Mostrando las entradas con la etiqueta héctor lastra. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta héctor lastra. Mostrar todas las entradas

lunes, junio 09, 2025

Golosina Caníbal presenta... (tapas n.° 11 al 19)

Estas son las tapas de los números 11 al 19 de Golosina Caníbal presenta..., un fanzine analógico, impreso y finito que nació en 2020. Pueden ver las tapas de los primeros números y saber más sobre la publicación en este posteo anterior

Entre los números 11 y 19 me di el gusto de publicar: 


Un ensayo sobre Katherine Dreier y su viaje a Buenos Aires en 1919, escrito por Lucas Mertehikian (n.° 11);
 
"Las viudas de Cristo", estampas devotas y sensuales que escribió Ana Regina e ilustró Marina Conde De Boeck (n.° 12); 

una exhumación que rastrea el origen del epígrafe de Matando enanos a garrotazos, de Alberto Laiseca (n.° 13); 

una breve antología de relatos góticos de puño y letra de Héctor Lastra, autor de La boca de la ballena (n.° 14); 

un gran ensayo de Mariano Vespa sobre Fogwill como autor de los chistes Bazooka (n.° 15);

la traducción de un relato no recopilado de J. D. Salinger en manos de noescanon (n.° 16); 

un texto inolvidable de Ramón Alcalde sobre Los reportajes de Félix Chaneton, de Carlos Correas, ilustrado por Javier Fernández Paupy (n.° 17); 

la presentación de vida, obra y milagros de Rachilde, la reina francesa de los decadentes decimonónicos, realizada por Juan José Burzi (n.° 18); 

y una narración olvidada de Oscar del Barco y el consiguiente ensayo de Manuel Moyano Palacio sobre los 70 en Córdoba y el malditismo (n.° 19).
 

Si a algún internauta le interesa un ejemplar del fanzine, me pueden escribir a través de Instagram, Facebook (de X me fui por cansancio y nihilismo) o por el viejo y querido mail: golosinacanibalblog@gmail.com 

Gracias por el interés y la lectura.











