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martes, diciembre 13, 2011

Cesarán las lluvias (Carlos Gardini)

Los muertos caían y caían...
Las lluvias habían empezado mucho tiempo atrás, ya nadie recordaba cuándo. Algunos días, como es natural, arreciaban más que otros, y los muertos, aunque distanciados por espacios regulares, caían casi incesantemente. De cualquier modo, nunca había consecuencias graves. Los muertos jamás mataban a nadie. Pero a Helena la seguían horrorizando, y Martín hubiera hecho cualquier cosa para consolarla. No era aprensión, no era miedo. Era horror puro y simple, un horror que se expresaba en asco, en un regusto de saliva amarga. Le repugnaba verlos caer así, desnudos, en el barro, las bocas abiertas en rictus espasmódicos. Después pasaban los días y se les desmigajaban las carnes, se les disolvían como cera, y los muertos se iban como derritiendo en el suelo. Todos caían desnudos, pero no todos eran iguales. Algunos eran viejos y plácidos, otros eran jóvenes y violentos; los había enteros, y mutilados, y escaldados, y descuartizados, y congelados.
Una vez, cuando Helena y Martín estaban en un campamento, un viejo desdentado había dicho:
—Son los muertos de la historia.
Había seguido un murmullo aprobatorio, y el viejo, entusiasmado con su éxito, había repetido: "Son los muertos de la historia." Sin embargo, la frase esta vez sonó insulsa, o simplemente cayó pesada, pues todos se pusieron a hablar de otra cosa, mientras el viejo se iba quedando solo con su sonrisa sin dientes, mirando llover los muertos allá lejos.
Como casi todo el mundo, Helena y Martín habían dejado las ciudades. En el cemento los muertos también se disolvían, pero era diferente. Las carnes no se fundían con la tierra. Se pudrían más despacio, y en las ciudades el tufo a muerto era inaguantable, y además, pensándolo bien, daba pena ver muertos descomponiéndose de esa manera. Por otra parte, en el campo la lluvia de muertos había abonado la tierra, y crecían árboles y plantas de formas extrañas. La gente se alimentaba de esas formas.
Martín temía confesárselo a sí mismo y nunca lo hubiera dicho en voz alta por temor a confirmarlo, pero sospechaba que esas formas extrañas eran de órganos humanos.
Huían de los muertos. Emigraban. Como tantos otros, buscaban la región donde no hubiera más lluvias de muertos, donde el ruido blando que hacían los cuerpos al chocar contra el suelo no les cortara el sueño, ni el hambre, ni las ganas de amar.
—Alguna vez cesarán las lluvias en alguna parte —decía Martín acariciando el pelo de Helena mientras miraban los muertos desde un refugio armado con piezas de autos, o desde algún galpón abandonado, o desde una estación de servicio desteñida por la herrumbre—. Y no tendremos que aguantar más este espectáculo horrible, ni soñar con estas cosas.
—Yo no sueño nada —decía Helena—. Es como si el horror me hubiera cortado los sueños.
Y Martín callaba, casi avergonzado, pues él tampoco soñaba, pero ni siquiera sentía horror. Sólo buscaba a tientas un modo de animarla, pero en realidad no sabía contra qué. Se guiaba únicamente por una intuición borrosa. Y algún muerto caía cerca, despatarrado, la boca abierta y ensangrentada, y los dos miraban y compartían una sonrisa triste.
—Jurame que alguna vez va a terminar —decía Helena en un arranque de dolor rabioso—. Jurámelo.
Martín murmuraba una promesa, y dormían, y al día siguiente reanudaban la marcha. Al principio cargaban provisiones, latas, o botellas, o los frutos de las plantas-de-muerto, como las llamaban casi todos los emigrantes, pero después empezaron a viajar sin bultos. Era un alivio, pero también un indicio de desesperanza. No tenían que llevar nada ni preocuparse por la comida precisamente porque los muertos lloverían dondequiera fuesen y siempre habría plantas.
Para colmo muchas veces se topaban con emigrantes que viajaban en dirección contraria. Intercambiaban noticias funestas y miradas de desconsuelo, a veces comían juntos, y después cada viajero retomaba su rumbo como si lo que el otro había dicho no tuviera ningún asidero; quizá desconfiaban, quizá querían creer que había un error, quizá tenían la esperanza de que las lluvias cesaran para cuando llegaran ellos pero en realidad nadie se lo preguntaba, ni se ofendía cuando los demás desoían sus consejos.
—¿De dónde vienen? —le preguntaban por ejemplo a un viajero.
—Del sur. Mucha lluvia, en el sur. Y plantaciones enteras, cargadas de frutos. Ahora iba a tomar para el oeste, para probar suerte allá...
—Nosotros venimos del oeste. Muy malo, también.
—En fin, pero hay que seguir probando suerte. ¿Para dónde van ahora?
Señalaban el sur. Y más tarde, después de compartir una comida o un té hecho con las plantas-de-muerto, cada cual seguía su rumbo, tras una despedida cortés.
