domingo, julio 26, 2020
Tres documentales tres: Benesdra, Greco y la juntidad de la bohemia porteña
lunes, junio 01, 2020
Sánchez con Pavese
Este sitio no tiene más que tres puertas de salida, la locura y la muerte.
René Daumal
Un ámbito reducido, casi como oposición a la continuidad de la obra visible y expuesta y con un hambre infrecuente de coherencia; achicamiento de las señales que son tantas, hasta volverse nada más que una frase: desde hace algunos años parece tratarse de algo poco menos que inevitable.
Y sigue siendo así: volver a Pavese (el arranque de un texto, cierta nota de diario, su cadencia) es, paradójicamente, como volver a la memoria: algo más bien ocre —o fluyente— que hace a su obsesión central por la memoria después transformada en mito o en la presuposición del mito, pero que también representaría una distancia que un día debimos aceptar en relación con él: hablo, por supuesto, de vicisitudes más cercanas, como las que siempre terminaron por inquietarlo. Volver a una lectura incluso desatenta es recuperar un sabor que no puede olvidarse: la brazada de Pavese (sin gotas por el aire, ni estruendo) se queda sin nosotros aunque al mismo tiempo nos recupera por resonancia. Pero volver a ciertas páginas suyas, sobre todo en este caso, es volver a aquel bar con la escalera de incendio sobre el mingitorio, en la misma ciudad, entre montones de papeles manuscritos y de sobreentendidos, justo cuando acumulábamos aquel material —nuestra primera vez— para una revista sin grabados y con un epígrafe suyo que, por supuesto y tal cual la añorábamos, nunca apareció.
Sin duda, el pornográfico asunto del paso del tiempo no es más que una coordenada al pajarraco estupefacto que también lo alude como tensión, y hasta como desasosiego; si alrededor de aquella misma mesa en aquel mismo bar, al principio de casi todo, formábamos o no parte de lo que suele entenderse por una generación, resulta todavía más inexplicable.
Pero lo cierto es que nuestra finalidad por entonces precisable era dar, nada menos a partir de un momento bastante futuro, con una voz propia (la palabra voz ya parecía del italiano) que a su vez diera con un ritmo que a su vez pudiese vincularse, de cierta manera que ya nada ni nadie podría explicarnos, a la respiración de una lengua. Claro que también alentábamos la esperanza bastante comprensible —Pavese la había alentado a su modo, o simularía creerlo— de completar cuanto antes una ideología (la palabra espectacular de entonces donde cabía una estética) capaz de demostrarnos la continuidad del mundo, e incluso de descenderla hasta nuestro nivel de aprendices.
Sin embargo aquella insistencia en rastrear una noción de poesía prosperó con tanta tenacidad que poco a poco una especie de desierto literal empezaría a meterse en la ciudad, y en el bar. Pavese, a su modo, se movía a sus anchas en aquella alegoría; sin camello, con sus lecturas inconcebibles en Italia, como hombre de ideología pero al mismo tiempo como sospechoso de tedio frente a la simplificación desatada. Éramos tres, en ciertas ocasiones hasta llegamos a ser cuatro, aunque en honor a la verdad de entonces y excluyendo los amores, nunca pudimos superar esa limitación, esa capilla: años semi silenciosos y bastante cohibidos de la afonía apechugada, de intentos casi secretos por desagigantar la diversidad libresca y los hábitos de cultura comprendedora que parecían obstinarse en exceder sus límites hasta el extremo de invadir la actividad literaria específica: y el arte, según él, seguía siendo una cosa seria, a lo sumo tan seria como la moral o la política.
Entonces ya había tenido lugar lo que hoy ya es casi memoria del propósito y en aquel momento significó el primer decaimiento frontal de la mala conciencia en relación con un trabajo abiertamente específico: la edición de El oficio de poeta, título del apéndice de Lavorare stanca a que admitía la recopilación demasiado ceñida de textos originados en otro tipo de desierto: la pobreza del realismo que lo acorralara se volvía poco a poco un particular paisajista —algo irritado— de Hieronymus Bosch.
