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lunes, abril 20, 2026

Estado de sitio (Gabriel Báñez)

En el cruce entre literatura y psicoanálisis, sexo y política, Gabriel Báñez, ese gran escritor platense que aún sigue siendo un secreto a voces, parece un hijo adoptivo de la revista Literal (¿y padre amoroso de José Retik?). Eso anotaba mientras leía hace unos años El curandero del cuarto oscuro, una novela publicada en 1990. Entre sus páginas, reaparece el relato "Estado de sitio", que ya había publicado a mediados de los 80 en la antología Cuentos eróticos, donde Báñez compartió páginas con Fogwill, Laiseca y Guebel, entre otros y otras. 

No fue un recurso novedoso en la escritura del platense: ya lo había hecho entre pasando tramos y personaes de Góndolas (1986, pero escrita antes) a Hacer el odio (1984); luego lo haría con la historia del japonés Katsusaburo Miyamoto y su esposa embalsamada en el relato El circo nunca muere (1992) y en, tal vez la mejor novela de Báñez según el juicio de la lectora sagaz Ana Regina, Virgen (1998). Los lindos juegos metatextuales que los lectores de Thomas Pynchon y de tantos otros apreciamos.

En todo caso, este largo rodeo es para compartir ese cuento, "Estado de sitio". Lo hago por dos razones: porque no está accesible digitalmente (pero sí, en el pequeño y valioso volumen recopilatorio El circo nunca muere, de la editorial Mil Botellas); y porque, en conversaciones alrededor del joven Laiseca, salió como un ejemplo de la serie sobre la Gran Llanura de los Chistes que Gabriel Báñez, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca exploraron en sus escrituras refractarias. 

¡Que lo disfruten! ¡Ojála se rían tanto como yo durante su lectura! 






Estado de sitio (Gabriel Báñez) 

