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miércoles, febrero 08, 2017

La medida de un conflicto (de antologías, supervivencias y olvidos)


En 1970, la editorial venezolana Monte Ávila editores publica la antologia 20 nuevos narradores argentinos. La particularidad es que el antologador fue, ni más ni menos, Néstor Sánchez. En tapa se leen los nombres de los autores compilados que van desde Briante hasta Rozenmacher pasando por Libertella y Piglia, entre muchos más. Lo interesante quizás sean los otros nombres, los que no suenan tanto y también imaginar qué criterios habrá tenido en cuenta Sánchez para su selección. Transcribo el índice para dar una idea del contenido:

Índice de 20 nuevos narradores argentinos, antología de Néstor Sánchez 

Nota

Miguel Briante
"Habrá que matar los perros"

Antonio Dal Masetto
Siete de Oro (fragmento)

Fernando De Giovanni
Keno (fragmento)

Jorge Di Paola Levin
"Caballo sin Titán"

Raúl Dorra
"Aquí en este desierto"

Mario Espósito
"El exilio"

Aníbal Ford
"La respuesta"

Germán García
"Complicancia Uno"

Leandro Katz
Es una ola (fragmento)

Gregorio Kohon
Odetta en Babilonia y el rápido en Canadá (fragmento)

Héctor Libertella
El camino de los hiperbóreos (fragmento)

Reynaldo Mariani
"El cuchillo sobre el agua"

Juan Carlos Martelli
Persona Pálida (fragmento)

Martín Micharvegas
Las horas libres (fragmento)

Basilia Papastamatíu
"El pensamiento común"

Ricardo Piglia
"La honda"

Ruy Rodríguez
"Inventario sobre la marihuana y ella"

Horacio Romeu
"Cantata"

Germán Rozenmacher
"El gato dorado"

Rubén Tizziani
Las galerías (fragmento)

Las obras entre comillas son relatos; las obras en cursiva y con el paréntesis al lado son fragmentos de novelas o textos de más largo aliento. 
Se podría hacer un trabajo de relevo más específico y fundamentado, pero rápidamente realizo una clasificación de autores argentinos en:

-Muy conocidos (Miguel Briante, Antonio Dal Masetto, Germán García, Héctor Libertella, Ricardo Piglia)
-Relativamente conocidos (Jorge Di Paola Levin, Aníbal Ford, Juan Carlos Martelli, Basilia Paspamatíu, Germán Rozenmacher, Rubén Tizziani)
-Poco conocidos (Fernando De Giovanni, Raúl Dorra, Mario Espósito, Leandro Katz, Gregorio Kohon, Reynaldo Mariani, Martín Micharvegas, Ruy Rodríguez, Horacio Romeu)

De los "Muy conocidos", no me voy a ocupar.
Respecto de los "Relativamente conocidos", todos fueron recientemente reeditados excepto quizás Martelli y Tizziani. Recomiendo enfáticamente Los tigres de la memoria (1973), de Martelli, un policial negro extraño. 
Quizás lo más interesante sea, claro, los "Poco conocidos". Hay solo tres autores de la lista que han logrado una pequeña reivindicación en estos años. En la antología Argentina beat (Caja Negra, 2016), relatos y poesías de reynaldo mariani, de Leandro Katz y de Ruy Rodríguez asomaron tímidamente. Se suma la indispensable publicación de la obra poética de mariani de la que ya dimos noticia por acá. Asimismo, para 2017, esperamos la reedición de 7 historias bochornosas, de mariani, y de El búho en el vitral, de Rodríguez. De los demás autores poco conocidos, basta una rápida búsqueda en ML para encontrar las primeras ediciones, a veces a precios irrisorios. ¿Qué narrativas, qué escrituras nos estaremos perdiendo? ¿Qué historias detrás de estos autores olvidados, de estas obras menospreciadas esperan nuevos lectores? Dejo la inquietud pendiente.
Finalmente, como el índice de 20 nuevos narradores jóvenes lo muestra, el volumen abre con una "Nota" firmada por Néstor Sánchez y que solo un fragmento de la misma se encontraba en la web. Vaya pues la presentación de esta interesante antología que abre la puerta a la interrogación por cuál red de nombres y obras sobrevivió en la lucha por la supervivencia literaria y que abre una luz curiosa sobre algunas escrituras que hace años nadie se anima a reeditar o siquiera a leer. Va el texto de Sánchez:

Nota a 20 nuevos narradores argentinos (Néstor Sánchez)