A veces se formaban campamentos en algún valle, o cerca de alguna ciudad. Los campamentos eran casi permanentes, pero la gente cambiaba casi de un día para otro. Era curioso que se formaran cerca de las ciudades, pero así sucedía. Nadie vivía en ciudades, pero a todos les gustaba mirarlas de lejos. Eran como un lazo con el pasado.
Una vez, en uno de esos campamentos, encontraron a un hombre de barba roja y tupida. Viajaba solo, como tantos. La barba les llamó la atención, y se pusieron a hablar con él.
—¿Usted cree que habrá algún lugar sin lluvia?
A unos metros llovió un muerto, un adolescente rubio de piel blanca. El de la barba roja lo miró con cierto rencor, y luego habló.
—No sé, ni me importa. Yo viajo por viajar.
Decir esas cosas era una grosería, y el tono también era grosero. Muchos viajaban por viajar, pero pocos se atrevían a decirlo. Pocos se atrevían a expresar en voz alta que estaban seguros de que era igual en todas partes, siempre cadáveres que llovían y llovían, y no tenía sentido andar de aquí para allá.
Pero todos seguían. Era un modo de distraer ese tiempo quieto, de crear una esperanza, de pasar los años.
Y Martín y Helena iban de aquí para allá, alentaban la esperanza que habían creado. Jurame que alguna vez va a terminar, decía ella a veces, como en trance. Pero con todo, no podía decirse que no fueran felices. Había tanta gente sola, tanta gente que solo buscaba amigos para compartir una cena o amantes para pasar una noche, que en medio de tanta lluvia y soledad dos seres que se amaban tenían que ser felices de algún modo. Eran una excepción como ese hombre que viajaba por viajar, y tal vez por eso, mucho tiempo después, lo encontraron de nuevo. Ellos sabían que era mucho tiempo después, porque amándose habían acumulado recuerdos, esos recuerdos que se van cristalizando y adhiriendo como pólipos en la memoria y el cuerpo de los que se aman, esos recuerdos-chuchería que nadan en algún limbo impreciso, sin identidad, pero que juntos forman tiempo, tiempo sólido y firme. Era una forma de medir, y ya que nadie trabajaba, nadie sembraba ni cosechaba nada, todo era viajar y viajar, muertos fundiéndose en la tierra, cualquier forma de medición era mucho.
De nuevo les llamó la atención la barba y se le acercaron. El hombre no los reconoció al principio.
—Ah, ustedes -dijo después. Y añadió con una sonrisa hiriente-: ¿Encontraron lo que buscaban?
No contestaron. Después de una pausa de silencio, Helena preguntó, casi acusatoriamente:
—¿Y usted sigue viajando por viajar?
Pronto, pronto, le decía Martín mientras caminaban,'pronto terminará todo.
—Pronto, vas a ver. No puede durar para siempre.
—¿No puede? Pero dura y dura. Son años, Martín. Años. Martín, ese hombre...
—¿Cuál hombre?
—El de la barba roja. ¿Cuánto hacía que lo habíamos conocido?
—Bueno, años. ¿Por qué?
—Estaba igual. No había cambiado en nada. Ni la ropa le había cambiado. Es raro, antes nunca me había fijado porque nunca vemos otras personas. Uno siempre viaja y viaja. Pero él estaba igual. Nosotros también estamos iguales...
—¿Adónde querés llegar?
—¿Alguna vez viste morir a alguien? Desde que empezó la lluvia, digo. ¿Oíste que alguien hablara de muertos, de sus propios muertos?
—Sigo sin entenderte.
—Es fácil de entender. Nunca se ve morir a nadie. Se ven llover muertos, pero nunca muere nadie. Y nunca se ve nacer a nadie, y nunca se ven mujeres embarazadas.
Caminaban y caminaban. De vez en cuando oían plop, plop, en el barro. Las plantas-de-muerto festoneaban los montes. Vivir era eso, ir caminando y caminando, y plop plop en el barro. Alguna vez va a terminar, decía Martín.
Y la tristeza de Helena iba en aumento. De golpe, un día se largó a llorar. Estaba inconsolable, y Martín se sintió desconcertado, porque las cosas nunca habían llegado tan lejos. Estaban sentados en unas piedras, frente a una ciudad abandonada. Los edificios mugrientos se recortaban contra el cielo blanco. Ya va a terminar, le decía Martín, y ella sacudía la cabeza. Frente a la ciudad había gente. Era tan raro ver a Helena así, tan desanimada, y sin embargo las lluvias parecían haber amainado un poco últimamente.
—Martín —dijo al fin moqueando—, me parece que estoy embarazada.
Martín se echó a reír, abrazándola.
—¿Entonces por qué estás así? ¿Por eso sentís miedo? Mirá, hoy vamos a tener compañía —señaló el grupo de gente—. Podremos celebrarlo con una fiesta.
—No creo que estas personas estén con ánimo, Martín. ¿No ves lo que hacen?
Martín miró con más atención. Bajo un cielo limpio, entre plantas-de-muerto marchitas, enterraban a alguien. Helena acarició la mano de Martín como un objeto infinitamente frágil.

