En el cruce entre literatura y psicoanálisis, sexo y política, Gabriel Báñez, ese gran escritor platense que aún sigue siendo un secreto a voces, parece un hijo adoptivo de la revista Literal (¿y padre amoroso de José Retik?). Eso anotaba mientras leía hace unos años El curandero del cuarto oscuro, una novela publicada en 1990. Entre sus páginas, reaparece el relato "Estado de sitio", que ya había publicado a mediados de los 80 en la antología Cuentos eróticos, donde Báñez compartió páginas con Fogwill, Laiseca y Guebel, entre otros y otras.
No fue un recurso novedoso en la escritura del platense: ya lo había hecho entre pasando tramos y personaes de Góndolas (1986, pero escrita antes) a Hacer el odio (1984); luego lo haría con la historia del japonés Katsusaburo Miyamoto y su esposa embalsamada en el relato El circo nunca muere (1992) y en, tal vez la mejor novela de Báñez según el juicio de la lectora sagaz Ana Regina, Virgen (1998). Los lindos juegos metatextuales que los lectores de Thomas Pynchon y de tantos otros apreciamos.
En todo caso, este largo rodeo es para compartir ese cuento, "Estado de sitio". Lo hago por dos razones: porque no está accesible digitalmente (pero sí, en el pequeño y valioso volumen recopilatorio El circo nunca muere, de la editorial Mil Botellas); y porque, en conversaciones alrededor del joven Laiseca, salió como un ejemplo de la serie sobre la Gran Llanura de los Chistes que Gabriel Báñez, Osvaldo Lamborghini y Alberto Laiseca exploraron en sus escrituras refractarias.
¡Que lo disfruten! ¡Ojála se rían tanto como yo durante su lectura!
Estado de sitio (Gabriel Báñez)
Creo que lo primero es el comienzo. Bueno, lo primero a decir entonces es que mamá no es mi madre. No es un juego de palabras. Nada de eso. Yo la llamo así porque las circunstancias me obligan. Podría llamarla por su verdadero nombre, quiero decir por el nombre que tenía antes, pero sería inapropiado. Además, estaría falseando el espíritu de los acontecimientos. Y los acontecimientos son que me encuentro prácticamente confinado en una casa que no es mi casa y con una madre que no es mi madre. Así de sencillo y así de complejo.
—Nene, no jodas a la gente.
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro.
—Estás devaluando, nene, no jodás más.
Tiene razón, estoy como devaluado. Ella es al revés, ha crecido a ritmo inflacionario. Uno en ascensor y el otro en la escalera. Hay cosas que son escabrosas de contar, no tanto como la economía del país, pero bueno, escabrosas al fin. Por ejemplo que de aquí en más tendré que decirle mamá sin comillas y aguantar lo que sea. Pero está hecha la advertencia.
—Cagón.
—No, mamá...
—¿Por qué no contás que después de echarme un polvito me gusta el jugo de naranjas?
Eso es verdad. No se puede ser polisémico en asunto tan delicado como éste. Y bueno, sin ironía debo reconocer que sí, que después de hacerle el amor mamá pide siempre jugo de naranjas. Es una costumbre que no puedo quitársela. Me jode: es el zumo del Edipo que me exprime los sesos. Sobre todo por la manera:
—Andá, nene, traeme de la cocina una naranja exprimida, pero sacale las semillas...
Siempre lo mismo. Cojérmela no es garantía de estabilidad emocional. Todo lo contrario. A veces llega a exasperarme. Tiene esa manera pérfida de someterme. En la cama lo mismo. No es que sea insaciable, no. Lo que pasa es que no logra sobreponerse a su condición. Y eso que se lo tengo dicho. Pero bueno, no hay caso. Exige, ordena, es muy argentinita en eso de abrir las piernas y decir:
—Dale, nene, matame.