Creo que lo primero es el comienzo. Bueno, lo primero a decir entonces es que mamá no es mi madre. No es un juego de palabras. Nada de eso. Yo la llamo así porque las circunstancias me obligan. Podría llamarla por su verdadero nombre, quiero decir por el nombre que tenía antes, pero sería inapropiado. Además, estaría falseando el espíritu de los acontecimientos. Y los acontecimientos son que me encuentro prácticamente confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre. Así de sencillo y así de complejo. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro. 
—Estás devaluando, nene, no jodás más. 
Tiene razón, estoy como devaluado. Ella es al revés, ha crecido a ritmo inflacionario. Uno en ascensor y el otro en la escalera. Hay cosas que son escabrosas de contar, no tanto como la economía del país, pero bueno, escabrosas al fin. Por ejemplo que de aquí en más tendré que decirle mamá sin comillas y aguantar lo que sea. Pero está hecha la advertencia. 
—Cagón. 
—No, mamá... 
—¿Por qué no contás que después de echarme un polvito me gusta el jugo de naranjas? 
Eso es verdad. No se puede ser polisémico en asunto tan delicado como éste. Y bueno, sin ironía debo reconocer que sí, que después de hacerle el amor mamá pide siempre jugo de naranjas. Es una costumbre que no puedo quitársela. Me jode: es el zumo del Edipo que me exprime los sesos. Sobre todo por la manera: 
—Andá, nene, traeme de la cocina una naranja exprimida, pero sacale las semillas... 
Siempre lo mismo. Cojérmela no es garantía de estabilidad emocional. Todo lo contrario. A veces llega a exasperarme. Tiene esa manera pérfida de someterme. En la cama lo mismo. No es que sea insaciable, no. Lo que pasa es que no logra sobreponerse a su condición. Y eso que se lo tengo dicho. Pero bueno, no hay caso. Exige, ordena, es muy argentinita en eso de abrir las piernas y decir: 
—Dale, nene, matame. 
Será por los golpes de facto, me digo, que antes de acabar mamá también me pide que la golpee y la castigue. Cuando no me hace atarla en cruz a los extremos de la cama me exige que la estaquee a los pies del diván para simular una violación. Mamá lee mucho los diarios, lo que pasa es eso. Ah, sí: también le gusta atemorizarme con que va a quedar embarazada: 
—Cuidate, nene, que no quiero ser la madre de mi nieto. 
Tantas recriminaciones me espantan. Hay días, lo juro, en que me siento acobardado. Está bien que me dé placer, pero no a costa de tantos padecimientos. Además, me tiene prohibidas otras relaciones. Cuando estoy excitado y ella no puede hacer nada porque o está cocinando o tiene que hacer los mandados, bueno, entonces me masturba. 
—Vení, nene, que te voy a hacer una paja al paso, ordena. 
Yo me digo que, después de todo. la culpa la tiene esta sociedad. Roland Barthes dice que no. que todo empieza con el Gran Padre Textual. Hay que joderse con los lazos elementales del parentesco. Pero bueno, mamá es así. Ya no la puedo cambiar. Antes hubiera podido. Antes quiere decir cuando yo era chico y pensaba ingenuamente “madre hay una sola”. La infancia es una época de imágenes, creo que me explico. Ahora no: ya está instaurada. Nada puede hacerse. Mamá es mamá y el país es el país. Tiene esas cosas. Como dejar de menstruar cada vez que hay un golpe de estado. Se pone como loca. Cuando Onganía, estuvo tres meses sin que le bajara. Decía: 
—Estos militares ni las reglas respetan. 
Con Videla fue todo un drama. Hasta fue a ver a un ginecólogo amigo para que le hiciera tacto, pruebas clínicas y todo eso. Al final. el tipo le explicó que se le había retirado por causas político-hormonales. Bueno, no dijo eso pero lo dio a entender. Sus palabras textuales fueron: 
—Señora, su período es inconstitucional. 
Vino a casa llorando, maldiciendo. Tuve que aguantarla todo ese día con la cara por el suelo. No almorzó ni cenó y, al día siguiente, salió con la teoría de que las sublevaciones empiezan por la matriz. Tiene esas cosas. A veces es lúcida y a veces, tonta hasta lo inexplicable. Yo, en cambio, no creo en las revoluciones. En las revueltas sí. Son más espontáneas. Mamá dice que por eso mismo eyaculo muy rápido, que me voy apenas nomás la penetro. 
—Nene, tratá de no irte tan rápido, recrimina. 
Pero la verdad. como ya expliqué, es que ella no es mi madre: Es un juego que nos propusimos ambos hace tiempo, cuando la cosa estaba perdiendo vigor. Roland Barthes habla del brío y de los adjetivos, que son las compuertas ideológicas. Entonces, como soy muy apegado al texto, jugamos a la relación madre-hijo. Por un tiempo anduvo bien, pero después desembocó en lo de ahora: se ha tomado el papel en serio. No puedo hacerla desistir de su argumento. Hasta ha envejecido notablemente. Lo terrible es que yo también he decrecido. Ahora andaré por los 14 o 15 y ella por los 48 o 49. 
Los primeros indicios fueron en el 66, con Onganía, como ya dije. 
No sólo se le retiró sino que empezó a darme el pecho. Como el país estaba un poco convulsionado con el Cordobazo me dije para mis adentros que era nada más que instinto sobreprotector. Pero se fue agudizando cada vez más. Lo de “nene” no se le borró de los labios. Luego vinieron las exigencias, las recriminaciones. y esa costumbre tan suya de pedir que la mate. En la cama, claro. Ahora se está exacerbando y ya el suelo y la estaca le quedan cortos. Ayer, por ejemplo, me obligó a nuevos ilícitos: 
