¿Dónde estarán nuestros nuevos antepasados? La novela de Marco Castagna, publicada por Palabras amarillas ediciones, nos recibe con ese oxímoron por título y con un gordo en motoneta. Los paratextos bien pensados, as usual, le cantan al lector por dónde va a venir la aventura: familia y motos. No podía salir mal la combinación.
martes, junio 09, 2026
Sobre Los nuevos antepasados (2025), de Marco Castagna
jueves, septiembre 04, 2025
La palabra frase y la escritura blanca. Sobre cenixienta de Aguxtina Perez (Manuel Moyano Palacio)
cenixienta. pobre cenixienta. se suicidó en el piso 44 de un penthouse de lujo en Puerto Madero de una sobredosis de cocaína mezclada con acero y azufre. creía, quería creer que la muerte traería el olvido. pero, esto lo sabe cualquier suicida, estaba –brutalmente– equivocada.
el mensaje parece críptico pero es blanco y puro como leche de la cabra más mimada por el koala kohinoor, si el koala kohinoor tuviese mimar cabras como afición.
la salvación está allí, tendida como una alfombra de pasto de cancha del Ascenso, al alcance de la mano.
la salvación está allí, tendida como una alfombra de pasto de cancha del Ascenso, al alcance de la mano.
domingo, julio 31, 2022
Un fragmento de Nigredo, de Agustín Conde De Boeck
Fragmento de Nigredo, de Conde De Boeck
Al conventillo donde vivíamos le llamaban todos “casa de pensión”, a fin de evitar el mal augurio de esa otra palabra miserable. Pero bien que era un conventillo con todas las letras, una catacumba enorme que ocupaba la totalidad de una manzana ya de por sí irregular en el trazado de la ciudad por su gigantismo amorfo. En medio de un barrio truculento, se podía acceder a él por múltiples callejuelas, y la gente que vivía en las cuadras aledañas decía: “¡Qué vizcachera! ¡Qué antrejo de malandrines!”. Y el patio, oculto entre los laberintos de ese caserón inmenso y oscuro, era quizás, el cuadrante más avieso de todo el edificio. Allí colgaban los vecinos las ropas rotosas alrededor de un pozo cubierto con una tapa mohosa, y las familias descaradas se arrancaban los pelos para disputarse la propiedad de esos trapos innobles. Algún viejo decía que el agua del pozo estaba picada y que producía la demencia en las familias cuyas piezas miraban hacia el patio. Qué ralea de gente, capaz de pelearse y descalabrarse las jetas y decir los peores insultos de entre dos o tres idiomas por un pedazo abombado de carne de res.
Pero yo prefería una y mil veces embodegarme en ese barco de filibusteros agregados al país, antes que pisar el umbral panteonesco del colegio al que para mi mala fortuna me hicieron entrar por concurso. Diez hijos de zafios podían entrar a ese colegio por año, y yo me saqué el número. No era colegio de ricos, todo lo contrario, pero tampoco había muchos hijos de prole extranjera. Se trataba de un espantable instituto en la declinación de su fama donde asistían los retoños de familias patricias empobrecidas, ramas negras de castas segundonas cuyos apellidos fulguraban en los baluartes de la nación. La mayoría eran niños locos, criados por resentidos progenitores: madres que se habían desquiciado reclamando honras, reconstruyendo genealogías en caserones chusos del sur, semi derrumbados, que otrora recibieran en sus zaguanes coloniales las visitas de ministros, y los padres de estos chicos se habían degradado a vulgares fiacunes, a holgazanes de manual, que ventilaban el apellido en cafés y lenocinios, mendigando invitaciones, mendigando casi que les pagaran un trago, y contando qué sé yo qué épica rufianesca de algún abuelo militar que se había dedicado a desollar indios en el desierto o que había violado tropecientas guaraníes en el Paraguay.
Ese colegio era una desgracia y funcionaba como un loquero. Los profesores eran la mitad curas depravados, que tenían los dedos marrones y los dientes filosos, la otra mitad maestruchos míseros como ratas que para aparentar elegancia se remendaban el traje todos los días y estaban a un paso de exprimirse la gomina del pelo para usarla al día siguiente.
¿Qué decir? Los pasillos de ese colegio me sugerían los más extraños sueños. Sudoroso en mi camastro, al lado de mi hermana que dormía con la respiración imperceptible de un gato, me soñaba unos íncubos acongojados que le hubieran enfriado la piel al diablo, pero que a la luz gris de la mañana invernal ya no podía retener en la cabeza. Siempre, sin embargo, eran sueños donde yo caminaba por los pasillos irreales del colegio, y alguien me perseguía. Pasillos que se alargaban y se curvaban de manera imposible, hasta generar escaleras vertiginosas y balcones que daban al vacío, y los corredores armaban una sucesión tan atravesada que ningún mapa podría facilitarla. En algunos sueños, de los pocos que retengo mejor, me perseguía un chico deforme cuyo cuerpo era una silla de madera. El “chicosilla”, le llamaba yo. Y caminaba como un centauro, haciendo el ruido feísimo de quien corriera con cuatro patas de palo.
Uno de mis maestros era particularmente odioso y me infundía terror. Se llamaba Talabartia. Era un mengano altísimo y ojeroso, pero, a diferencia de mi padre, era delgado como una grulla. Las piernas eran larguísimas. Amarrocaba tanto los mangos que se hacía él mismo la ropa, que parecía, siempre negra para disimular las manchas y apolillamientos, la que llevaría el enterrador del peor collado del mundo. Delgado y fuerte como un halcón, su cabello largo y anaranjado peinado hacia atrás, al transcurrir la mañana, se iba secando de la gomina, y entonces se paraba en las puntas traseras hasta parecer el penacho de un pingüino emperador. Los anteojos eran redondos y pequeños, y tapaban del todo sus ojillos malignos.
