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miércoles, febrero 08, 2017

La medida de un conflicto (de antologías, supervivencias y olvidos)


En 1970, la editorial venezolana Monte Ávila editores publica la antologia 20 nuevos narradores argentinos. La particularidad es que el antologador fue, ni más ni menos, Néstor Sánchez. En tapa se leen los nombres de los autores compilados que van desde Briante hasta Rozenmacher pasando por Libertella y Piglia, entre muchos más. Lo interesante quizás sean los otros nombres, los que no suenan tanto y también imaginar qué criterios habrá tenido en cuenta Sánchez para su selección. Transcribo el índice para dar una idea del contenido:

Índice de 20 nuevos narradores argentinos, antología de Néstor Sánchez 

Nota

Miguel Briante
"Habrá que matar los perros"

Antonio Dal Masetto
Siete de Oro (fragmento)

Fernando De Giovanni
Keno (fragmento)

Jorge Di Paola Levin
"Caballo sin Titán"

Raúl Dorra
"Aquí en este desierto"

Mario Espósito
"El exilio"

Aníbal Ford
"La respuesta"

Germán García
"Complicancia Uno"

Leandro Katz
Es una ola (fragmento)

Gregorio Kohon
Odetta en Babilonia y el rápido en Canadá (fragmento)

Héctor Libertella
El camino de los hiperbóreos (fragmento)

Reynaldo Mariani
"El cuchillo sobre el agua"

Juan Carlos Martelli
Persona Pálida (fragmento)

Martín Micharvegas
Las horas libres (fragmento)

Basilia Papastamatíu
"El pensamiento común"

Ricardo Piglia
"La honda"

Ruy Rodríguez
"Inventario sobre la marihuana y ella"

Horacio Romeu
"Cantata"

Germán Rozenmacher
"El gato dorado"

Rubén Tizziani
Las galerías (fragmento)

Las obras entre comillas son relatos; las obras en cursiva y con el paréntesis al lado son fragmentos de novelas o textos de más largo aliento. 
Se podría hacer un trabajo de relevo más específico y fundamentado, pero rápidamente realizo una clasificación de autores argentinos en:

-Muy conocidos (Miguel Briante, Antonio Dal Masetto, Germán García, Héctor Libertella, Ricardo Piglia)
-Relativamente conocidos (Jorge Di Paola Levin, Aníbal Ford, Juan Carlos Martelli, Basilia Paspamatíu, Germán Rozenmacher, Rubén Tizziani)
-Poco conocidos (Fernando De Giovanni, Raúl Dorra, Mario Espósito, Leandro Katz, Gregorio Kohon, Reynaldo Mariani, Martín Micharvegas, Ruy Rodríguez, Horacio Romeu)

De los "Muy conocidos", no me voy a ocupar.
Respecto de los "Relativamente conocidos", todos fueron recientemente reeditados excepto quizás Martelli y Tizziani. Recomiendo enfáticamente Los tigres de la memoria (1973), de Martelli, un policial negro extraño. 
Quizás lo más interesante sea, claro, los "Poco conocidos". Hay solo tres autores de la lista que han logrado una pequeña reivindicación en estos años. En la antología Argentina beat (Caja Negra, 2016), relatos y poesías de reynaldo mariani, de Leandro Katz y de Ruy Rodríguez asomaron tímidamente. Se suma la indispensable publicación de la obra poética de mariani de la que ya dimos noticia por acá. Asimismo, para 2017, esperamos la reedición de 7 historias bochornosas, de mariani, y de El búho en el vitral, de Rodríguez. De los demás autores poco conocidos, basta una rápida búsqueda en ML para encontrar las primeras ediciones, a veces a precios irrisorios. ¿Qué narrativas, qué escrituras nos estaremos perdiendo? ¿Qué historias detrás de estos autores olvidados, de estas obras menospreciadas esperan nuevos lectores? Dejo la inquietud pendiente.
Finalmente, como el índice de 20 nuevos narradores jóvenes lo muestra, el volumen abre con una "Nota" firmada por Néstor Sánchez y que solo un fragmento de la misma se encontraba en la web. Vaya pues la presentación de esta interesante antología que abre la puerta a la interrogación por cuál red de nombres y obras sobrevivió en la lucha por la supervivencia literaria y que abre una luz curiosa sobre algunas escrituras que hace años nadie se anima a reeditar o siquiera a leer. Va el texto de Sánchez:

Nota a 20 nuevos narradores argentinos (Néstor Sánchez)

La alusión no es del todo arbitraria: hace aproximadamente una decena de años, en la ciudad de Buenos Aires, un tal Roque Islam (poeta impublicable y desasosegado) necesitó poner el pecho a una especie de exhortación, acaso un poco desconsiderada: ¿por qué motivo no escribía prosa?
Casi sin lugar a dudas él debió experimentar algo bastante parecido a una provocación, a lo alusivo de por sí; entonces preguntó, a su vez, si se le estaba proponiendo que narrara (en los términos más o menos frecuentes), si se le estaba ofreciendo la alternativa de contar alguna historia, o suceso ajeno, o recoveco mnemónico.
La respuesta no sólo resultó afirmativa sino que además contenía la intención de una posibilidad personal (es decir, para él a su edad, de acuerdo con su obstinación sin atenuantes). Casi de inmediato Islam, fiel a cierto octosílabo recurrente, con esfumaturas, optó por ponerse de pie y salir a la calle. Todo esfuerzo por entrever lo que habrá pensado durante el trayecto hasta su casa, solo, a esas horas, resulta poco menos que impensable.
Ahora, por una rara inclinación a lo inmediato, se presenta la oportunidad de contrapuntear a veinte narradores argentinos que por aquel entonces, en el peor de los casos, sólo llegarían a los veinticinco años de edad.
De los innumerables lugares comunes de la supuesta crítica especializada rioplatense, entonces, convendría recurrir a tres que, a su modo, terminan de garantizar cierta tendencia a la proliferación y al auge: experiencia directa en lo narrativo que salta sobre la noción de poema (supuesta raíz de la lengua); confianza poco menos que inusitada por parte de las casas editoras; cierto costado de desenfado formal (sobre todo sintáctico) a partir de la segunda edición de Rayuela.
Sin embargo, releyendo el material, surge casi de improviso un elemento categórico que pretendería enfrentarse a otro un poco más desvaído: por un lado la permanencia inevitable del realismo sin atenuantes (o con sus propias esfumaturas y modorras); por el otro la irrupción del texto que querría negarse a ser cuento, o relato, o crónica.
Y tal vez otro síntoma bastante identificable: casi la mitad de los autores renuncian a la “prosa de cámara” para empezar directamente con el aliento, con la novela o su parodia. En este sentido el material vale la pena porque muestra una transición y, al mismo tiempo, un cansancio, cierta confianza cuestionadora en relación con determinado criterio de realidad (y de palabra), más, al mismo tiempo, la sospecha de que el lenguaje escrito podría protagonizar una sospecha, como tal.
Por otra parte: las ausencias inevitables pretenderían estar comentadas en algunas de las tendencias que se incluyen aquí.
En el mejor de los casos la recopilación de veinte autores jóvenes1 no “da” un solo autor, ni tampoco dos: ofrecería la medida de un conflicto, el titubeo inevitable y bienintencionado de las tendencias más la riqueza obvia de un “estado” semejante. También aparece, por algunos momentos, esa fatiga previa de la convención que tanto atormentara a Roque Islam.

Caracas, 1970

N. S.

1. Por dos motivos (exceso de edad y/o divulgación suficiente) fueron excluidos: Manuel Puig, Daniel Moyano, Tomás Eloy Martínez, Juan José Hernández, Rodolfo Walsh y Juan José Saer.

lunes, diciembre 19, 2011

Piglia sobre Rozenmacher

Hacía bastante que no me pasaba por la página sobre la obra de Rozenmacher en El ortiba. Pasé y me encontré con una reseña que escribió Ricardo Piglia en una revista efímera, Revista de la Liberación, sobre Cabecita negra, el primer volumen de relatos de Rozenmacher (unos veinte años después, Piglia volvería a escribir sobre "Cabecita negra", el cuento, en La Argentina en pedazos; corriéndose bastante de la lectura realista-marxista de su primera reseña). La reseña se publicó en 1963 y gracias a El ortiba, podemos releerla online. Genial.

