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domingo, mayo 02, 2021

Las otras caras de Celia Paschero

 

Me encontré con el nombre de Celia Paschero y con su novela La salamandra mientras seguía algunas migas que conducían a Falbo Librero editor. Me llamó la antención esa tapa con la cara de Celia en diferentes perfiles, asemejando las de la luna, y en el centro ese animal alquímico y hermoso que habita las llamas del fuego. Con cierta facilidad encontré la novela en usados virtuales y realmente me deslumbró. Paschero escribía bien, La salamandra era un libro valioso y olvidado publicado en 1965, pero... ¿qué más podía saber sobre su vida y obra?

Entre el año pasado y este, logré armar algunos textos sobre Celia, sobre sus libros, sobre su entorno. También, con mucha felicidad, se reeditaron Muchacha en la ciudad y La salamandra y pueden conseguirse a través de los usados virtuales o en la página web de Celia Paschero. El número 2 del fanzine Golosina Caníbal presenta también fue dedicado a Celia.

En todo caso, para quien le interese conocer sobre esta autora sensible y lúcida, inteligente y pasional, van estos acercamientos primeros:

 

Estación Buenos Aires: un lugar en la vida de Celia Paschero

  

La vida de Celia Paschero fue una vida en tránsito. Autora de dos libros, Muchacha en la ciudad (1963) y La salamandra (1965), Paschero nace en Buenos Aires en 1928 y si bien sus primeros dos años los vive en Entre Ríos el resto de su infancia, adolescencia y juventud transcurre en la Reina del Plata. 
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La ciudad de Buenos Aires, con sus barrios y su tráfico, con sus comercios y sus humores, con sus recorridos y vericuetos, atraviesan la escritura poética de Paschero.

Sigue en revista Invisibles.

 

Celia Paschero, una alquimista de la literatura argentina

 

¿Qué caminos nos llevan de retorno a una obra olvidada, a una historia de vida enterrada en el pasado? Entrar en una librería de usados, revolver las bateas buscando tapas y títulos que nos llamen la atención, comprar un libro sin referencias ni etiquetados, como quien apuesta en una ruleta cultural, es uno de ellos. Otro es la mención al pasar de un nombre, la lectura por casualidad de las solapas de un libro, una palabra o un apellido que se prenden a la curiosidad de los que amamos el papel impreso. Hay más caminos que nos conducen a una obra olvidada: caminos obvios o misteriosos, caminos directos o rebuscados. Por uno de ellos, llegué a la escritora argentina Celia Paschero y su novela, La salamandra.

Sigue en revista Be Cult.

 

Celia Paschero vuelve

  

La palabra rescate no se ajusta a la exhumación de un libro, queda corta y parece más bien comodín editorial o trabajo social. Reeditar un libro que hace más de cincuenta años que no circulaba, que se conseguía de casualidad y tras mucha búsqueda no es rescatar. Más bien se parece a la tarea del arqueólogo: se trata de buscar entre las ruinas del pasado, entre los rastros que la memoria fue dejando en las librerías de usados, entre las páginas de viejas revistas con nombres y títulos actualmente desconocidos. La reedición de La salamandra y de Muchacha en la ciudad, los dos únicos libros que la escritora Celia Paschero publicó en vida en los años 60, es un gesto arqueológico y nos permite entrar en un vida desconocida y fascinante.

Sigue en Perfil. 


jueves, marzo 04, 2021

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Héctor Libertella (1985)

En 2016, por los diez años de la muerte de Héctor Libertella, la revista Hispamérica, dirigida por Saúl Sosnowski, recuperó esta entrevista de Reina Roffé de 1985 por la publicación de ¡Cavernícolas! Para nosotros, lectores de Libertella, la entrevista es valiosa porque despliega lucidez, redes y continúa indagando en el trabajo con el lenguaje y en su triple condición de profesor, investigador y narrador. Dejo un parrafito introductorio de la revista de Sosnowski y luego va el intercambio entre Libertella y Roffé. Pasen y lean!

Cavernícolas posmodernos. Entrevista a Libertella (1985)

En esta entrevista, publicada el 27 de octubre de 1985 en el diario La Razón de Buenos Aires con motivo de la publicación de su libro de relatos ¡Cavernícolas!, en la editorial Per Abbat, Héctor Libertella, que ya había dado muestra de los significativos y originales aportes de su escritura a la narrativa argentina de esos años, habla del papel de la literatura en la era tecnológica, de otros autores destacados de aquel momento, y de algunas de sus búsquedas: escribir en castellano como si se tratara de una lengua extranjera o la instauración de un sistema que funcione “por desplazamientos”, en definición de algunos críticos. Sus saltos de la teoría a la ficción no se encuentran sólo en algunos de sus libros, sino que impregnan toda su obra. 

¿Existe, a su entender, una generación, un movimiento o una promoción de narradores actuales argentinos? 