Yo le temía por dos razones de peso. Primero, porque me pegaba con sus cuatro duras extremidades, cada vez que tenía algún pretexto. A veces me golpeaba con las cuatro extremidades a la vez. Segundo, porque era un brujo malísimo y poderoso, o esa convicción tenía yo, capaz de adivinarme el pensamiento apenas se me imprimía en la mente. Mil y un ejemplos tendría para contar, episodios en los que me leyó de seguro el pensamiento, y me lo demostraba tácitamente.
Más pobre yo que rapavela, y hambreado como una rata, me dormía todo el tiempo, en cualquier parte. De parado, en la escuela, trabajando con mi padre… Curiosamente, mi voluntad temerosa debe haber mantenido mi cuerpo andando, porque me despertaba siempre en otra parte, con las manos ocupadas en alguna tarea. Incluso parecía que en esas circunstancias sonambulísticas caía bien a cuanto gandul me hubiera cruzado, que me elogiaba con palabras admirativas: “Bien estuviste, che”. Yo, con los ojos despavoridos, imagínense, no tenía idea a qué se refería. ¿Qué voluntad atorrante o señorial me habría guiado en esos hiatos de consciencia un poco inquietantes (al menos para mí)? Luego, en otros períodos de mi vida, conocería más que bien esa voluntad.
Una vez, mi padre —que, si algunos andan encorvados por cavilaciones, él andaba siempre bien erguido de pura ignorancia— emergió de la lóbrega covacha para ir a buscarme a la escuela. Una iluminación le había germinado en la testa desde temprano, reforzada por el café alquitranado y astringente que se habría arrojado al gollete apenas revivido de la catrera: que yo estaba consentido por la escuela principesca a la que asistía y que, en cambio, él me arrancaría de esa prodigalidad para arrastrarme a la realidad de la fagina, al reino verdadero de los fardos, las máquinas golpeteantes y las manos sarmentosas y engrasadas. Entonces ocurrió un suceso que, como todas las grandes tragedias explosivas de la vida, pareció desplegarse y resolverse en sólo cuestión de instantes, a la vez que, mientras duró, pareció un ícono estático de duración infinita. Mi padre irrumpió en el aula como una mula, en camiseta, con el frondoso vellocino del pecho que se le fusionaba en su cerrazón con la lija mal afeitada de la carota. Me llamó sin comedimiento y en horrendo idioma. Todos mis compañeros estallaron en una sola carcajada de sorna. El maestro Talabartia estaba allí y, por el gesto de pasmo indignado, entendí que se iniciaba allí mismo una puja: ambos tenían autoridades soberanas y despóticas sobre mí. A ninguno de los dos les importaba si me moría yo desjarretado en alguna calleja, pero en ese momento, ambos se apoderaron de mí, uno de cada brazo, y reclamaron sus potestades: la solemne e institucional del magisterio, la atávica y casi mineral de la paternidad. La rencilla era inminente: yo, anémico, era sacudido como un muñeco de guignol. Talabartia y mi padre eran caracteres demasiado opuestos: la sola cercanía los precipitó en la gresca. El motivo era mezquino, sin duda, hoy lo sé, pero un extraño dolor del corazón se apoderó de mí al ver combatir a mis dos guardianes terribles. Como dos gárgolas, se trenzaron, arrojándome a un rincón, donde quedé arrebujado y zaherido en mi orgullo frente a mis compañeros, que festejaban el advenimiento de ese caos. Yo cubría mi rostro atufarado de llanto. Mientras tanto, maestro y padre se propinaban golpes poderosos, cuyos efectos destruíanlo todo. Las extremidades largas de uno, los brazos macizos del otro, se movían impiadosamente; unas como las armas de un pulpo, los otros como pistones que azotaban con fuerza tal como para instalar una viga y dejarla clavada allí para la posteridad. Vestidos de músculos, las manazas no se detenían y los estruendos eran tan fuertes que parecían chasquidos agudos.
Se mataron mutuamente. Finados, eran irreconocibles. Todos los niños los rodearon: como cuando se mata a una araña, ambos cuerpos se veían empequeñecidos. Parecía mentira que sus iras bíblicas hubieran hecho caer hasta tal punto la mampostería interior del aula.
Las cajas de pino donde los velaron, ese mismo día, bajo una lámpara espectral, parecían cajones de un aparador dentro del cual fueran a guardar los cuerpos. Los velaron en el mismo club, porque ambos pertenecían al mismo siniestro partido político (casualidades de la vida). Contrariamente a la primera impresión, ahora, en sus ataúdes, se veían gigantescos. Supe al verlos allí, misteriosamente juntos, como sólo hubieran podido aparecerme en un sueño, que aún después de que bajaran a la tumba, seguiría escuchando sus voces, probablemente entrelazadas en un dueto satánico.
Un organillo sentimental sonaba en la calle, lo cual hacía de la escena algo como un sueño de alcohol, repulsivo, algo que hizo espetar a los allegados circunstanciales, de falsas lágrimas, comentarios dispares. Uno: “Barrio federal, barrio federal”, y trompeteó la nariz en el pañuelo, conmovido hasta el tuétano; otro: “Días extraños estos. Días muy extraños”, y quedó como iluminado, mirando hacia una ventana. Otro más: “¡Qué canallada!”, aunque a saber de quién era tal canallada, o quién el canalla. No estaba claro, por cierto.
Vi los cadáveres: las caras como de cera, los ojos como canicas. Parecían más bien máscaras. Temí que todo fuera una suerte de maquinación. Que fueran muñecos y ambos mastodontes, padre y maestro, estuvieran en realidad contemplando detrás de alguno de los cortinados bordó que oscurecían la estancia. Contemplando mi reacción, juzgándola y preparando castigos acordes a mi desamor. Espaventado, con el ánimo delirante, arremetí sobre los cajones y lancé un llanto desconsolado, oteando a los costados, aunque malditas las ganas que tenía de llorar: reír me dictaminaban en cambio las entrañas, reír. Las mujeres emitieron un quejido de ternura, pero mi madre me arrancó de allí con un sutil retorcimiento de toda mi oreja.