martes, marzo 10, 2015

Los jueves, gorilas


Reeditar La boca de la ballena (1973), de Héctor Lastra tiene sentido cuando uno se topa con este tipo de escenas tan recurrentes: 
La mayoría de los jueves, mucho antes de exiliarse en Montevideo, tío Adolfo organizaba reuniones en casa para conversar de “política” con sus amigos. Hoy presiento que elegía nuestra casa, porque, además de apartada, ofrecía el parque y las barrancas. O probablemente lo atraía la amplitud de la sala y de la biblioteca. Sin embargo, estoy seguro de que sus invitados ignoraban que el resto de las habitaciones estaban casi vacías.
Sentada junto a tía Melche, mi madre permanecía silenciosa. Supongo que aceptaba aquello por lo amable que era tío Adolfo con nosotros. Nunca dejaba de regalarme ropa que a Martín le iba chica o que ya no usaba. Por otra parte, terminadas las reuniones, siempre quedaban bebidas, masas y dulces de toda clase. Pero eso no borraba el aburrimiento pues el tema ofrecía pocas variantes. Podría decirse que nunca dejaba de tener el mismo principio y el mismo final. Todos eran opositores al gobierno, al que llamaban dictadura.
Empezaban la charla riendo, haciendo chistes, bebiendo los primeros whiskys. Y a medida que el humo de los cigarrillos subía lento y espeso, ellos parecían posesionarse. Finalmente hablaban todos a la vez, como si una suerte de rabia e impotencia los uniera.
Según ellos —lo escuche varios jueves desde la escalera—, el peronismo les había usurpado sus cargos, dándoselos a la “negrada”.
—A los descamisados —corregía, irónicamente, un político correligionario de tío Adolfo—. Qué me cuentan... Mar del Plata invadida. ¡Miren que atreverse a darle el Tourbillon a los carniceros!
—Eso no es nada —protestaba otro—. ¿Y qué me decís del pedido a Roma? ¡Nada menos que Santa Evita!
—Che... ¡por favor!, respeten a los muertos —pedía, con sorna, Panchita Acuña—. No se olviden que la señora dignifica...
—Sí, a las sirvientas y a las fabriqueras.
—Escuchen... No se enojen, pero les pido que cambiemos de tema.
—Sí, es lo mejor. Cada vez que me acuerdo de cuando salía al balcón se me pone la piel de gallina.
—-¡No es para menos! Yo creo que esa voz uno la va a tener metida en la cabeza, hasta después de muerto.
—Es cierto... es cierto. ¿Se acuerdan del día que dijo que si alguien llegaba a matar a Perón lo hiciera cinco minutos antes con ella, porque si no iba a salir por las calles a quemar el Barrio Norte, así sus descamisados tenían cien años de felicidad?
—Sí, ¡realmente es de no creer!
—Así es... ¡Realmente es de no creer!
Jamás discutían. Daban la impresión, en cambio, de que se esforzaban por ver quién decía más cosas sobre el gobierno. Por su lado, tía Melche siempre aprovechaba el primer silencio para asegurar:
—Las chicas de Agrelo dicen que según un horóscopo hecho en París, ya falta poco.
—Dios las oiga antes de que éstos se atrevan a más.
—¿Dios? —preguntaba tío Adolfo—. Mirá, no quiero blasfemar, pero creo que estos pueden contra todo. No se olviden que tienen al populacho. Estos hasta son capaces de hacer una reforma agraria, como en Rusia.
—No te quepa la menor duda —alegaba indignado el político—. A mí ya no me sorprende nada. Vamos a ver cosas peores. Si no titubearon con el campo de los Iraola ni con el Jockey, ya podemos irnos preparando para cualquier cosa.
—Tenés razón, si hasta se metieron con La Prensa...
Nada variaba en aquellos jueves por la tarde, nada provocaba un cambio en las conversaciones ni en mi aburrimiento. Así como sabía de memoria sus diálogos, también sabía a cuántos pasos estaba la sala del sótano o cuántas baldosas rotas tenía el patio del fondo. También sabía que al saludar a sus invitados, tío Adolfo repetiría que un grupo de amigos suyos alentaba, desde Montevideo, una futura revolución.
No, nada variaba en aquellos jueves por la tarde.

Con el tiempo, descubrí que esas dos frases repudiadas en casa no sólo estaban impresas en el cartelón municipal, sino también en muchas paredes de los ranchos. De esos ranchos que no me cansaba de mirar, mientras caminaba hacia el río.
En esas tardes tranquilas, en que las horas pasaban sin que yo lo percibiera, me fascinaba saber qué habría tras de las cortinas floreadas, tras de las puertas entreabiertas, que apenas dejaban ver un ángulo en penumbra, donde en algunas ocasiones se adivinaban el extremo de una mesa o una silla caída. En esas tardes, ya casi no existía el temor de que alguien me detuviera para preguntarme qué quería o de dónde venía. A pesar de eso, el camino hacia el basural me seguía despertando una cierta aprehensión. Recuerdo que me detenía en la entrada y que quedaba quieto largo rato, pensando en el hombre que se parecía al del Zoológico... Después iba hasta la playa y, sentándome en la tosca, miraba las dragas y las chatas areneras. A esa hora casi nunca se movían de su puesto; parecían pertenecer al río desde siempre, de la misma manera que lo parecían los botes y las boyas.
 Lastra, Héctor (1984 [1973]): La boca de la ballena, Buenos Aires, Legasa, pp. 37-39.