—Nene, vení y torturame. 
No hubo caso: tuve que hacerle el amor encapuchado y después arrojarla a los bañados de Flores. Volvió como a la medianoche pero compungida porque en la seccional policial no le quisieron tomar declaración. Pobre, se cree que es el cuerpo del delito. A su regreso hicimos nuevamente el amor y. cuando yo estaba por acabar, exigió que le presentara un habeas corpus. Se restregaba los pezones y decía: 
—Si no presentás el habeas corpus no te doy el dulce. 
—No puedo, mamá, contesté turbado. 
—Sos un mal parido. 
—No puedo. 
—Comunista. 
—No puedo. 
—Subversivo. Marxista-leninista. 
Está cada vez más creída de su papel. Hasta tengo miedo de terminar en el útero, ahogado por ese líquido ambarino que recubre los fetos. Y todo por la ideología. Cuando se despertó saltó de la cama y se declaró en huelga de hambre: 
—Hasta que no me restituyas los derechos no como, amenazó. 
Le expliqué por enésima vez que ella no era mi madre, que madre había una sola y que se dejara de joder. 
—Infiltrado, me insultó. 
Lo único que probó fue jugo de naranjas. Es inmundo el jugo de naranjas. Ahora las pintan y cada vez que hay que exprimirlas la tinta le queda a uno en los dedos. Después queda ese olor cítrico que no se le despega a uno en todo el día. Antes, cuando yo era grande y todavía no había decrecido, me gustaba. Pero ahora no. Volví a la leche. Ella dice que tengo 15 y que voy a quedar reducido a memoria afectiva, nada más. También amenaza con que en poco tiempo más voy a hacerme pis en la cama, a tomar la mamadera y así involutivamente hasta llegar al polvo original. 
Al polvo polvo y no al polvo bíblico, claro. 
—¿Con quién te lo echaste, mamá? 
—Con Roland Barthes —contesta. 
Es parte de su locura. ¿Cómo explicarlo? Cuando la conocí leía mucho estructuralismo. Y lo de los lazos elementales del parentesco le viene por Levi-Strauss, que también leía. Ahora que ha envejecido se ha vuelto devota del hechicero de Viena. Hasta le ha hecho una capillita en el fondo de la casa, donde antes estaba el gallinero. Todas las noches le enciendo un par de velas. Dice que hace milagros y que por Las noches, en sueños, se le aparece. 
—Anoche vino Freud a verme, cuenta, y me dijo que te hacés la del mono. ¿Es cierto eso, nene? 
—No, mamá
—Juralo por la Escuela Freudiana y sus discípulos. 
—Lo juro. 
Se ha vuelto posesiva en todo. A las recriminaciones y amenazas ya me acostumbré, pero es vejatoria la forma que tiene de degradarme. En la casa ha aplicado la doctrina de la seguridad nacional. Comenzó por los muebles e hizo un inventario. Luego la extendió hacia los vecinos y, por último, a mi persona. Controla el timbre, la correspondencia y el teléfono. Pretexta que es por mi bien y que su único interés es preservar mi espíritu occidental. No es que no tenga razón, no, pero a veces el costo es un poco alto. El mes pasado suprimió las lecturas porque los libros podían lavarme el cerebro. Hizo una fogata en el fondo y me quemó Robinson Crusoe. Estaba como loca. Se tiraba de los pelos y gritaba que eso era un alegato consumista: 
—Así empezó la perdición, así empezó la podredumbre. 
Nunca la vi tan perturbada. Después lloró mucho y corrió a la capillita de Freud a hacerme un exorcismo: 
—Hacés transferencia, hacés transferencia, repetía acusadoramente. 
Qué día infernal. No terminó ahí la cosa. Me quemó un manual práctico de jardinería y un libro de pesca deportiva. La fogata fue enorme. Llegó a acusar de injerencia en los asuntos internos a un vecino que se asomó al tapial a ver qué pasaba. En el barrio algunos me compadecen. Cuando voy a hacer las compras hablan y murmuran en voz baja. Les parece ridículo mi nuevo aspecto, tan como miniaturizado. 
—Ahí va el enano fascista, dicen. 
Lo que no saben es que ella me enanizó. Yo antes era un tipo normal. Si hasta pensaba en casarme y entrar en un plan de ahorro previo. Y ella también. Tenía sus cosas pero era una piba como cualquiera. Creo que se pudrió con las cosas que leía. De a poco, sin darse cuenta. A medida que se emputecía le iban saliendo canas, arrugas. dolores nuevos. No envejeció de un día para otro, no. Fue progresivamente. Una mañana, sin querer, me dijo nene. Después le quedó. yo pensaba que era por costumbre. Pero otra vez me compró juguetes, figuritas y así, un poco en broma y un poco en serio. la cosa fue cambiando. La ropa me fue quedando grande de a poco, también. Ella decía “no es nada, no es nada” pero de buenas a primeras empecé a ver los dibujitos en la tele y a cambiar las difíciles. Porque es el físico lo que tengo como de 15, lo demás no. A veces más y a veces menos. Quiero decir que por momentos puedo pensar como un reaccionario y por momentos como uno de 7 u 8. Se me forman como lagunas mentales. 
—Lo que pasa es que los argentinos no tenemos memoria, razona ella. 
Yo no creo que sea por eso. Lo que a mí me pasa es por el proceso. Por el proceso de enanización, digo. Las veces en que he olvidado todo me calza un babero y me sienta entre las piernas. Después me pasa la mano por la espalda y, sosteniéndome del cuello, dice que soy Chirolita. Mamá se da maña para todo, puede hablar con el estómago y más también. Lo que no me gusta es que se posesione tanto. A veces tengo miedo y me resulta difícil entenderla. En la cartera le he encontrado tanto listas negras de los vecinos como libretas de teléfonos. No sé qué pensar. También se ha fabricado una picanita de bolsillo y a todo contesta: 