Reseña de Cabecita negra de Germán Rozenmacher

Un gato dorado que vuela; un hombre que lleva al hombro su ataúd; "los pájaros de panzas húmedas y escamas de lagarto y colas como víboras y grandes alas de águila y caras de pumas feroces y ojos de sangre y dientes y garras heladas y nocturnas del calor de la luna" revoloteando sobre la niña rubia; el señor respetable, rota su normalidad: "dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio" y después comenzaban a "golpearlo", a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado"; son los habitantes de un universo cotidiano y a la vez (y sobre todo) inédito en el que la realidad está puesta en el que el más acá termina. Al borde de los símbolos.
También dos solitarios, dos tristes solitarios de Buenos Aires conversan, caminan, toman café, van al cine y hacen el amor. Y varios seres humanos (Luis que sabe que si se va todos lo "llevan por delante, por payuca, y en cambio aquí" en Tartagal, es alguien, pero no puede quedarse. Manuel que "tocaba Bach para las gallinas" y que alguna vez había intentado irse "a estudiar piano en serio, y pintura con maestros, para componer música, y había pasado años afuera pero había vuelto" y Raúl "que estuvo por irse como veinte veces de aquí". Y los que nunca se irán, todos) que viven en el Norte, en Salta, monótono, repetido, que no intentan otra cosa que irse. Irse, pero no pueden, y ya no lo intentan. Y en esa imposibilidad, en esas vueltas repetidas, a la plaza, todas las tardes a las siete, están las "Raíces". Las raíces que los fijan en el desarraigo, en una dialéctica del intento frustrado, entre el irse y quedarse. Una especie de rebelión inútil, cansadora.
Los judíos tristes, extranjeros; los "cabecitas negra" que quitan la tranquilidad al Sr. Lanari, que miran ladinamente, que piden cincuenta pesos más porque "Perón no quiere que cobre menos". Desarraigados en un país en el que todos somos un poco extranjeros. Los judíos, los cabecita negra, el Sr. Lanari con "la fuerza pública y el ejército" para tranquilizarlo. Sin "raíces".
Una atmósfera que envuelve lo cotidiano, un clima narrativo que documenta lo real (salvo en "Raíces") a partir de una cierta irrealidad (irrealidad de lo real, si se permite la paradoja). Todo esto hace, de Cabecita Negra, un libro revelador. Con él, Rozenmacher se inscribe a toda una corriente narrativa argentina que a partir de Payró y Arlt —superado el naturalismo de Boedo— trata de hacer, desde la izquierda, no una "literatura de izquierda", sino una literatura (una narrativa) que documente el país, que intente (como definía Lukacs) una "aprehensión consciente de tendencias reales en la profundidad de la esencia de la realidad". Que comprenda el país, narrándolo. Una narrativa que se enriquece con los aportes de las corrientes contemporáneas (los norteamericanos del 30, los italianos de la post-guerra, Kafka) que actualiza por fin el realismo en un país en el que siempre (salvo algunos libros) se ha confundido realismo con panfleto, con costumbrismo, con obrerismo y mediocridad. Rozenmacher (y no está solo en eso) demuestra que una literatura argentina empezará a partir de una integración con todo lo que la literatura universal puede aportar técnicamente. Con una comprensión clara de lo que significa el compromiso, aceptado, sí, pero redefinido a partir de las obras y no antes. Como tendencia y no como "a priori". Desde el lector y, no en el escritor. Un compromiso que parta de aquello dicho por Engels: "el novelista cumplirá honestamente su tarea cuando mediante una fiel descripción de las relaciones sociales auténticas, destruye las ideas convencionales sobre la naturaleza de esas relaciones, debilita el optimismo del mundo burgués y obliga al lector a dudar de la perennidad del orden existente aunque no indique claramente una conclusión o ni siquiera tome perceptiblemente partido". Porque después (como el Cabecita Negra) se sabrá si el hombre (y su libro) están comprometidos con el país (con alguna parte de él). Antes, sólo se inventarán cánones.
"Tristezas de la pieza de hotel", "El gato dorado" y especialmente el universo que recrea "Raíces" (en su primera mitad) nos parecen un ejemplo de lo que Rozenmacher puede concretar no bien integre su capacidad de crear "clima", de construir verdadera poesía narrativa con su estilo seco y directo. No bien supere cierto afán de tesis (sobre todo en el final de "Cabecita Negra"), cierta irrealidad simbólica a la que parece predispuesto (especialmente en "Pájaros Salvajes"), y algún exceso de conflictos laterales, exteriores (todo lo que sigue a la aparición de Juana en "Raíces").
Con Rozenmacher encontramos otro de esos narradores que, desde la izquierda, empiezan a probar que escribir bien es requisito imprescindible para cualquier literatura que quiera ser una manera de ubicar el país en su literatura y desde su literatura.

R. P.

Fuente:  Revista de la Liberación, año 1, nº 2, segundo trimestre de 1963, págs. 46-47.

miércoles, junio 09, 2010

La novela familiar (Entrega 2)

Previously: La novela familiar (Entrega 1): "Estos textos, estos restos" de Nicolás Rosa.

En 1973, Luis Gusmán publicaba El frasquito, una obra al borde de lo ilegible que, de algún modo, se ha leído en consonancia con El fiord (1969) de Osvaldo Lamborghini y Nanina (1968) de Germán García.
Ahora bien, si, por su parte, El fiord, editado por Chinatown, llevaba un epílogo ("Los nombres de la negación") firmado por Leopoldo Fernández (seudónimo de Germán García, compañero en la revista Literal de Lamborghini y Gusmán); por su parte, la edición de El frasquito, que publicó ediciones Noé, también tuvo un prólogo que venía, de algún modo, a volver legible este texto incierto: "El relato fuera de la ley" de Ricardo Piglia (Diego Peller analiza de forma adecuada los usos de la teoría en ambos paratextos de García y Piglia para distinguirlos en este artículo). En dicho prólogo, un joven Piglia, a través de una lectura atravesada por psicoanálisis, estructuralismo y la influencia del telquelismo francés, intentaba trazar una lectura del problemático texto de Gusmán: la figura del padre, las cadenas de significantes y cierta lectura económica se proponían como ideas centrales de su lectura. En las ediciones posteriores de El frasquito, este prólogo desapareció. Como me encanta el anacronismo y con la impronta de continuar con las entregas de mi propuesta frustrada "La novela familiar", adjunto más abajo el prólogo de Piglia.

El relato fuera de la ley (Ricardo Piglia)

Habría que decir de El frasquito que es una novela policial donde el asesino, la víctima, el detective y el narrador son la misma persona: un mellizo ha sido asesinado, se culpa al otro, torturado a la vista de todos, el sospechoso trata de encontrar una salida, su relato va y viene, articulado entre la repetición y el suspenso de un sentido siempre desplazado. En realidad se reconstruye un crimen que nadie recuerda y el único "enigma" que esta confesión permite descifrar es el "misterio" de la paternidad.

1. — El oro y el padre: el asesino

Historia familiar, en este texto fuera de la ley impera el oro y su brillo es el espejo donde se sustituye al padre ausente. Cantor de tangos, Carlos Montana entra y sale de la escena, ordenando alrededor de su presencia la razón de un relato que lo tiene a la vez como génesis y como resultado. Equivalente general, siempre está "en otro lado": obedece a la lógica del oro que debe estar afuera del sistema y no entrar en las relaciones de intercambio para significar, ser el emblema, el signo, la metáfora de toda posesión. "Mi padre reluciente con sus anillos, sus gemelos, su reloj de oro, brilla tanto que no lo puedo mirar". Ausente, sólo deja en el relato la memoria de ese brillo que señala su lugar en el texto familiar: cada vez que aparece el oro o se ven sus cualidades, se está hablando del padre y alguien trata (o desea) ocupar ese lugar. Al final no podrá separarse el encandilamiento que provoca ese fulgor, de una función a la vez mágica y natural, que al dar el nombre, decide el sentido e impone la ley.
Deslumbramiento que atraviesa el relato, es la fascinación que captura la mirada de la madre y la enceguece: cuando esa luz irrumpe, ella "hace ademanes en el aire como si se hubiera quedado ciega, con la mirada extraviada". Oscura, sombría, "le brillan los ojos de placer y se le ilumina la mirada, como si el arco iris le estuviera saliendo por la cara". Si eso que enceguece a la madre y la ilumina es el oro del padre, se entiende que el narrador habla de un extraño "animal bicolor": imagen transparente que enlaza en un mismo registro simbólico "el valle profundo y sombrío" de la madre, con esa luz del padre que es la razón del texto. Acoplamiento que construye una metáfora donde el relato establece su primera relación con el crimen que lo engendra, ese "animal bicolor" que devoró al mellizo, es la desventura de una función negada, culpable, a la que el texto alude de salida. "Decime nena, cuántas veces te dije vas a quedar... A vos te parece que por un minuto de placer te iba a dejar con un hijo": esta frase que opone placer, paternidad, abre el texto y lo enmascara. El instante del placer es un fulgor, un estallido que no tiene duración, pero si el placer deja la marca ese minuto es un destino: de este modo, entre el presente del goce y la "condena" de la procreación se decide el vaivén que articula en un solo movimiento la temporalidad del relato y su "moral".
Para Montana la paternidad es el soporte del placer: "a él no se le para con otra que no sea la madrecita", además quiere "hacer uso", sin "forro", sin "diafragma". La madre, por su parte, "pierde" los hijos, los "aborta", obliga al padre a usar preservativos: para ella el padre debe ser la garantía, el contrato que asegure la economía familiar: como Montana no "aporta", ella se niega a ser madre. En su lógica la paternidad se opone al deseo y la necesidad lo instrumenta: en realidad coloca al semen en el mismo sitio del oro y piensa el placer desde el dinero. Como en la novela el oro del padre es un emblema inútil, la madre —Marx ya lo dijo del dinero— es una prostituta. "Ella siempre nos gritaba que para traernos de comer se tenía que hacer romper el culo por ahí". Prostituyéndose, desplaza: no admite alienar el deseo en la procreación, usándolo para ganarse la vida, lo pone al alcance de todos. Si el padre reprime y desde afuera quiere imponer la ley, la madre desordena y corrompe desde el centro mismo del relato en el que reina. Al negarse a "ser madre" desvía la historia de su cauce "natural" y convierte a la paternidad en un valor de cambio: al enlazar productivamente el oro y el semen, al ganar dinero y dar la leche, para sacar al padre de lugar, lo sustituye. O mejor, lo canjea.
Estas sustituciones son la ilusión de un cambio imposible: "los Pepe", el Pastor, el Paraguayo, que a partir de la inicial hacen de padre en el relato, sufren, en verdad, las consecuencias. En un texto que piensa la paternidad desde el crimen es necesario enmascararse para correr el riesgo: simulacros, disfraces, todos pierden el nombre al ocupar ese lugar y el seudónimo que los encubre hace más visible el hecho de que Carlos Montana sea el único —en toda la novela— capaz de soportar un apellido. Emblema de una función sagrada y culpable, tener un nombre es algo que se gana: por de pronto el narrador pierde el suyo ("te llamarás Federico y no Luis como tu envoltura en la tierra") y cuando recibe la promesa del padrino Pepe ("que me iba a dar su apellido cuando se casara con la madrecita") en realidad se ilusiona con la legalidad de una filiación que el relato mismo hace imposible. No es casual entonces que al final, cuando el Otro, alucinado, reaparece, el "llavero de oro", sea la única herencia que el padre deje como seña de su identidad.