Mi madre… No dijo nada, pero se tiraba de los cabellos que salían del velo negro. Era tan mísera que, junto con la madre del maestro, paupérrima también, pagaron una misma tumba y pusieron un cajón encima del otro.
Referencia: Conde De Boeck, Agustín. Nigredo, Río Cuarto, Editorial Nudista, 2022.
sábado, septiembre 26, 2020
Revista Gualicho, un paseo por el lado oscuro
Las revistas virtuales fueron mutando en sus propuestas y formatos a lo largo del tiempo. Hace unos meses, me crucé con un proyecto que me generó interés: la revista Gualicho. Se trata de una revista mensual, realizada en formato pdf, cuyo objetivo principal es explorar la literatura de terror y fantasia argentina actual. Me interesó porque es breve, con un planteo despojado y preciso, tapas convocantes, y porque se nota el afán por compartir literatura de género de calidad, sin privilegiar nombres ni estilos.
La propuesta, dirigida por Emanuel Rosso desde Córdoba, es sencilla y efectiva: cada número consta de un relato breve, unas 10 a 14 páginas, de un autor o autora afín a los géneros de la imaginación oscura. La revista Gualicho se puede descargar y leer desde su página de Facebook (todos los números están en esta carpeta) y también tiene su perfil en Instagram (revistagualicho).
Le hice algunas preguntas sobre el proyecto a Emanuel, director de la revista Gualicho, quien generosamente las respondió. Les recomiendo que lean la breve entrevista y que luego se sumerjan en el mundo de terror que estos autores y autoras convocan con estilos y temáticas disímiles.
Golosina Caníbal: ¿Cómo nace la revista Gualicho? ¿De dónde sale el título? ¿Qué periodicidad intentás sostener con el proyecto?
Revista Gualicho: Gualicho nace por la curiosidad que me generaba saltar el mostrador y ponerme en el lugar de editor. Fue casi como un juego. Y no creo que esté mal hacer las cosas como si fueran un juego. Si se va a disfrutar del resultado tanto como yo disfruto hacer Gualicho, diría que es hasta recomendable. De pronto un día le pedís un texto a Bragagnolo y te dice que sí, o te escriben Juan José Burzi y Marcial Gala y te preguntan si pueden participar y te das cuenta de que estabas haciendo un buen laburo. El título es ese porque es una palabra muy de estos lados. En lo personal creo que el terror, como el rock o el heavy metal, es más interesante si tiene un agregado local. Los que amamos el terror amamos las mansiones victorianas, los cuervos y el vudú de Louisiana, pero vivimos en este lado del mundo. Entonces tal vez debamos encontrar el terror en lo que nos rodea, en nuestras tradiciones, en nuestra música. Si prestás un poco de atención, es fácil apreciar que el miedo está en todos lados. La idea es que la revista salga, al menos, una vez por mes.
GC: ¿De qué modo te ponés en contacto con autores y autoras para los distintos números?
RG: Algunos autores han sido invitados a participar, a otros les gustó el proyecto y se acercaron solos. Cuando llega algún texto de alguien cuyo trabajo no conozco, le digo que el relato será puesto a consideración. Algunos necesitan ser trabajados un poco, otros llegan ya cocinados, muy corregidos, listos para salir. La idea es que en la revista convivan algunos autores que están dando sus primeros pasos con otros que ya tienen cierto renombre.
GC: ¿Por qué te parecen interesantes géneros como el fantasy, el terror y el fantástico?
RG: El terror me acompaña desde que tenía unos ocho años, desde la primera vez que vi a Freddy Krueger. ¿Por qué me gustan esos géneros? Supongo que disparan algo que está bien guardado en la porción del cerebro que se ocupa del disfrute. O tal vez porque en ellos uno puede encontrar historias que se alejan de la cotidianidad, de lo autobiográfico, de la literatura del yo que desde hace un tiempo ha abandonado los guetos indies para ocupar las estanterías del mainstream.
GC: ¿La breve extensión de los relatos y el planteo textual despojado son aspectos buscados deliberadamente?
RG: La extensión sí. La idea es que cada número de Gualicho sea un amuse-bouche. El autor tiene una extensión acotada para mostrar sus armas. Si el lector encuentra algo que le gusta, puede investigar la obra del autor. Es como una cata literaria, si se me permiten dos referencias gastronómicas en una misma respuesta. El planteo estilístico depende de cada autor, pero creo que hoy por hoy es deseable evitar los barroquismos. Es absurdo intentar escribir como lo hacía Lovecraft.
GC: ¿Qué potencialidad le ves a una revista virtual para la difusión de nuevos autores y autoras en nuestro país?
RG: Si me guío por la experiencia de Gualicho, el potencial es alto. Uno puede ver cómo se van tejiendo las redes, aunque a veces parezca que somos los mismos cinco borrachos de siempre en el boliche. Por último, gracias por el espacio y el tiempo.
viernes, septiembre 04, 2020
Un fragmento de ¡Paraguayo!, de Ariel Luppino
Ariel Luppino teje una conspiración, una serie de intrigas en la literatura argentina.
Pero sería un error hablar de un Ariel Luppino. Como en los multiversos de su maestro Laiseca, hay cuatro o cinco Luppino habitando la Gran Llanura de los Chistes. Está el Luppino de las entrevistas, polémico, directo; está el Luppino de las novelas crueles, Las brigadas (2017), Las máquinas orientales (2019) y ahora, ¡Paraguayo! (2020), todas publicadas por Club Hem; hay un Luppino lector también, es el de La risa, el de las redes sociales; hay Luppino artesanal, con breves novelas, que apuesta a un proyecto como la Oficina Perambulante, de Carlos Ríos; hay otro Luppino más secreto, más personal, pero ese no importa tanto en este llanura. Laiseca y Lamborghini se hubieran divertido creando anagramas con el nombre Ariel Luppino, formas de nombrar esta multiplicidad.
Ese Ariel Luppino, múltiple, diseña un universo literario sostenido en la búsqueda de frases perfectas, en la violencia como motor narrativo, en los apodos y los nombres que son destino, en las lógicas del amo y del esclavo, en la actualización de una tradición nómade de bárbaros que desembarcaron en la literatura argentina para asolar sus fortalezas, como bien lo ha señalado el crítico cómplice Agustín Conde De Boeck.