Dentro de una gran familia no hay clasificación posible. A veces pienso que todos nosotros somos como robots que repiten una maqueta muy antigua. Recuerdo aquel poema de Borges, “El truco”, que dice algo así: “como las alternativas del juego se repiten y se repiten, los jugadores de esta noche copian antiguas bazas. Hecho que resucita un poco a las generaciones de los mayores, que legaron al tiempo que Buenos Aires los mismos versos y las mismas diabluras”. Y me hago entonces muchas preguntas: ¿Quién sigue hilando esa enorme tela gótica de Mujica Láinez? ¿Será acaso César Aira? ¿Por qué ese lugar tan disputado de Roberto Arlt no podrá ser ocupado por el menos pensado, por un narrador violento y “nato” como Fogwill? ¿Cómo reviven un Bioy o un Felisberto Hernández en esa prosa morosa de Luis Gusmán? ¿Y la piedra filosofal de Macedonio, sigue en manos de Osvaldo Lamborghini? ¿Cómo puedo decirte en diez segundos que con Saer hemos llegado a la madurez del hermano mayor? ¿Tengo el derecho de juntar en un solo grupo a Medina, Asís, Giardinelli o Lastra, sólo porque evoquen algún tipo de realidad? ¿Y en otro a Javier Torre, Rabanal, Sánchez Sorondo o Pichón Rivière, sólo porque evoquen algún tipo de conflicto íntimo? ¿De dónde sale y adonde va esa escritura atravesada de lecturas de un Martini Real? ¿Y las grandes sagas: Nicolás Casullo, Luis Wainerman, Mario Satz? ¿Acaso Marechal se prolonga en Wainerman? Y si nos atenemos a un solo modelo de narrativa, ¿Briante sigue siendo nuestro primer narrador? ¿Y los jóvenes: Gardini, Moledo, Landaburu, Pauls, Caparros? ¿Y las mujeres: Ana María Shúa, Liliana Heer, vos misma? ¿Aceptarán que los agrupe tan arbitrariamente? Tengo más preguntas y más preguntas: ¿Quién clasifica a Laiseca? ¿Y quién atrapa a los cambiantes Ricardo Piglia y Germán García, desde sus primeros libros a los últimos? ¿Y Emeterio Cerro, qué? Con esto te quiero decir que la literatura sigue siendo esa combinatoria de lecturas e inconsciente, y que es muy difícil para mí poner a cada uno de nosotros en una Cifra. Me parece más bien que nuestra generación es como una foto sobreimpresa a toda la tradición argentina, y nadie escapa de ese marco. Al fin y al cabo, una gran familia en un gran ejército de robots: todos cumplen órdenes secretas de no se sabe dónde, y todos terminan reproduciendo la cara de algún antepasado. 

Alguna vez Ricardo Piglia dijo que “…ya no se puede narrar a menos que uno sea inocente, y sin embargo la novela exige relato. Los mejores narradores son quienes conocen esa contradicción y tratan de resolverla”. En este sentido, ¿se siente imposibilitado para contar una historia? 

No me preocupa tanto la imposibilidad o no de contar una historia. Mi problema se da al revés: contar lo imposible. Me parece que eso podría definir aproximadamente lo que es ¡Cavernícolas! 

¿Cómo nace ¡Cavernícolas!? 

Empezó hace muchos años como una sospecha. La sospecha de que cuando hablamos (estemos en las situaciones más modernas o sofisticadas) siempre aparece un fondo muy antiguo en nuestra lengua. Como un comportamiento salvaje, una maqueta, un modelo que se permea por todas partes y agrieta lo que decimos. La posibilidad de hacer un libro así me daba una especie de furia: unas ganas de escribir con un cuchillo entre los dientes. Como si estuviera obligado a hacer la autobiografía de un energúmeno de la lengua. No fue fácil. Las primeras versiones eran demasiado realistas, muy “representativas” de esa situación. Escribí y taché, me cambié de países, dejé y retomé el proyecto hasta que por fin salió, “coaguló”, este volumen. Después vienen otros que sigo trabajando, y que ya tienen muchas correcciones encima. ¿Puede describirnos este primer volumen? Es casi imposible, porque no sé si describir la anécdota o el tipo de problema que ataca. Son tres relatos más o menos largos. 

Uno, "La historia de Antonio Pigafetta", trabaja explícitamente sobre la crónica. Es la primera vuelta al mundo, contada por el cronista de Magallanes. Un cronista tan dudoso de sí mismo que todo el tiempo está copiando crónicas ajenas para darle un poco de veracidad a lo que cuenta. Al final, esa técnica obsesiva termina vaciándolo como a un robot: ya no sabe quién es, y además perdemos de vista al mismo Magallanes y dudamos de que ese viaje se haya producido alguna vez. Y si ese viaje no existe, el mundo sigue siendo chato. 

El otro texto es “La leyenda de Jorge Bonino”. Ni qué decirlo, es el mismo cómico de la lengua que conocimos en el Instituto Di Tella en los años sesenta. Salvo que, en vez de hablarle a su público, Bonino ahora escribe su autobiografía. Y para escribir usa diccionarios, como un niño que está aprendiendo la “lectoescritura”. Se pierde todo el tiempo en las etimologías. Unas lo llevan a otras, y al final, en esa red, inventa cosas que nada tienen que ver con su vida. Es como la historia de una mentira: una lengua “inventada”, como la que inventó el Bonino real, que parece estar hablando de la realidad y no habla de nada. 

En el tercer relato, “Nínive”, todo pasa por la traducción. Son unos excavadores que saquean tablillas asirias para llevárselas a Londres o a París. Pero lo que ellos sacan son pedazos sueltos, medias tablitas, restos inconexos que sólo pueden descifrar a medias, con la ayuda de un turco pícaro. Finalmente, así penetra en Europa la cultura asiría: a los saltos, loca, fragmentada, un poco a las carcajadas del turco. En fin, me parece que en los tres relatos sobrevive aquel proyecto de hace años: como si la lengua viajara y se retorciera en distintas situaciones y en distintos momentos y aventuras. 