lunes, abril 19, 2010

El crítico literario como detective

La nota al pie número 17 de la in-cre-í-ble nouvelle de Ricardo Piglia, "Nombre falso: Homenaje a Roberto Arlt" (en la que Piglia plagia a Arlt, imitando sus obsesiones y su prosa, que, a su vez, plagia a Andreiev; en la que Piglia convierte una edición crítica de la obra de Arlt en un caso policial , en el que él es el protagonista, donde se ponen en juego el dinero pero también el capital intelectual; en la que Piglia hace que Arlt lo plaguie en su diario, reflexiona sobre Kafka y Max Brod en un juego especular con el personaje Piglia y Arlt y en la que podemos disfrutar de un cuento de Arlt apócrifo), en la nota al pie número 17, el anotador dice:
Un crítico literario es siempre, de algún modo, un detective: persigue sobre la superficie de los textos, las huellas, los rastros que permiten descifrar su enigma. A la vez, esta asimilación (en su caso un poco paranoica) de la crítica con la persecución policial, está presente con toda nitidez en Arlt. Por un lado, Arlt identifica siempre la escritura con el crimen, la estafa, la falsificación, el robo. En este esquema, el crítico aparece como el policía que puede descubrir la verdad. Escritura clandestina y culpable, escritura fuera de la ley, se entiende que Arlt haya buscado que sus libros circularan en un espacio propio, fuera de todo control legal (“De cualquier manera —escribe en el prólogo de Los lanzallamas— como primera providencia, he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático, entre el estorbo de dos llamadas telefónicas, se dedique a descubrir, para satisfacción de los señores honorables, que ‘El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto’,
etc., etc.,... No, no y no.” (Op. cit. III, p. 1a). Por otro lado en este asunto, como en toda buena novela policial, lo que está en juego no es la ley, sino el dinero (o, mejor: la ley del dinero). Para Arlt, los críticos actúan como administradores del arte y su función es la de regular la circulación y la venta de los libros en el mercado: ser “criticado” (descubierto) es perder lectores, esto es, no poder ganar dinero con la literatura. Una vez más, como el falsificador que fabrica billetes falsos, ser descubierto no es un problema moral (en este caso: literario) sino económico.
Por fin: cuando se dice —como Arlt— que todo crítico es un escritor fracasado ¿no se confirma de hecho un mito clásico de la novela policial?: el detective es siempre un criminal frustrado (o un criminal en potencia). No es casual que Freud haya escrito: “La distorsión de un texto se asemeja a un asesinato: lo difícil no es cometer el crimen, sino ocultar las huellas”. En más de un sentido, el crítico es también un criminal.
Si no leyeron este cuento largo, léanlo. Con justa razón a Piglia se lo ha colocado en una serie junto a Saer y a Puig...

sábado, marzo 27, 2010

Diálogo Saer-Piglia en foro Gandhi (1994)

Hace algunos años, en un blog que, lamentablemente, ya no se actualiza (todavía más: lo busco y no lo encuentro, supongo que ha desaparecido) llamado El espectro de Broken, me encontré con una gran cita de Saer sobre la teoría literaria y su vínculo con la literatura. Unos meses más tarde, busqué la revista con la entrevista de la que esa cita había sido extraída. 
A continuación, va un diálogo en el foro Gandhi entre Piglia, Saer y el entrevistador que recorre temas como la tradición, el policial y la influencia de la teoría en la literatura. Vale la pena leerlo.  

Diálogo Saer-Piglia

Con motivo de la edición de la novela La pesquisa, de Juan José Saer, se realizó en noviembre de 1994, en el Foro Gandhi, un diálogo del autor con Ricardo Piglia. La coordinación estuvo a cargo de Ricardo Ibarlucía. Transcribimos en estas páginas los pasajes más significativos de esa conversación.

R. Ibarlucía: El tema por el que quisiéramos comenzar creo que tiene su formación más acabada en un título de un famoso ensayo de Borges: El escritor argentino y la tradición. Sabemos que la tradición jamás es algo dado, es una identidad en permanente construcción y reconstrucción. Una generación literaria no se limita a redescubrir a sus predecesores, a veces, los transfigura, otras, los trasciende, generalmente, los inventa. ¿Cuál creen ustedes que han sido sus antepasados literarios?

Piglia: En realidad, un escritor construye una genealogía, una especie de novela familiar, novela familiar literaria con parentescos y exclusiones y conflictos. Yo tengo la sensación de que ese tipo de trama se genera después que se publica el primer libro, digamos, empieza a funcionar a partir de que se publica. En el momento en el qué uno está escribiendo los primeros textos, antes de publicarlos, la relación con la tradición, vamos a llamarla así, tiene más bien el sentido de una exploración y de una memoria, yo diría, como si se tratara de una suerte de archivo, como si fuera una memoria de la lengua, de los textos escritos. Y uno con cierta inocencia, vamos a decir así, empieza a moverse en el interior de ciertas tradiciones, incluso sin saber del todo que, a veces, esas tradiciones son antagónicas, que esos escritores que uno junta, con los que empieza a establecer relaciones y diálogos, entre sí mantienen disputas o tensiones. Entonces, cuando estoy diciendo esto lo que quiero señalar es que, en principio, esta cuestión de la tradición, me parece que tiene bastante que ver con el modo en que un escritor imagina que quiere ser leído, en compañía de quién un escritor imagina que quiere ser leído. Y de qué manera imagina que leído en ese contexto, en esas relaciones de parentesco con ciertos autores sus obras pueden circular más fluidamente. Por eso, me parece que, en principio (esta cuestión retorna siempre), el texto de Borges «El escritor argentino y la tradición» sintetiza un problema que uno puede encontrar a lo largo de distintos momentos de la literatura argentina. Borges en ese artículo está definiendo esta cuestión, me da la sensación a mí, en relación a lo que para él es, en ese momento, la experiencia de la aparición de alguno de los textos que van a provocar ese corte, que son los textos de ficción. Siempre he visto muy ligada la escritura de «La muerte y la brújula» con la escritura de ese ensayo sobre la tradición. Y me parece que «La muerte y la brújula» también es un texto sobre el modo en que Borges está pensando estos problemas de lectura, de traducción, de inserción. Dicho esto, para no extenderme demasiado, en el sentido en que «un escritor construye la tradición cuando tiene una colocación pública», vamos a decir así (no importa qué tipo de resonancia tenga su obra). Dicho esto, digo, me parece que la otra posibilidad de pensar el problema de la tradición tiene que ver con distintos problemas, es decir, hay una tradición con la que uno se relaciona que tiene que ver con ciertos modelos de escritor, modos de ser de un escritor, por ejemplo, modos de ser un escritor en la Argentina, ciertas colocaciones posibles para ser un escritor en Argentina, y, entonces, me parece, que ahí se puede armar una tradición. Me parece que Juan L. Ortíz es, entre otras cosas, no sólo un gran poeta, sino un ejemplo de de qué manera se coloca un escritor como tal, como persona, cómo se ubica, dónde se pone, ¿no?, dónde se va, qué tipo de intervención tiene como figura. Entonces, hay una posibilidad de ver esto que podría ser qué tipo de figura de escritor hay en la construcción de una tradición. Otra posibilidad podría ser la tradición en términos de historia de la lengua, historia de los estilos. Con esto lo que quiero decir es que esta cuestión del escritor y la tradición no es un problema que se pueda considerar de modo único sino que habría que hacer un poco la historia de las relaciones que uno entabla con distintos campos de los pasados literarios.

lunes, marzo 15, 2010

De cómo Piglia anticipó a Los Simpsons

Leo Nombre Falso (1975) de Piglia y me encuentro con un gran cuento de boxeadores, en la línea de "Torito" de Cortázar: "El Laucha Benítez cantaba boleros". Eso sí, mientras lo leía, El Vikingo me traía ciertas reminiscencias...