Por todo eso, y porque en literatura una conspiración también puede ser una amistad, me complace postear este fragmento de ¡Paraguayo!, publicado recientemente por Club Hem. Pasen y lean!
Fragmento de ¡Paraguayo! (Ariel Luppino)
Al Mandioca lo disgustó enterarse de esa noticia. Sólo un hombre lo había desafiado una vez y había sido un viejo compañero de armas, el General Uki Safrím. Para ser honesto debía reconocer que lo había tomado por sorpresa. Nunca lo hubiese imaginado. Él y Uki Safrím habían guerreado juntos en una infinidad de lugares desde la noche de los tiempos. Pero un día Uki Safrím decidió desafiarlo, frente a su tropa, en su propia casa. El Mandioca recordaba todo aquello como si hubiera pasado ayer, o como si todavía estuviera pasando frente a sus ojos. Uki Safrím había convocado a una asamblea extraordinaria en Cerro-Corá. Acudieron todos los clanes que financiaban la guerra en esa etapa primigenia, casi larvaria. No cualquiera podía hacer eso frente a las narices del Mandioca, pero Uki Safrím era un líder del pueblo, tenía poder y prestigio, ambos ganados con valor y una pizca de osadía. Además, Uki Safrím contaba con el apoyo incondicional de su tropa. Era un gran estratega, el segundo en la cadena de mando del Ejército paraguayo, justo después del Mandioca. Ese día Uki Safrím llegó escoltado por su guardia, un grupo de élite conocido como Los Azules, cada uno con un facón pintado de ese color, y pidió hacer uso de la palabra, porque, según dijo, tenía una acusación muy seria para hacer. Nadie entendía qué estaba pasando y el Mandioca mismo estaba intrigado, aunque suponía que la cosa era con él. Uki Safrím no le había hablado antes, y a solas, como correspondía a su rango y amistad. Todos estaban a la expectativa. Uki Safrím nunca había dado un paso en falso y era evidente que se traía algo entre manos. Empezó diciendo que contaba con el testimonio de fuentes confiables (inclusive tenía pruebas…) como para concluir que el Mandioca era un robot. Hubo una consternación entre los presentes, miradas cruzadas, y cierta incomodidad. Pero eso no era nada grave ni estrafalario. Después de todo, siguiendo esta línea de pensamiento, muchos consideraban al Mandioca un semidiós. Siempre salía a salvo de todas las batallas, y nunca nadie le había hecho ni siquiera un rasguño. Claro que el planteo de Uki Safrím no terminaba en ese punto: en su historia todavía faltaba lo peor. Según sus fuentes, el Mandioca era un robot creado por los argentinos, un robot enviado por los argentinos para conducirlos a una debacle estrepitosa, a la derrota de una guerra que los estaba matando a todos ellos a distancia. Hubo un murmullo de indignación entre la mayoría, y Zetos y el Zurdo desenfundaron sus facones. Mate Cocido no tuvo ni tiempo de sacar el pistolón. El Mandioca pidió que dejaran hablar a Uki Safrím, que no lo interrumpieran. “El General tiene el derecho conferido por esta asamblea de notables”, les recordó a los demás. Entonces Uki Safrím retomó la palabra. En voz alta, poco menos que a los gritos, acusó al Mandioca de ser el arma de exterminio más efectiva con la que contaban los argentinos. Los Azules tuvieron que interponerse para que no lo despedazaran vivo. Pero el Mandioca volvió a pedir silencio, y un poco de tranquilidad. Después le exigió el pistolón a Mate Cocido, que esta vez había llegado a sacarlo, y enseguida se lo puso en la mano a Uki Safrím, que lo miró extrañado. "Delante de todos", dijo el Mandioca, "demostrá que yo soy un robot". Ukí Safrím comprendió la gravedad de su acusación. Hubo otro murmullo pero el Mandioca hizo silencio con un gesto de la mano. Entonces Uki Zafrím le apuntó a la cabeza, y enseguida bajó el arma. Parecía arrepentido de haber llegado a esa instancia. Pero íntimamente sabía que ya no había vuelta atrás. "Si vos no sos un robot", dijo el Mandioca, "entonces comportate como un hombre". Uki Safrím volvió a apuntar con timidez, casi con vergüenza, y le disparó en una de las piernas. El Mandioca cayó de rodillas y un charco de sangre espesa se formó a su alrededor. Quizás porque había comprendido que ese acto era irremediable, Uki Safrím le apuntó a la cabeza y, casi con desdén, hizo fuego. Todos se abalanzaron sobre el cuerpo del Mandioca después del estruendo. La primera bala había destruido una aorta y los médicos tardaron cinco horas en parar la hemorragia. Como reemplazo de la zona dañada tuvieron que poner un conducto de resina reforzada con fibras de algodón. La segunda bala le había volado la mitad de la mandíbula pero pudieron reconstruirla con piezas de acero. El Mandioca tardó meses en recuperarse, la mayor parte del tiempo se la pasaba sedado o delirando por la fiebre (se habían acabado las dosis de sedantes y fue sometido a dieciséis operaciones quirúrgicas). Las mujeres y niños hacían guardia noche y día afuera de su tienda, y rezaban en voz alta. Llegaron a verse facones azules apilados en señal de respeto, casi de veneración, como una ofrenda a un antiguo rival. Uki Safrím tuvo que reemplazarlo pero su imagen cada día se erosionaba más y más: nadie comía con él, y muchos le esquivaban la mirada. Las bajas en campo de batalla se duplicaron y se perdieron territorios de suma importancia. Pero antes de que estuviera en condiciones de pelear el Mandioca volvió al frente y recuperó los territorios que se habían perdido durante su ausencia, y consiguió una serie de triunfos claves en la frontera. Durante los festejos el Mandioca volvió a reunirse con Uki Safrím y ambos se estrecharon la mano. No habían vuelto a verse las caras desde aquella vez. El Mandioca le preguntó si todavía seguía creyendo que él era un robot. Uki Safrím le miró los dientes de acero y con una sonrisa culposa reconoció que no, claro que no. Entonces el Mandioca también sonrió y sin una pizca de rencor dio la orden de que lo despellejaran vivo. Los Azules fueron los primeros en sacar los facones sedientos de sangre.
lunes, agosto 31, 2020
"Curabichera", un bicho raro de Nadia Gómez
Cada tanto releo Bichos raros (2018), de Nadia Gómez. ¿Qué escribió Gómez? ¿Qué son estos textos que arranca con un dato animal estrafalario para luego ir a un núcleo narrativo humano entre la tensión y el desborde?