martes, diciembre 16, 2014

Fredi en la voz de Lastra


Un lector empecinado de Héctor Lastra, Emilio Matei, me pasó este audio que colgó en su blog En Realidad hoy. Se trata de una entrevista a Héctor Lastra, quien, por aquel entonces (1996), publicaba su última novela, Fredi (Sudamericana, 1996). Es un deleite escuchar su voz, sus ideas sobre cómo armó y pensó la historia, sus problemas con la censura en los primeros tiempos de su escritura y sus opiniones en relación al autor, la "inspiración" y la obra. 
Varios años más pasarán sin que sus libros vean las librerias (aunque siempre existan los usados); por lo menos, nos queda este pequeño recuerdo inmaterial: su voz.

domingo, noviembre 23, 2014

Entrevista a Héctor Lastra (1986)

(Entrevista realizada al autor de La boca de la ballena por Andrés Avellaneda en 1986)

Héctor Lastra

En una entrevista concedida al diario La Prensa de Buenos Aires dos meses antes del golpe militar de 1976, señala usted que la autocensura de los medios de comunicación es uno de los impedimentos más graves para el desarrollo de la literatura. Cuenta allí su propio caso: en 1973 la publicación de su novela La boca de la ballena fue cancelada a último momento por miedo del editor a la prohibición y a la censura. Pasada a otra editorial, la novela también es rechazada, pero en este caso el asesor literario le da a usted los índices que impiden la publicación. En ese reportaje usted no menciona cuáles fueron esos índices (o acaso lo hizo y el reportaje mismo fue censurado por los editores del periódico). ¿Qué puede decirnos ahora sobre todo eso, a más de diez años de distancia?

Ha pasado mucho tiempo, pero algunos de esos índices todavía los recuerdo. Según ese señor (quien me señaló que me estaba transmitiendo su propia opinión y la del departamento de lectores de la editorial a la que pertenecía), la novela tenía varios índices que impedían su publicación: era anticlerical; atacaba demasiado a las fuerzas armadas en su totalidad; le faltaba el respeto a figuras históricas y de la iglesia católica. Y lo más importante: en la novela, el personaje central (y además narrador en primera persona) en ningún momento se daba cuenta de su homosexualidad. Recuerdo que le respondí que si el personaje es homosexual es porque nosotros decimos que lo es. Y él contestó que justamente eso era lo que estaba tratando de subrayar: que en la novela, en ningún momento el personaje se pregunta por qué es una cosa u otra y que, en consecuencia, la homosexualidad no es culposa en el texto. Lo grave según este señor era que la homosexualidad no sólo no era culposa sino que a la vez no era desencadenante de lo dramático.


O sea que este asesor se permitió incursionar en la factura misma de su novela, sugiriendo además el uso de una retórica específica para que ciertos temas específicos pudieran ser tratados por la literatura.

Es más, me dijo que había estudiado a fondo muchas novelas y relatos que habían tocado el tema, y que ninguno de esos textos soslayaba lo trágico o lo culposo. En su opinión, acaso lo interesante de mi novela radicara en eso mismo, en ser el primer texto narrativo argentino donde la homosexualidad es una historia de amor como cualquier otra, sin que sea señalada como algo prohibido, o trágico, o conflictivo. Y lo cierto es que en mi novela el conflicto del personaje no pasa por su pasión amorosa.


La lectura de este asesor literario (y censor, finalmente) era correcta, en el sentido de la interpretación del texto tal como éste se presenta. Lo interesante es que inmediatamente después de esa lectura correcta, después de entender correctamente la novela, hacía converger en un solo punto todos los elementos que a su juicio impedían la publicación. La homosexualidad era el punto central de la negativa, la barrera final que no se podía superar para llegar a la publicación del libro.