[...] El Vikingo empezó a darle vueltas alrededor, siempre fuera de distancia y Moore lo punteaba de zurda, quieto, hamacándose, y de repente se le iba encima con una velocidad fulminante. El Vikingo no hacía otra cosa que mirarle las manos, tratando de anticipar, con la oscura sensación de que el otro adivinaba lo que iba a hacer. En una de esas se movió un poco más despacio y Moore lo cruzó con dos derechas y una izquierda abajo y al Vikingo le pareció que algo se le quebraba, adentro. Moore lo tocó suave con la izquierda, como queriendo tomar distancia, amagó dar un paso al costado buscando perfilar la derecha y cuando el Vikingo se movió para cubrirse la zurda de Moore bajó como un latigazo y lo encontró a mitad de camino. Al Vikingo se le nublaron los ojos, levantó la cara buscando aire pero sólo vio los globos de luz del gimnasio que daban vuelta. Moore se ladeó, sin tocarlo, esperando que se derrumbara. El Vikingo sintió que se le cruzaban las piernas, se hamacó para dejarse ir pero se sostuvo de algún lado, del aire, vaya a saber de dónde se sostuvo, lo cierto es que cuando bajó la cara estaba otra vez en guardia.
A partir de ahí Moore lo empezó a buscar en serio, para tirarlo. Cuando estaban en el centro del ring y había espacio el Vikingo se las arreglaba con el juego de piernas, pero cada vez que Moore lo acorralaba contra las sogas tenía ganas de levantar los brazos y ponerse a llorar. Al rato navegaba en una niebla opaca, sin entender cómo podían pegarle tan fuerte, toda su energía concentrada en no despegar los pies de la tierra: única certidumbre de que aún estaba vivo. Trataba de mantenerse fiel a su estilo y salir boxeando pero Moore era demasiado veloz y siempre llegaba antes. Hacia el final había perdido todo, menos ese instinto fatal que lo llevaba a buscar la salida más clásica y conservar cierta elegancia pese a estar medio ciego, deshecho por los golpes cruzados y la combinación de jab y aperca que lo frenaban como si continuamente chocara contra un muro. A esa altura el mismo Moore parecía un hombre piadoso, obligado a pegar porque ese es el trabajo, con un suave relámpago de respeto y consideración alumbrando sus ojos levemente bizcos, una suerte de ruego, como si le pidiera que se dejara caer para no seguir golpeándolo. [...]

miércoles, marzo 10, 2010

La caza de elefantes

La caza de elefantes. Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.
La situación actual de la literatura se sintetizaba, según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando lo consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokov, dijo: "Señores, respeto el talento literario del señor Nabokov, ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases de zoología?".

La estúpida y siniestra concepción de Jakobson es la expresión sincera de la conciencia de gran crítico y gran lingüista y gran profesor que supone que cualquiera está más capacitado para hablar del arte de la prosa que el mayor novelista de este siglo. La autoridad de Jakobson le permite enunciar lo que todos sus colegas piensan y no se animan a decir. Se trata de una reivindicación gremial: los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores.

Fuente: Piglia, Ricardo ([1988] 2009): "Prisión perpetua" en Prisión perpetua, Buenos Aires, Anagrama/ Página/12, p. 21.

miércoles, junio 17, 2009

La negra cruz sobre la plaza

"...y el ruido de los pasos crecía golpeando contra mi cara, brutalmente, como aquella vez, sobre la plaza, cuando la negra cruz terminó de arrastrarse y él apretó el gatillo, decididamente, sobre la multitud que se amontonaba rodeando la Pirámide de Mayo, ensuciándola con sus gritos, haciéndole ver de qué modo era necesario que él salvara el prestigio, limpiando la patria de carroñas como todos esos tipos, ése de overol, por ejemplo, que acababa de pasar hacia atrás, allá abajo, con una mueca desesperada, apretándose el pecho con las manos, seguramente cayendo mientras él seguía aferrado a la ametralladora, manejando los comandos con una fría sed de justicia que lo hace dar otra vez, reducir la velocidad, virar un poco y perseguir por Avenida de Mayo, como un pájaro de paseo, a ese grupo de gente aterrorizada, a esos gallinas que huyen inútilmente porque ahí está él, apuntándoles desde arriba, haciéndolos, despatarrarse con un gesto inconcluso, cómico, de todo el cuerpo, mientras seguramente maldicen pero ya no tienen ganas de protestar contra nadie, de defender ningún régimen, y caen, mientras él aprieta el gatillo y entonces la ametralladora falló..."

Briante, Miguel (1987 [1964]) "El héroe" en Las hamacas voladoras y otros relatos, Buenos Aires, Puntosur, p. 27.



"Una vez más habría de viajar a esa estación. Fue un 16 de junio. Entré por segunda vez en ese orfeo negro, esperando que la calavera apareciera detrás de algún asiento vacío y pensando que cada número de tranvía conducía a una muerte distinta.
Habían bombardeado la ciudad y fui a pedir noticias de mi tío. Me imaginaba su tranvía enloquecido girando sin dirección, clavado por las balas junto a la plaza, rodeado de cuerpos ensangrentados pidiendo auxilio.
Recuerdo que en las vías los chanchos estaban alborotados y se paseaban de un lado a otro de la estación. Me indicaron un pizarrón. Cada punto marcado por un alfiler indicaba los tranvías en movimiento. El número era 21.
El tio no tardó en volver. Durante el viaje de regreso contó cómo los corderos corrían por la plaza y se quebraban las patas contra los bancos de mármol. Mientras tanto desde el cielo se oían los gritos de los gorilas que atacaban.
En la estación no todos eran chanchos y gorilas, ya que también había un carnero pelirrojo. Le habían afeitado la cabeza y lo habían subido al techo de un tranvía y todos se reían de los chillidos de la bestia. Le pegaron plumas de gallina en el cuerpo y entonces el ave se confundía con el animal cuando balaba o mugía o daba chillidos mientras las plumas se esparcían por el aire."

Gusmán, Luis (1983). En el corazón de junio, Buenos Aires, Sudamericana, p. 235.

"Cruzó entre la gente y caminó rápidamente hacia ella. Elisa parecía mirarlo pero no lo vio, atenta a los extraños movimientos de los aviones que sobrevolaban la plaza mientras la multitud se movía en círculos.
Fabricio ya estaba junto a ella. Era más bajo, macizo y parecía feliz. Elisa tuvo un gesto de sorpresa y de contrariedad. Se dio vuelta para escapar. Él la tomó del brazo.
—Soltame, ¿qué hacés? -dijo ella.
—Te vine a buscar.
—Pero no ves el lío que hay.
—Por eso, quiero que vengas conmigo.
—Estás loco. Yo con vos no quiero saber nada.
—No mientas —dijo Fabricio—. Todo va a ser igual que antes. Yo ya te perdoné.
Ella lo miró con una sonrisa rara.
—Pero qué decís, sonsito. Ni muerta vuelvo con vos.
La vulgaridad lo sorprendió. Le habló como si él fuera un chico.
Después ella se movió para irse. Fabricio la sostuvo fuerte del brazo, por encima del codo. Sentía la tela áspera del traje de tweed. Y entonces, en ese momento, los aviones empezaron a bombardear la plaza. Caían en picada y volvían a levantar y caían otra vez hacia la ciudad, rozando la Casa de Gobierno, ametrallando las calles.
Una explosión extraña, sorda, se oyó en el borde de la Recova y el trole se quebró al recibir la bomba. La gente caía una sobre otra; se los veía por la ventanilla moverse y agitarse, lejanos, como suspendidos en el aire sucio. Los asientos vacíos arrancados. Una mujer abría y cerraba los brazos, gritaba, en silencio, del otro lado del vidrio.
Todo sucedió en un instante. Elisa retrocedió, Fabricio no la soltó. La gente corría, el ruido era intermitente. Estaban sobre Paseo Colón, a resguardo. La arrastró hacia la Recova. El humo y los escombros ensombrecían el cielo. De golpe empezaron a sonar las sirenas de alarma. Recién en ese momento Fabricio supo lo que había venido a hacer.
—Tranquila —dijo, y sacó el arma.
Ella lo miró, sorprendida."

Piglia, Ricardo (2006 [1967]). "Desagravio" en La invasión, Buenos Aires, Sudamericana, p. 150-151.

domingo, mayo 31, 2009

Angelito no es Ángel Leto: la resurrección del autor

1. El crítico:

"Con Ángel Leto, las cosas son diferentes: el camino hacia su muerte está en Glosa. La muerte, entonces, tiene la necesidad de lo narrado. Si pocos hubieran previsto que el Ángel de Cicatrices iba a recorrer el camino de la violencia política, tampoco este dato estaba ausente de los posibles narrativos: las elipsis en las que se ausenta el tiempo, desde Cicatrices hasta Glosa, pueden ser imaginadas a partir de materiales sociales. Saer podría, mañana, narrarla, pero esa narración no afectaría a Cicatrices, porque allí no podrían estar la huellas de la conversión política de Leto, ni del suicidio frente a la emboscada policial. Leto, muriendo en Glosa, deja casi intacto a Ángel en Cicatrices. Para Leto, entre Cicatrices y Glosa lo que pasó fue la historia de la Argentina." (p. 294)

Fuente: Sarlo, Beatriz: “La condición mortal (1993)” en Escritos sobre literatura argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2007.

