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sábado, octubre 25, 2025

Vidas paralelas. Sara Gallardo y H. A. Murena, algunos apuntes cronológicos

Este año en Lecturas y exhumación, la serie de encuentros sobre literatura olvidada argentina que llevo adelante desde 2021, conversamos sobre Eisejuaz, de Sara Gallardo. Intenté proponer, no sé si lo habré logrado, un lectura cruzada con Murena (en su encuentro leímos Polispuercón). Me interesa ese concepto, esa idea de "vidas paralelas" que puede utilizarse para comparar vidas y obras, en este caso las de Murena y Gallardo quienes estuvieron unidos en pareja. 

Con motivo de esos encuentros, armé una serie de apuntes cronológicos para intentar recomponer en qué puntos de la vida y de la obra de Sara Gallardo parecía colarse la sombra de Murena. Comparto pues estos apuntes para quien pueda sentirse interesado al respecto.

Tengo un objetivo secreto: encontrar, alguna vez, una foto de Gallardo y de Murena juntos. Hasta ahora no he podido dar con ese material... Pero ¡la literatura sabe esperar!

   
c. 1963. Sara Gallardo rompe relación con Luis Pico Estrada, su primer marido, y comienza su relación con H. A. Murena // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
En el 55 empecé a trabajar como periodista, hice muchos viajes en calidad de tal y en calidad de escritora, y una vez más tarde en calidad de señora (con Héctor Murena, cuando ganó la beca Guggenheim). Anduve por países árabes, Grecia, Turquía, mandando notas a la revista Atlántida, que por ese motivo se fundió. Fue muy divertido. Después me divorcié. En 1963 publiqué Pantalones azules, un opio de novela, que causó decepción general aunque ganó el tercer premio municipal. Ese mismo año conocí a Murena. Empezó una época de gran actividad: a la tarde trabajaba como redactora de Primera Plana y por la mañana escribía Los galgos, los galgos, mi primera novela gruesa aunque sin mérito de gruesa porque le sobran unas 40 páginas. 
1971. Publica Eisejuaz // Entrevista con Cristina Wargon:
Este libro nace de una manera un poco rara. Yo leí la historia de un monje de Alejandría, un letrado que precisamente dedica su vida a cuidar un paralítico para salvar su alma y la de otro, pero éste era una persona tan malvada que finalmente el hombre desespera hasta de sí mismo y quiere abandonarlo. Va entonces a un convento a plantear su problema, luego ambos mueren con pocos días de diferencia. Esta historia yo la quería contar en otras circunstancias y cuando fui al Chaco tomé nota de los relatos de un indio, capataz de una misión, que me impresionaron profundamente. Fue Murena quien me sugirió que contara la historia del monje pero en este medio. En un principio me pareció totalmente imposible pero él me acerco unos textos de una cautiva en el Amazona que me fueron muy útiles para comprender el tono que podía usar. A través de todo ello fui armando el libro, con trabajo, disciplina y una gran tarea de corrección. Allí reinventé ese idioma basado, en parte, en las notas que había tomado pero que se fue organizando según sus propias leyes. En cuanto al personaje en sí, la idea me la dio un amigo boliviano [¿Jesús Urzagasti?] quien conoció un mataco gigantesco, un hombre que cantó antes de ser asesinado. Las historias sobre este indio me impresionaron sobre todo porque, aún conviven en esa zona dos realidades, una cotidiana y otra casi mágica, enormemente más rica que la nuestra. Allí perviven, como natural, los dones proféticos y todos esos dones, pero que están presentes en la Ilíada o en la Biblia, por ejemplo. 


Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz:
Y el libro terminó siendo la historia de una vocación, en la que un hombre de raza mataca es llamado para una misión que él supone importante, y que resulta ser, precisamente, cuidar a un paralítico infame y, encima, blanco. Pero él sigue su vocación o su misión hasta el fin. Todos mis libros, bien mirados, enfocan este tema: en el primero hay una chica que se deja hacer un destino; en Pantalones azules hay un joven guiado por prejuicios, por un código de ideales mentales sin relación con la realidad, y él elige ese camino de irrealidad. Recién en Eisejuaz encontré la posibilidad de reflejar a un hombre más fuerte que su destino, capaz de cumplir con su misión. (No olvidar que por ese entonces Héctor Murena había pasado a ser ‘el intelectual más desacreditado de América’, después de haber sido el niño mimado, y sin embargo, había seguido su voz interior sin la menor vacilación). 
1975. Aconsejada por Murena, recorta Los galgos, los galgos y publica Historia de los galgos. // Fallece H. A. Murena el 05-05-1975. // Testimonio de Paula Pico Estrada, hija de Sara Gallardo:
Cuando enviudó, sufrió un golpe muy fuerte y después de su última novela, La rosa en el viento, no pudo volver a escribir. O por lo menos así lo sentía ella. Es probable que, en términos médicos, haya estado deprimida y por tanto no se haya podido concentrar. Pero el lenguaje psicológico no es bello, así que se mantuvo alejada de ese tipo de interpretaciones y del consuelo que a otros a veces nos traen. Ella creyó más bien que la habían abandonado los dioses de la escritura. Y empezó, con la misma entrega que antes tuvo para la escritura, una nueva etapa.