La alusión no es del todo arbitraria: hace aproximadamente una decena de años, en la ciudad de Buenos Aires, un tal Roque Islam (poeta impublicable y desasosegado) necesitó poner el pecho a una especie de exhortación, acaso un poco desconsiderada: ¿por qué motivo no escribía prosa?
Casi sin lugar a dudas él debió experimentar algo bastante parecido a una provocación, a lo alusivo de por sí; entonces preguntó, a su vez, si se le estaba proponiendo que narrara (en los términos más o menos frecuentes), si se le estaba ofreciendo la alternativa de contar alguna historia, o suceso ajeno, o recoveco mnemónico.
La respuesta no sólo resultó afirmativa sino que además contenía la intención de una posibilidad personal (es decir, para él a su edad, de acuerdo con su obstinación sin atenuantes). Casi de inmediato Islam, fiel a cierto octosílabo recurrente, con esfumaturas, optó por ponerse de pie y salir a la calle. Todo esfuerzo por entrever lo que habrá pensado durante el trayecto hasta su casa, solo, a esas horas, resulta poco menos que impensable.
Ahora, por una rara inclinación a lo inmediato, se presenta la oportunidad de contrapuntear a veinte narradores argentinos que por aquel entonces, en el peor de los casos, sólo llegarían a los veinticinco años de edad.
De los innumerables lugares comunes de la supuesta crítica especializada rioplatense, entonces, convendría recurrir a tres que, a su modo, terminan de garantizar cierta tendencia a la proliferación y al auge: experiencia directa en lo narrativo que salta sobre la noción de poema (supuesta raíz de la lengua); confianza poco menos que inusitada por parte de las casas editoras; cierto costado de desenfado formal (sobre todo sintáctico) a partir de la segunda edición de Rayuela.
Sin embargo, releyendo el material, surge casi de improviso un elemento categórico que pretendería enfrentarse a otro un poco más desvaído: por un lado la permanencia inevitable del realismo sin atenuantes (o con sus propias esfumaturas y modorras); por el otro la irrupción del texto que querría negarse a ser cuento, o relato, o crónica.
Y tal vez otro síntoma bastante identificable: casi la mitad de los autores renuncian a la “prosa de cámara” para empezar directamente con el aliento, con la novela o su parodia. En este sentido el material vale la pena porque muestra una transición y, al mismo tiempo, un cansancio, cierta confianza cuestionadora en relación con determinado criterio de realidad (y de palabra), más, al mismo tiempo, la sospecha de que el lenguaje escrito podría protagonizar una sospecha, como tal.
Por otra parte: las ausencias inevitables pretenderían estar comentadas en algunas de las tendencias que se incluyen aquí.
En el mejor de los casos la recopilación de veinte autores jóvenes1 no “da” un solo autor, ni tampoco dos: ofrecería la medida de un conflicto, el titubeo inevitable y bienintencionado de las tendencias más la riqueza obvia de un “estado” semejante. También aparece, por algunos momentos, esa fatiga previa de la convención que tanto atormentara a Roque Islam.

Caracas, 1970

N. S.

1. Por dos motivos (exceso de edad y/o divulgación suficiente) fueron excluidos: Manuel Puig, Daniel Moyano, Tomás Eloy Martínez, Juan José Hernández, Rodolfo Walsh y Juan José Saer.

sábado, junio 29, 2013

Es difícil solamente llegarte a los talones, Mike


Es una luz en el camino que dejen de salir de forma redundante colecciones de la obra de Borges, Bioy, Sábato y Córtazar y que comience a ampliarse el espectro de la literatura argentina según la prensa argentina. Ya lo hizo Página/12 hace algunos años con los libro de Soriano, ahora redoblan la apuesta y reeditan los cuatro libros que componen la obra de ese autor que he mencionado repetidas veces en este blog, Miguel Briante. Hasta no hace mucho se podían conseguir sus libros en saldo a precios irrisorios, como si la tirada de Sudamericana no hubiera funcionado para reposicionar su obra en el cerrado canon argentino. En fin, veremos qué calidad tienen estas nuevas ediciones pero es una luz en el camino contar con la obra de Briante en los kioscos, al alcance de cualquiera, a precios muy accesibles y devolviéndonos la posibilidad de releerlo y de resdescubrir una zona de la literatura argentina que suele queda relegada al margen (editorial, cultural, intelectual). No dejen pasar, particularmente, Kincón. 
Más info sobre la "Biblioteca Miguel Briante" (nombre demasiado pretencioso para mi gusto), acá.