Será por los golpes de facto, me digo, que antes de acabar mamá también me pide que la golpee y la castigue. Cuando no me hace atarla en cruz a los extremos de la cama me exige que la estaquee a los pies del diván para simular una violación. Mamá lee mucho los diarios, lo que pasa es eso. Ah, sí: también le gusta atemorizarme con que va a quedar embarazada:
—Cuidate, nene, que no quiero ser la madre de mi nieto.
Tantas recriminaciones me espantan. Hay días, lo juro, en que me siento acobardado. Está bien que me dé placer, pero no a costa de tantos padecimientos. Además, me tiene prohibidas otras relaciones. Cuando estoy excitado y ella no puede hacer nada porque o está cocinando o tiene que hacer los mandados, bueno, entonces me masturba.
—Vení, nene, que te voy a hacer una paja al paso, ordena.
Yo me digo que, después de todo. la culpa la tiene esta sociedad. Roland Barthes dice que no. que todo empieza con el Gran Padre Textual. Hay que joderse con los lazos elementales del parentesco. Pero bueno, mamá es así. Ya no la puedo cambiar. Antes hubiera podido. Antes quiere decir cuando yo era chico y pensaba ingenuamente “madre hay una sola”. La infancia es una época de imágenes, creo que me explico. Ahora no: ya está instaurada. Nada puede hacerse. Mamá es mamá y el país es el país. Tiene esas cosas. Como dejar de menstruar cada vez que hay un golpe de estado. Se pone como loca. Cuando Onganía, estuvo tres meses sin que le bajara. Decía:
—Estos militares ni las reglas respetan.
Con Videla fue todo un drama. Hasta fue a ver a un ginecólogo amigo para que le hiciera tacto, pruebas clínicas y todo eso. Al final. el tipo le explicó que se le había retirado por causas político-hormonales. Bueno, no dijo eso pero lo dio a entender. Sus palabras textuales fueron:
—Señora, su período es inconstitucional.
Vino a casa llorando, maldiciendo. Tuve que aguantarla todo ese día con la cara por el suelo. No almorzó ni cenó y, al día siguiente, salió con la teoría de que las sublevaciones empiezan por la matriz. Tiene esas cosas. A veces es lúcida y a veces, tonta hasta lo inexplicable. Yo, en cambio, no creo en las revoluciones. En las revueltas sí. Son más espontáneas. Mamá dice que por eso mismo eyaculo muy rápido, que me voy apenas nomás la penetro.
—Nene, tratá de no irte tan rápido, recrimina.
Pero la verdad. como ya expliqué, es que ella no es mi madre: Es un juego que nos propusimos ambos hace tiempo, cuando la cosa estaba perdiendo vigor. Roland Barthes habla del brío y de los adjetivos, que son las compuertas ideológicas. Entonces, como soy muy apegado al texto, jugamos a la relación madre-hijo. Por un tiempo anduvo bien, pero después desembocó en lo de ahora: se ha tomado el papel en serio. No puedo hacerla desistir de su argumento. Hasta ha envejecido notablemente. Lo terrible es que yo también he decrecido. Ahora andaré por los 14 o 15 y ella por los 48 o 49.
Los primeros indicios fueron en el 66, con Onganía, como ya dije.
No sólo se le retiró sino que empezó a darme el pecho. Como el país estaba un poco convulsionado con el Cordobazo me dije para mis adentros que era nada más que instinto sobreprotector. Pero se fue agudizando cada vez más. Lo de “nene” no se le borró de los labios. Luego vinieron las exigencias, las recriminaciones. y esa costumbre tan suya de pedir que la mate. En la cama, claro. Ahora se está exacerbando y ya el suelo y la estaca le quedan cortos. Ayer, por ejemplo, me obligó a nuevos ilícitos:
—Nene, vení y torturame.