Cuando la novela fue finalmente publicada, las notas bibliográficas de los periódicos y revistas casi no señalaron la relación entre los dos personajes. Esa relación se trasladaba a un segundo plano distante, casi como una referencia al pasar. Los comentaristas se interesaban más que nada en la pintura de lo histórico y de lo político. La novela corre por otros carriles, sin duda, de manera que la relación entre esos dos personajes masculinos puede ser puesta a un lado por el ojo del lector. Pero en las cuatro editoriales donde mi libro fue rechazado, siempre se señaló ese tratamiento de la homosexualidad masculina como el elemento que gravaba la publicación. En la primera de ellas ya tenía contrato firmado cuando se lo canceló y se lo retiró del plan de publicaciones en mayo de 1973. Finalmente la novela se imprime en agosto y sale a la calle en diciembre de 1973. Pero en esas cuatro editoriales se me señaló lo mismo: que no podían editar el libro porque estaban seguros de que se lo iba a prohibir. Y tenían razón. Cuando la quinta editorial a que lo presento decide publicarlo, no pasa un mes y lo prohíben. Estimo que esos asesores estaban representando a sus empresas cuando me comunicaban la negativa a publicarlo. Estaban tratando de cubrir a sus empresas de un ries-go comercial inevitable. Cuando me negaron la publicación no lo tomé como algo personal u ofensivo, sino que lo comprendí como un acto relacionado con el tipo de trabajo que desempeñaban.


¿Cuándo y cómo se prohibió su libro y cuándo recibió el premio municipal de la ciudad de Buenos Aires?

Fue prohibido en enero de 1974 por las autoridades de la muncipalidad de la ciudad de Buenos Aires, durante la presidencia de Juan Domingo Perón. En junio del mismo año la novela obtuvo uno de los premios municipales y, como consecuencia, se le levanta la prohibición poco tiempo después. De la prohibición me enteré por medio del dueño de la editorial Corregidor, Manuel Pampin, quien me telefoneó una mañana para informarme que en los diarios de ese día había aparecido la noticia de la prohibición municipal de The Buenos Aires Affair de Manuel Puig, Sólo ángeles de Enrique Medina, Territorios de Marcelo Pichón Riviere y mi novela. El decreto de la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires señalaba como causas de la prohibición la inmoralidad, la obscenidad y el desacato a figuras religiosas, políticas e históricas.


En el momento en que prohíben su libro, ¿trató usted de obtener explicaciones, mayores detalles sobre la prohibición, por parte de las autoridades municipales?

Era un momento en que comenzaban a percibirse los signos de la hecatombe que luego sobrevendría. Lo grave no fue la prohibición misma, sino el hecho de que tres o cuatro días antes de que se produjera, los cuatro libros son secuestrados de las librerías de Buenos Aires y a la vez algunos libreros son detenidos por más de cuarenta y ocho horas. Eso provocó una situación que iba más allá del mero libro, de sus autores y de las editoriales. Querer indagar más allá de la prohibición hubiera significado en ese momento agravar la situación de las personas detenidas.


La Comisión Honoraria de Calificación de Impresos, dependiente de la Secretaria de Cultura de la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, labraba actas donde supuestamente se asentaban los fundamentos que llevaban a elaborar sus prohibiciones. ¿Le llegó a usted noticia, en algún momento, de los razonamientos de la Comisión respecto de su libro?

Nunca conocí esos fundamentos. Pero sí me llegó una versión de las repercusiones que la prohibición habría tenido en niveles más altos. Según esa versión, personas muy allegadas a Perón, entre ellas el doctor Jorge Taiana, le señalaron que era un desatino la prohibición de mi novela. El tiempo me demostró que la versión pudo haber sido real. El doctor Taiana siempre tuvo para conmigo una actitud muy especial y la prueba está en que se levantó la prohibición, algo verdaderamente insólito. De los cuatro libros prohibidos en ese decreto municipal, el mío es el único “rehabilitado”. Pero por poco tiempo, porque en 1976 lo prohíbe el régimen militar inaugurado ese año, esta vez junto a una nueva larga lista de libros de autores argentinos y extranjeros.


¿Cómo afectó esa prohibición a su tarea de escritor?