miércoles, junio 17, 2009

La negra cruz sobre la plaza

"...y el ruido de los pasos crecía golpeando contra mi cara, brutalmente, como aquella vez, sobre la plaza, cuando la negra cruz terminó de arrastrarse y él apretó el gatillo, decididamente, sobre la multitud que se amontonaba rodeando la Pirámide de Mayo, ensuciándola con sus gritos, haciéndole ver de qué modo era necesario que él salvara el prestigio, limpiando la patria de carroñas como todos esos tipos, ése de overol, por ejemplo, que acababa de pasar hacia atrás, allá abajo, con una mueca desesperada, apretándose el pecho con las manos, seguramente cayendo mientras él seguía aferrado a la ametralladora, manejando los comandos con una fría sed de justicia que lo hace dar otra vez, reducir la velocidad, virar un poco y perseguir por Avenida de Mayo, como un pájaro de paseo, a ese grupo de gente aterrorizada, a esos gallinas que huyen inútilmente porque ahí está él, apuntándoles desde arriba, haciéndolos, despatarrarse con un gesto inconcluso, cómico, de todo el cuerpo, mientras seguramente maldicen pero ya no tienen ganas de protestar contra nadie, de defender ningún régimen, y caen, mientras él aprieta el gatillo y entonces la ametralladora falló..."

Briante, Miguel (1987 [1964]) "El héroe" en Las hamacas voladoras y otros relatos, Buenos Aires, Puntosur, p. 27.



"Una vez más habría de viajar a esa estación. Fue un 16 de junio. Entré por segunda vez en ese orfeo negro, esperando que la calavera apareciera detrás de algún asiento vacío y pensando que cada número de tranvía conducía a una muerte distinta.
Habían bombardeado la ciudad y fui a pedir noticias de mi tío. Me imaginaba su tranvía enloquecido girando sin dirección, clavado por las balas junto a la plaza, rodeado de cuerpos ensangrentados pidiendo auxilio.
Recuerdo que en las vías los chanchos estaban alborotados y se paseaban de un lado a otro de la estación. Me indicaron un pizarrón. Cada punto marcado por un alfiler indicaba los tranvías en movimiento. El número era 21.
El tio no tardó en volver. Durante el viaje de regreso contó cómo los corderos corrían por la plaza y se quebraban las patas contra los bancos de mármol. Mientras tanto desde el cielo se oían los gritos de los gorilas que atacaban.
En la estación no todos eran chanchos y gorilas, ya que también había un carnero pelirrojo. Le habían afeitado la cabeza y lo habían subido al techo de un tranvía y todos se reían de los chillidos de la bestia. Le pegaron plumas de gallina en el cuerpo y entonces el ave se confundía con el animal cuando balaba o mugía o daba chillidos mientras las plumas se esparcían por el aire."

Gusmán, Luis (1983). En el corazón de junio, Buenos Aires, Sudamericana, p. 235.

"Cruzó entre la gente y caminó rápidamente hacia ella. Elisa parecía mirarlo pero no lo vio, atenta a los extraños movimientos de los aviones que sobrevolaban la plaza mientras la multitud se movía en círculos.
Fabricio ya estaba junto a ella. Era más bajo, macizo y parecía feliz. Elisa tuvo un gesto de sorpresa y de contrariedad. Se dio vuelta para escapar. Él la tomó del brazo.
—Soltame, ¿qué hacés? -dijo ella.
—Te vine a buscar.
—Pero no ves el lío que hay.
—Por eso, quiero que vengas conmigo.
—Estás loco. Yo con vos no quiero saber nada.
—No mientas —dijo Fabricio—. Todo va a ser igual que antes. Yo ya te perdoné.
Ella lo miró con una sonrisa rara.
—Pero qué decís, sonsito. Ni muerta vuelvo con vos.
La vulgaridad lo sorprendió. Le habló como si él fuera un chico.
Después ella se movió para irse. Fabricio la sostuvo fuerte del brazo, por encima del codo. Sentía la tela áspera del traje de tweed. Y entonces, en ese momento, los aviones empezaron a bombardear la plaza. Caían en picada y volvían a levantar y caían otra vez hacia la ciudad, rozando la Casa de Gobierno, ametrallando las calles.
Una explosión extraña, sorda, se oyó en el borde de la Recova y el trole se quebró al recibir la bomba. La gente caía una sobre otra; se los veía por la ventanilla moverse y agitarse, lejanos, como suspendidos en el aire sucio. Los asientos vacíos arrancados. Una mujer abría y cerraba los brazos, gritaba, en silencio, del otro lado del vidrio.
Todo sucedió en un instante. Elisa retrocedió, Fabricio no la soltó. La gente corría, el ruido era intermitente. Estaban sobre Paseo Colón, a resguardo. La arrastró hacia la Recova. El humo y los escombros ensombrecían el cielo. De golpe empezaron a sonar las sirenas de alarma. Recién en ese momento Fabricio supo lo que había venido a hacer.
—Tranquila —dijo, y sacó el arma.
Ella lo miró, sorprendida."

Piglia, Ricardo (2006 [1967]). "Desagravio" en La invasión, Buenos Aires, Sudamericana, p. 150-151.

 

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