2. Un lector:

Cuando terminé de leer Cicatrices, hablé con un amigo fanático de Saer sobre esta magnífica novela y salió el tema de la relación entre Angelito y Ángel Leto. Mi amigo sostenía que Angelito (ese joven con un fuerte complejo de Edipo cuya madre se perfila, en Cicatrices (1968), como una verdadera femme fatale) era Ángel Leto (protagonista de Glosa (1986), muchacho traumado más bien por el suicidio de su padre, cuya madre se perfilaba como una amable viuda que comenzaba a tener un affaire con el mejor amigo de su difunto esposo). Yo, desconfiado, le aseguré que no era posible que fueran la misma persona (en particular, porque la madre de Leto no podía ser la de Angelito; después, porque en ningún momento se mencionaba el apellido de Angelito); él, convencido, me aseguraba que los especializados críticos que se dedicaban a la obra de Saer (Sarlo y Premat, en especial) establecían la relación entre ambos personajes señalando que eran el mismo en distintos momento de la historia (se sabe que ésa es una de las características de la obra del santafesino, algunos personajes (Tomatis, por poner un ejemplo paradigmático) aparecen en varias novelas que transcurren en distintos momentos del siglo XX). En fin, luego de abandonar la discusión, una vez que llegué a mi casa, hojeé incansablemente la primera parte de Cicatrices y la novela Glosa en busca de indicios que pudieran sustentar la afirmación de que Angelito y Leto eran la misma persona. No los encontré. Los críticos estaban alucinando.

3. El autor resucitado:

Piglia
Hay un punto con relación a eso, que es Ángel Leto, porque el Ángel que cuenta Cicatrices ¿es Ángel Leto?
Saer No.
Piglia Ah!, ¡qué macanudo!
Saer ¿Por qué "qué macanudo"?
Piglia Porque no me hubiera gustado que fuera el mismo... El Ángel Leto que tiene una madre...
Saer En La vuelta completa.
Piglia No, en uno de los cuentos de Palo y hueso.
Saer No, ése no es Ángel Leto, es Angelito.
Piglia Los novelistas de Santa Fe les ponen a todos los mismos nombres… Pero tiene una madre parecida a la de Ángel Leto…
Saer Claro, totalmente.
Piglia Porque hay un Ángel que tiene una madre y que aparece en Cicatrices.
Saer Ése es Angelito, que es el mismo Angelito del relato, y es también el mismo Ángel de ese relato inédito que salió ahora en los Cuentos completos que se llama "La relación de oro", el mismo Ángel pero un poco más tarde, un poco mayor.
Piglia ¿De cuándo es ese cuento?
Saer Es un relato de los años sesenta.
Piglia Es un relato que está ligado a En la zona.
Saer Sí, pero también a Cicatrices más bien, es como una pequeña anticipación de Cicatrices.
Piglia Entonces no se debe confundir ese Angelito con el Ángel Leto.
Saer No, eso lo hice como una cosa un poco deliberada, una coquetería del autor a los lectores. Y alguna gente se dio cuenta, pero no tiene mucha importancia porque, por ejemplo, Angelito es periodista (trabaja con Tomatis en el diario), pero está un poco como aparte; en cambio Ángel Leto es contador, tenedor de libros.
Piglia Entonces veamos a Ángel Leto: ¿dónde aparece por primera vez?
Saer Aparece por primera vez en La vuelta completa, cuando acaba de llegar de Rosario. Cuando entra Rey al correo, Ángel Leto está con Tomatis, que se lo presenta a Rey, quien a su vez le dice "¿Usted también es un franciscano de la nueva generación?". Y después, cuando en la primera parte Rey va con Clara -la mujer de Marquito- al amueblado, Leto está ahí, está tomando cognac con Giménez, el dueño del motel, y él lo trae de vuelta. Todo eso está en la primera parte de Cicatrices. Después aparece un poco al final de Cicatrices y después no aparece más...
Piglia Y después aparece como un tipo del ERP.
Saer Sí, aparece en... "Amigos" y aparece en Glosa también, donde es el personaje principal, junto con el matemático.

El diálogo completo entre Piglia y Saer en el que hacen un recorrido por los personajes de la obra del autor de Cicatrices, acá.

martes, noviembre 04, 2008

Después de Cortázar: historia y privatización (David Viñas)

Este artículo de Viñas publicado en 1969 en la revista Cuadernos Hispanoamericanos tiene, por lo menos, dos o tres cuestiones para rescatar:
1. Por un lado, en su lectura de la incidencia de Cortázar en la “nueva generación de narradores” del momento, Viñas recoge para su artículo algunas obras que si en su momento eran la llave de entrada de ciertos escritores al campo literario argentino, actualmente han quedado en el olvido (paradigmático sería el caso de Los parientes de Ricardo Frete; y respecto de los demás ¿cuándo fue la última vez que se reeditaron Nosotros dos de Néstor Sánchez y Nanina de Germán García?; a lo mejor, se abriría otro interrogante más productivo: ¿vale la pena volver a publicarlos? Sánchez está siendo republicado, García no tiene la misma suerte);
2. Por otro lado, el artículo en sí es un modelo de crítica literaria bastante atractivo, pues, si bien tiene su momento de análisis inmanentista (de análisis de la “comarca de la literatura”, como dice Viñas), éste se niega a conformarse en las letras impresas de los libros y, a partir del establecimiento de un linaje que va de Piglia a Puig en un “movimiento progresivo y creciente”, propone una serie de interrogantes para intentar una lectura que verifique las relaciones, a través de determinadas estrategias textuales, de los textos con los contextos. En todo caso, Viñas volvía a interrogarse en este artículo, como lo hace en toda su obra, sobre cómo la literatura puede dar cuenta de una época determinado, de qué decisiones estéticas tienen un fundamento o, al menos, un condicionamiento extraestético, contextual, de cómo las posiciones (y decisiones) estéticas se vuelven posiciones (y decisiones) políticas inevitablemente, etc.;
3. Por último, me parece que el artículo tiene el tono clásico de Viñas en torno a un objeto no tan clásico dentro de su producción que, por lo general, estuvo más abocada a escritores e intelectuales argentinos del siglo XIX y a ciertos escritores del siglo XX que actualmente continúan formando parte del canon (y por ende, continúan siendo publicados) y que algunos lo lograron, en cierta medida, gracias a las lecturas de este parricida y de otros miembros del campo intelectual.

DESPUÉS DE CORTÁZAR: HISTORIA Y PRIVATIZACIÓN

La incidencia de Cortázar sobre la nueva generación de narradores argentinos es evidente: enhebra la ancilaridad expresa del Jaulario, de Ricardo Piglia; la subrayada deliberación de los epígrafes recortados de Néstor Sánchez, o se balancea ambiguamente en la andadura de la Sumbosa, de Aníbal Ford (especie de glíglico o neojitanjáfora), hasta escurrirse por entre los idiomas desarticulados, entremezclados, y la ironía cautelosa y disolvente frente a lo enfático en Los parientes, de Ricardo Frete. O reaparece pringosamente en el parloteo de clochards y atorrantes porteños de Germán García, hasta encallar en la disolución-de la perspectiva balzaciana en La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig.
Julio Cortázar, común denominador de la más reciente generación literaria argentina. Sea. Pero si una generación es una estructura (y como tal una mediación y no un dato orteguianamente ideologizado), los comunes denominadores de una estructura generacional me dan solamente un esqueleto. La carnosidad de cada individuo se me disuelve como si lo hubiera sumergido en algún ácido; para recuperarla necesito palpar la menuda complicidad con las palabras de cada texto en particular. Operemos, pues, a nivel de texturas.

I. La oscilación comienza por ser el dato estilístico más significativo de Ricardo Piglia. Diría, la seducción y el intento de conjuro frente a ciertas palabras, a determinadas actitudes y figuras. Pues si la primera edición de su libro se llamó Jaulario, la significativa mutación en la segunda cambió en La invasión. Es decir, fascinación por Cortázar y enérgico, desgarrado distanciamiento respecto de Cortázar: sometimiento a la reiterada sombra del hermano mayor, del líder o del iniciador y polémico, empecinado debate hacia el que llegó antes, el más avezado y dolido en la cabalgata del aprendizaje. Si por un lado las palabras resultan gomosas, ambiguas (con la escurridiza, engañosa blandura de gotas de mercurio), por el otro requieren una mutilación endurecedora en su exigencia de faena cotidiana, urbana y despiadada. Entendámonos: si Jaulario alude a una metáfora central de encierro y repetitiva circularidad, al convertirse en La invasión lo primero que se verifica es el desgarramiento en la ciudad y en uno mismo: estoy bloqueado, pero pretendo seguir avanzando, viene a decirnos Piglia; en el revés de la trama de toda penetración se lee un «soy penetrado». En el endurecimiento como proyecto mayor de sus protagonistas (y como rasgo obsesivo) se esboza la debilidad permanente; en el «ponerse duro», el terror a «diluirse». Y en las alusiones laterales a Hemingway o Scott Fitzgerald, a través de boxeadores o estudiantes, si el exterior implica ademanes insolentes y conmovedores, el adentro, la penumbra o el cuchicheo de los rincones instaura la atenuada, ávida pausa del repliegue.