Tuvo lugar aquel no iremos al pueblo porque ya somos pueblo y ese ir ya es mala conciencia; no hay tal antinomia poesía-prosa excepto para los casos de sordera incurable; aceptar las voces que me marcaron es humildad porque orgullo quiere decir la suposición garrafal de que no me marcaron; poesía no es otra cosa que reiteración; toda escritura es una ética (o una sospecha bastante parecida a una escritura).
Muchas estúpidas barreras cayeron en aquellos días
El Borges más cercano sabe —y nada menos que aprovechándose de Swift— en qué medida un hombre, más que en la sucesión de sus días perdura para nosotros en unas pocas frases terribles. No es el caso de Pavese (y procuraré señalarlo) pero es el caso de aquel Pavese en ese bar al fin de cuentas latinoamericano mientras muchachas un poco lánguidas, con ciertas señales del porvenir en la frente, saludaban agitando novelas de Sartre en el extremo del brazo.
Al mismo tiempo Pavese fue para nosotros obstinación incorroborable y solitaria de un oficio, una historia que pudimos no conocer si se hubiese dedicado a la ebanistería, pero que no habría sido esencialmente distinta. Fue la corroboración de un ciclo total en la relación con el instrumento dado y asumido como único, querido como único, o como destino. Tal vez por esta misma causa admite —y simultáneamente excede— cualquier tipo de enfoque aproximativo: como patología, como épica del sufrimiento, como sadista tímido, como pura reducción a un ritmo y también como vida (y obra) capaz de haber demostrado sin proponérselo nunca, a causa de aquella fidelidad, todo lo precario y lo suficiente de un instrumento abrumadoramente jerarquizado, que siempre nos excede en misterio y situación.
Llevó un diario misógino, idéntico a sí mismo, pero lo llevó hasta una semana antes de convertirse en el personaje insustituible y responsable del desenlace insustituible (“estoy enfermo de literatura”, confesaba en alguna parte); llevó el balance permanente de su obra acaso dominado por la moral de la ausencia, pero nunca lo hizo a manera de prosa, sin el sentimiento último de aquel ritmo que lo volvía posible; escribió algunas novelas que empobrecían su poética y se aproximaban al contexto, pero no dejó de rumiar la poesía como nostalgia de sí mismo, como posible generosidad consigo mismo.
Aquella extraña, casi pueril conjetura de la indigencia de la propia situación en el tiempo (el fantasmón del pajarraco): un costado que no sólo tocó como vicio porque en sus páginas más luminosas surge como posibilidad incalificable de un telón de fondo, obvio y replegado, para la alegría independizada de trabajar con palabras. Entre esa alegría y el silencio que conoció, Pavese también colaboró en alentar una rara certeza: que todo poema, todo párrafo —casi toda palabra unida a otra— es la historia secreta de una carencia.
Siempre, al retomarlo, algo vuelve a sobrecogernos en su relación con la lengua: algo que no puede definirse del todo porque en este caso se desvincula de aquel bar para volverse la otra memoria de una frase que todavía buscamos, de ese punto y aparte que nos comenta: respiración —no hay otra palabra— inconfundible de lo transitorio, eso que está más acá de su gesto inevitable, de aquel vivir trágicamente que en todo caso se volvió perpetuidad de la adolescencia.
Inclinación al trabajo de cada día (“lo único que tiene un sentido y una esperanza”) a pesar de las trabas enormes del que está preso en su propia condición y, para colmo y por la misma causa de cada día, se atreve a comprobarlo. Más limpiamente emocional que Camus (siempre vuelvo a pensar en las semejanzas), es menos francés o nada francés: algo, que debió lamentar, terminó por negarle ser del todo “europeo”. Pavese está demasiado solo, o demasiado orgullosamente convencido de su humildad.
Para nosotros, en aquel entonces, fue una presencia providencial, poco a poco monocorde y sofocada, sin otros caminos posibles que el de oficiar su retórica, pero capaz de señalar como muy pocos una amplitud tácita en esa relación personal (y necesariamente apasionada) con un lenguaje evasivo que era a su vez la búsqueda de una manera de vivir, o de admitir que no vivimos.