—Afirmativo. 
O sino, dice: 
—Negativo. 
Son cosas que escucha por ahí y se le meten en la cabeza. Todo lo que anda dando vueltas le va a la cabeza. Lo del jugo de naranjas es por la vitamina C, no sé por qué pero todo lo que aparece en la tele tiene vitamina C. Cojer también dice que es bueno para los resfríos y para prevenir la gripe. Pero yo soy apolítico, dentro de todo creo que es lo que me salva. Ella no, por supuesto. En las últimas elecciones, además de tener muchas pérdidas, votó por Alsogaray porque dijo que era un candidato punk. Será. Yo lo único que sé es que mi perspectiva de la historicidad se parece cada vez más a la leche en polvo. Día a día me gusta más. Es como un vicio. Ella no le presta mucha importancia: 
—Son epifenómenos propios de la edad, razona. 
Cuando se le cruzan esas ideas no hay que contrariarla. Es para peor y hasta puede ser peligrosa porque se sobrepasa, le agarran como baches de lucidez y pide que no me asuste, que ya se le va a pasar, que está como confundida. Duran 5 o 6 minutos pero son bastante patéticos en su nuevo estado físico avejentado. En esas ráfagas de cordura hasta llega a comprender que ella no es lo que es sino que es lo que no aparenta ser. 
—Sé que no soy tu madre, señala más sencillamente, pero igual quiero darte la teta. 
La teta. Cómo me gusta la teta. No hay nada que supere a la teta. Es lo máximo. Lo más indispensable. Lo Súper. Esa orografía. Me vuelve loco. Me exaspera. Y el pezón, que es como un Exocet, ni qué hablar. Hasta hay una gestalt del pezón, de sus formas areoladas; sublime percutor misilístico que nadie podrá nunca desactivar. La teta es de Occidente así como la vulva es oriental y los glúteos del Tercer Mundo. Marginación de marginaciones. Oráculo yanqui de las vías erógenas en desarrollo. Putez máxima. Islas Malvinas, Si quieren venir que vengan. 
—Eso lo dijo Galtieri, nene. 
—Estaba delirando, madre. 
—Son las pajas mentales que te inundan el cerebro, nene. 
—Soy un puñetero viejo, mamá
—Hijo, el lema es resistir y con la puñeta seguir. 
—Gracias, madre. 
A veces entramos en ese terreno del delirio absoluto. Me dejo arrastrar, sucumbo a la lujuria de las palabras y los semantemas. Soy débil. Me vuelvo niño. Un hijo putativo. Es en esos cruciales momentos cuando reflexiono en mi condición, en la patología de mi continente enanizado, y me vuelvo melancólico. Me miro las manos esmirriadas, pequeñas; la falta de vello púber en la axilas; el pito infantil: la polución nocturna. 
—Te fuiste en seco, nene. A vos no se te puede dar manija. No te controlás. Tenés demasiadas fantasías eróticas. 
—Sí, mamá
—¿Con quién soñaste? 
—Con Bernardo Neustadt. 
—Andá a la capillita y rezá 20 tópicos referidos a la sexualidad y la líbido infantiles. No podés ver tanta televisión. Es un castigo ese aparato. Es la Gran Paja Universal. 
—Sí, mamá. Es el Ojo Judío que nos domina. 
—Enano fascista mal parido. Andá. Hincate a San Freud que él te va a interpretar. 
Se entra en el descontrol. Una palabra lleva a la otra y así sucesivamente. Tengo miedo de faltarle el respeto, incluso. Este es mi drama. Mi pequeño holocausto casero. Como dije: estoy encerrado, circunscripto, sometido a los vaivenes mentales de una mujer que es mi mamá sin que yo sea su hijo. No quiero romper el mito. Me niego. Y. sin embargo, siento que es muy poco lo que puedo dar. Apenas este testimonio, esta incoherencia surgida espontáneamente, fragmentariamente. a través de los pocos momentos de lucidez que a mí también me quedan. Porque siento que paulatinamente, progresivamente, mis fuerzas se van minando. Que me queda poco tiempo y que ese poco tiempo lo debo aprovechar para dejar constancia y advertencia del suceso. Mi involución es la involución de las especies. 
—Nene, no jodas a la gente. 
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro, porque hay cosas que son escabrosas de contar... 
—No jodas a la gente, nene. 
Esa es de nuevo su voz. Hace cinco minutos exactos que ha perdido naturalidad. que ha cedido implacable al paso del tiempo. Tiembla su voz. Está cascada. Ha entrado en un cono de senilidad del que no saldrá jamás. Hace cinco minutos exactos también que se arropó en su mañanita y se asomó al balcón para ver pasar el desfile. Me acaricia el pelo y yo me recuesto mansamente sobre sus sienes. Tiene el pelo blanco y un rodete tan perfecto como una cabeza de ajo. Se emociona con el desfile. Y hasta le caen unas pocas lágrimas cuando pasan los granaderos. Después sale, deja el balcón unos pocos minutos, y vuelve con una taza de té aromática y tragante. Le ha colocado a la infusión una cáscara seca de naranja. El desfile continúa. Ahora dice, dulce, monocordemente: 
—Nene. 
—¿Qué, nona? 
—¿Cuándo se terminará todo esto? 
Ahora pasa la infantería. Los pasos marciales irrumpen en la gran avenida y la nona se sobrecoge. La miro. Qué vieja está. Tiene tantos golpes encima que apenas si puede ponerse en pie. Las manos son raíces. Las orugas de los tanques la estremecen. Es como una pasa de uva. 
—No sé, nona, le contesto. 
Queda pensativa. Luego agrega: 
—Andá, nene, a la cocina y traeme más cáscara de naranja para el té. Pero no hagas ruido. Mirá que tu madre duerme. 