 

Sara y sus hijos se van de Buenos Aires y viven durante un tiempo en el Valle de Punilla, Córdoba, y más tarde en “El Paraíso”, residencia de Manuel Mujica Láinez. 

1977. Publica El país del humo, escrito entre 1972 y 1975, donde incluye la dedicatoria “A H. A. Murena” y el relato “El solitario” // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
Bueno, después de ese libro [Eisejuaz] yo hubiera podido proseguir el camino místico, pero me planteé la necesidad o el deseo de ser una persona que quiere contar historias. Porque el místico no tiende a contar nada, sino a callarse. Y me obligué a escribir a modo de ejercicio, los cuentos de El país del humo, unidos por el común denominador de América, un lugar donde nada permanece, donde todo lo hecho se borra enseguida y donde se levantan estatuas en una inútil batalla contra el humo.
Entrevista con Daniel Pliner: 
—¿Dónde queda el país del humo? 
—Aquí. América es el país del humo: un país imposible de catequizar, una pampa un poco expresionista, irreductible, desértica, salvaje. El humo lo abarca todo y crea una especie de fantasmagoría y de gran pereza. Es un mundo de monstruos. Y es a la vez fascinante. 
1978. Sara decide mudarse con sus hijos a España. // Prologa El secreto claro (diálogos), libro que recupera las conversaciones radiofónicas entre Murena y David J. Vogelmann en 1971-1972: 
Las dos voces de estos diálogos han callado. La de Murena el 5 de mayo de 1975, la de Vogelmann el 21 de junio de 1976. Quienes las oyeron recordarán el contrapunto que formaban. Recordarán la gravedad, la pasión de una; la lentitud, el acento extranjero de la otra. Recordarán las definiciones fulmíneas, las impaciencias, las vacilaciones, las bromas que eran el modo habitual de conversar de Murena, y que tan buen encuadre hallaban en la paciencia, en la erudición de Vogelmann. 


1979. Publica La rosa en el viento, con la dedicatoria: “A H. A. Murena In memoriam”. // Entrevista con Reina Roffé: 
—Dejemos tu país privado y vayamos al nuestro, al de todos. ¿Qué país dejaste? 
—Dejé un campo de batalla. Tengo en claro algo muy luctuoso. Estoy empapada en sangre argentina. Porque yo deseé que se terminara con la guerrilla, con los magos y las porquerías. Pero por algo le pasó a nuestro país lo que le pasó. Héctor [Murena] decía que todavía éramos un campamento, no un país, y que la violencia de la fundación iba a volver. Y no se equivocó. Yo no le creía, como criolla que soy. Él venía de afuera y veía mejor. Ahora leo sus ensayos y está claro. Sufría porque era una especie de profeta, una antena. Todavía no somos una comunidad. Desde afuera se ve bien. Aquí, como sabe, hay emigrados. Están los que juegan al teatro del héroe, hay de todo. No es mi caso, por supuesto. A mí me duele el país como destino. Y lo que extraño de la Argentina es su naturaleza, esa ausencia de paisaje. El río. La tarde con sensación de lejanía que tiene nuestro campo. Pero no puedo extrañar el país porque yo soy como el país. Te imaginás entonces las ganas que tengo de ir. Pero falta poco…
 
Tras dos años en Barcelona y dos años pasados en los Alpes suizos, de 1982 a 1988, mi madre, Sara Gallardo, vivió en Roma los que resultaron ser los últimos años de su vida. (…) 
Cuando poco antes de dejar Suiza le pregunté a mi madre por qué nos mudábamos una vez más y por qué precisamente a Roma, su respuesta fue ‘porque quiero vivir en el mundo clásico’. (…) 
Porque si hay una clave que puede definir los últimos años de la vida de mi madre, es justamente el binomio de espiritualidad y belleza. ‘Belleza’ no en el sentido canónico y ligeramente árido de la Estética sino en el sentido cálido, fértil y casi carnal de il senso del bello, ‘el sentido de lo bello’, que caracteriza al Barroco romano y su relación con la Roma clásica. La espiritualidad, en cambio, fue la de un reencuentro —si es que en algún momento hubiese habido un distanciarse— con la religión y la Iglesia. Un reencuentro al cual mi madre llegó a través de una madurez espiritual que le hacía considerar, con ese candor que la vida en Roma le puede dar a todo lo relativo a las religiones, las fascinantes consecuencias del sincretismo de los primeros cristianos. 
Así, por ejemplo, mi madre se conmovía al descubrir que la Virgen María no solo era la madre de Cristo sino que su figura también incorporaba el simbolismo de la diosa egipcia Isis. O que San Miguel no solo era el santo que llevaba el nombre de su hermano, sino también la incorporación al cristianismo de Mitra, dios cuyo culto llegó a Roma desde Oriente con las legiones, allá por los mismos años en que San Pedro y los primeros cristianos predicaban en Roma. 
Sus lecturas de esos años reflejan estos intereses: las crónicas romanas de Ferdinand Gregorovius, o los relatos de los descubrimientos del arqueólogo Amedeo Maiuri. Recuerdo en particular la conmoción que le causaba la descripción del hallazgo de una Venus de mármol policroma en el sur de Italia, así como la lectura de las Sagradas Escrituras, del filósofo Rudolf Steiner, y de todo lo relativo a la vida de Edith Stein, primera santa de origen judío. Este iba a ser el tema de su próximo libro, para el cual estaba investigando, y que desgraciadamente no llegó a escribir.
Ahora bien, que toda esta espiritualidad no confunda a los que leen estas líneas, nada de triste ni oscuro y autoflagelante en todo esto. Al contrario, creo que la espiritualidad de mi madre en los últimos años de su vida se diferenció de la de su infancia justamente por su luminosidad y alegría y, por cierto, por el haber germinado en el fértil humus del sentido del humor y auto-ironía tan propios de su carácter. 
1988. Fallece Sara Gallardo.