El pequeño libro, editado por Palabras amarillas ediciones, remite al viejo truco del bestiario pero a través de una escritura que parece engendrar un nuevo género narrativo. ¿Estoy ante el nacimiento de una nueva forma de narrar? Claro, lo sencillo sería esgrimir el adjetivo híbrido pero los relatos de Gómez no son híbridos, son mutantes más bien. Breves relatos en mutación: por eso se ven cuerpos desmembrados y suturas poéticas, registro mixtos de lenguaje e imágenes de crueldad experimental.
Probablemente, el relato que condense Bichos raros sea "La broma del taxidermista". Si el ornitorrinco parecía el chiste de diabólicos taxidermistas, estos relatos se hermanan con ese humor infernal y con el escalpelo que usa Gómez para construir breves engendros narrativos.
Bichos raros, ilustrado por imágenes también mutantes de Muriel Bellini, es un laboratorio narrativo que Nadia Gómez maneja, como una científica loca, y que puede sumir a cualquiera en el desconcierto lector. Y exigir, cómo no, una nueva y próxima lectura.
Lean, pues, uno de los bichos raros de Nadia Gómez.
Curabichera (Nadia Gómez)
La bichera crece especialmente en lugares húmedos. De tanto rascarse se hizo una herida. La piel demasiado seca se rajaba cuando hacía fuerza para defecar y en contacto con la suciedad del suelo la herida se puso dulce. Las primeras larvas nacieron en el tracto rectal, las pasó a la cabeza con las uñas. Las que perforan la primera capa de piel son capaces de llegar hasta el cráneo. Los parásitos empezaron a multiplicarse. Cuando aún conservaba la razón, ya tenía nidos y los gusanos salían como flechas de carne. No hubo forma de preguntarle. A los más de adentro, hubo que sacarlos con una pinza, ayudarlos a nacer. Tuvo momentos felices. Le habíamos puesto Hafiz. Murió en el lavadero del patio con una inyección letal. La última semana no podía moverse. Con los ovejeros el gran problema es la cadera.
Tres de la tarde, hora desierta en Nueva Pompeya. Un sexagenario, ex integrante del Ejército que ahora tiene una ferretería, es asaltado por delincuentes armados cuyo número y género no precisa. Llama a la 34 y avisa auto blanco asaltó su local y se dio a la fuga, no especifica marca, ni características de la carrocería. Auto blanco, nada más. La policía activa el llamado "operativo cerrojo".
Pepe Pedro o cualquier otro nombre frena en una esquina de Avenida Sáenz, espera el cambio de semáforo. FM Aspen, una balada amorfa y reiterativamente feliz. Sol seco contra el capó blanco. La nena se pasa de un salto atrás por entre la palanca y los dos asientos. Pepe Pedro o cualquier otro nombre, que es su papá, le dice la próxima vez que saltás así te doy un chirlo. La nena se ríe y busca una muñeca Barbie abajo del asiento del acompañante. La muñeca tiene el cuerpo finito, un pantalón de corderoy y una remera con la leyenda: Sweet & Honey. Cursiva con relieve. La nena pide a papá un peine para la Barbie. Pepe Pedro o cualquier otro nombre agarra el peine de hotel que guarda en la solapa del espejo. Vigila el retrovisor y ve venir un auto oscuro con todas las luces. Cambia el semáforo y el auto de las luces se aproxima y la nena se agacha para agarrar el peine que se cayó cuando pone primera y él se engancha la manga en la tanza del rosario y del auto de las luces sale un tiro y otro inexplicable estalla el vidrio de atrás y revienta el rosario y la espalda del asiento y otro tiro atraviesa el vidrio delantero y la nena se mete en el hueco del acompañante y Pepe Pedro o cualquier otro nombre volantea con el cuerpo dado vuelta pura buscar a la nena y ve la Barbie, la remerita, lee Sweet & Honey, un tiro le da en la mandíbula y lo desmaya con el pie apretado en el acelerador.
Pepe Pedro o cualquier otro nombre todavía está al volante y el auto en marcha cruza la esquina, sigue toda la avenida, pasa la verdulería y el negocio de las empanadas, la publicidad de Tarjeta naranja y atrás el Peugeot 504 le sigue disparando porque Pedro Pepe o cualquier otro nombre no frena y huye inconsciente, pasa a las amigas que salieron de la escuela, pasa un árbol de otra esquina y sigue limpio con el volante flojo toda esa cuadra hasta que el cuerpo se le ladea un poco y se equivoca de dirección y con la cabeza triturada por el tiro número tres se sube a la vereda, atropella a una mujer de 35 años y a su hijo de seis y choca contra un Kangoo. El conductor y su señora son de nacionalidad coreana, sufren heridas. Pedro Pepe o cualquier otro nombre es responsable de homicidio culposo. El auto de la policía sin identificación dispara dieciocho veces más. Ocho tiros le dan en el torso, los brazos, el estómago. Los vecinos golpean las ventanas porque lo quieren reventar a patadas.
El cuerpo de la mujer parece moverse pero es la cartera que se suelta del hombro. El chico cayó dos metros más allá. Al tipo lo internan en el Hospital Peona. Se salva, lo condenan a 30 años de prisión. Su abogado apela tres veces pero la sentencia no se remueve. Operativo cerrojo. Todo esto es verdad. Pepe Pedro o cualquier otro nombre tuvo la suerte de tener un auto blanco, realmente no hizo nada más que tener un auto blanco. Ese día desierto había ido a buscar a su hija al jardín, en su auto blanco. 15 horas.