¿Puede adelantarnos algo de los próximos volúmenes? 

Bueno, estoy preparando algo que seguramente se llamará La librería argentina. La imagen me vino en Puebla, México, visitando la biblioteca palafoxiana, la biblioteca que el obispo Palafox se llevó a México allá por el mil seiscientos y tantos. Es algo completamente increíble: una sala abovedada con miles de libros latinos apretados en las paredes. Salvo que la sala tiene la forma exacta de un galeón, de un pequeño barco. Y yo pensé que eso era, justamente, la cultura argentina: un cargamento de libros traídos en el molde de un barco. Pienso en los jóvenes del Salón Literario de 1837, esperando ansiosos en el puerto de Buenos Aires la llegada de uno de esos cargamentos. Pienso también en todo un país que ha esperado libros para devorárselos y después traducirlos, interpretarlos y hacerlos circular. También preparo algo que imprecisamente se llamará Dibujos de la piedra animada. Es un extraño baño, con las paredes llenas de garabatos, en una hostería en Misiones. Pero el baño tiene una clave hermética: es un teatro de la memoria que dejaron los indios guaraníes, como si fuera un “ayudamemoria” para las generaciones futuras. Y entonces tendré que pegarme el tono guaraní, quebrar su fonética, contaminar por todos lados la lógica castellana con esos “ruidos” guaraníes para ver si yo también descifro qué dicen esas paredes. Y hay otros diez o doce relatos en camino. Por lo visto, como usted mismo sugiere, parece un proyecto para toda la vida. 

¿Eso no le impide escribir otras cosas? 

No, para nada. Pronto termino una novela corta, El paseo internacional del perverso, que se construye superponiendo a un abuelo con un padre, un hijo y un nieto. Como si la vida de un hombre fuera eso, un instante inconsciente donde se achican todos los tiempos y uno queda superpuesto o sobreimpreso con todos los de su sangre. Como si, para mí, ése fuera el relato familiar más verdadero del mundo: un bebé muy viejo, que viaja por la banda negra del sueño de su familia, y va dejando por aquí y por allá lagunas, vacíos y olvidos que los demás llenarán. También termino un ensayo literario sobre autores o problemas de literatura en América Latina: Escritores, literatos y patógrafos. Es decir, los tres lugares donde van cayendo ciertas escrituras. Los distintos lugares de una cadena que va del pathos o carácter a la pasión, después al padecimiento, y por último a la patología, enfermedad o morbo de la letra. Y sigo adelante con La muerte lingüística, un estudio sobre el comportamiento de las vanguardias y las escrituras herméticas frente a lo que yo llamaría el Sistema Normal de la literatura. Para este libro me vale mucho el trabajo de investigación que estoy haciendo en el CONICET, precisamente con un objeto que son las escrituras herméticas en América Latina. 

¿Cómo se puede conciliar el trabajo de ficción con la actividad académica y la investigación? 

Son tres momentos. El profesor difunde un saber y lo hace sobre la escena de ciertos interlocutores presentes. El investigador construye objetos teóricos de acuerdo con su estructura conceptual que le dicta su método. El escritor de ficciones se deja hacer en una rede de inconsciente y lecturas. Enseñar, investigar y escribir ficciones, simultáneamente, puede no ser tan complicado. Me parece que hay que poner un acento patólogico en cada caso. Como ir definiendo las pasiones dominantes en cada uno de esos momentos. Sólo tengo miedo de que esta actividad, en un circo de tres pistas, termine agotándolo a uno más rápido de lo que parece. 

¿No existe el peligro de que unas actividades influyan en las otras? ¿De que sea demasiado creativo como investigador y demasiado teórico como narrador? 

No creo. Puede haber préstamos, transferencias disimuladas, yo qué sé. No quiero saber nada sobre esto. Sólo pienso que uno trabaja con la garantía de una enorme tarjeta de crédito atrás, que es la Cifra de cada uno; su combinatoria inconsciente pura, y la obsesión. Se trata de rotar y girar por esas actividades como una especie de “entrenamiento de la posición”, una “práctica de los lugares”. No sé si soy claro. 

¿Y cómo ve a la Argentina, a la cultura argentina, a la literatura argentina después e su regreso? 

No voy a decir que es otro país. Quiero decir que yo me estoy transformando aceleradamente al verlo. Para poder sobrevivir pensando, sólo me estoy aferrando a ciertas ideas. Sobre todo a la idea de “posmodernidad”, que aquí recién empieza a discutirse entre algunos grupos. Me parece que la posmodernidad llegó a la Argentina sin que nadie se dé cuenta. Sería como la llave para entender cosas que algunos no pueden, sólo porque siguen aferrados a la lógica de los años sesenta. No sé cómo explicarlo: se está produciendo un violento contraste entre algo muy antiguo y algo muy del futuro. Un choque eléctrico que deja entre paréntesis nuestras formas de pensamiento de hace dos décadas. Como si nuestras discusiones, nuestras pasiones, nuestro estilo de querer construir o disentir hubieran caído en una especie de abismo. Y como si no hubiéramos armado todavía la red que pueda protegernos del golpe de esa caída. Estoy leyendo de todo, para deshilar el problema desde distintos lados: Habermas, Lyotard, Jameson, Baudrillard. . . En fin, estoy tratando de armar “mi red personal”. 