II. Si el desgarramiento entre la historia y la interiorización recorre longitudinalmente la primera obra de Piglia, en el trabajo inicial de Aníbal Ford la acentuación del desplazamiento hacia la clausura se va haciendo más nítida: los rincones no son ya los de la propia vivienda, sino que los personajes de Sumbosa van trocando sus propios cuerpos en rincones. Y esas topografías minuciosas se especializan cada vez más en lo detallado y mínimo: axilas, poros, lacrimales, lóbulos. La dimensión de la mirada infantil se va elaborando y, correlativamente, lo que era esporádica inseguridad en el universo de Piglia, se agrava aquí en permanente perplejidad, en fracaso. Frente a los adultos, la interioridad se convierte en regresión temporal. Las palabras ya no son ambiguas, sino penetradas de corrosión y las referencias concretas necesitan repetirse minuciosamente para que se sacudan el moho o el sarro del deterioro: las plazas, las calles, los lugares de Buenos Aires deben ser nombrados reiterada, exacerbadamente para que no se desvanezcan. Pero esta suerte de empirismo estadístico carece de globalidad. Un poro sin la totalidad del cuerpo se torna cráter, abstracta e inquietante depresión lunar; «Calle Corrientes», «Plaza Mayor», «Retiro», carentes de contexto, terminan por convertirse en una nomenclatura que oscila entre lo alucinante y lo folclórico, donde la afasia del protagonista o la apraxia en los ademanes pugnan infructuosamente por conjugarse.

III. El tironeo de los hombres de Piglia, la acoquinada y sombría ineficacia de las figuras de Ford, en Nanina, de Germán García, se tornan cabalgata, huida acelerada: penetramos así en la velocidad conversacional de los picaros o en su charloteo frenético e indiscriminado. Se vive en cualquier parte, se habla de cualquier cosa, tanto valen la delación como la ternura. Los niveles morales, de entonación o selección de palabras, se disuelven en una playa homogeneización que si por el derecho facilita la cabalgata, por el revés de la trama corrobora esa suerte de flujo total que significa en profundidad lo disolvente. Allí sólo vale una alternativa: el trabajo o la magia (lo que vincula a Germán García con Roberto Arlt), y si el primero implica el pegoteo, la dificultad o la caída, la segunda presupone el vuelo y la disponibilidad.
Espacialmente, el trabajo se contrae sobre los horarios, el pozo, el sudor, la reiterada coacción del empleo (y la correlativa humillación del «ser empleado»); la magia remite, en cambio, a lo vacacional con su levedad desdeñosa del «puesto» y al aéreo escapismo de la mentira. Y mentir, en la infancia argentina, es ser «globero». No se juzga: eso implicaría los escabrosos recovecos del silogismo y la continuada tensión de lo discursivo. Más bien lo contrario: fraseo telegráfico donde la elipsis conjuga por igual las posturas del cuerpo, el ritmo del fraseo o la cortajeada carrera del pícaro (donde ningún trabajo se prolonga, compromete ni humilla). Y donde la historia se distancia cada vez más de todo lo que implique límite, rigor o sometimiento al proyecto en común. Por algo el individualismo insólito de Nanina finalmente se connota como una marginalidad donde los otros encarnan infracción: la violación ontológica del protagonista.

IV. Nosotros dos es el primer libro de Néstor Sánchez. Y desde el comienzo la implícita, la decisiva definición que subyace en un título se va apareciendo como comentario del universo del «nidito»: es la pareja deliberadamente separada del mundo la que cuelga en ese nivel equidistante del cielo y la tierra. Tú y yo suspendidos, enternecidos, aterciopelada, recíprocamente mirándonos el uno en los ojos del otro; cada uno espera comentario y ratificación de otro. Con las piernas encogidas, la existencia en el nido es prolongación de la infancia, su comentario y su templo. Y el uso de los diminutivos viene a corroborar en lo coloquial una decisión de apartamiento. Más aún, la persistencia lluviosa moraliza la escenografía: en un contorno hostil, el nido se convierte en garantía; más cerca de los dioses, se goza de ciertos privilegios (entre otros, el susurrado cuchicheo con lo alto) y del revoloteo sobre la cabeza de los hombres. Pero depositada sobre la tierra, sobre los caminos, la lluvia se convierte en barro: ése es el mundo real, Sánchez lo sabe, y la marcha de sus personajes se hace precaria. Pero cuando ese barro de las marchas se metamorfosea en excremento, nuevamente la moralidad aparece: se trata del fango pecaminoso. Es el momento de los gerundios y las parejas de Nosotros dos marchan pesadamente: «avanzando», «balanceándose», «tropezan¬do», «fatigándose». O «alternándose» y «vacilando» entre las oes de las frases disyuntivas: para «subir» o «bajar», para «descansar» o «seguir la marcha». O, decidida, definitivamente para enclaustrarse todavía más en un autismo que, en los aciertos, logra convertirse en poético conjuro de una ciudad que se balancea entre Borges y Arlt y que aspira a una alta síntesis «entre Bach y Cobián».

V. La interiorización de Ricardo Frete se dilata desde la pareja hacia la dimensión de Los parientes. Esa peculiar combinatoria doméstica respecto del pasado recupera no ya la mirada de los europeos del siglo XVIII sobre el «buen salvaje», sino la de los sagaces y apopléticos viajeros ingleses del siglo XIX sobre los «buenos clientes» del Río de la Plata. De ahí que los protagonistas de Frete detenten una mirada que participa de la familiaridad y el distanciamiento: extraños en la provincia argentina, se instalan en Europa para culminar (y cerrar, claro está) esa vieja nostalgia de «espiritualización» de que carecen en su corpórea cotidianidad americana. Viajeros al revés, si prolongan a Sarmiento, Mansilla o Güiraldes, reiteran sin perfeccionar la marcha cortaziana (que, consecuente con su Casa tomada, logra el «cielo» de Rayuela, pero para incurrir en la dialéctica mutilada de la paradoja que insidiosa, obsesivamente lo retrotrae a la «tierra»). Nada de extraño tiene, pues, que lo más rescatable del universo de Frete resulte la zona ilegal y brumosa donde residen los antiguos criados. Qué duda: ese es el tradicional enclave donde los «niños» de la literatura argentina instauran sus privilegios y sus terrores, sus revanchas y sus inútiles y entrañables quimeras.

VI. Y, por último, Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, donde el apartamiento alcanza el límite en esa zona de encierro, penumbra y fantasía que es el cine: allí dentro la elusión del cuerpo culmina en la proyección sistematizada, institucionalizada. Y el distanciamiento se concreta en esa suerte de mirada pura que asiste a la consumición sin riesgo: me siento en la platea, miro, estoy en medio de la oscuridad, nadie me ve, sólo brilla allá adelante esa pantalla luminosa, allá hay sombras que se mueven, son hombres, son los hombres, aquello es la vida y yo no intereso ni existo. Y de ahí, un paso más: el autor se escamotea en la organización del collage que, por definición, es el armado de una serie de fragmentos, cuya responsabilidad recae sobre otros. La marginación se da, por lo tanto, no sólo en el arrinconamiento que se valida por el ejercicio de lo imaginario como espectáculo, sino en la asunción de una estructura que orgánicamente parece prescindir del sujeto. Y, por si algo faltara, donde el escamoteo del sexo como malestar ante el propio cuerpo, como culpabilidad y riesgo, exacerba hasta el límite la dimensión del repliegue: si me limito a contemplar películas, la historia se desplaza desde mí hacia la pantalla—nos susurra Puig—, pero si mi cuerpo es un soporte indiferente, toda contradicción se evapora.

En fin, que a partir del señalamiento de la influencia de Cortázar como común denominador incidental sobre una constelación de autores, paulatinamente advertimos que la linfa más profunda que los emparenta es un movimiento progresivo y creciente. Lo que aparece como síntoma en Piglia o como coloración en García ya resulta definitorio en Puig. Son matices y pasos paulatinos: inquietud ante el exterior, intento de conjuro, torpeza frente a lo concreto cotidiano, incapacidad operativa, repliegue, arrinconamiento creciente, abdicación de todo proyecto modificador, desinterés, exaltación de la intimidad, separación, alejamiento exacerbado hasta, por fin, enclaustramiento y encierro total. Cierto: estamos en la comarca de la literatura. En la zona de los textos y las texturas. La comprensión crítica podría detenerse aquí: un proyecto de crítica recortada, de crítica inmanente. Pero si la literatura sólo me remite a sí misma, corre el riesgo de la tautología, y una crítica interna sólo puede ser un momento dentro de una crítica que aspira a ser global.
Así es que, luego de la verificación de la elusión, omisión o rechazo de la referencia histórica concreta, cabría plantear algunas correlaciones desde los textos hacia el contexto:
1) Este común denominador verificable en Piglia, Ford, García, Sánchez, Frete y Puig, ¿presupone una actitud polémica, pendular frente al tono de compromiso explícito con la historia que caracteriza a los narradores argentinos aparecidos alrededor de 1955?
2) ¿Correspondería vincular a estos seis autores, cuyas obras aparecen entre 1966 y 1968 con la caída del gobierno de Illia y la clausura de una alternativa política inmediata? El signo de liquidación de los partidos políticos tradicionales y la propuesta de apoliticismo posterior a junio del 66, ¿implica un ingrediente decisivo para estos narradores?
3) La muerte del «Che» Guevara en octubre de 1967, ¿no supone el cierre del fervor jubiloso con que los intelectuales jóvenes argentinos saludaron el proceso cubano en 1959 y que, por momentos, alcanzó manifestaciones límites en una suerte de «guajirismo» idealista? Esta depresión política, ¿no se refracta en la narrativa "de la que podría ser llamada «generación del 66»?
4) Las propuestas e incidencias generales de despolitización, ¿no encuentran acaso una formulación más sistemática en un fenómeno que provisoriamente podríamos denominar «seudoestructuralismo» en la medida en que ideologiza métodos válidos en tanto tales? ¿No es acaso decisivo en esta propuesta la sectorización del quehacer intelectual? ¿No es clave, acaso, la validación de la parcialización del pensamiento respecto de la cotidianidad histórica?
Yo creo que sí. Estas cuatro coordenadas condicionan decididamente la narrativa argentina aparecida alrededor del 66 que prolonga los resultados literarios de Cortázar. Pero que si en su núcleo significativo puede explicarse como una decidida reacción frente a la omnipotencia de la tradicional óptica balzaciana, corre el riesgo de encallar en una nueva forma de impotencia. Porque, mirando bien de cerca, lo que tiene que decirnos esta literatura en la última instancia de sus formas más exacerbadas no es «Dios ha muerto, todo es posible», sino El hombre ha muerto, todo es imposible.