viernes, abril 15, 2022

"Historia dominical", un relato temprano de Sara Gallardo

Mientras hojeaba, hace unos años, la revista Entrega en busca de algunos textos de Marcelo Fox, me crucé con este relato de una jovencísima Sara Gallardo, de 30 años. Ya me había sorprendido esta publicación con otro texto temprano pero de Germán Rozenmacher. Probablemente esta revista olvidada de los años 60 siga ocultando detalles, líneas e historias que están ahí, listas para ser reactivadas... Quién sabe...

En el caso de "Historia dominical", de Sara Gallardo, se trata de un relato realista y humorístico para tiempos pascuales, de una lucha de atención en misas dominicales, de sombreros y limosnas. Si no me equivoco no fue antes recopilado en sus "Narrativa breve" ni similar.

¡Que los disfruten! ¡Pasen y lean!


Por alguna aberración, el domingo de Pascua Carmela inició su descenso al infierno. Hasta entonces vivió feliz, desconocía las pasiones, y esa mañana, poniéndose la boina para llegar a misa de seis, no presintió el próximo naufragio de su felicidad. La misa de seis era para ella como el almuerzo para el mozo de restaurant, es decir el momento en que la actividad específica se emplea en provecho propio, y esa vez, como todas las semanas, confesó al párroco su listita de pecados dichos en orden invariable, a los que seguían unos consejos y penitencia también invariables, que alguna vez la habían hecho pensar y rechazar rápidamente el pensamiento, si no sería lo mismo intercambiar unas tarjetas impresas. Después empezaba su tarea de pasar la bolsa de la colecta. 

Si la liturgia pudiera compararse a una montaña podríamos decir que la cumbre era la misa de mediodía. Una cumbre nimbada de sol, en la que llegado su momento Carmela aparecía con una sonrisa similar a la de los acróbatas cuando se empolvan las manos y toman la sombrilla. Iniciaba su paso entre los fieles agitando discretamente la bolsa y agradeciendo con un susurro. A medida que las misas se acercaban a la de mediodía, Carmela las sentía nutrirse de emoción, no tanto por el valor creciente de los billetes que caían en la bolsa sino en cuanto ellos simbolizaban a ese público que adormilado sobre sus hermosos zapatos y tan indiferente a Carmela como a la ceremonia llenaba la iglesia de una atmósfera que a ella le parecía comparable a ciertas funciones de gala que no conocía. Su pasaje por ese bosque encantado de elegantes y en todo caso admirables árboles que una vez por semana se ligaban a ella con un ademán inconciente constituía la razón de su existencia. El resto del tiempo cuidaba a su madre vieja, cocinaba y cosía. 

Pero el domingo de Pascua estaba tomando su café con leche después de la misa de seis cuando entró el teniente cura y le preguntó si con una iglesia tan grande no sentía la necesidad de una ayudante. Nunca le había gustado ese joven llegado a la parroquia mucho más tarde que ella. Los jóvenes siempre se las arreglan para armar barullo. Contestó con un bufido y el tema murió. Sin embargo a la otra semana estaba contando el dinero cuando el teniente volvió a entrar y apoyándose en la mesa la saludó y le preguntó por su salud. 

—Vengo a presentarle a la señora que desde hoy va a hacer la colecta junto con usted. La iglesia es muy grande y sola tarda demasiado tiempo. Pase señora, por favor. 

Laura Brughetti era viuda, usaba polvos de color ladrillo, el pelo decididamente claro y en especial un sombrero con un moño muy alto. Carmela, con las manos sobre la mesa, levantó los ojos en silencio. Ese día tuvo que ver, desde el ala izquierda a que había quedado restringida, cómo el moño en forma de periscopio navegaba sus aguas, recorría su bosque, recogía sus dádivas abordando a los fieles con un estilo escandaloso. Donde Carmela ponía párpados bajos, Laura usaba miradas sin reserva, y lo que es peor, ciertas sonrisas. 

Así empezó su infierno, y su vieja madre pareció sufrir esa semana. 

Al llegar el domingo tuvo que confesar un pecado nuevo. En el corto silencio que siguió a sus palabras volvió a tener la visión de la lista impresa, pero ésta vez, como en un boliche que ha cambiado cocinero, vio la anotación manuscrita de un plato inédito: el odio. Al ir a desayunarse encontró a Laura sonriente, con los rizos de muñeca cubiertos por un sombrero verde adornado de plumas, apenas si pudo saludarla, y cuando el párroco entró en busca de un libro se precipitó a mirar por la ventana, para no enfrentar al testigo de sus nuevas pasiones. Las plumas le respondieron desde el otro lado de la iglesia durante toda la colecta. 