¿Pero quién es el hombre posmoderno? 

Bueno, posmoderno es un hombre muy antiguo que tiene en sus manos un aparato hipersofisticado, una máquina del futuro. Es un cavernícola que atrapa a su presa con un finísimo rayo láser. Durante diez años, aquí tuvimos a esa clase de hombres. Es un Ello atravesado y armado por los lenguajes del mundo postindustrial. Un orangután con casco ultrasónico: un Mad Max. Por él no pasan las ilusiones del humanismo: es un pozo ciego donde se pierden Freud, Marx, las socialdemocracias y todas las ideas de construcción y cambio que nos habíamos armado desde hace décadas. Un robot desgarbado que nos mira con ojos vacíos, y en el que ya no reconocemos la vieja pasión de aquel argentino típico que conversaba y discutía en los cafés de Buenos Aires. Para decirlo con otras palabras: aquel argentino era un apasionado, un “pasional”. Éste es un joven patógrafo que, cuando habla, habla parco, con gestos, con señales sueltas. Deja marcas, sin que esas marcas se me organicen todavía como mensaje. 

Para terminar, sé que en estos días usted ha regresado de un congreso de escritores, realizado en las Islas Canarias, y que su ponencia versó sobre "vanguardia y posmodernidad " en la literatura. ¿Cómo se da lo posmoderno en ese terreno? 

Ese traslado a la literatura no es fácil. Creo que anida en una vertiente de las vanguardias y en ciertas formas patográficas como la afasia, el grafismo, el idiolecto, el hipergongorismo, el arcaísmo, la hermesis verbal, el neo-neobarroco. Es decir, en aquellas formas “brutas”, puras, de pura regresión, que también dejan un poco entre paréntesis toda una reflexión moderna sobre el texto. En cambio, hay otra vertiente de la vanguardia, Sor Juana, Lezama, Octavio Paz, Severo Sarduy que, por venir de un tronco común hermético, muy antiguo, se muestra como indiferente a estos problemas de modernidad o posmodernidad. Frente a esta polémica, ellos son prescindibles. Siguen funcionando como la oposición ilustrada. 

Fuente: Hispamérica, n. 134, año 45, agosto 2016, pp. 61-66.

domingo, julio 26, 2020

Tres documentales tres: Benesdra, Greco y la juntidad de la bohemia porteña

Hace unos meses vengo mirando algunos documentales que tenía pendientes. Recomiendo, en esta oportunidad, estos tres: uno sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor; otro sobre Alberto Greco y su radical propuesta artística; y otro sobre la bohemia porteña de los 70 y de los 90. Las tres películas exploran bordes excéntricos de la cultura argentina, personas inolvidables e imágenes que condensan poéticas y formas de entender el mundo. Pasen y vean!



Sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor: Entre gatos universalmente pardos, de Ariel Borenstein y Damián Finvarb




Sobre Alberto Greco, creador del Vivo Dito: Alberto Greco obra fuera de catálogo, de Paula Pellejero



Sobre la bohemia porteña de los 70 y los 90: La juntidad espeluzante, de Jorge Quiroga y Martín Carmona

sábado, junio 06, 2020

Moléculas Malucas, un paseo fuera del margen

Descubro con alegría el sitio Moléculas Malucas. Archivos y memorias fuera del margen. La presentación arranca de este modo:


 
Estamos acá porque se nos ocurrió desempolvar archivos olvidados y refrescarnos la memoria sobre las luchas y producciones de quienes nos antecedieron en nuestros movimientos fuera del margen.


Entre otras cosas, han subido dos textos que aplaudo de pie. Por un lado, un relato inédito de Néstor Perlongher, escrito en 1976 y titulado "Hall" (que recuerda a "La narración de la historia", de Correas):


 
Quien lo viera como él a la entrada de la Estación Constitución hubiera sin duda notado cierto aire de Teorema de Pasolini, si ése –además– hubiera sido alguien predispuesto para encuentros de esa naturaleza, y remarcara el declive de las baldosas en dirección a las rejillas, detalle digno de tomar en cuenta para advertir con solemnidad la proximidad de los restantes días, el remanso de una serie de acontecimientos posibles viniendo de la calle, espesa, achicharrada. “Estación Prostitución” anunciaba el colectivero del Cañuelas, dejando formada de inmediato una imagen arquetípica, borrosa como una postal de hace diez años, algunas columnas que retenían o sostenían el aire y, más que nada, la procesión de rostros automáticos como un aviso publicitario de la Paranoia Co.

El contexto, repuesto por Marcelo Benítez, quien conservó el documento hasta hoy, y el relato completo de Perlongher se pueden leer acá.