Esa noche Hafiz emprendió su camino a la luna. En la oreja, mientras llegaba, escuchaba a los gusanos rumiar. No es que comprendiera el sonido, no sabía con qué compararlo. Pensó en una lija, pensó en el trabajo de las hormigas, en un pozo ciego. El curabichera es un producto para el control de gusaneras. En aerosol, pomada o gel, no llega al flujo sanguíneo, actúa sobre las larvas de la herida. Para tratamientos profundos se recetan otros químicos. La sangre también la oía, cuando los gusanos no cabían en la carne se apoyaban sobre la sangre seca y crujía. Cuando llegó, de pronto vio el paisaje y creyó entender. Quiso prender una fogata, quiso olvidar sus vergüenzas. Algo está bien aquí, se dijo, hagámoslo así, se dijo, entonces oyó cómo lo envolvían en una bolsa de nylon y sonrió en la oscuridad.
Gómez, Nadia. Bichos raros, Buenos Aires, Palabras amarillas, pp. 29-32.
miércoles, agosto 05, 2020
Un fragmento de arrobachau, de Sara Georgieff
El jueves, 23 de agosto de 2018 6:24:43 pm.
<fedeg. alvarez@gmail. com> escribió:
Martina:
Tenés una capacidad tremenda para complicarlo todo y hasta parece que lo hacés de gusto. Siento que te divertiste viéndome llorar por las cosas que me hiciste y lo que le hiciste a Lourdes. Incluso sabiendo que es una buena mina, que le caías bien y que nunca tuve nada con ella.
También sé que estuviste con alguien y lo mismo tuviste el descaro de enojarte conmigo y con ella siendo que es mi amiga hace años. O era. No sé si me perdonará haber permitido que hagás lo que le hiciste. Ni siquiera puedo escribirlo.
Ya no sabía cómo explicarte que me tenías harto. Si nunca te gusté me lo deberías haber dicho. Si precisabas que te ayude a verte como lo hermosa que pensaba que eras me lo deberías haber dicho. Era más fácil decirme las cosas en vez de pretender que sea tu psicólogo gratis y bolsa de boxeo viva. Era tan fácil pero ya es tarde para que hablemos, no me rompás las bolas con cosas que ya no me incumben.
Con vos ya no quiero saber nada, te bloqueo de todos lados y sólo te mando este mail para pedirte disculpas por haber tirado a Kiki y Ramón en el inodoro. Espero que los hayas sacado cuando los viste. Quería un poco vengarme de vos y no sabía cómo. No espero que me perdonés pero sí espero que ellos me perdonen.
No te deseo la muerte, pero sí deseo que te vaya mal
Me puse a escuchar este mail con una aplicación de Loquendo en línea sólo para hacerlo más interesante. La realidad virtual de un deseo de muerte disfrazado de despedida dramática parecía un Federico opuesto al que, cada vez que pude, le pegué. Ese era demasiado débil y complaciente. Se parecía a todo lo que me daba un poco de asco cuando empecé a usar mi sangre para recetas. Me puso un poco orgullosa pensar que lo había roto de esa manera. No sé en qué momento me volví algo con tan poca gracia.
Con Kiki y Ramón de nuevo en la pecera todo parecía ser lo mismo que antes. Pero la virtualidad horrenda, de ese mail era muy parecida a todos los ámbitos reales para mí. Encontrarme tomando el último poco de tequila baratísimo y escuchando a un robot desearme que me vaya mal era bastante parecido a lo que siempre pensé que me merecía pero no me atrevía a verbalizar. Y me enteré de la manera menos conveniente de que tengo mucha facilidad para coser.
Una vez vi una película en la que una señora se suicidaba cosiéndole piedras a un vestido y metiéndose en el mar. Me compré un vestido y tenía planeado comprar un pasaje a Mar del Plata para reciclar esa idea. Más bien para robar esa idea. Ya no tengo plata pero puedo tirarme desde la terraza con el vestido puesto. Caería un segundo antes y haría más ruido. Si estuviera por arrepentirme bastaría con tropezarme con una piedra para que no importe en lo más mínimo haber preferido vivir en el último momento de mi vida. Sería un poco estúpido como el dicho, el de tropezarse con la misma piedra. Algo que tendría bastante que ver con lo que me merezco, pero si lo digo en voz alta a nadie le parece razonable. Si Pizarnik se mató yo también puedo. No tiene mucho sentido como excusa, pero nada tiene mucho sentido. No tengo nada para empastillarme y nadie se muere con ibuevanol. Haría lo siguiente: copiarle la muerte con nada por delante a Alejandra, copiarle la locación elegida a priori a Alfonsina, copiarle el modus operandi a Virginia.
Seguramente la de la película con el vestido y las piedras era Virginia, pero me falla tanto todo que hasta me falla la memoria. Se matarían de nuevo si supieran que alguien como yo trata de compararse con ellas.
Todo lo que pienso se transforma en una ilustración emo de cuando existían los emos. Creo que sería emo hoy en día.
Cuando la última piedra estaba cosida me di cuenta de que en realidad no tengo tanta facilidad para coser. Todo estaba chueco y me pinché varias veces.
Kiki y Ramón estaban vivos de milagro y parecía que nada les interesaba menos.
Cuando me quise levantar tuve una revelación. Todo estaba mal cosido porque me fui emborrachando sentada.
Llamé por teléfono a mi mamá y me atendió de inmediato. Cuando me escuché tragándome los mocos de llanto le corté.
Sentí que Loquendo decía Lourdes con el mismo deseo que Fede. Que Lourdes nunca fue una persona bajo mi punto de vista, fue un concepto y un sentimiento. Una mina de la cual nadie podía no enamorarse o mínimamente desear. Objetivamente era una chica real, amiga de mi novio y subjetivamente, mi fuente única de inseguridad y celos.