—DAVID VIÑAS (Talcahuano, 485. BUENOS AIRES, Argentina).

Fuente: Cuadernos Hispanomericanos, nº 234, Madrid, junio de 1969.

domingo, octubre 05, 2008

Rodolfo Walsh y el lugar de la verdad (Ricardo Piglia)

En 1993, Ediciones de la Urraca recopiló en La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia los trabajos del crítico literario argentino en la revista Fierro, ensayos sobre la violencia en la literatura argentina acompañados por historietas de distintos dibujantes y guionistas sobre las obras que Piglia tomaba para sus análisis. Los breves ensayos que nos presenta este libro, que van desde El matadero de Echeverría hasta Boquitas pintadas de Puig, poseen una estructura peculiar que consiste en párrafos aislados que condensan de forma bien resumida ideas centrales que van tramando en su sucesión una lectura centrada en la representación de la violencia y la relación con el contexto socio-histórico en las obras seleccionadas.

Pero hete aquí que el libro no recopiló todos los ensayos de Piglia, faltó el dedicado a Operación Masacre de Rodolfo Walsh con su respectiva historieta dibujada por Solano López y adaptada por Omar Panosetti cuyo título es "Rodolfo Walsh y el lugar de la verdad". Este ensayo y su historieta fueron publicados en la revista Fierro nº 37 (sept. 1987) y, luego, el ensayo solamente apareció en la compilación de Jorge Lafforgue, Textos de y sobre Rodolfo Walsh (2000).

Aquí les dejó, pues, el texto de Ricardo Piglia sobre la obra de Walsh y un link a la revista Fierro nº 37 con la que podrán deleitarse en la lectura de la historieta de Operación Masacre y demás yerbas.

Rodolfo Walsh y el lugar de la verdad

Ricardo Piglia

Narrar el horror."La novela política tal cual la conocemos —decía Brecht— es imposible después de Auschwitz." ¿Se puede usar la ficción para narrar el horror? Walsh percibió ese límite cuando la masacre de José León Suárez. Un grupo de civiles había sido fusilado clandestinamente en junio de 1956 por la policía de la Libertadora. Uno de ellos estaba vivo. Walsh entró en contacto, comenzó a investigar, encontró a otros sobrevivientes, reconstruyó los hechos, inició una campaña de denuncia. A fines de 1957 reunió los materiales que había publicado en el periódico Mayoría, entre mayo y julio de ese año, en la primera edición de Operación Masacre.

Una novela verdadera."Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela; lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con este tema. Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte. Por otro lado, el documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas", decía Walsh en 1970.

Una lección. Operación Masacre es una respuesta al viejo debate sobre el compromiso del escritor y la eficacia de la literatura. Frente a la buena conciencia progresista de las novelas "sociales" que reflejan la realidad y ficcionalizan las efemérides políticas, Walsh levanta la verdad cruda de los hechos, la denuncia directa, el relato documental. Un uso político de la literatura debe prescindir de la ficción. Esa es la gran enseñanza de Walsh.

Una tradición. En este sentido no hace más que tomar una tradición que se remonta al Facundo, es decir, a los orígenes de la prosa argentina. Walsh es muy conciente de la oposición entre ficción y política, clave en la historia de nuestra literatura. Su obra está escindida por ese contraste y lo notable es que, a diferencia de tantos otros, comprendió siempre que debía trabajar esa tensión y exasperarla. Liberar su ficción de las contaminaciones circunstanciales y usar su destreza de narrador para construir textos de crítica política y de denuncia.

Las dos poéticas. Esta escisión define dos poéticas en la práctica de Walsh. Por un lado está el manejo de la forma autobiográfica del testimonio verdadero, del panfleto y la diatriba, en la línea del padre Castañeda, de Sarmiento, del Hernández de la Vida del Chacho, de los grandes prosistas del nacionalismo como Anzoátegui, incluso el Martínez Estrada de Las cuarenta. El escritor es un historiador del presente, habla en nombre de la verdad, denuncia los manejos del poder. Su Carta abierta a la Junta Militar, enviada el mismo día de su desaparición, es el ejemplo más alto de su escritura política.

Ficciones. Por otro lado para Walsh la ficción es el arte de la elipsis, trabaja con la alusión y lo no dicho, y su construcción es antagónica con la estética urgente del compromiso y las simplificaciones del realismo social. Basta pensar en "Cartas", uno de los mejores relatos de la literatura argentina, donde a partir de un pueblo de la provincia de Buenos Aires en los años de la década infame, Walsh construye un pequeño universo joyceano, una suerte de un microscópico Ulises rural, mezclando voces y fragmentos que se cruzan y circulan en una complejísima narración coral. Siempre alusivo y sutil, Walsh cultivaba el álgebra de la forma como un modo de asegurar la autonomía y la eficacia específica de sus cuentos.

La investigación. Las dos poéticas están sin embargo unidas en un punto que sirve de eje a toda su obra: la investigación como uno de los modos básicos de darle forma al material narrativo. El desciframiento, la búsqueda de la verdad, el trabajo con el secreto, el rigor de la reconstrucción: los textos se arman sobre un enigma, un elemento desconocido que es la clave de la historia que se narra. Cuentos como "Fotos" o "Esa mujer" o "Nota al pie" no son estructuralmente muy distintos al Caso Satanowsky o a ¿Quién mató a Rosendo?. El relato gira alrededor de un vacío, de algo enigmático que es preciso descifrar, y el texto yuxtapone rastros, datos, signos, hasta armar un gran caleidoscopio que permite captar un fragmento de la realidad.

El periodismo. Por supuesto la marca de Walsh es la politización extrema de la investigación: el enigma está en la sociedad y no es otra cosa que una mentira deliberada que es preciso destruir con evidencias. En este punto para Walsh el periodismo es sobre todo un modo de circulación de la verdad. Por eso el uso y la construcción de canales alternativos para la difusión de la denuncia es un elemento clave. Desde la publicación en Revolución Nacional o en Propósitos de los primeros textos de Operación Masacre a las entregas de ¿Quién mató a Rosendo? en el Semanario de la CGT esta línea alcanza su punto máximo en la tarea clandestina de denuncia e información sobre la dictadura militar que realiza en 1976 y 1977 por medio de La cadena informativa, un sistema de circulación de textos y noticias que ha sido reconstruido y analizado por Horacio Verbitsky en su libro Rodolfo Walsh y la prensa clandestina.

Los estilos. Este conjunto de prácticas y de estrategias de escritura se combinan para formar la obra múltiple y la única de Rodolfo Walsh. El relato policial, el panfleto, el ensayo, la historia, la denuncia, el testimonio político, la autobiografía, el periodismo, la ficción: todos estos registros se unen sostenidos por una escritura que sabe modular los ritmos y matices de la lengua nacional. Walsh era capaz de escribir en todos los estilos y su prosa es uno de los grandes momentos de la literatura argentina contemporánea.

lunes, octubre 23, 2006

La fiesta interpretativa

(Aclaración: lo siguiente es una lluvia de ideas, no un texto “coherente”.)

Hace un tiempo que vengo pensando en la utilidad de la crítica literaria y, sinceramente, cada vez estoy más desilusionado. En principio, convengamos que leo más libros de crítica y teoría literaria que de literatura. No hay nada que hacerle, mis gustos metaliterarios pesan más que los “primarios”. Pero en este trance de lecturas y en el proyecto de un futuro, comencé a pensar en la crítica literaria y su utilidad. Confieso: no llegué a nada.

Hay que decirlo: la fiesta interpretativa es para unos pocos. La crítica literaria, ni que hablar de la teoría literaria, tiende a la formación de cenáculos donde se discuten las lecturas que se hacen de la literatura desde las perspectivas teóricas más intrincadas del universo discursivo. ¿Qué persona no preparada en estos menesteres entiende, por ejemplo, a Ricardo Piglia? Me acuerdo que en una librería (de útiles, no de libros), conocí a una chica que estaba terminando el secundario y que tenía que rendir una evaluación sobre El juguete rabioso de Arlt. Yo, iluso, le presté para que fotocopiara la lectura que hace Piglia del mismo (la del dinero, la transgresión y la circulación de la lectura). En su momento le dije que si no entendía el artículo, que me escribiera. De más está decir que nunca me escribió y todavía hoy tengo la incertidumbre de si lo habrá entendido o no. Vaya uno a saber...