Fuente: AA. VV., Cuentos eróticos, Buenos Aires, Eryda editores, 1984, pp. 27-33.

sábado, noviembre 01, 2025

Es raro pero es así: Báñez prologa a Osvaldo Ballina

Hace un tiempo atrás, en los encuentros de Pan y circo, dedicados a la obra del platense Gabriel Báñez, un amigo de esta casa, su eminencia el Sr. José Retik, nos compartió un prólogo. Se trataba de las palabras preliminares de Báñez al libro del poeta Osvaldo Ballina, Ceremonia diurna, publicado en 1983 por la editorial Ramos Americana editora.

Me entusiasma la intimidad y el humor, la ironía y la atención a las palabras, Báñez siempre me deleita. Además en las líneas que digitalizo más abajo, el novelista deja asentados algunas notas sobre el proceso de creación de Góndolas, un texto inolvidable, pretexto de Hacer el odio (aunque se publicó después) y probablemente más arriesgado, más atrevido, muchísimo más gracioso. 

Si no saben nada de nada sobre tal autor, recomiendo esta nota comprometida y lúcida de Ana Regina publicada en la revista Bache

Van pues estos párrafos de puño y letra del gran francotirador de la literatura argentina, Gabriel Báñez.


Prólogo a Ceremonia diurna, de Osvaldo Ballina (Gabriel Báñez)

Cuando conocí a Ballina ocurrió una circunstancia doblemente interesante: él se aprestaba a partir por segunda o tercera vez a Europa y yo, más modestamente, iniciaba un texto de características eróticas o pornográficas, no lo sé. Ambos iniciábamos un viaje. 

Cuando él regresó, nuestro reencuentro fue tan casual como las licencias que de tan en tanto, ese relato había ido otorgándome. Así nos vimos una mañana de lunes en la estación terminal de ómnibus de la ciudad: él todavía deslumbrado por el sol veneciano y sus mareas de luz; yo, es verdad, bastante más opaco por las derivaciones de un texto que no alcanzaba a definir y que, casualmente, se titulaba Góndolas. Ballina, en cambio, tenía la luz en el cuerpo y sus únicas relaciones, hasta ese mañana de marzo, continuaban el designio de una vía romana, alguna inexpugnable puesta de sol mediterránea o las penumbrosas lápidas con que transitoriamente se había fotografiado junto a quienes decimos celebridad. 

Fue así como en el micro me enteré de las imágenes del cementerio que guardaba los restos de Pound y del cuidador que, ignorante, posaba junto a la lápida, Más tarde, no en ese viaje sino en posteriores, me enteraría de otras cosas más trascendentes de la vida de Ballina: por ejemplo, de la penitente conversación que había mantenido con Eugenio Montale y hasta del café que recordaba las eclosiones de Ernest Hemingway cada vez que, de paso, invitaba a los parroquianos con algunas copas. Me hablaría asimismo de otros muertos ilustres y juntos celebraríamos la impunidad de ciertas frases y la declinación de algunos verbos. Pero, en fin, esa mañana de abril el verbo de Ballina era el también penitente volver. 

Recuerdo que había un sol tibio y que durante el trayecto —ambos íbamos a nuestros trabajos en la Capital Federal— Ballina consagró todo su esfuerzo a ese infinitivo, volver. Por mi parte ninguna conjugación me parecía útil. Menos la que hablaba de cosas tan incomprensibles como un carnaval veneciano, una pareja de gays paseándose sin obscenidad por no sé dónde o una manifestación a favor del aborto organizada por no sé quiénes. Para mí, estábamos atravesando primero Berazategui, luego Quilmes o Ezpeleta, y finalmente Constitución. Además, estaba el sentimiento promiscuo de la guerra. 

Luego, es cierto, vinieron la guerra y nuestros periódicos encuentros en el tren rápido de las 19.50 que nos regresaba a la ciudad, a veces con demora y otras no. Ese mes, si mal no recuerdo, sucedieron otras cosas importantes: yo le conté de Góndolas, de algunos pasajes inciertos que aún continúan emocionándome y poco o casi nada de mi mujer e hijos. Eso consolidó nuestra amistad y Ballina, a cambio, continuó mostrándome Venecia por las ventanillas. 