Es una pregunta que me interesa mucho. Me la hacen cada tanto y yo mismo me la hago de tanto en tanto. No tengo con exactitud aclarado qué es lo que se siente, qué es lo que se percibe, en qué altera o en qué incentiva. Yo diría que a mí la prohibición no me aplacó ni me incentivó. Pero tengo una serie de sensaciones muy inciertas, poco explicables y poco tangibles. Tenía en proyecto la novela que aún en estos momentos estoy elaborando. Soy muy lento para escribir, de manera que el hecho de que no haya publicado de inmediato luego de la prohibición de La boca de la ballena no obedece necesariamente a la prohibición en sí. Pero de todos modos no puedo dejar de recordar que en los ocho años que van de 1965 a 1973 publiqué tres libros, desde mis veintidós a mis treinta años de edad. En 1965 el primero; en 1969 el segundo; en 1973 el tercero. Quiere decir que publicaba casi matemáticamente cada cuatro años. Desde 1973 a 1984 he pasado once años sin publicar, aunque escribiendo Fredy [sic; se publicará con el título Fredi en 1996], una novela de extensión semejante a La boca de la ballena. Queda el hecho de que son once años sin publicar nada. Me pregunto a veces porqué, pero no sé responder con exactitud. Eso sí, sigo trabajando. Fredy [sic] la empecé a escribir hacia 1980, o sea bastante después de la prohibición.


En ese reportaje decía usted acerca del tipo de censura que existía en la Argentina: “Pienso que la censura en nuestro país no recae sobre los problemas del sexo, sino sobre obras que cuestionen con mayor o menor hondura los sistemas de vida y de poder: las fuerzas armadas, el clero, y, especialmente en estos momentos, cuando se trate de una obra como lo era la mía, profundamente antirreaccionaria y antigubernamental”.

Sigo pensando exactamente lo mismo. Es más, aunque sobre la censura se hayan dicho toneladas de cosas creo que podríamos agregar algo más. Desde 1974 aproximadamente los escritores argentinos no hemos dejado de hablar de la censura. Lo hemos hecho casi de continuo. Es un tema muy vasto y hay que estar en un buen día para lograr objetividad. Yo siempre he insistido en que la autocensura no existe. Lo que existe es la censura. Hablar de la autocensura es una manera de ser reaccionario, porque se está atacando al individuo que puede llegar a tener flaquezas. ¿Por qué no tenerlas? Lo que hay que atacar de lleno es el mecanismo que engendra la autocensura y que por sobre todas las cosas engendra eso que llamamos intimidación y miedo. Cuestionar la autocensura es cuestionar en realidad la intimidación o el miedo que todo sujeto puede llegar a tener en algún momento, salvo naturalmente que tenga tendencias suicidas. No me interesa atacar por ahí la cosa. Si me interesa atacarla en el foco mismo, en los factores de poder que desencadenan la censura.


En el período del régimen militar de 1976-1983, ¿qué muestras recuerda usted del modo censorio de esos factores de poder?