(…)
Georgieff, Sara. arrobachau, San Miguel de Tucumán, Gato Gordo ediciones, pp. 05-14.
jueves, julio 23, 2020
Bob Chow en el basurero de la historia
lunes, julio 06, 2020
Capítulo 22, fragmento de Confluencia, de Inés Kreplak
Desde la primera visita a la casa de Malena tengo registro de que no debo dejar restos de comida sin guardar, paquetes de galletas abiertos o frutas y verduras fuera de la heladera. También tengo cuidado de no hacerlo en mi propia casa. Malena utilizó un eufemismo para hablarme de quienes podían aprovecharse de una mínima distracción humana, y mi inocencia citadina en su momento me había llevado a pensar en hormigas, incluso en una plaga inmensa, pero ella prefirió no hacer ninguna aclaración. La noche en que me quedé a dormir en su casa, ante la percepción de ciertos ruidos extraños en los techos, Malena me aclaró que a veces se trataba de pájaros, aunque casi siempre eran ratas que buscan comida. Yo tragué saliva espesa y mi garganta hizo ruido. Preferí no seguir la conversación.
La semana en la que Malena decidió instalarse de manera definitiva en su nueva casa, durmió muy mal. El entrepiso en el que estaba su cama se encontraba muy cerca del techo, y por las noches el silencio era tal que podía escuchar con precisión las patitas de las ratas caminando a lo largo y a lo ancho de los tirantes de madera, casi por encima de su cara. Cerraba los ojos y sentía que una cola rozaba su nariz, que el roedor se escabullía entre las sábanas. Malena se movía porque pensaba que así las ratas se iban a espantar. La primera noche estaba muy cansada como consecuencia de todas las tareas de puesta a punto del lugar y finalmente pudo dormirse, pero la segunda tuvo que prender una vela y ponerse a escribir. Decidió particularizar a la rata, sería una sola, siempre la misma, y se llamaría Niní. Le escribiría cartas para familiarizarse con ella, para demostrarle que no le tenía miedo y para expresarle todas sus sensaciones.
Malena escribía por las noches para aplacar el miedo, para dominar la adrenalina y lograr dormir. Durante el día, las ratas no se acercaban, Malena tenía casi siempre a mano elementos para espantarlas y hacerlas escapar. Maderas, palos, sierras, martillos, serruchos. Si de lejos veía alguna, pisaba fuerte, hacía ruido con las sillas y alertaba a los perros, que comenzaban a ladrar; con eso bastaba, porque las ratas reculaban. Cuando no estaba en la casa tenía que dejar bajo resguardo cualquier tipo de comida, incluso el alimento balanceado de los perros. Las visitantes solían estar hambrientas y, por supuesto, tenían un olfato muy desarrollado.
Una tarde, casi un año después de haberse instalado en la casa, de regreso después de varios días de ausencia, encontró pequeños cambios que la alarmaron. Ya en el bote se sorprendió de no escuchar los ladridos de Pablo ni de Dragón, que solían ir a recibirla al muelle. Los llamó y chistó un par de veces, pero al no verlos acercarse pensó que los perros podrían estar en el fondo del terreno de Tute o durmiendo una siesta. Amarró el bote, descargó las compras y su bolso, caminó los metros que la separaban de su casa, subió la escalera, y al atravesar la cortina de juncos, que en aquel momento hacía las veces de puerta, encontró la casa revuelta.
El mate estaba tirado en el medio de la sala. A unos metros encontró la esponja con la que lavaba los platos toda carcomida, pedazos de gomaespuma desperdigados por el piso. Le pareció muy raro, pensó en los perros, pero inmediatamente se acordó de Niní. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y recién ahí reaccionó. Antes de caminar por el interior de la casa golpeó sus botas contra el suelo. Hizo mucho ruido para espantar a la intrusa, que creía que era Niní. Cuando levantó el mate del suelo vio que tenía alrededor de cincuenta agujeros pequeños que estaban hechos con los dientes. Le pareció raro que la rata pudiera hacer eso con una pieza de madera, y con asco lo dejó en la bacha de la cocina para después lavarlo bien. Buscó el escobillón y barrió del piso los pedazos de esponja. Mientras los juntaba con la pala, escuchó sonidos poco familiares muy cerca de ella. Algo andaba cerca. Pero no parecía ser Niní. Era de día y Malena estaba haciendo todos los ruidos que habitualmente hacía para espantarla. Con desesperación empezó a golpear más fuerte todo lo que tenía a su alrededor, barría y agitaba el cepillo contra el suelo, pisaba con ímpetu, corría los muebles, arrastraba, golpeaba, hacía crujir a cada instante las distintas maderas de la casa. Decidió poner música. Prendió el equipo y sintonizó la radio a todo volumen, estaban pasando el tema Boys don’t cry de The Cure, y aprovechó para bailar y cantar fuerte. Tiró a la basura los restos del barrido, ordenó los muebles y se olvidó de lo ocurrido.
Ya al atardecer, los perros volvieron a la casa. Malena se sorprendió de que hubieran llegado tan tarde. Les dio de comer y guardó el alimento balanceado en una conservadora de telgopor que había elegido para aislar la comida y mantenerla al resguardo de insectos y roedores.