Alguna vez le he dicho que viajar juntos poco más de una hora diaria ya es compartir la vida. Aunque no nos une la literatura, jamás hemos hablado de ella porque creo que muy en el fondo ambos nos respetamos, en más de una ocasión he leído sus poemas y he participado con algún punto o alguna cesura. Es un privilegio que me ha llenado de orgullo y de felicidad, máxime porque Ballina es de esos seres que rara vez se dan, o casi nunca en calidad de poetas. Ha tenido la virtud de jamás mostrarse como tal, sino como un hombre de este mundo que escribe. Me ha enseñado que todavía se puede beber un vaso de vino sin más excusas que la simple necesidad; me ha mostrado que no es necesario pelearse por los lugares que van detrás de la coma porque eso es vano. Ignoro si su poesía tiene algún sentido. Creo más bien que no. El asunto de sus libros es el mundo, en esto parece inobjetable. Alguna vez lo hablamos, posiblemente a la altura de Ringuelet, y estuvimos de acuerdo en que ése era el tema de todos los libros de este mundo. Lo es entonces, y por suerte, nada original lo suyo; y si tiene algún mérito, eso ha de decidirlo con los años Sebastián, que es su hijo. El público, todos los lectores al fin y al cabo, es pura nada. 

De todas estas cosas hablamos en el tren de las 19.50. También fumamos, o leemos el mismo diario que se edita todos los días, o buscamos alguna referencia deambulando por el pasillo. A veces, claro, nos desencontramos y pensamos en el otro con cierto afecto. Así pues, hemos colaborado en un afecto con cosas muy llanas. Todas estas cosas están relatadas en su poesía, que es de lo más descifrable que se pueda concebir. Se la puede leer bajo el sol, se puede con ella jugar tiernamente porque aún es virgen y siempre quedan resquicios y, sin duda, puede uno creer que está puesta allí para algo. 

Muchas circunstancias han pasado desde que conocí a Ballina. Por lo pronto, han habido en el país suficientes exilios internos. Los vaciamientos económicos se suceden y la desesperanza de fin de mes continúa inalterable. Muchas cosas. La defunción cívica de numerosos argentinos prosigue y también prosigue la sujeción moral de un pueblo. Habrá, claro, más de un infinitivo que diga volver cuando todavía nadie ha partido. Es raro, pero es así: en el tren de las 19.50, en el último vagón, alguien sin embargo todavía revisa originales, busca melancólico algunas palabras y espera crédulamente el paso del inspector para que le perfore el abono en señal de estar vivo. 

Es raro pero es así.

miércoles, agosto 06, 2025

Un mundo distinto, de José Retik (un fragmento)

En los mundos de José Retik, ¿hay orden y progreso? ¿O hay caos y retroceso? Esas preguntas me asaltaban hace tiempo atrás cuando armaba una breve introducción a un fragmento de Cine líquido (2023) para la revista Bache. En el medio pasaron muchas cosas, incluso la publicación de El muñeco (2024), y la máquina retikular sigue en funcionamiento y como la razón tecnológica: produce monstruos.

En estos días sale Un mundo distinto, por editorial Nudista, y Retik generosamente me donó un fragmento de la novela que elegí por su humor anacrónico y por las resonancias y ecos que me hicieron rebotar entre Eduardo L. Holmberg y Arturo Cancela, entre Gabriel Báñez y Alberto Laiseca. Pero basta de namedropping, que Retik, al igual que sus ficciones autómatas, se basta a sí mismo. 

Lean este fragmento del capítulo 2 "La patria higienizada" de Un mundo distinto, disfruten y si les gusta, asómense a la obra retikular del gran José Retik. 



Un mundo distinto. Dos/ La patria higienizada (fragmento) 