No hubo caso: tuve que hacerle el amor encapuchado y después arrojarla a los bañados de Flores. Volvió como a la medianoche pero compungida porque en la seccional policial no le quisieron tomar declaración. Pobre, se cree que es el cuerpo del delito. A su regreso hicimos nuevamente el amor y. cuando yo estaba por acabar, exigió que le presentara un habeas corpus. Se restregaba los pezones y decía:
—Si no presentás el habeas corpus no te doy el dulce.
—No puedo, mamá, contesté turbado.
—Sos un mal parido.
—No puedo.
—Comunista.
—No puedo.
—Subversivo. Marxista-leninista.
Está cada vez más creída de su papel. Hasta tengo miedo de terminar en el útero, ahogado por ese líquido ambarino que recubre los fetos. Y todo por la ideología. Cuando se despertó saltó de la cama y se declaró en huelga de hambre:
—Hasta que no me restituyas los derechos no como, amenazó.
Le expliqué por enésima vez que ella no era mi madre, que madre había una sola y que se dejara de joder.
—Infiltrado, me insultó.
Lo único que probó fue jugo de naranjas. Es inmundo el jugo de naranjas. Ahora las pintan y cada vez que hay que exprimirlas la tinta le queda a uno en los dedos. Después queda ese olor cítrico que no se le despega a uno en todo el día. Antes, cuando yo era grande y todavía no había decrecido, me gustaba. Pero ahora no. Volví a la leche. Ella dice que tengo 15 y que voy a quedar reducido a memoria afectiva, nada más. También amenaza con que en poco tiempo más voy a hacerme pis en la cama, a tomar la mamadera y así involutivamente hasta llegar al polvo original.
Al polvo polvo y no al polvo bíblico, claro.
—¿Con quién te lo echaste, mamá?
—Con Roland Barthes —contesta.
Es parte de su locura. ¿Cómo explicarlo? Cuando la conocí leía mucho estructuralismo. Y lo de los lazos elementales del parentesco le viene por Levi-Strauss, que también leía. Ahora que ha envejecido se ha vuelto devota del hechicero de Viena. Hasta le ha hecho una capillita en el fondo de la casa, donde antes estaba el gallinero. Todas las noches le enciendo un par de velas. Dice que hace milagros y que por Las noches, en sueños, se le aparece.
—Anoche vino Freud a verme, cuenta, y me dijo que te hacés la del mono. ¿Es cierto eso, nene?
—No, mamá.
—Juralo por la Escuela Freudiana y sus discípulos.
—Lo juro.
Se ha vuelto posesiva en todo. A las recriminaciones y amenazas ya me acostumbré, pero es vejatoria la forma que tiene de degradarme. En la casa ha aplicado la doctrina de la seguridad nacional. Comenzó por los muebles e hizo un inventario. Luego la extendió hacia los vecinos y, por último, a mi persona. Controla el timbre, la correspondencia y el teléfono. Pretexta que es por mi bien y que su único interés es preservar mi espíritu occidental. No es que no tenga razón, no, pero a veces el costo es un poco alto. El mes pasado suprimió las lecturas porque los libros podían lavarme el cerebro. Hizo una fogata en el fondo y me quemó Robinson Crusoe. Estaba como loca. Se tiraba de los pelos y gritaba que eso era un alegato consumista:
—Así empezó la perdición, así empezó la podredumbre.
Nunca la vi tan perturbada. Después lloró mucho y corrió a la capillita de Freud a hacerme un exorcismo:
—Hacés transferencia, hacés transferencia, repetía acusadoramente.
Qué día infernal. No terminó ahí la cosa. Me quemó un manual práctico de jardinería y un libro de pesca deportiva. La fogata fue enorme. Llegó a acusar de injerencia en los asuntos internos a un vecino que se asomó al tapial a ver qué pasaba. En el barrio algunos me compadecen. Cuando voy a hacer las compras hablan y murmuran en voz baja. Les parece ridículo mi nuevo aspecto, tan como miniaturizado.
—Ahí va el enano fascista, dicen.