La crítica literaria es el placer masturbatorio de rescribir, sobrescribir y contraescribir una escritura ya trazada en la hoja en blanco. No se parte desde la nada sino desde la proliferación de sentido que expone esa escritura que pide a gritos ser interpretada, ser leída, ser ordenada por alguien o por algo que encuentre su sentido. Sin embargo, la crítica literaria agrega su plus de significado a la literatura que proviene ya sea de la contextualización del texto como de las referencias a las condiciones de producción del autor o la inscripción de la lectura a un sistema o una corriente interpretativa determinada.

Ahora bien, todo eso: ¿de qué sirve? Entiendo que para algunos autores es necesario leer con detenimiento, desarrollar ideas que le den sentido al texto pero, igualmente, no termino de captar la utilidad de la crítica. Sí, ya sé, la “noción de gasto”, la inutilidad de la literatura, etc. Pero no me satisface escribir sobre la literatura si eso no permite ninguna transformación en la realidad: me siento en aislamiento total, escribiendo lecturas para compartir entre colegas y en congresos eruditos que hablan sobre lo transgresor que es Bolaño pero que no explican como llevar esa transgresión a la práctica. El vínculo entre la crítica y la realidad está roto, ni que hablar de su relación específica con la política. Es divertido leer desde Bataille o desde Deleuze a todos los autores vanguardistas o buscar la ideología en Borges, pero no veo que eso produzca algo en la sociedad. No quiero caer en un pensamiento protorevolucionario ni en la espera de una transformación que no asoma por el horizonte, pero tampoco me llena encerrarme en la torre de marfil a cuestionarme sobre si Sarmiento es o no es el primer escritor de la literatura argentina.

jueves, septiembre 28, 2006

El día que aprendí a leer (tan sólo una anécdota)

Una pregunta bastante usual para cualquier conversación cotidiana incluye por parte del interlocutor alguna de estas dos preguntas, o quizá la composición de ambas: ¿trabajás? ¿estudiás? Desde que empecé la carrera de Letras, me acostumbré a enfrentarme a ciertas reacciones frente a mi respuesta a las que, me imagino, no se enfrenta de habitual un estudiante de Medicina o Derecho: así, inventé, cambié y varié versitos para explicar de que se trataba, argumenté en favor de su utilidad, desmentí deificaciones... lo más fácil es decir que en Letras se estudia Literatura, ahí se acaba el circunloquio.
Pero a la hora de ir mas hondo, a veces mi propia explicación resulta contradictoria con mis fines: ¿por qué yo, que estudio literatura, me dedico a la lingüística? Creo que mi respuesta, y la de muchos compañeros, es muy simple: lo hacemos porque amamos la literatura. ¿Qué mejor, muchas veces, que sentarse a leer una buena novela, o recitar a solas algún poema, devorar algún cuento corto? ¿Qué mejor forma de encarar la literatura que esa? Después de un par de años de lucha, aprendí a entender que ningún profesor nunca me enseño a leer, mis mejores maestros, en todo caso, fueron mis compañeros.
El disparador del recuerdo se lo debo a mi amigo personal Omar. Me acuerdo que la primer monografía de mi historia, espantosa por lo demás, era sobre The lesson of the master, de Henry James. Los que me conocen saben de mi devoción por James y por la literatura estadounidense en general. Yo no lograba encontrar aquello que se llamaba eje de lectura; yo lo leía, lo releía y lo volvía a leer: ¿sobre qué me iba a basar? ¿qué es un eje? ¿en qué parte del cuento estaba? Yo lo buscaba y no lo encontraba. Hoy no lo encontraría. Pero la vida es buena y yo aprobé Teoría y Análisis Literario, habiendo aprendido que en el cuento de James nada había más divertido que ver al personaje rebajarse y estupidizarse una y otra vez, ver su incertidumbre, su ansiedad, cerrar el libro y quedarse con la intriga y, por sobre todas las cosas, tener a alguien cerca que lo hubiese leído y empezar a resaltar tal parte, tal otra. Tenía un compañero que me contaba lo gracioso que le había parecido el principio, o qué bien que avanzaba el final y yo pensaba ¿ése era el eje?
Vick me cuenta de no-sé-qué literatura (como materia) en la facultad que está llena de dossiers de crítica y hace que parezca que todo ya está dicho. Yo le digo todo lo contrario, la literatura, o mejor dicho el que ama a la literatura tiene que pensar que en realidad no hay nada dicho, que todo se está por decir. Podemos leer toda la crítica que nos guste, pero ¿de qué sirve un libro sino tiene un lector enfrente? La crítica podrá tirarnos unas guías, mostrarnos un camino, pero una buena manera de utilizarla puede ser seguir el consejo de Machado, el mismo que Serrat metaforizaba para la vida: Caminante, son tus huellas el camino y nada más. La gente con la que más me he divertido hablando de libros fueron libreros, ahí sí que hay una cita para todos, un personaje por personalidad, una escena por situación. Muchos de mis amigos que más aman su literatura se alejan necesariamente de las literaturas.
Sí, ya sé, seguro que nadie está de acuerdo. Seguro que no es sofisticado. Las cosas tan simples tienen que ser demasiado superficiales, hace falta agudeza para encontrar lo inexistente que, frecuentemente es lo más interesante. Omar, otra vez, me contaba de la monumental tesis de un amigo suyo sobre Los Premios de Cortazar, que se cayó como un castillo de naipes en una noche de cervezas entre anécdotas de "y te acordás la parte en que..." Que Borges me perdone, pero el Martín Fierro no sería el Martín Fierro si no pudiese recitarlo al unísono con mi abuelo como si fuera un tango: ahí algo hay. Hablo de dejar de pensar lo académicamente correcto, lo estéticamente racional-vanguardista. A veces me gustaría leer a Sarmiento sin saber lo que opina Piglia.
Y cómo recomendar entonces. Recomendame un libro vos, que estudiás literatura. ¿Qué opinás del Código Da Vinci? "¿No leyó el Quijote? Usted no merece estar aquí" (J. W. sic) Tenés que leer Ficciones, que es una obra fundamental de la literatura argentina. ¿No entendés Tlön, Uqbar, Orbis Tertius? Creo que yo tampoco le encontré demasiada gracia. Deberías probar con el diario renacentista de algún conquistador. O quizá una prostituta brasileña tenga algo mejor que decir, pero es fundamental que distingas las partes naturalistas de las realistas. Eso sí, no agarres un libro de Mallea che, que no se usa. Mejor probá con Lamborghini. Es mejor que arriesgarse con alguno de estos pichis nuevos. Vamos a descubrir que al final el Martín Fierro no era tan oficialista como decían.
No quiero pagar el costo de no saber si algo me gusta al precio de saber decidir incomprobablemente si algo es bueno o es malo. Guillermo, si alguna vez pasás por acá y lo estás leyendo, brindo por vos.

miércoles, junio 21, 2006

Cuadernos de Recienvenido

Revolviendo la web, encontré los Cuadernos de Recienvenido, publicación editada por Jorge Schwartz en la Universidad de San Pablo, Brasil.
Hay números para todos los gustos: autores-contraseña al estilo de Ricardo Piglia y Edgardo Cozarinsky; una entrevista a Juan José Saer; un homenaje a Néstor Perlongher en el que participan Glauco Mattoso, Haroldo de Campos y Nicolás Rosa, entre otros; un especial sobre Borges; un ensayo sobre Scalabrini Ortiz; otro ensayo sobre la revistas culturales argentinas (1981-1987) ; y demás números para quemarse las retinas leyéndolos en el monitor (aunque siempre está la costosa opción de imprimirlos ya que varios de los números son cortos). Dénse una vuelta que no se van a arrepentir.

PD.: Todo el mérito del hallazgo se lo debo al link de Link al Google Académico.

domingo, noviembre 06, 2005

Milanesa con papas

Me propongo aquí hacer un breve comentario elogioso sobre el escritor argentino Gustavo Nielsen y arrimarlos a su escritura. No creo que éste lo necesite, ni me une hacia él una amistad, solo que como así él se canso de que la impunidad reine hasta en los concursos literarios, a mí me harta a menudo que la impunidad impere en las guerras del campo literario y se maneje por amiguismos y lobby; y no por buenas razones.

Piglia estafó junto a su editor a todos los participantes de aquel concurso. Nielsen lo comprobó ante la justicia. La justicia (esa mujer hermosa que nunca se deja seducir) por una extraña razón funciono como debe funcionar. No hay mucho mas que decir al respecto. Piglia es un gran escritor, pero en este concurso opero como un estafador. Todos los amigos defensores de causas perdidas salieron a cubrir a Piglia. El mismísimo Bayer (sí, Osvaldo Bayer) uno de los hombres que más admiro de este país, salió a defender a Piglia. Y cuando Gustavo Nielsen lo increpó, dolido, al ver su firma, este se excuso diciendo que había defendido a Piglia porque era su amigo. Parece que la amistad puede con todo, hasta con los crímenes.

Fuera de este nido, me interesa elogiar a Nielsen, porque además de comprobar que con buenas razones ganó su juicio, es un gran escritor. Sus cuentos rozan el género del horror pero con un contenido posmoderno: la decadencia de los vínculos humanos, el racismo, la explotación. Y trabaja, sobre todo, el género fantástico desde situaciones de una originalidad y creatividad que escasea.

Pueden encontrar sus dibujos (el tipo además es arquitecto e ilustra la tapa de sus libros), comentarios y cuentos aquí:

http://www.mandarinasdulces.blogspot.com/

http://www.milanesaconpapas.blogspot.com/

 

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