La historia, es sabido, se escribe con sangre. No obstante, hubo quienes prescindieron de la espada para reemplazarla por la psiquiatría. El doctor Rivarola sabía que eran necesarias arterias cerebrales limpias para que pudieran fluir los pensamientos vivificantes de la nación. Más aún, afirmaba que, para comprender el organismo político, había que conocer su neuroanatomía moral. Por supuesto que, en su anatomía comparada, el cerebro argentino era menos interesante que el europeo. Pero Rivarola no era envidioso. Y, en tren de ir un paso más allá, analizó exhaustivamente los sesos nacionales. En el primer volumen de su tratado sobre higiene mental de la patria, escribió: “Nuestro cerebro es igual al del resto de la humanidad; incluso al de los aborígenes y al de los gauchos. Presenta los mismos rasgos biológicos, las mismas estructuras anatómicas y las mismas funciones. Sin embargo, cierta relación con el ambiente puede ocasionar que se generen anomalías. A veces pensamos que somos nosotros quienes decidimos nuestro destino, desconociendo que ese destino está determinado por la anatomía neuronacional. Si el hombre europeo es culto y moderado, el de nuestro territorio es más bien instintivo, proclive al arrebato típico de los seres inferiores. Las normas sociales juegan un papel fundamental. Habremos de buscar en la anamnesis, en la fisiología del cerebro, en las costumbres y tradiciones jíbaras, nuestra decadencia mental como país. La salvaje oposición política quiere imponer su locura con propuestas absurdas e inviables, buscando naturalizar lo que es abominable. Europa nos mira y no pocas veces nos ha visto desvariar. Si seguimos el camino de las muchedumbres caeremos en las sombras”. 

***

Con el fin de nutrir su incipiente Instituto, Rivarola mantuvo encuentros con intelectuales, políticos, clérigos, filósofos y científicos. Todos debían aportar su granito de arena. Por primera vez en mucho tiempo reinaba la esperanza. El país se abría al progreso en un clima de fe profunda en el porvenir. Se pensaba que Europa miraba a la Argentina porque en Buenos Aires se gestaba el futuro. El entomólogo Eduardo Bernal auguró que la Argentina sería el modelo moral del mundo. 

Estos exagerados entusiasmos se basaban principalmente en el incansable trabajo que La Mandioca llevaba adelante. Picana mediante, los opositores habían disminuido en número como palomas esterilizadas. Rivarola solía bromear con el acojonamiento, diciendo: “Pensar que ellos se hacían llamar La Nueva Corriente”. 

Los diarios de la época no eran menos optimistas y pronosticaban que Argentina entraría en una nueva era. Al celebrarse el primer aniversario de la apertura del Instituto, el doctor Rivarola pronunció un acalorado discurso: 

Soy el primero en reconocer el valor ético y moral de cada uno de ustedes. Sé muy bien que no siempre querer es poder; sin embargo, puedo asegurarles que dedico cada hora de mi vida al estudio atávico del pensamiento anómalo. 
Es indudable que la mente de los opositores es producto de su locura moral y de la epilepsia. Esa anomalía neurorreflexiva los vuelve inmanejables. Como bien saben, el estado epiléptico obedece a una mala nutrición cerebral y a una perturbación del equilibrio funcional entre el hemisferio izquierdo y el derecho. 
Algunos de nosotros decidimos abordar al opositor desde una perspectiva biológica. Así descubrimos en ellos la misma insensibilidad moral que presentan ciertos cuadros epilépticos. Si bien, antropológica y políticamente, el opositor es un salvaje, en términos psicológicos puede considerárselo un loco moral epilépticamente disruptivo. 
Y no es casual que estos engendros respondan tan bien al tratamiento con picana. Las crisis convulsivas se desencadenan cuando las señales eléctricas del cerebro están desorganizadas. 
Como bien advirtió el prestigioso Dr. Pritchard, el pensamiento anómalo conduce inevitablemente a la sedición del orden social mediante la agresión gratuita, la piromanía y la destrucción en todas sus formas. 
Por eso, además de epilépticos y opositores, estos alienados son, ante todo, delincuentes. 
El Instituto que hoy inauguramos pondrá fin a este flagelo, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. 
Los invito a pasar al salón principal para realizar un brindis de camaradería y degustar los canapés que los internos del Hospital Neuropsiquiátrico Alejandro Stivel prepararon especialmente para la ocasión. 