Lo que no saben es que ella me enanizó. Yo antes era un tipo normal. Si hasta pensaba en casarme y entrar en un plan de ahorro previo. Y ella también. Tenía sus cosas pero era una piba como cualquiera. Creo que se pudrió con las cosas que leía. De a poco, sin darse cuenta. A medida que se emputecía le iban saliendo canas, arrugas. dolores nuevos. No envejeció de un día para otro, no. Fue progresivamente. Una mañana, sin querer, me dijo nene. Después le quedó. yo pensaba que era por costumbre. Pero otra vez me compró juguetes, figuritas y así, un poco en broma y un poco en serio. la cosa fue cambiando. La ropa me fue quedando grande de a poco, también. Ella decía “no es nada, no es nada” pero de buenas a primeras empecé a ver los dibujitos en la tele y a cambiar las difíciles. Porque es el físico lo que tengo como de 15, lo demás no. A veces más y a veces menos. Quiero decir que por momentos puedo pensar como un reaccionario y por momentos como uno de 7 u 8. Se me forman como lagunas mentales.
—Lo que pasa es que los argentinos no tenemos memoria, razona ella.
Yo no creo que sea por eso. Lo que a mí me pasa es por el proceso. Por el proceso de enanización, digo. Las veces en que he olvidado todo me calza un babero y me sienta entre las piernas. Después me pasa la mano por la espalda y, sosteniéndome del cuello, dice que soy Chirolita. Mamá se da maña para todo, puede hablar con el estómago y más también. Lo que no me gusta es que se posesione tanto. A veces tengo miedo y me resulta difícil entenderla. En la cartera le he encontrado tanto listas negras de los vecinos como libretas de teléfonos. No sé qué pensar. También se ha fabricado una picanita de bolsillo y a todo contesta:
—Afirmativo.
O sino, dice:
—Negativo.
Son cosas que escucha por ahí y se le meten en la cabeza. Todo lo que anda dando vueltas le va a la cabeza. Lo del jugo de naranjas es por la vitamina C, no sé por qué pero todo lo que aparece en la tele tiene vitamina C. Cojer también dice que es bueno para los resfríos y para prevenir la gripe. Pero yo soy apolítico, dentro de todo creo que es lo que me salva. Ella no, por supuesto. En las últimas elecciones, además de tener muchas pérdidas, votó por Alsogaray porque dijo que era un candidato punk. Será. Yo lo único que sé es que mi perspectiva de la historicidad se parece cada vez más a la leche en polvo. Día a día me gusta más. Es como un vicio. Ella no le presta mucha importancia:
—Son epifenómenos propios de la edad, razona.
Cuando se le cruzan esas ideas no hay que contrariarla. Es para peor y hasta puede ser peligrosa porque se sobrepasa, le agarran como baches de lucidez y pide que no me asuste, que ya se le va a pasar, que está como confundida. Duran 5 o 6 minutos pero son bastante patéticos en su nuevo estado físico avejentado. En esas ráfagas de cordura hasta llega a comprender que ella no es lo que es sino que es lo que no aparenta ser.
—Sé que no soy tu madre, señala más sencillamente, pero igual quiero darte la teta.
La teta. Cómo me gusta la teta. No hay nada que supere a la teta. Es lo máximo. Lo más indispensable. Lo Súper. Esa orografía. Me vuelve loco. Me exaspera. Y el pezón, que es como un Exocet, ni qué hablar. Hasta hay una gestalt del pezón, de sus formas areoladas; sublime percutor misilístico que nadie podrá nunca desactivar. La teta es de Occidente así como la vulva es oriental y los glúteos del Tercer Mundo. Marginación de marginaciones. Oráculo yanqui de las vías erógenas en desarrollo. Putez máxima. Islas Malvinas, Si quieren venir que vengan.
—Eso lo dijo Galtieri, nene.
—Estaba delirando, madre.
—Son las pajas mentales que te inundan el cerebro, nene.
—Soy un puñetero viejo, mamá.
—Hijo, el lema es resistir y con la puñeta seguir.