En El Péndulo, nº 10, Buenos Aires, 1982.

viernes, noviembre 18, 2011

Teatro de operaciones (Carlos Gardini)


Serpiente

Una zona era la franja desértica, un arenal salitroso alrededor de una laguna que cambiaba de tamaño según la época del año y las lluvias. Otra eran las tierras de labranza, en general maizales que a veces eran campos de rastrojos y a veces terrenos yermos, según la propiedad donde estaban, según las oscilaciones de la guerra. Después venían los morros, cubiertos por una selva tupida y húmeda y proliferante, estriada de manchas grises: las cicatrices del napalm, las escoriaciones de los explosivos. La selva tenía un gusto violento, invitante, como un sexo abierto. En sus entrañas acechaba el cáncer, Gregorio.
En ese paisaje cambiante, incoherente, había aldeas. Las aldeas eran chozas de barro apiñadas junto a un arroyo o un montón de ruinas, y allí vivían gentes aindiadas, las víctimas de la guerra, hijos de las víctimas de muchas guerras anteriores, guerras entre militares y colonos, entre colonos e indios, entre piratas y colonos, entre militares y militares. Las ruinas eran estatuas de piedra, parapetos, dioses enjoyados, dioses entronados y caídos, dioses que copulaban o defecaban, con una o varias caras grises o pardas. Y una diosa panzona, con pechos que le colgaban hasta el ombligo. Las caras de la gente eran grises o pardas, como las de los dioses, y estaban manchadas de cicatrices violentas, como el paisaje.
En medio de todo corría una carretera de polvo, una línea sinuosa y blanca a veces moteada de verde —vehículos militares— que caracoleaba internándose en los morros, donde se perdía en una contorsión agónica. Los aldeanos emigraban, se refugiaban, saqueaban o se unían al enemigo. A veces se veían hileras que arrastraban los pies por la carretera blanca, el único vínculo, el único contacto en esa mancha arenosa y verde y amarilla de kilómetros cuadrados de extensión. Llevaban chicos, mujeres, pollos, bueyes, muías y carretas. Vestían ponchos, overoles, bombachas y sombreros de ala ancha. Morían quemados, hambreados, violados y mutilados, pero nunca abandonaban el paisaje, el teatro de operaciones. Se aferraban a sus enfermedades, sus antepasados, sus abuelos, los abuelos de sus abuelos, sus dioses, los vientres de sus mujeres hinchadas de trabajo y de opio. Desde el aire, la carretera imponía un orden. Era un enlace, y sus contorsiones parecían premonitorias.

miércoles, agosto 31, 2011

Perros en la noche (Carlos Gardini)


Hace un tiempo, revolviendo en una librería de la costa me encontré con dos libritos editados por Minotauro, la eximia editorial de ciencia ficción, a un precio irrisorio cada uno. Ambos libros eran de Carlos Gardini y uno de ellos, Mi cerebro animal (1983), es un compilado de cuentos de ciencia ficción atravesados por la violencia y la guerra. Entre ellos, hubo dos que me causaron una gran impresión, más allá de que todo el libro es muy parejo, "Perros en la noche" y "Teatro de operaciones". A continuación, recupero el primero, un relato oscuro en un futuro remoto que trae ecos del pasado argentino en código de policial negro. Una joyita, que lo disfruten.

Perros en la noche (Carlos Gardini)

Escuchá el aullido del perro solitario. Escuchá el aullido del perro solitario en la noche. El aullido del perro solitario que te acompaña en la noche.

Desde esa vez el Turco nunca fue el mismo. Algo se aflojó en él. Vivía obsesionado por el presentimiento de que todo acabaría pronto. Insistía en que habíamos cometido un error imperdonable. Habíamos cometido, decía el Turco. No me echaba la culpa a mí solo. Siempre supo aguantarse. Eso es lo que más me duele, porque los hechos en definitiva le han dado la razón, y ahora sólo nos quedan los perros.
No me acuerdo dónde fue exactamente. Era uno de esos tantos boliches donde parábamos antes de empezar la faena. Dejábamos el camión por ahí cerca, entrábamos en un bar, tomábamos una copa para entonarnos, y después nos metíamos en la Zona de Descontaminación que nos habían asignado esa noche para limpiarla de perros y jodidos.
Esa noche me acuerdo que dejamos el camión junto a unas motos flamantes, de ésas que costaban casi tanto como el camión. Estaban pintadas como tigres, fondo amarillo y rayas negras. No sé por qué, pero esas motos me dieron mala espina, porque siempre desconfié de los gatos y los bichos parecidos a los gatos. Pero no le dije nada al Turco. Nunca me dejo llevar por los pálpitos, y por esa mala costumbre ya van por lo menos dos amigos que pagan las consecuencias.
Como siempre, revisamos las automáticas, nos cerramos el chaleco para tapar bien las sobaqueras, entramos en el boliche y nos sentamos al mostrador.
 

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