Pasó una semana más y el domingo, mientras se vestía en la luz del alba tratando de no despertar a su madre, Carmela se estremeció a la vista de su boina de fieltro, pero se la puso con una nueva inclinación y salió hacia la iglesia sonriendo despectivamente. Alguna vez, Laura estaría obligada a repetir un sombrero. No ésta, sin embargo, en que apareció tocada con uno marrón y flores artificiales. 

Junto a esto sucedió otra cosa. En los entreactos, las dos iban a la sacristía y vaciaban las bolsas sobre una mesa para contar el dinero. 

El último domingo, la bolsa de Laura había traído algo más que la de Carmela. Pudo ser una casualidad, pero se repitió. Durante toda la semana, ella se había preguntado si por alguna coincidencia imposible de comprobar en otros tiempos, la parte más generosa de los fieles no se instalaría en el ala derecha de la iglesia, esa ala por la que ahora sentía el efecto de que una hemiplejía la hubiera privado de la mitad de su cuerpo, exactamente la mitad derecha con sus tres altares y la señora de tapado de astrakán parada junto al púlpito. Pero esta mañana se le ocurrió que su fracaso podía no ser casual. Que tal vez fuera una cuestión, digamos, de sombrero. Una cuestión, en fin, un asunto de seducción. Ahora bien, hacía treinta años que Carmela usaba con cierta sensación de audacia una melena cortada a media oreja, y exactamente cuatro de uso dominical de la boina azul. Esta vez, cuando Laura exclamó con alegre indiferencia: “¡La volví a ganar! ¡Setenta y tres pesos más!”, Carmela se sintió palidecer hasta la médula, con la soledad del secretamente aficionado a un vicio cuando lo oye mencionar en broma, o del enamorado frente al que hablan ligeramente de su amada. 

Inició una novena. Pedía la paz del alma bajo la forma del esclarecimiento de los motivos de su ventaja sobre Laura, y de paso, sin confesárselo, imploraba que ésta no estrenara más sombreros. El esclarecimiento vino; fue una nueva ventaja de Laura que disipó sus dudas, y la visión de un modelo escarapelado de verde, con una pequeña visera nimbada por el pelo de su rival. En un momento de soledad, Carmela desprendió el viejo broche con que esa mañana había renovado su boina. El estado de su conciencia era turbulento, y ese día no quiso confesarse, y mintió al párroco diciéndole que estaba enferma. Tampoco la mentira había figurado en su lista, y esa noche suspendió el examen de conciencia que tenía por costumbre; en cambio lloró, y las lágrimas mojaron su almohada. 

Apenas despierta dejó su madre al cuidado de una vecina y tomando un tranvía se fue al centro. Vio sombreros, pero al enterarse de los precios tuvo que volverse con las manos vacías. Siempre había sido paciente con su madre, pero la noción de su condena espiritual le quitó motivos de virtud. La viejita empezó a entristecerse. 

El domingo siguiente, Laura y Carmela volcaron una vez más las bolsas sobre la mesa de la sacristía. Laura pidió disculpas y fue un momento al cuarto de baño, y Carmela se encontró frente a un espejo, con una de las bolsas de terciopelo oscuro puesta como boina sobre la cabeza. “Estoy loca” murmuró tristemente. Oyó tintinear las pulseras de Laura a través de la puerta y sintió un remolino de odio. Inclinándose con rapidez echó un manotón al dinero juntado por su rival. La llave del baño giró y entonces trémula, guardó el puñado de billetes en su cartera. 

—¿Y? —dijo Laura— ¿Ya está contado? 

—De ningún modo. Esperé su vuelta, como es lógico —contestó secamente. 

Laura se fue bajo la lluvia indiferente a su derrota y enarbolando un paragüitas a lunares y Carmela volvió a la sacristía para reponer el dinero; el párroco estaba allí y al verla se levantó sonriendo. 

—Carmela, precisamente quería hablar con... 

—Tendrá que ser mañana, padre, mi mamá... está muy enferma. 

Al salir se cruzó con el teniente pero no lo saludó pues hacía algún tiempo que lo odia-ba y apenas llegada a su cuarto contó el dinero para saber la diferencia ganada por Laura. Comprobó que la ventaja había crecido. La lluvia corría por los vidrios de su ventana y en la plaza de enfrente los puestos vacíos de la feria parecían esqueletos. Cocinó a las tres, omitiendo la sal a propósito. 

—Esta comida está fea, y es tardísimo —dijo la viejita, temblando. 

—Si no te gusta no comas. ¿Y querés decirme por qué temblás así? 

—Porque hace frío. Hace media hora que te pido un abrigo. Parece que te hubieras vuelto loca. 

—Si no estás conforme contrata una enfermera. 

Siguió un silencio y Carmela, con un estremecimiento de terror por sí misma, levantó los ojos para mirarse en el marco de espejo de una estampa colgada detrás de su madre. Esa noche pensó el modo de devolver el dinero, y apenas se le estaba ocurriendo la idea de ponerlo en la alcancía de San Antonio cuando una imagen irrumpió en su mente. Era un sombrero como un nido de tules visto en el centro. Como ya no rezaba, no pidió ser librada de la tentación. 