La presente recopilación de trabajos críticos (aparte de pretender que se establezca una “discusión en sí”) procura articular una frecuencia, una frecuencia italiana y actual a manera de coro, o de eco de un coro que se merezca aunque más no sea en parte, aquella vocación.
Roma, febrero de 1971.
En AA. VV., Cesare Pavese y los intelectuales italianos, Venezuela, Monte Ávila editores, 1972.
sábado, septiembre 22, 2018
Néstor Sánchez, el tío Ismael y el humor negro
lunes, julio 31, 2017
Estrategias para sembrar el bochorno
martes, mayo 02, 2017
Escritura poemática, un libro sobre el taller de Néstor Sánchez
Va pues la tapa, algunos fragmentos cedidos generosamente por Claudio y el flyer de la presentación que será este viernes 5 de mayo.
Mi idea de crear un taller es de alguna manera la posibilidad de encontrar un grupo homogéneo y perdurable. Tengo cosas que transmitir, además de la escritura, y la posibilidad de discernir la responsabilidad extrema de escribir.
Néstor Sánchez
(...)
Victoria Morana: Fue mi maestro, era una persona sensible y sabía escuchar. Aprendí a hacer un análisis textual, el placer de la disección que permite entender un texto en su totalidad, descifrar en la trama los secretos de la historia. La primera clase propuso un juego: cada encuentro uno de nosotros tenía que llevar una cita para leer en el grupo y debíamos anotarla en el cuaderno. Si tuviese que elegir de las frases que Néstor propuso, las que más lo definirían creo que son: “Todo es vanidad y apacentarse de viento” del Eclesiastés, y “La tentativa que te propongo hacer conmigo puede resumirse en dos palabras: permanecer despierto” de René Daumal.
Inés Pereyra: Me prohibió el uso del punto porque decía que mis frases eran muy lapidarias. Fue buenísimo porque me obligó a tirar de la piola.
Norberto Guarnieri: Sus comentarios eran muy escuetos y había que saber tomar rápidamente lo que decía e interpretarlo. Aquello de la puntuación, siempre recuerdo la coma, el punto y coma; ¡ah!. Los dos puntos: nunca había escuchado hablar de la puntuación de esa manera, algo muy importante en su estructura de enseñanza. Nos recalcaba siempre el cuaderno de notas y la lista de palabras (a la que yo llamaba “palabras listas”) como algo fundamental para cualquier aspirante a escritor; insistía con que la materia prima de un escritor es la palabra, entonces cada uno debía forjar su propio tesoro con frases y palabras que en algún momento iba a utilizar.
miércoles, febrero 08, 2017
La medida de un conflicto (de antologías, supervivencias y olvidos)
miércoles, octubre 12, 2016
Entrevista a Néstor Sánchez por Reynaldo Mariani en ARTiempo (1969)
Néstor Sánchez: Raconto a partir de un solo de flauta
ALGUNAS COSAS DE ESPALDAS A LOS SOCIÓLOGOS SIN EMPLEO
martes, febrero 09, 2016
Lo que se viene en 2016 (I) (Fiordo / La Comarca / Metalúcida)
Novedades 2016 en Fiordo editorial
Los amigos de Fiordo me pasaron estos títulos con sus respectivas sinopsis. Pintan muy bien y celebro que se siga reeditando a Sara Gallardo.
Novedades 2016 en Metalúcida
Finalmente, los amigos de Metalúcida, a quienes sumaré en breve a la serie "Toda editorial es política", me enviaron estos títulos confirmados con sus respectivas sinopsis (aunque se esperan algunas sorpresas más para el año por venir):
-Australia, de Santiago La Rosa
Una novela que narra tres semanas en la vida de una pareja de argentinos exiliados tras la crisis de 2001. Indaga el conflicto de la paternidad y la pérdida del espacio de lo íntimo en manos de la mass media y de la industria médica.
-Como si existiese el perdón, de Mariana Travacio
Una historia que se articula a partir de un episodio de violencia que desencadenará en una contundente búsqueda de venganza, historia que se desarrolla en un paisaje narrado desde el minimalismo, donde lo árido y lo líquido funcionan en contrapunto.