Por otro lado, Jorge Luis Peralta realizó esta semblanza de la editorial Tirso, la primera editorial "gay" latinoamericana. Arranca así:



Bajo la dirección de un escritor ya consagrado, Abelardo Arias (1908-1991), y de su joven colaborador Renato Pellegrini (c. 1930-2015), Ediciones Tirso fue la primera editorial latinoamericana específicamente orientada a la difusión de literatura argentina y extranjera de temática homoerótica, fundada en 1956. La hegemonía de interpretaciones históricas basadas en el punto de vista de la represión ha producido, a nuestro juicio, mecanismos de lectura limitados. Parece inconcebible, desde esa perspectiva, hallar en la literatura, el cine y otras manifestaciones culturales previas a 1970, miradas sobre la sexualidad en general y el homoerotismo en particular que no reproduzcan el discurso oficial sobre estos temas propagado a través de distintas instituciones, fundamentalmente el Estado y la Iglesia. Tirso supuso, en este sentido, una especie de grieta a través de la cual se desafiaban, aunque fuera tímidamente, las ideologías oficiales.
El ensayo sobre Tirso se puede leer completo acá.

En fin, recomiendo con fervor el sitio Moléculas malucas. ¡Pasen y vean!

miércoles, febrero 08, 2017

La medida de un conflicto (de antologías, supervivencias y olvidos)


En 1970, la editorial venezolana Monte Ávila editores publica la antologia 20 nuevos narradores argentinos. La particularidad es que el antologador fue, ni más ni menos, Néstor Sánchez. En tapa se leen los nombres de los autores compilados que van desde Briante hasta Rozenmacher pasando por Libertella y Piglia, entre muchos más. Lo interesante quizás sean los otros nombres, los que no suenan tanto y también imaginar qué criterios habrá tenido en cuenta Sánchez para su selección. Transcribo el índice para dar una idea del contenido:

Índice de 20 nuevos narradores argentinos, antología de Néstor Sánchez 

Nota

Miguel Briante
"Habrá que matar los perros"

Antonio Dal Masetto
Siete de Oro (fragmento)

Fernando De Giovanni
Keno (fragmento)

Jorge Di Paola Levin
"Caballo sin Titán"

Raúl Dorra
"Aquí en este desierto"

Mario Espósito
"El exilio"

Aníbal Ford
"La respuesta"

Germán García
"Complicancia Uno"

Leandro Katz
Es una ola (fragmento)

Gregorio Kohon
Odetta en Babilonia y el rápido en Canadá (fragmento)

Héctor Libertella
El camino de los hiperbóreos (fragmento)

Reynaldo Mariani
"El cuchillo sobre el agua"

Juan Carlos Martelli
Persona Pálida (fragmento)

Martín Micharvegas
Las horas libres (fragmento)

Basilia Papastamatíu
"El pensamiento común"

Ricardo Piglia
"La honda"

Ruy Rodríguez
"Inventario sobre la marihuana y ella"

Horacio Romeu
"Cantata"

Germán Rozenmacher
"El gato dorado"

Rubén Tizziani
Las galerías (fragmento)

Las obras entre comillas son relatos; las obras en cursiva y con el paréntesis al lado son fragmentos de novelas o textos de más largo aliento. 
Se podría hacer un trabajo de relevo más específico y fundamentado, pero rápidamente realizo una clasificación de autores argentinos en:

-Muy conocidos (Miguel Briante, Antonio Dal Masetto, Germán García, Héctor Libertella, Ricardo Piglia)
-Relativamente conocidos (Jorge Di Paola Levin, Aníbal Ford, Juan Carlos Martelli, Basilia Paspamatíu, Germán Rozenmacher, Rubén Tizziani)
-Poco conocidos (Fernando De Giovanni, Raúl Dorra, Mario Espósito, Leandro Katz, Gregorio Kohon, Reynaldo Mariani, Martín Micharvegas, Ruy Rodríguez, Horacio Romeu)

De los "Muy conocidos", no me voy a ocupar.
Respecto de los "Relativamente conocidos", todos fueron recientemente reeditados excepto quizás Martelli y Tizziani. Recomiendo enfáticamente Los tigres de la memoria (1973), de Martelli, un policial negro extraño. 
Quizás lo más interesante sea, claro, los "Poco conocidos". Hay solo tres autores de la lista que han logrado una pequeña reivindicación en estos años. En la antología Argentina beat (Caja Negra, 2016), relatos y poesías de reynaldo mariani, de Leandro Katz y de Ruy Rodríguez asomaron tímidamente. Se suma la indispensable publicación de la obra poética de mariani de la que ya dimos noticia por acá. Asimismo, para 2017, esperamos la reedición de 7 historias bochornosas, de mariani, y de El búho en el vitral, de Rodríguez. De los demás autores poco conocidos, basta una rápida búsqueda en ML para encontrar las primeras ediciones, a veces a precios irrisorios. ¿Qué narrativas, qué escrituras nos estaremos perdiendo? ¿Qué historias detrás de estos autores olvidados, de estas obras menospreciadas esperan nuevos lectores? Dejo la inquietud pendiente.
Finalmente, como el índice de 20 nuevos narradores jóvenes lo muestra, el volumen abre con una "Nota" firmada por Néstor Sánchez y que solo un fragmento de la misma se encontraba en la web. Vaya pues la presentación de esta interesante antología que abre la puerta a la interrogación por cuál red de nombres y obras sobrevivió en la lucha por la supervivencia literaria y que abre una luz curiosa sobre algunas escrituras que hace años nadie se anima a reeditar o siquiera a leer. Va el texto de Sánchez:

Nota a 20 nuevos narradores argentinos (Néstor Sánchez)