Su entrada del domingo casi arrancó un murmullo de los fieles. Sin darse cuenta adop-tó el estilo de Laura, y empezó a clavar los ojos en los rostros que la miraban estupefactos, pero lo malo fue que Laura, tal vez por distracción, ni comentó el sombrero. Carmela pensó que por envidia y eso motivó su reincidencia. Ya ni su orgullo le importaba, y esta vez sacó dinero de su propia bolsa. 

—¿Está segura de pasar por todos los bancos? ¿No salteará algunos? —preguntó la otra comprensivamente cuando contaron la colecta. 

—No soy tan bonita como usted, hija. Los hombres no me dan —dijo Carmela apuña-leándose con la astucia de los culpables. Laura se defendió, ruborizada, y el domingo siguiente, al ver a Carmela con una capelina adornada de moños no pudo menos que hacer un comentario. También el párroco se mostró impresionado, y Carmela observó que la miraba con detenimiento. 

La competencia no trajo resultados muy notorios a favor de la bolsa de Carmela, pero ese problema ya no la afligía porque todos sus pensamientos se concentraban en el sombrero de la próxima semana. Y como reformaba sus compras para no repetirlas y trabajaba a escondidas, apenas si limpiaba la casa, cocinaba poco y a deshoras, y su madre pasaba largas soledades. 

El domingo de Pentecostés el párroco le salió al cruce en un pasillo. 

—Carmela —dijo—. Cómo tiene de abandonado a este viejo amigo... 

Ella escondió su turbación. Las campanas empezaban a sonar y se tapó las orejas. A través del velito de su sombrero veía la cara cuadriculada y punteada de su ex consejero que ponía en ella una mirada de preocupación. 

—¿Ha cambiado de confesor? —preguntó él después de un momento, y ella parpadeó con un gesto de Laura, como indicando que las campanas la ensordecían, y lanzándole una sonrisa entró en la iglesia.

Esa mañana recibían a las Hijas de María. Era una fiesta en la cual la antigua Carmela solía llorar viendo las hileras de jóvenes vestidas de blanco con sus cintas celestes sobre el pecho. La música sonaba y las flores del altar parecían caritas blancas. 

—Carmela —murmuró una voz en su oído—. La señora de Brughetti no puede venir porque está enferma. Haga el favor de pasar la colecta por toda la iglesia. 

Era el teniente cura. Carmela escondió la cara entre las manos y sintió lo que el padre del hijo pródigo cuando lo vio venir por el camino. La mitad derecha, con sus tres altares y el púlpito, se unió a la izquierda en su corazón. Con los ojos cerrados fue la de antes, pero llegado el momento de la colecta la visión de las cosas a través del velito le devolvió el nuevo espíritu. Al contar el dinero calculó cuánto podría haber influido la ausencia de Laura en el resultado, y mientras caminaba hacia su casa iba pensando en la compra de un paraguas lila visto en una de sus largas recorridas por las tiendas. Llegó a su cuarto y una vez más tuvo el deleite de abrir el armario y encontrar la fila de sombreros que se fue poniendo con la boca fruncida, como solía imitar a la del astrakán: ya era muy tarde cuando recordó el almuerzo; hervir unos fideos le pareció lo más fácil, pero al entrar en la cocina encontró a su madre muerta. 

Esa noche vinieron bastantes vecinas, y Carmela las atendió con la mirada vaga y el pelo hirsuto; a eso de las diez hubo un revuelo y la cabeza del párroco apareció en la puerta del velorio. 

—Hija mía —dijo, pero Carmela se echó a sus pies lanzando un aullido. Por un mo-mento hubo en torno de ellos un montón de gente que se disolvió cuando Carmela se puso de pie y corrió hacia su cuarto, en donde empezaron a oírse extraños arrancones y sollozos. 

—¡Condenada! ¡Condenada! ¡Estoy condenada! ¡He matado a mi madre! Las mujeres, atropellándose todas, se lanzaron tras ella pero debieron hacer alto al verla venir tambaleante, con medio cuerpo oculto detrás de una torre multicolor. 

—He matado —gimió mientras la gente retrocedía lentamente a su paso—. ¡He matado a mi madre, he robado el dinero de Dios, he odiado a mi prójimo, he mentido! ¡Estoy condenada! 

Uno tras otro, como enormes flores, describiendo círculos o fluctuantes descensos, los sombreros empezaron a caer encima y alrededor del modesto ataúd de la madre de Carmela. Sin embargo la concurrencia, desencantada, vio que el cura conseguía arrastrar a su penitente hacia otro cuarto donde sus voces sonaron largo tiempo. Se dijo que él quiso hacerla volver a su ocupación, sola como antes, sin señoras de Brughetti, pero que ella, incapaz de afrontar cada domingo a la parroquia testigo de su caída, resolvió irse a otro barrio. Allí es donde, con la mirada pensativa de quien asciende al bien luego de recorrer los abismos de la pasión y del crimen, deja vagar sus pensamientos en tanto que sus manos se ocupan del nuevo oficio que desempeña con bastante éxito. Es sombrerera. 