***

—Es un gusto contar con su presencia, doctor Pritchard —dijo Rivarola extendiendo la mano. 
—El gusto es mío, doctor Rivarola. 
—Permítame presentarle al economista Ricardo Pérez Gabanna —añadió Rivarola señalando al hombre de bigote inglés. 
—Encantado —murmuró Pérez Gabanna ajustándose el monóculo— No quiero pecar de inoportuno, pero… ¿qué opina de la rebelión de los pequeños arrendatarios rurales? 
—Es un tema preocupante, doctor Pritchard —afirmó Pérez Gabanna acariciándose el bigote—, Santa Fe se está convirtiendo en un polvorín. Habría que aplicar de inmediato la Ley de Residencia y deportar a los extranjeros involucrados en la asonada. Los opositores aprovechan el malestar social para sembrar caos —aseguró Pérez Gabanna. 
—¿Se han hecho exámenes de los cráneos de estos salvajes? —preguntó Pritchard con destellos en los ojos. 
—Todavía no. Pero sería crucial establecer el origen de estas protestas —respondió Rivarola. 
—No sé si sabía que en un estudio realizado en Dakota del Sur se demostró que el 86% de los trabajadores rurales presentaban frentes estrechas y un diámetro mandibular exagerado. 
—¿Y eso qué significa, doctor Pritchard? —preguntó Rivarola mientras veía pasar un mozo. 
—Que sus características antropométricas coinciden con las de los criminales —escupió Pritchard, lanzando involuntariamente una llovizna de saliva sobre la boca de Rivarola. 
—No sabía que en Dakota del Sur existían frentes tan estrechas —observó Rivarola, limpiándose la boca con un pañuelo de seda. 
—Es posible que también incida la cuestión climática. El frío no solo contrae los huesos sino también la moral. 
—¡Jajaja! Me ha hecho reír, doctor Pritchard. Con su permiso, voy a degustar canapés. 
—Adelante doctor Rivarola; pero tenga en cuenta que hablaba en serio… 
—Lo sé, doctor Pritchard, lo sé. 
El doctor Rivarola se dirigió al otro extremo del salón, donde Eusebio Montserrat —mano derecha del presidente de la Nación— mantenía una animada conversación con el jurista Marcos de Herreraque. 
—Si lográsemos erradicar a la oposición, allanaríamos el camino para el progreso definitivo de la Patria. —Es cierto, Eusebio. Además de La Mandioca, ¿podríamos sumar algún otro grupo de choque? 
—Disculpen que interrumpa —dijo el doctor Rivarola algo avergonzado—, pero si alguien puede hacer una contribución a la Patria en ese aspecto, soy yo. 
—Desde ya, doctor Rivarola. Cuéntenos qué tiene in pectore —se entusiasmó Eusebio. 
—Como sabrán, contamos con el Instituto para la Reforma Mental del Pensamiento Anómalo. Ello supone que podemos conseguir mucho más que un cambio de mentalidad. Podemos hallar la esencia misma del ser argentino. Si encontrásemos las causas orgánicas de nuestra idiosincrasia, la mejora racial sería tan precisa como la selección de toros sementales en los campos bonaerenses. 
—¿Y de qué depende? —preguntó intrigado el jurista Marcos de Herreraque. 
—De factores que están bien desarrollados en los manuales de psiquiatría y criminología. Miremos a Europa. Sé por un amigo alemán que en Heidelberg y Múnich la eugenesia se está volviendo una cuestión de estado. 
—¿La eugenesia? —el jurista de Herreraque miró a Eusebio buscando una explicación. 
Rivarola sonrió con soberbia: 
—Perdón, a veces olvido que no todos son psiquiatras o neurólogos. La eugenesia es el arte de esculpir el alma de los pueblos. Imagine una Buenos Aires donde nuestros jóvenes, en lugar de hipotecar su herencia biológica en lupanares, cincelasen sus cuerpos hasta convertirlos en altares. En el Instituto de Biología Selectiva de Berlín, un grupo de discípulos de Galton consiguió esterilizar a toda una población de ardillas rojas. 
—Podríamos gestionar su venida a través de Cancillería —pensó Eusebio en voz alta. 
—Sería providencial que el Instituto contase con cerebros teutones de primer orden. Sus métodos de higiene racial aplicados al criollo provocarían un salto evolutivo en la especie. 
—Déjeme conversarlo con el presidente. Tendrá una respuesta pronto —dijo Eusebio, apoyando su mano sobre el hombro de Rivarola. 
—Me parece una iniciativa magnífica —acotó el jurista Marcos de Herreraque—. De hecho, tengo contactos en Alemania que podrían contribuir a la paz social. 
—¿Contactos? 
—Eusebio apuró la copa de champagne. 
—En mi último viaje a Bolivia me reuní con el teniente coronel, Ernst Röhm. 
—¿Un alemán en La Paz? —se sorprendió Eusebio. 
—Antes de viajar a Latinoamérica, comandó las SA, tropas de asalto del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. 
—¿Y qué hace ahora? 
—Unos dicen que lo convocaron para terminar con el problema del untermensch andino. Otros, que viajó a Sudamérica porque tuvo un altercado con el jefe político del partido. No quise indagar demasiado… 
—Hizo bien —asintió Eusebio sin perder la curiosidad. 
—Disculpen que interrumpa —intervino Rivarola algo desaforado—, profesionalizar La Mandioca debería ser prioritario para terminar con el flagelo de la oposición. 
—Voy a servirme una copa de champagne —dijo Eusebio para imponer una pausa. 
—Adelante —dijo Rivarola sin perder la ansiedad. 

En Retik, José. Un mundo distinto, Río Cuarto, Nudista, 2025, pp. 31-37.
 

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