—Gracias, madre.
A veces entramos en ese terreno del delirio absoluto. Me dejo arrastrar, sucumbo a la lujuria de las palabras y los semantemas. Soy débil. Me vuelvo niño. Un hijo putativo. Es en esos cruciales momentos cuando reflexiono en mi condición, en la patología de mi continente enanizado, y me vuelvo melancólico. Me miro las manos esmirriadas, pequeñas; la falta de vello púber en la axilas; el pito infantil: la polución nocturna.
—Te fuiste en seco, nene. A vos no se te puede dar manija. No te controlás. Tenés demasiadas fantasías eróticas.
—Sí, mamá.
—¿Con quién soñaste?
—Con Bernardo Neustadt.
—Andá a la capillita y rezá 20 tópicos referidos a la sexualidad y la líbido infantiles. No podés ver tanta televisión. Es un castigo ese aparato. Es la Gran Paja Universal.
—Sí, mamá. Es el Ojo Judío que nos domina.
—Enano fascista mal parido. Andá. Hincate a San Freud que él te va a interpretar.
Se entra en el descontrol. Una palabra lleva a la otra y así sucesivamente. Tengo miedo de faltarle el respeto, incluso. Este es mi drama. Mi pequeño holocausto casero. Como dije: estoy encerrado, circunscripto, sometido a los vaivenes mentales de una mujer que es mi mamá sin que yo sea su hijo. No quiero romper el mito. Me niego. Y. sin embargo, siento que es muy poco lo que puedo dar. Apenas este testimonio, esta incoherencia surgida espontáneamente, fragmentariamente. a través de los pocos momentos de lucidez que a mí también me quedan. Porque siento que paulatinamente, progresivamente, mis fuerzas se van minando. Que me queda poco tiempo y que ese poco tiempo lo debo aprovechar para dejar constancia y advertencia del suceso. Mi involución es la involución de las especies.
—Nene, no jodas a la gente.
Esa es su voz. Por el tono es inconfundible. Vive mortificándome. Antes era dulce y joven, pero ahora la realidad es muy otra. Nadie escapa a la realidad, es implacable. Ni yo, que en algún momento tomé todo esto en broma y ahora veo que hasta físicamente he sucumbido. Sucumbido es una forma de decir, claro, porque hay cosas que son escabrosas de contar...
—No jodas a la gente, nene.
Esa es de nuevo su voz. Hace cinco minutos exactos que ha perdido naturalidad. que ha cedido implacable al paso del tiempo. Tiembla su voz. Está cascada. Ha entrado en un cono de senilidad del que no saldrá jamás. Hace cinco minutos exactos también que se arropó en su mañanita y se asomó al balcón para ver pasar el desfile. Me acaricia el pelo y yo me recuesto mansamente sobre sus sienes. Tiene el pelo blanco y un rodete tan perfecto como una cabeza de ajo. Se emociona con el desfile. Y hasta le caen unas pocas lágrimas cuando pasan los granaderos. Después sale, deja el balcón unos pocos minutos, y vuelve con una taza de té aromática y tragante. Le ha colocado a la infusión una cáscara seca de naranja. El desfile continúa. Ahora dice, dulce, monocordemente:
—Nene.
—¿Qué, nona?
—¿Cuándo se terminará todo esto?
Ahora pasa la infantería. Los pasos marciales irrumpen en la gran avenida y la nona se sobrecoge. La miro. Qué vieja está. Tiene tantos golpes encima que apenas si puede ponerse en pie. Las manos son raíces. Las orugas de los tanques la estremecen. Es como una pasa de uva.
—No sé, nona, le contesto.
Queda pensativa. Luego agrega:
—Andá, nene, a la cocina y traeme más cáscara de naranja para el té. Pero no hagas ruido. Mirá que tu madre duerme.
Fuente: AA. VV., Cuentos eróticos, Buenos Aires, Eryda editores, 1984, pp. 27-33.

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