 

Sara Gallardo. Treinta años. Publicó la novela Enero en 1958. Ha concluido un libro de cuentos y una nueva novela.

Fuente: Revista Entrega, n.° 4, mayo-junio de 1962, p. 7 y 11.

 

lunes, junio 22, 2020

A la vera de un camino...: Sara Gallardo y los enanitos

Cuando realicé la acotada pero apasionante investigación sobre el epígrafe de Matando enanos a garrotazos (1982), de Alberto Laiseca (publicada en la revista Invisibles: parte 1 y parte 2), una de las pistas me condujo a Miguel Gallardo Drago, uno de los hermanos de la escritora Sara Gallardo. Siguiendo ese rastro, llegué al libro autobiográfico de Jorge Emilio Gallardo, otro hermano de Sara, titulado Geografía de la infancia (Idea Viva, 2008). Además de encontrar allí anécdotas, reflexiones y un breve perfil de Miguel, me recibió entre sus páginas una verdadera sorpresa. Según una carta que le enviara a su prima Isabel Ordóñez, a los 19 años, Sara había sido visitada por gnomos, vulgarmente enanitos, en la casa familiar "San Pedro", ubicada en Chascomús.
En la segunda parte de la pesquisa que conecta a Alberto Laiseca con Horacio "Pepe" Romeu, autor de A bailar esta ranchera (1970), y a este con el poeta Miguel Gallardo Drago, no pude evitar hacer el rodeo, ¡los textos habitados por pequeños seres me lo pedían!, y arrancar el ensayo con una mención a la original carta de Sara.
Ahora, porque me siento en la obligación de hacerlo hace ya un largo tiempo, transcribo la misiva completa para que disfruten de la imaginación, el humor y la frescura de Sara Gallardo en 1950. Reproduzco el título y la bajada que el propio Jorge Emilio escribiera en Geografía de la infancia.


Unos golpecitos en la ventana (carta de Sara Gallardo a su prima Isabel)

El 6 de marzo de 1950, a los diecinueve años, Sara imaginó desde “San Pedro” una aventura literaria poco común, testimonio de su sensibilidad hada un mundo invisible y operante y versión larvada de lo que sería su fuerte cuestionamiento de las enseñanzas recibidas.

Recibí tu carta que papá me trajo junto con unos libros de filosofía; también me llegó tu telegrama ¡gracias!

Pero no he podido estudiar en todo el día por los nervios de una cosa que me pasó anoche y que nunca me vas a creer si te cuento.

Estaba durmiendo profundamente cuando me despiertan unos gol­pecitos en la ventana y una especie de cuchicheo que me decía que fuera al monte.

Papá no estaba, Miguel en una guitarreada, mamá arriba. Voy al cuarto de papá y agarro el revólver, me envuelvo en un poncho, y con los dientes castañeteando, digamos que de frío, entreabro un postigo del escritorio.

La luz de la luna inundaba todo. Asomo la cabeza y oigo en el monte un rumor como de voces.

Ahora vos, que has vivido aquí, hacete una idea de las cosas que me pasarían por la mente: un confuso tropel de ideas sobre el Vasco Elso, Nerita y otros entes me cruzó por la cabeza.

Desde luego que lo primero que decidí fue volver a cerrar con llave, confiar en las rejas de las ventanas y meterme a tiritar en la cama.

Mientras te escribo vuelvo la cabeza repetidas veces hacia la ventana, recordando mi miedo.

Pero en ese momento se me presentó el cuadro de las circunstancias: mamá arriba, recién llegada, con Dorotea, profundas, Marta profunda, Jorgito profundo, y lo mismo en la cocina.

¿Iba yo, después de alimentarme del Cid y de Homero, a meterme en la cama como si tal? Volví a asomar la cabeza, y comprobé estupefacta que el rumor de las voces del monte no eran como de hombre, sino finitas como de unos chiquitos.

Me encomendé a todos los santos y avancé revólver en mano por el sendero del monte.

La luz de la luna pasaba entre los árboles en chorros desiguales, mi corazón latía con saltos desiguales y yo tropezaba en las desigualdades del camino. Conque mirá vos.

Y llegué al medio del monte, donde hay un viejo paraíso con una cueva al pie y el tronco cubierto de musgo, y unos talas retorcidos se sostienen unos a otros.

¡Y pensar que no me vas a creer Isabel! ¡Y pensar lo que vi!

Estaban sentados en el suelo, y en los troncos de los árboles. ¡Ah! si no tuviera la prueba aquí sobre la mesa, te aseguro que yo creería que he soñado.

Tienen el largo de un dedo de tamaño y vuelan sin alas, como empu­jados en el aire por una fuerza invisible. Yo los veía por primera vez.

Uno me dirigió la palabra, y parecía ser el más importante de to­dos.

“Siéntate sobre la raíz” me dijo, y te aseguro que yo no sabía si tenía frío, y no me acordaba del revólver.

Confusamente tenía ya ganas de que todos los de casa estuvieran allí mirando.

“Porque ya nadie cree en nosotros, es que estamos aquí” me dijo el rey, y el rumor como de abejas que hacían los demás paró de golpe.