Pero los sucesos extraños continuaron. Otra tarde, a los pocos días del episodio anterior, se despertó de una siesta y escuchó ruidos entre las paredes. Desde el entrepiso miró hacia abajo vio una bola de pelos grises y blancos que de lejos parecían pinchudos. Esa bola tenía una especie de remolino en el lomo y un contorno negro alrededor de los ojos. Enseguida divisó otra bola igual pero más pequeña, sin el remolino. Se dio cuenta de que no podían ser ratas por el tamaño y por el andar, más lento, sereno, menos huidizo y, por ende, más terrorífico. Cuando Malena pudo reaccionar al shock se dio cuenta de que estaba en presencia de dos comadrejas. Sin animarse a pasar por donde estaban, pensó en la manera de escapar por una ventana, pero era imposible. Con miedo, intentó utilizar los mismos trucos que usaba con Niní. Empezó a mover sus muebles, a golpear las cosas, a cantar a los gritos, pero las comadrejas no se iban. A pesar de no tenerlas en el momento a la vista, cuando hacía silencio aún las escuchaba moverse por entre las maderas de la casa. Malena tenía que animarse a bajar, debía irse a Buenos Aires a trabajar, así que juntó coraje, hizo movimientos muy veloces, limpió todos los restos de comida que quedaban en la casa, se llevó con ella la bolsa de basura y no volvió hasta la tarde siguiente. Ya en la ciudad les comentó el episodio a Leandro y a varios de sus amigos. Buscó en Internet información sobre el marsupial y consultó entre sus amigos de la isla por trampas y formas de cazarlas, pero todas las vías incluían venenos que podían ser muy peligrosos para sus perros. La recomendación que más le cerraba era la de adoptar un gato. Tenía que hacer algo para combatirlas pronto porque las comadrejas suelen adueñarse de un lugar y también pueden llegar a tener veinticinco crías en solo dos semanas de gestación. Si no se deshacía pronto de ellas, iban a invadirla. Los perros les tenían miedo y, además, las comadrejas largaban un olor fuerte y ácido, parecido al del zorrino, como forma de defensa que lograba bloquear el ataque de los perros por más que estos triplicaran su tamaño.
Cuando volvió a la isla, Malena sabía que era probable volver a encontrarse con las comadrejas que días atrás había dejado en su casa. Se alegró cuando se arrimó con el bote al muelle y vio que sus perros estaban ahí para recibirla. Al bajar, Pablo le saltó encima, mientras que Dragón le puso la cabeza para que ella lo acariciara un rato. Los dos perros acompañaron a Malena a paso lento hasta la casa pero, antes de atravesar la cortina de juncos, Dragón lloriqueó. Malena lo miró preocupada y le preguntó qué le pasaba.
Dragón le rozó las piernas con el lomo y Malena entró a su casa. Otra vez notó que había habido movimientos en su ausencia, la conservadora de telgopor estaba toda carcomida y el alimento de los perros desperdigado por el piso, un paquete de harina roto, volcado sobre la mesada de la cocina, y también restos de tomate embadurnados en las puertas bajas de la alacena. Cuando fue a ver su planta de tomatitos cherry ya no quedaba ninguno. Gritó, maldijo al aire una y otra vez y los perros empezaron a ladrar por la alteración de Malena. Acto seguido la comadreja más chica, la bebé, apareció en el medio de la sala, adentro de la casa, y la miró de frente con sus ojos negros tan oscuros que parecían brillar. Segundos después la comadreja madre se acercó a rescatar a su cría. Malena no podía entender cómo aquel animal se atrevía a desafiarla así, adelante de los dos perros. Malena gritaba y la comadreja la miraba. Con terror, intentó no mover las piernas, pero sutilmente giró y logró agarrar un palo para defenderse. Los perros no avanzaban, se escondí atrás de ella. Les gritó: ¡Hijas de puta! Las odio, las odio, las odio. Mis plantas de tomate, mi comida, mi casa. ¡Váyanse, hijas puta! ¡Asquerosas!
La comadreja madre la miraba desafiante y le gruñía con un sonido parecido a un ronquido; quieta también, observaba atenta en estado de catalepsia, inmóvil. Durante varios minutos, Malena y la comadreja siguieron midiéndose. En una pequeña distracción de Malena, la comadreja pudo tomar a su cría con el hocico, se la montó en el lomo y salió corriendo con un gemido más agudo, que sonó a maullido felino. Los perros se asustaron, y Malena también dio un alarido. La comadreja aprovechó el revuelo, se metió en un recoveco entre la pared y el piso y se perdió de vista.
Inmediatamente después de ese episodio, Malena entró en un estado de pánico que le duró varios días. Esa noche le pidió a Tute que la dejara dormir con ella en su casa, pero al día siguiente volvió. Se sentía invadida y estaba muy enojada. No iba a permitir que dos comadrejas se apropiaran de aquella casa que tanto esfuerzo le había costado. La siguiente noche también fue mala porque se cortó la luz en toda la zona de la isla y, a pesar de que no se encontró con las comadrejas, las oía moverse, sabía que la madriguera estaba en su casa. Miró detrás de la heladera, por donde estaba el motor, con terror de encontrarlas ahí, pero probablemente estuvieran en algún hueco entre el piso y las paredes, entre los agujeros que dejaba la unión de las maderas. En un momento, ante la desesperación y el miedo que tenía Malena gritó lo más fuerte que pudo y revoleó una zapatilla desde el entrepiso hasta el suelo; esta cayó con fuerza y atormentó a todos los bichos, que salieron asustados de entre las maderas.
La mañana siguiente decidió ponerle fin a esa situación. Ya no bastaba con escribir cartas a una rata imaginaria: debía resolver el problema en serio. Decidió empezar por el principio. Primero tenía que conseguir una puerta verdadera y colocarla, así podría adoptar un gato y dejarlo adentro mientras ella no estuviera en su casa. A su vez, tenía que esconder bien la comida. Ya había descubierto que el plato preferido de aquellos marsupiales era el alimento balanceado de los perros, entonces empezó a guardarlo también en la heladera, para mala fortuna de Dragón y de Pablo. Además puso aislantes térmicos en todas las paredes, cubrió cada espacio, dejando sin lugar para guarecerse a ratas y comadrejas. Todo el proceso le llevó dos semanas, pero mientras tanto no tuvo que vérselas cara a cara con la comadreja de remolino en el lomo ni con su cría. Y, aunque vio algunas huellas sobre la mesada, a partir de la llegada de Guerrero, su pequeño gato atigrado de ojos verdes, su atención pasó a estar en la adaptación del nuevo integrante al clan animal encabezado por Dragón y Pablo.
Kreplak, Inés (2017). Confluencia, Buenos Aires, Alto Pogo, pp. 145-151.














