadig. En efecto, allí parece encontrarse, ya bien avanzada la época moderna, el primer eslabón de la cadena que conduce sin tropiezos a Godwin, a Hawthorne, a Poe, a Dickens, a Collins, a los contemporáneos.
Sin embargo, hay dos relatos anteriores al Zadig que pueden figurar con honra en la historia de la literatura policial. El primero procede del Popol Vuh, escrito hacia 1550 en idioma quiché y caracteres latinos, por autor anónimo, sobre la base de antiguas tradiciones o de un texto anterior, desaparecido. Fue transcripto y traducido a comienzos del siglo XVIII por Fray Francisco Jiménez, y la historia que nos ocupa figura en el capítulo VII de la primera parte, según la división efectuada por Brasseur. Merece ser recordada: el gigante Zipacná se baña a la orilla de un río cuando ve pasar a cuatrocientos guerreros que llevan un gran tronco. Les ofrece ayuda y carga el tronco sobre sus espaldas. Celosos de su fuerza, los cuatro cientos guerreros deciden matarlo. Le piden que cave un pozo y que cuando sea suficientemente hondo les avise. Desconfiado, Zipacná abre una excavación lateral y se guarece en ella antes de dar la señal convenida. No bien lo hace, los cuatrocientos lanzan el tronco al fondo del pozo y oyen un grito. "Está muerto", dicen. "Mañana las hormigas traerán sus restos a la superficie." Zipacná, seguro en su refugio, los oye. Se corta las uñas, se corta los cabellos, y las hormigas los llevan a la superficie. Los cuatrocientos celebran su muerte, se embriagan y duermen. El gigante sale de su escondite y los aniquila... Este Matías Pascal rudimentario y vengativo no revela menor astucia que algunos de sus sucesores contemporáneos.
El segundo de los relatos a que hemos aludido proviene del Quijote, más precisamente del capítulo XLV de la segunda parte. Es la memorable aventura del viejo del báculo. Ante Sancho Panza, gobernador de la ínsula, comparecen dos ancianos. Uno dice haber prestado al otro diez escudos de oro. El otro, el portador del báculo, niega haberlos recibido, y en todo caso está dispuesto a jurar que los ha devuelto. Dispónelo así el gobernador, "y el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se lo tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho." Pronunciado el juramento, se resigna el acreedor a la pérdida, atribuyéndola a olvido suyo, y se marcha el deudor con su báculo. Sancho Panza medita unos instantes, luego hace llamar nuevamente al viejo del báculo, se lo pide y lo entrega al otro, diciéndole:
"—Andad con Dios, que ya vais pagado.
"— ¿Yo, señor? —respondió el viejo—, ¿pues vale esta cañaheja diez escudos de oro?
"—Sí —dijo el gobernador—, o si no, yo soy el mayor porro del mundo...
"Y mandó que allí delante de todos se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón de ella hallaron diez escudos en oro... Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que, de haber le visto dar, el viejo que juraba a su contrario aquel báculo en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que en acabando de jurar le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro de él estaba la paga de lo que pedía...".
Conviene retener algunos pasajes de esta historia, singularmente aquel que dice: "Visto lo cual Sancho... inclinó la cabeza sobre el pecho, y poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices es tuvo como pensativo un pequeño espacio y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo...". Este es un instante casi mágico en la historia de la novela policial, porque el labriego de la Mancha está anunciando con tres siglos de anticipación al más grande de los "detectives", no sólo en sus deducciones, sino casi en sus mismos gestos. Veamos, en efecto, una de las tantas descripciones que de los momentos de reflexión de Sherlock Holmes nos hace Conan Doyle: "Sherlock Holmes estuvo silencioso unos minutos, con las yemas de los dedos juntas y la mirada clavada en el cielo raso... ".
Otra coincidencia: es sabido que a menudo Holmes no formula directamente la solución de un enigma, sino por medio de una proposición elíptica y oscura que sólo adquiere su sentido cuando él mismo la aclara. Ese tipo de declaraciones paradójicas ha sido bautizado con el nombre de sherlockismo. Pero, ¿qué otra cosa que un sherlockismo —el más brillante de los sherlockismos— son esas palabras de Sancho al entregar el báculo al acreedor: "Andad con Dios, que ya vais pagado"?
En cuando al resorte fundamental de la historia del báculo —su argumento— no es difícil advertir que es esencialmente idéntico al de un cuento que hasta ahora se ha considerado como uno de los sillares de la moderna novela policial: The Purloined Letter. Como en la obra de Poe, la historia del báculo gira en torno a un objeto robado. Como en la obra de Poe, ese objeto está oculto en el lugar más evidente.
Principio que podría servir de moraleja a quienes han tratado de hallar en Voltaire al precursor inmediato de la novela policial.

Fuente: Walsh, Rodolfo (1987): Cuentos para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires, Puntosur, págs. 163-168.

 

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