Voy a tratar de describirte lo que yo veía, aunque no me va a salir bien, y aunque ya sé que estás pensando que soy una macaneadora. De todos modos quiero escribirlo aunque nadie me crea.

Había una multitud de los duendecillos de los cuentos, como personitas, esbeltos, frágiles, sutiles y de ojos verdes. Se vestían pareciera que con pétalos de flores y pieles de laucha, pero no lo puedo asegurar porque yo estaba muy turbada, y la luz de la luna engaña mucho.

Al pie del paraíso, en la boca de la cueva había un montón de gnomos, tal como uno se los imagina, pero más chicos de lo que yo creía que son.

En las hojas yo veía que algo se agitaba y después supe que eran silfos, que viven por los árboles, y son como verdes y traslúcidos.

Yo no podía creer.

El rey dijo de repente: “Habla”, y una vocecita como un pitito dijo: “Vengo en representación de las sirenas verdes y lustrosas del océano y de las sirenas de ojos azules y largo pelo de oro del Mediterráneo. Tam­bién de las náyades que viven en los ríos, y las ninfas que corren por los bosques. Ellas no pueden llegar hasta aquí”. Era un duendecito vestido de amarillo.

En mi fuero interno empecé a desear que volviera Miguel de la gui­tarreada y nos pescara así.

El rey me dijo: “¿Has creído alguna vez en la existencia de todos nosotros?”.

“Sí”.

“¿Porqué dejaste de creer?”.

“Me probaron que no existían...”.

“¿Quién te probó?”.

“Los sabios”.

“¿Qué te enseñaron?”.

(Por mi mente pasó un confuso montón de recuerdos de la filosofía tragada estos días).

“Me enseñaron que hay seres espirituales y seres materiales. Los espirituales: el alma humana, los ángeles y Dios”.

Un coro de risas como de un cristal golpeado por la uña resbaló entre los árboles.

“¿Nada más?” dijo el rey.

“No entiendo” contesté ¡tuctus!

“¿No te enseñaron que Dios puede todo?”.

“Sí”.

“¿Y que al principio de los tiempos del mundo, creó unos seres de una materia distinta y los puso en el mundo junto con los árboles, los hombres y lo demás?”.

“¡¡¡!!!”.

“¿No te basta el testimonio de siglos de humanidad que decían que existíamos? ¿No creíste después de vernos en los capiteles de las catedra­les y rodeando las tumbas de damas y caballeros medioevales, retratos en la piedra? ¿Tus sabios, lo saben todo acaso?”.

“Casi todo; ¡mucho!...”.

“¿Te han dicho tus sabios quiénes mueven las cortinas cuando no hay viento, porqué suenan las arpas y violines solitarios?

“¿Te han dicho qué historias de naufragios y sirenas cuentan los caracoles al ponerlos en tu oído; saben qué escriben las gotas de lluvia cuando caen; saben ellos el idioma de los pájaros y de las flores? ¡Vamos a ver! ¿Te han dicho eso? ¿Lo supieron?”.

(Yo aplastada).

“Dios mismo les dijo, y Vds. lo repiten a diario, que deben ser seme­jantes a los niños”...

“¿Porqué me llamaron a mí entonces?”... dije en un arranque de elocuencia.

“¿Acaso no has dudado a veces de tus sabios? A los niños no les creen, quizás a tí te crean”...

(Estuve a punto de musitar un “¡difícil!” al estilo de Manuel [el her­mano mayor de Isabel], pero no me animé.

“¿No has creído oír que te llamaban por tu nombre mientras estabas sola? ¿Mientras mirabas el mar no creíste ver sirenas fugitivas? ¿Acaso serían tus sabios los que nadaban?”.

(Otra carcajada general. Yo estaba boleadísima porque la ironía del rey era algo que dejaba la mía reducida a un poroto).

“Cuando te metes el tenedor en la boca y está vacío ¿quién crees que sacó la comida y la puso sobre el plato?”.

“Bueno, bueno, ya creo, ya veo que son verdad, ¡no saben Vds. cuánto me alegro!”.

“Algunos sabios nos conocieron —sugirió el rey en tono más concilia­dor—, son los modernos de hace 3 o 4 siglos los más tontos. En los antiguos mapas, ¿no viste dibujadas las sirenas?”.

“Cierto”...

“Bueno, niña, ¿te creerán las gentes cuando les expliques?”.

“No sé... este... señor... trataré por lo menos”...

(En ese momento pasó una idea “ventajita” por mi cerebro).

“Quisiera pedirle algo” le dije.

“Habla”.

“¿No podría aprender yo todo lo que Vd. me dijo antes: lo que escriban las gotas de lluvia, los cuentos de naufragios y todo eso?”.

El rey hizo una sonrisita y me contestó que hay que querer para poder y buscar para encontrar, con lo que me quedé medio desconcertada. Después me miró y me dijo:

“Adiós. ¿Te olvidarás de nosotros?”...

Yo brutísima le pedí un recuerdo de ellos y me dio unas florcitas chiquititas que tenía en la mano. Son amarillas y así: [el dibujito les da menos de tres centímetros], de ese tamaño.

Las tengo a mi lado ahora.

Se fueron, unos por las hojas, otros por el tronco y entre el pasto; yo me paré aterida y el revólver resbaló por mi camisón y cayó al suelo.