La alusión no es del todo arbitraria: hace aproximadamente una decena de años, en la ciudad de Buenos Aires, un tal Roque Islam (poeta impublicable y desasosegado) necesitó poner el pecho a una especie de exhortación, acaso un poco desconsiderada: ¿por qué motivo no escribía prosa?
Casi sin lugar a dudas él debió experimentar algo bastante parecido a una provocación, a lo alusivo de por sí; entonces preguntó, a su vez, si se le estaba proponiendo que narrara (en los términos más o menos frecuentes), si se le estaba ofreciendo la alternativa de contar alguna historia, o suceso ajeno, o recoveco mnemónico.
La respuesta no sólo resultó afirmativa sino que además contenía la intención de una posibilidad personal (es decir, para él a su edad, de acuerdo con su obstinación sin atenuantes). Casi de inmediato Islam, fiel a cierto octosílabo recurrente, con esfumaturas, optó por ponerse de pie y salir a la calle. Todo esfuerzo por entrever lo que habrá pensado durante el trayecto hasta su casa, solo, a esas horas, resulta poco menos que impensable.
Ahora, por una rara inclinación a lo inmediato, se presenta la oportunidad de contrapuntear a veinte narradores argentinos que por aquel entonces, en el peor de los casos, sólo llegarían a los veinticinco años de edad.
De los innumerables lugares comunes de la supuesta crítica especializada rioplatense, entonces, convendría recurrir a tres que, a su modo, terminan de garantizar cierta tendencia a la proliferación y al auge: experiencia directa en lo narrativo que salta sobre la noción de poema (supuesta raíz de la lengua); confianza poco menos que inusitada por parte de las casas editoras; cierto costado de desenfado formal (sobre todo sintáctico) a partir de la segunda edición de Rayuela.
Sin embargo, releyendo el material, surge casi de improviso un elemento categórico que pretendería enfrentarse a otro un poco más desvaído: por un lado la permanencia inevitable del realismo sin atenuantes (o con sus propias esfumaturas y modorras); por el otro la irrupción del texto que querría negarse a ser cuento, o relato, o crónica.
Y tal vez otro síntoma bastante identificable: casi la mitad de los autores renuncian a la “prosa de cámara” para empezar directamente con el aliento, con la novela o su parodia. En este sentido el material vale la pena porque muestra una transición y, al mismo tiempo, un cansancio, cierta confianza cuestionadora en relación con determinado criterio de realidad (y de palabra), más, al mismo tiempo, la sospecha de que el lenguaje escrito podría protagonizar una sospecha, como tal.
Por otra parte: las ausencias inevitables pretenderían estar comentadas en algunas de las tendencias que se incluyen aquí.
En el mejor de los casos la recopilación de veinte autores jóvenes1 no “da” un solo autor, ni tampoco dos: ofrecería la medida de un conflicto, el titubeo inevitable y bienintencionado de las tendencias más la riqueza obvia de un “estado” semejante. También aparece, por algunos momentos, esa fatiga previa de la convención que tanto atormentara a Roque Islam.

Caracas, 1970

N. S.

1. Por dos motivos (exceso de edad y/o divulgación suficiente) fueron excluidos: Manuel Puig, Daniel Moyano, Tomás Eloy Martínez, Juan José Hernández, Rodolfo Walsh y Juan José Saer.

lunes, mayo 23, 2016

Scan Tailor: limpia, fija y da esplendor

Hace unos días, participando en un intenso taller sobre digitalización bajo el título "A la luz de un escáner", tuve la oportunidad de tener un nuevo encuentro epifánico con un hermoso programa.  
Scan Tailor es el nombre de este procesador de imágenes postescaneo. Trabaja con formatos como JPG o TIFF. Permite armar proyectos; y, luego, las imágenes se limpian, se enderezan, se recortan, se modifican márgenes, se equilibran contrastes y brillos; como resultado final, obtenemos un conjunto de imágenes más prolijo para un posterior y exitoso OCR. 
Nosotros, los que hacíamos el postprocesamiento con programas como el Photoshop (me volví loco) o con las herramientas toscas del ABBYY Fine reader, solo podemos celebrar un programa como Scan Tailor, e invitar a los otros a que se lo bajen (encima es soft libre, una joyita): http://scantailor.org/
Y de yapa, alentarlos a que vean este didáctico y claro tutorial, realizado por mi amiga Scannopolis, para sacarle el jugo a esas imágenes escaneadas, fotografiadas o bajadas de la web. Después me cuenta qué onda. ¡Qué lindo es escanear y compartir!


Tutorial Scan Tailor en castellano from Scann Opolis on Vimeo.

miércoles, julio 30, 2014

Entender, destruir y crear


Recibo agradecido el libro Entender, destruir y crear. Un recorrido por los tres primeros años de la revista Luthor (2014). La edición es de Edefyl, un colectivo editorial de los estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA que se reunieron para publicar libros vinculados con las carreras de dicha facultad, bajo licencias Creative Commons, con precios accesibles. Pueden conocer más sobre el colectivo editorial y sobre otros títulos lanzados, acá.
Sobre la revista Luthor (y el grupo de colaboradores que la sostiene) ya escribí sobre sus primeros números, colaboré con una modesta reseña por ahí y ahora recibo gustoso un libro que devoraré y comentaré en breve: Entender, destruir y crear. Luthor hizo que la teoría literaria y la reflexión en torno de las ficciones (en sentido amplio, desde los videojuegos hasta las sagas, pasando por el cine y la literatura clásica) recibiera nuevos aires y nuevas reflexiones, al menos, en el campo estancado de los estudios literarios y culturales argentinos que abrevaban cómodos en el posestructuralismo o en una especie de mescolanza de teorías estéticas y filosóficas. Tal vez solo podamos medir la importancia del grupo Luthor y de su publicación en el futuro, cuando la reflexión sobre la literatura, en particular, y la cultura, en general, se haya abierto un poquito más a nuevas ideas y nuevos modos de pensar. Como decían en su primer número:
Lex Luthor no busca destruir a Superman por considerarlo defensor de la humanidad, sino para recuperar un campo de poderes indebidamente usurpados a ella, condenándola a una situación de eterna minoridad. Ese es el complejo humanismo de Luthor. Y, salvo porque no nos identificamos con su resentimiento ni sus ambiciones corporativas, sus objetivos también son los nuestros: entender, destruir y crear. (Editorial por Grupo Luthor)
El libro pueden comprarlo por muy poco dinero. También pueden bajarlo, gratuitamente, de acá para empezar a disfrutarlo online.
Larga vida a la revista Luthor. Espero el tomo II.

PD.: Los mismos desquiciados de siempre, habitantes de los mundos ficcionales, organizan estas jornadas a las que lamento no poder asistir. "Mundos ficcionales y teorías de las ficción - Primeras Jornadas"

miércoles, junio 11, 2014

Coloquio internacional: Michel Foucault y América Latina

viernes, enero 17, 2014

Florida y después


El bajo porteño que recorrí en mis veintitantos tenía ese hálito, procesado de otro modo, con cierta angustia, desconcierto y haciendo del placer una forma de resistencia. Poniendo bombas intracapilares, criptomenemistas, que trataban de sabotear un “relato” de otra forma. Tomando lo que la corrupción desmedida (que nos vendía Página/12, del que éramos acérrimos lectores) y la vulgaridad sin colador, disfrazada de “apertura económica”, nos ofrecía para el goce (vinos, habanos, libros y CDs importados), pero dotándolo de un sentido subversivo. El placer crítico de la productividad elogiada y el desguace era un arma política, ahora se ve más claro. Todo era una forma de resistencia hedonista a la uniformidad (que no llamaría “neoliberal” por ser un cliché), al gestionismo frívolo y el economicismo rampante, a la reducción al número (uno a uno), a la avispa presidencial, al humor barato y pretendidamente “transgresor” del conductor canchero de turno. Nadie creía en ello. No era apoliticismo porque se hablaba de política entre amigos pero con otra retórica y modos, quizá más sofisticados o menos exhibicionistas que los de hoy. Era una política no partidaria ni de trincheras (moneda corriente estos días) que no caía en el cinismo de “dar la vida” por una militancia falaz que termina, a la vista está, en contrato, robo, omisión, caja o beca: un aparato del Estado paquidérmico e hipócrita al cual muchos someten su libido. Hay poca erótica fuera de esa sumisión estos días.
Un ensayo-crónica de LDF, "El bajo, un estado de ánimo" en donde la calle Florida y sus alrededores como plano espacio-temporal sirven para pensar las modas culturales pero también las políticas de deseo. Más allá del acuerdo o no con la perspectiva del filósofo cronista, es un texto que habilita una reflexión intertextual (está ahí el cruce productivo entre Ezequiel Martínez Estrada y Héctor Libertella, entre Néstor Perlongher y Soda Stereo) sobre una zona urbana de flujos deseantes. No pude evitar pensar en el capítulo de Aquí América Latina (Eterna cadencia, 2010) de Josefina Ludmer en el que la autora y Libertella recorren la ciudad de Buenos Aires reflexionando sobre los tiempos yuxtapuestos: (cf. Agamben): "Y entonces cada punto de la ciudad pero también cada sujeto, cada idea, cada imagen… es y contiene su historia, sus formas anteriores y sus pasados yuxtapuestos". En fin, lean y disfruten del texto de LDF sobre el bajo porteño.

miércoles, julio 24, 2013

Todo lo que siempre quiso saber sobre...


...el derecho de autor y las licencias libres. Arte y cultura en circulación es un libro virtual y gratuito surge de las clases curso online “Arte y cultura en circulación: introducción al derecho de autor y las licencias libres” organizado en conjunto por Ártica, Creative Commons Argentina, Fundación Vía Libre y LibreBus Cono Sur, entre setiembre y octubre de 2012. 
Más info sobre la publicación, acá, en Ártica 2.0. 
Permítanme recomendarlo por la claridad didáctica (gracias, Scann) con la que se explican temas tan peliagudos como el derecho de autor y el uso de las licencias creative commons (que tanto bien nos hacen). El capítulo de Mariana Fossatti es particularmente alentador en relación al panorama artístico que abren estas licencias y estos modos de repensar la circulación cultural y la autoría (visitando la página de Ártica me entero de que junto con Jorge Gemetto han publicado otro libro libre: Arte joven y cultura digital). 
En fín, léanlos, difúndanlos y manténganse en sintonía que este año se repetirá el curso online, remixado y renovado.

sábado, abril 06, 2013

Narrar la experiencia

En No somos nadie, el programa que conduce Juan Pablo Varsky en la radio Metro de lunes a viernes a la mañana, escucho con atención el storyline de un twittero que narra la inundación en La Plata como testigo y víctima. @SevDiGiovanni relata el clima de catástrofe que se vivió en La Plata en la inmediatez y la limitación de Twitter: cortas frases que reconstruyen el desastre, la oscuridad y el agua. @SevDiGiovanni realiza un relato impresionista de la inundación y escribe en el límite del testimonio y la literatura. Cuando terminé de escuchar la lectura de los twitteos, la vieja polémica sobre el fin de la experiencia y la imposibilidad de transmitirla me había quedado latente, clavada como un aguijón. Les dejo una muestra:





Sigue acá.

lunes, abril 01, 2013

Abandonar

-¿Y en qué sentido Homo sacer llega a su fin?

-En general muchos esperan una parte construens, porque afirman que todo lo que he escrito hasta ahora sería una parte destruens, es decir, una arqueología crítica del pasado. Yo, por mi parte, creo que no es posible distinguir una parte destructiva de una parte constructiva, porque ambas coinciden perfectamente. Por otro lado, la parte construens consiste en el hecho de que aparecen cada vez menos las cosas criticadas, que se transforman en cosas naturalizadas, absorbidas por el conjunto. En estos días pensaba acerca de qué significa el fin de una obra. Tengo la impresión de que incluso en la literatura existe una escasa reflexión sobre el final. Habría que preguntarse por qué, en cierto momento, un autor decide poner fin a una obra. Muchas veces intervienen factores puramente contingentes. De cualquier manera, es un momento curioso de la creación. En el derecho romano, el auctor -de donde proviene la palabra actual autor- era el tutor que convalidaba un acto de una persona inválida o menor de edad. Como si el autor fuera quien convalida una obra inacabada y que, en el momento en que ese autor le pone fin, se vuelve autónoma. Es decir, mientras no está terminada una obra, es menor de edad. Terminada, ya es mayor y es abandonada.
Una entrevista a Agamben sobre sus últimos libros traducidos y por publicarse, acá.

PD.: ¿Bergoglio habrá leído a Agamben? Digo, tanto va el cántaro a la fuente que al final el nuevo papa se hace llamar "Francisco"... ¿Será la vuelta de las reglas de vida?

viernes, marzo 29, 2013

Digo


El nuevo proyecto de Cohn y Duprat se llama Digo (canal de televisión comunitaria) y pueden anticipar algo sobre la idea acá. Es interesante, me recuerda a la extinta Televisión abierta y, de alguna manera, libera el espacio televisivo en un gesto democrático a lo Rànciere: una suerte de no importa quién en el que las capacidades de las personas y maneras de ser y de sentir, múltiples y heterogéneas, se ponen en funcionamiento. Cada programa dura unos pocos minutos, la producción es el lugar desde el que el usuario quiere emitir y la cámara web enfoca de plano al sujeto. Los temas son variados y los modos, también. Habrá que seguirle el paso a Digo, tal vez encontremos allí un uso diferente de la tecnología, una reapropiación creativa como las que Cohn y Duprat suelen proponernos.

sábado, mayo 26, 2012

Acreditando en Tancredo


La hipótesis de Walter Benjamin según la cual el capitalismo es en verdad una religión –y la más feroz e implacable que haya existido nunca, pues no conoce redención ni tregua– hay que tomarla al pie de la letra. La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo.
El artículo "El futuro" de Giorgio Agamben, sigue acá.
Visto en Linkillo.

PD.: Busco "Acreditando en Tancredo" de Perlongher y no lo encuentro en la web (bah, lo encunetro en un pdf, es decir, no en html; poco rastreable). Un desperdicio... Tendré que tomarme el trabajo...

jueves, diciembre 22, 2011

Una filosofía de lo roto

13. Entre 1924 y 1926, el filósofo Sohn-Rethel vivió en Nápoles. Al observar la actitud de los pescadores que luchaban con sus barquitos a motor y la de los automovilistas que intentaban hacer arrancar sus viejísimos autos, formuló una teoría de la técnica que definía graciosamente como "filosofía de lo roto" (Philosophie des Kaputten). Según Sohn-Rethel, para un napolitano las cosas empiezan a funcionar sólo cuando son inutilizables. Esto quiere decir que el napolitano en realidad empieza a usar los objetos técnicos sólo desde el momento en que dejan de funcionar; las cosas intactas, que funcionan bien por su cuenta, lo irritan y le causan odio. Y sin embargo, clavándoles un trozo de madera en el punto justo o dándoles un golpe en el momento oportuno, logra hacer funcionar los dispositivos según sus propios deseos. Este comportamiento, comenta el filósofo, contiene un paradigma tecnológico más alto que el de uso corriente: la verdadera técnica comienza sólo cuando el hombre es capaz de oponerse al automatismo ciego y hostil de las máquinas y aprende a desplazarlas hacia territorios y usos imprevistos; como aquel muchacho que en una calle de Capri había transformado un motorcíto roto de motocicleta en un aparato para hacer crema batida. De algún modo, aquí el motorcito continúa girando, pero con vistas a nuevos deseos y nuevas necesidades; la inoperosidad no se deja a sí misma, sino que deviene el pasaje o el "ábrete sésamo" de un nuevo uso posible.
 Agamben, Giorgio (2011): "El cuerpo glorioso" en Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, pp. 146-147.
 

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