En momentos en que comenzaba el campeonato mundial de fútbol en la Argentina hay una nota de un semanario que presenta un caso ilustrativo (“¿Porqué no se lee a estos escritores?”, Somos, II, 89, 2 de junio de 1978, pp. 40-1). Un periodista de ese semanario nos convoca a cinco escritores —Jorge Asís, Fernando Sánchez Sorondo, Carlos Arcidiácono, Tamara Kamenszain y yo— porque, según nos dice, se nos considera autores leídos profusamente por el público argentino. Nos dice que desean saber por qué se nos lee, por qué gustamos al público. Se nos hace un reportaje a tal efecto. Esas preguntas y las respuestas que nosotros damos son respetadas en la nota publicada. Pero están enmarcadas por un encabezamiento y un final de nota. En el encabezamiento y en el titulo de la nota, al lector de la revista se le dice: a estos autores, que tan poca convocatoria tienen con los lectores, los entrevistamos para saber por qué causan tanto rechazo. Pero lo más grave es lo que añadía al final, donde se decía: “Los nuevos narradores argentinos, más allá de las dificultades propias del oficio de escribir, ignoran, en nombre de su concepción de la realidad, la hondura metafísica de Borges, la capacidad de metamorfosear la realidad de Bioy, la vivisección de los personajes de Sábato, la metáfora deslumbrante de Mujica. Se niegan a sí mismos al puro entretenimiento del best-seller, porque estupidiza... ¿No residirá en este excesivo contemplarse a sí mismos y no contemplar las necesidades del lector, la clave del rechazo? ¿No habrá llegado el momento de repensar la temática, el concepto de la realidad y sus relaciones con la tradición literaria argentina?”.
Si tenemos en cuenta que esto se escribía en momentos en que se iniciaba el campeonato mundial de fútbol en la Argentina, ese show triunfalista del régimen militar, ¿qué se quiere decir en realidad con estos interrogantes? Creo que se quería decir a los autores, y al mismo tiempo a cierto tipo de lectores, los típicos de esa revista, algo así como “aquí llegó el momento en que esta tortilla se da vuelta”. Además, si los entrevistados estábamos todavía vivos en 1978 era porque ya no nos era necesario repensar demasiado las cosas. Esa nota nos hizo un tremendo daño público y privado. Quedamos estupefactos. En ese momento Somos tenía una injerencia muy grande, mucho mayor que la que posee ahora. Fue una manera de identificarnos públicamente como gente que no hacía “bien” las cosas. Inclusive una manera de dejarnos muy mal parados, no políticamente, sino civilmente. Un modo de catalogarnos como lo que no éramos, y un modo indirecto de hacernos saber que teníamos que acabar con determinada manera de escribir y de pensar. Un mes más tarde la misma revista le hace un extenso reportaje a Borges y a Mujica Láinez. Y ambos se encargan de hablar muy positivamente de algunos de los autores, entre ellos yo. Ernesto Sábato, al mismo tiempo, manda un telegrama a la redacción de la revista y a los autores que habíamos participado en el reportaje para comunicarnos que contáramos con todo su apoyo si fuera necesario. La única persona que al parecer no se dio por enterada fue Bioy Casares.
Este episodio es para mí un caso ilustrativo de la marcación de zona que se intentó hacer en la cultura argentina durante esos años. Se hizo un vacío alrededor de muchos de nosotros, un vacío a veces total. En mi caso, a pesar de haber concurrido muchísimas veces como escritor a numerosos programas de radio y de televisión hasta 1976, a partir de ese año (y hasta ahora mismo) no he vuelto a ser convocado. Los medios de prensa me convocan muy a menudo, pero en radio y televisión soy acaso el único escritor de mi generación que no tiene espacio en ellos.

Fuente: revista Hispamérica, año 15, n° 43 (abril de 1986), pp. 39-44.

domingo, septiembre 02, 2012

Los ángeles (Héctor Lastra)

Movido por el interes de explorar otra zona de la literatura argentina, llegué a la narrativa decadentista de Héctor Lastra. Hacía un par de años que había comprado La boca de la ballena (1973) pero recién unos meses atrás me decidí a sumergirme en la primera y única novela gótica de iniciacion durante el peronismo. Cuando terminé de leerla, no dudé en buscar sus cuentos. Lastra escribió dos libros de cuentos cuyos títulos anuncian los intereses de su narrativa: Cuentos de mármol y hollín (1965) y De tierra y escapularios (1969). Justamente, su prosa va de la institución religiosa hacia la represión de las pasiones, de la ornamentación a la ceniza, de lo glorios a lo abyecto. Va un primer cuento de Lastra, recopilado en De tierra y escapularios y la certeza de estar exhumando una obra que bien vale la pena.