Lo levanté y trayendo en una mano mis florcitas y en la otra el arma, volví a la casa.

Todo estaba igual, todos dormían. Me acosté. Al despertarme esta mañana pensé haber soñado el sueño más extraordinario de mi vida, pero en la mesa de noche estaban las florcitas.

¿Te has convencido? Yo desde luego.

El viernes volveremos y te veré.


Gallardo, Jorge Emilio (2008). Geografía de la infancia, Buenos Aires, Idea viva, pp. 124-128.

lunes, marzo 02, 2020

Ignacio Ezcurra, por Sara Gallardo

Me resultó impactante descubrir la historia y las crónicas periodísticas de Ignacio Ezcurra. La primera edición que encontré de su libro fue la justa reedición de El Elefante Blanco de hace unos años. Luego, busqué la vieja edición, de 1972, publicada por Emecé. Hasta Vietnam no tiene datos en su tapa ni en su contratapa: la cara de Ezcurra sonriendo, usando casco, ocupa todo el frente y en la parte posterior continúa la foto. Se trata de una foto tomada en Vietnam, en 1968, durante la guerra. Ezcurra muere a los 29 años, mientras cubre el conflicto bélico, en circunstancias confusas.
Recopiladas en Hasta Vietnam por la escritora y periodista Sara Gallardo, sus crónicas son de temas variados y de calidad también dispar. Se concentran entre los años 1966 y 1968 y posiblemente las más impactantes sean las columnas en Vietnam. ¿Qué podía observar y experimentar un joven periodista argentino en una guerra y un territorio tan ajeno y tan violento? ¿Qué fue a buscar a Vietnam Ezcurra? Probablemente el resto de las crónicas de Hasta Vietnam echen luz a estas preguntas: Ezcurra parecía aceptar gustoso el riesgo, el desafio de nuevos mundos y de situaciones tensas, había un deseo de vivir peligrosamente, como en varios jóvenes de la época. Su escritura es rápida, directa pero también socarrona por momentos y vitalista casi todo el tiempo.
Todo este largo rodeo y esta rápida impresión es una excusa para recuperar no solo a Ezcurra, sus crónicas y su breve e intensa vida, sino también para poner en circulación la presentación de una Sara Gallardo afectuosa y lúcida en la que no solo explica la selección del libro sino que propone algunas ideas alrededor del periodismo como oficio y como compromiso.



Presentación del libro Hasta Vietnam, de Ignacio Ezcurra (Sara Gallardo)

Este libro procura rescatar a Ignacio Ezcurra. El periodista que fue y el que pudo llegar a ser, y la persona que los sustentó. Su desaparición en Vietnam en mayo de 1968 impresionó de manera inhabitual. Un exorbitante número de cartas y más de cincuenta ofrecimientos para ir en su búsqueda en el primer momento, exposiciones y artículos más tarde, y, al pasar el tiempo, la reiterada adopción de su nombre para salas, bibliotecas, escuelas, una isla (en Iberá, Corrientes), un puente (Necochea-Quequén), premios (Aeronáutica, ADEPA), hablan de esa impresión. Los homenajes no se han detenido; señal de que su figura encarna un ideal de raíces profundas.

Un periodista da su medida verdadera cuando es libre. Este lujo de la libertad -a veces sutilmente cohibida por la índole de la sección que se cubre o por otras razones complejas- Ignacio Ezcurra lo disfrutó en notas que se publican completas, entre las cuales su investigación sobre el Poder Negro en Estados Unidos. En ellas habrá que buscar su dimensión. En ellas y en las fotografías. Ya que la imagen no fue usada por él como complemento sino en todo su poder expresivo, se ha respetado esta vocación paralela tratando de seleccionar lo mejor que logró en ambas vías.

Es verdad que gran parte del periodismo escrito es materia volátil: crónicas y noticias pierden su perfume; pero entre palabras destinadas a evaporarse por ley del oficio, muchos fragmentos se conservan impregnados por la persona que los escribió. El humor, la ternura, el descubrimiento de lo humano, la bondad, la fantasía de Ignacio Ezcurra han formado un retrato, disperso entre trabajos y colaboraciones. Ese retrato quiere estar también en este libro. Iniciado con el prólogo, continúa con sus notas, en recuerdos amistosos, se prolonga como un negativo en los trazos que dedicó a los demás, y termina con las páginas extraídas del libro-testimonio escrito por quien, geográfica y profesionalmente, estuvo más cercana a su final: la periodista italiana Oriana Fallaci.

Decir que un libro pretende resumir a una persona es decir que pretende lo imposible. Un poco de ese imposible está aquí.

De cualquier modo, si la misión del periodista es impedir la indiferencia, Ignacio Ezcurra con su destino nos la ha impedido para siempre. 

Tomado de Ezcurra, Ignacio (1972). Hasta Vietnam, Buenos Aires, Emecé.


Las crónicas sobre la guerra de Vietnam de Ezcurra de 1968 pueden leerse en la revista Trasatlántico, n. 5, invierno de 2008 digitalizada en AHIRA recientemente.

Más info sobre Ezcurra y su muerte en Vietnam puede leerse acá, a propósito de una muestra fotográfica realizada en 2011 en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
 

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