-La orilla de los encantados, de Pablo Forcinito
Una novela que cierra la trilogía protagonizada por el asesino serial Paraná. Aborda fundamentalmente el estado de fragmentación psíquica en que se encuentra el personaje. Esta fragmentación de la psique construye a su vez espacios de memoria y de reclusión en las cercanías del río Paraná. Este libro se espera para la segunda mitad del año.
miércoles, agosto 19, 2015
martes, mayo 05, 2015
Presentación La condición efímera, de Néstor Sánchez
viernes, febrero 27, 2015
miércoles, octubre 29, 2014
Sobre el tedio a vencer
El Samuel Beckett más joven (apasionado entonces por la posibilidad de una lectura “ejemplar” de Marcel Proust) bordeó en notas paralelas y suficientemente contradictorias las fronteras de una sospecha poco menos que insoslayable. Sospecha de aprendiz de brujo en relación con la vida misma (la de cualquiera) y, por extensión directa, con todo intento de dilucidación de sentido en cuanto a la literatura, a su práctica, a sus carencias.Afirmaba algo por el estilo de que el tedio, como tal, como fenómeno plausible, debe ser el más soportable de los males humanos, a causa de ser el más permanente.Y aunque no queden del todo claras las relaciones, lo mismo se hace evidente que toda su obra posterior llega a relacionarse, de una u otra manera, con ese tedio que implica en última instancia, el otro tedio de “estar escribiendo”. Pero tal vez se trate de un mal de este siglo del racionalismo sin atenuantes, o acaso aquella sospecha no tenía otra finalidad que la que recordarnos (otra vez) la posibilidad siempre latente de una salida por el humor, por esa especie de humor intrínseco en toda escritura que admite el “destino” de cuestionarse a sí misma como tal.Lo cierto es que si se intenta partir de la fatalidad de ese tedio y se revisa entonces cierto flanco “marginal” de la vanguardia europea del primer cuarto de siglo no solo cabe la posibilidad de verificarlo como telón de fondo de actitudes y de libros poco divulgados, sino que puede darse, casi sin transición, a una especie de clave que se estaría negando a ofrecer, a pesar de todo, una respuesta más o menos terminante. Entonces también podría hablarse de cierta clave en cuanto a la razón de ser (no necesariamente demostrable) del acto de escribir.El “caso” Jacques Vaché (que se pretenderá recuperar hasta en sus rasgos efeméricos) parece, por largos momentos y de acuerdo a su contexto, un ejemplo sin atenuantes del tedio a vencer, o de la derrota a aceptar de una vez y para siempre.
Sánchez, Néstor: "El 'umor' de la resistencia absoluta" en Vaché, Jacques ([c. 1916] 2013): Cartas de guerra, Buenos Aires, Editores argentinos hnos., 17-18.
martes, julio 22, 2014
Mapas efímeros: Solos de remington
Solos de remington (I)
ese barrio con el olor a frito y anduve como un poseído a la par de la vía, sobre el barro debido a la garúa de toda la tarde con una docena de carillas repentinamente inexistentes en el bolsillo del sobretodo, el releído final de Rimbaud, Roberto Arlt fabricando medias en sus últimos días. Meses enteros privándonos, el alquiler de mi pieza atrasado, la necesidad de una máquina de escribir porque va la vida en eso: te lo reiteraba después de quince o veinte días en algún empleo y el encierro y enseguida la liberación que llegaba de vos, un nuevo poema que te leo y te sacude y me das la venia, vuelvo a levantarme por la tarde, a ponerme a salvo y rumiar la falta de comida, a salir desolados los dos por la puerta lateral del hipódromo de San Isidro.
Con el pulso normal a una hora semejante debí procurarme papel, cargar la mesita con la Remington y además colgarme una silla del hombro. Y sólo una vez introducidas las piernas bajo la mesita y respirando hondo (el aire salió despacio y un poco denso hacia el aire que me rodeaba) reiteré que debía escribir una única carta frente a la higuera: una única columna de humo entre tres gallinas y decenas de mariposas.
Mientras introducía la hoja y la acompañaba con el rodillo lo asociado en primera instancia fue el viejo Jonathan Swift entre las tres muchachitas irlandesas en el mismísimo corazón de Irlanda: viejo Jonathan hacia la primera parte del final usted declaró voy a morir por la copa (como un árbol) por la copa con pelo, y en resumidas cuentas usted había vivido toda su vida por la copa y entonces por eso, escribí dieciséis veces exactas por eso y arranqué el papel de la Swift e hice un bollo que fue a pegarle justo a una de las gallinas que apenas aleteó sin convicción alguna. Las mariposas arrastradas por el mismo aire a golpearse contra las plantas a golpearse contra las paredes: pasé otra hoja y la acompañé con el rodillo, la ubiqué a margen y entonces fue cuando se produjo esa especie de corte momentáneo entre la glorieta y las gallinas, entre la suposición de Orsini en el aro y la higuera sostenida por estacas, entre el gran teclado Jonathan bajo los agujeros de mi nariz y la pobre mujer de Lot.
Lo mismo escribí querida Amparo de Frías a pesar de no haberla conocido convendrá (simbólicamente) conmigo en que toda desesperación, en particular toda desesperación maschwitziana dañaba indirectamente a los yuyitos: vuelta a arrancar el papel y a estrujarlo en un bollo que esta vez se cargó un poco de tensiones inconfesables y otro poco con los vestigios de la gran huevada patética; cayó a metro y medio del anterior, sin golpear a ninguna de las tres gallinas que daban la impresión de permanecer lo que se dice ajenas al nítido y casi milagroso sonido de la Swift.
Encendí un cigarrillo mientras con la otra mano pasaba una nueva hoja donde casi enseguida escribí cierto entrecomillado programático, reflexivo, muy breve porque empezaban a llegarme ruidos ligeros, algo vehementes desde la parte central y por lo tanto la arranqué e hice bollo y pasé nueva hoja donde escribí una frase algo exaltada sobre mi cuerpo allí, en el pico, frase que enseguida taché con equis en hilera: querida Batsheva debido a un montón de razones parecería imposible (reiteré cinco renglones de parecería imposible, me levanté percibiendo nuevos ruidos intimidatorios adelante, vi leche en la higuera, vi Lima y aquel hombre P. R. entre pausas que me había preguntado aquello con muy pocas esperanzas de que lo entendiera, sin énfasis entre la palabra vida y la muerte, vi la enormísima huevada siempre al alcance de la Swift, hubiera pateado en paz y por patearla a una de las tres gallinas ignoradoras de las mariposas sobre mariposas) y al volver y sentarme embollé la hoja, pasé otra, reiteré parecería imposible preguntándole a continuación, confesional, en qué momento iba a confiarme sus poemas y sus prosas de cámara y si ser cómico de la lengua representaba su vocación ineluctable: más allá de los bollos —y de la enormísima imprecisión— todavía me parece necesario escribir por lo menos una única carta como si únicamente después de escrita pudiera empezar (di dos espacios y levanté la vista y olí a dentífrico) a reírme de una vez por todas del remitente…
Batsheva ayudándome a recoger los últimos bollos reprimió a ojos vistas la tentación de desenrollarlos y poco más tarde trasladábamos la mesita y la silla mientras Orsini irritaba con vueltas de carnero muy torpes en la parte superior del aro que a pesar del alero le brillaba al sol de la mediamañana en el traspatio.
(continuará...)
viernes, julio 18, 2014
viernes, mayo 23, 2014
la juntidad espeluznante
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
En esta décima entrega, presento a un proyecto editorial que valoro particularmente: La Comarca libros (web, fb, mail). Se trata de una editorial dedicada, en principio, a la recuperación y revalorización de la obra y vida de Néstor Sánchez (y las estelas que sigue dejando su escritura jazzística). El primer libro que publicaron, Ojo de rapiña, es una antología alucinante de ensayos escritos por Sánchez sobre la escritura, la lectura y la experimentación literaria. Este año espero ansioso la próxima publicación de Solos de remignton, que se presentará en junio.
En esta entrega, Claudio Sánchez, hijo de Néstor, respondió las preguntas sobre el proyecto de La Comarca libros.




