Los ángeles
A Juana B. Bagnati

Siempre los tres juntos, en hilera: en los bancos de la capilla, en la mesa del comedor, en la fila, en el aula, en el dormitorio y en las duchas. Inseparables. Un solo cuerpo, un solo gesto en las buenas y en las malas, como decían los curas.
También ese sábado estaban juntos, castigados, sin salida. Era ésa, por fin, una vez que el castigo caía redondo. Con fobia a los guardapolvos grises, que soportaban desde segundo año, pretendieron imaginarse un sábado a la noche. Pero les era imposible derrocar los angostos pasillos, las escalinatas circulares, los frescos apocalípticos.
Saborearon esa tristeza que deparan las aulas vacías, las campanadas de la tercera torre, las estatuas de ojos fijos, fríos, condenados a vidrio perpetuo.
Recorrieron los dormitorios y los comedores pateando una pelota de goma, puteando por el sábado y domingo de encierro.
Ya entrada la tarde bajaron al subsuelo donde pasaban la mayor parte de los recreos en compañía de los demás alumnos. Encendieron las luces y pudieron ver las mesas de billar, los tableros de dardos apilados contra las paredes.
—Seguro que mañana nos hacen tragar dos misas y una procesión —supuso Reyes.
No recibió respuesta.
Agarró una pelota de ping-pong y paleteó sin ganas. Al rato tiró la paleta al piso y, mirando hacia los ventanucos que estaban cerca del techo, observó parte del patio que se veía desde el dormitorio.
—Eh..., ¿se quedaron mudos? —preguntó.
Apareciendo por una de las arcadas, entre serio y sonriente, entre lejano y compinche, el Padre Torabias le dijo:
—Qué esperás..., ¿que Montero diga una de sus habituales mentiras? Ya se le debe haber agotado la imaginación.
—Si Montero no mintió. Ya se lo dijimos mil veces.
—¿Ah no?... Pero si hace años cuando la abuela lo trajo nos advirtió que de tres palabras que decía cinco eran mentira. ¿No sabías que entre otras cosas lo internaron por eso?
—Montero nunca miente —aseguró Reyes, tratando de disimular la risa.
—Bueno..., mejor así... Ahora, ¿ven que no es fácil la vida de claustro?
—Para un carcamán como el Padre Carney debe ser bastante fácil.
—Yo no soy un carcamán, y sin embargo...
—Pero se la desquita a reglazos con los pibes del primario... Además, uno entre treinta no cuenta.
—¿Y quién te dijo que somos treinta?
—Qué, ¿se olvida de los que viven en el segundo piso?
—¿Qué tenés contra los seminaristas?
—Son futuros cuervos, ¿le parece poco?
—Vamos —ordenó el cura entre risas—, vayan para arriba; pronto va a estar la cena.
—¿Y después?
Y después no tuvieron otra escapatoria que no fuese el dormitorio. No obstante parecían conformes. Quizá les gustaba poder hablar en voz alta, caminar por entre las hileras de camas vacías e ir a ducharse sin el pantaloncito de lana azul.
A puertas abiertas, divertidísimos ante su inhabitual desnudez, se bañaron sin el apuro que exigía el Padre Romero en los días de semana. También se arrojaron agua con la boca y se tiraron con los restos de jabón que encontraban en las canaletas.
—Si esta orgía la llegamos a hacer los días de clase —dijo Montero—, quedamos enclaustrados hasta fin de año.
—¿Ya esto lo llamás orgía? —replicó Reyes—. Entonces te olvidás de la Silvia Candiotti.
—¿Esa?... Ya nos la pasamos mil veces.
—Si no quieren verme al palo no hablen más de la Silvia Candiotti —advirtió Sánchez.
Dejaron abiertas las tres persianas que se alzaban sobre las cabeceras de sus camas y quedaron callados. Montero parecía dormir. Mirando el techo y hurgándose una oreja, Sánchez dijo:
—Hoy lo tomamos en joda, pero, ¿se imaginan aguantar una semana más hasta el sábado que viene?
Con los codos apoyados en el marco de la ventana, Reyes no respondió.
—Che, ¿me oís?... ¿Qué mirás?
 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle