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jueves, noviembre 24, 2011

Anita (Juan José Hernández)

A Silvina Ocampo.

Casi todos los días, antes de almorzar, paseamos con Marcelo por la Plaza del Bajo. De allí salen los ómnibus que van a la campaña. Los pasajeros, que han llegado a la ciudad con el primer ómnibus, recorren desde muy temprano los negocios próximos a la plaza, donde hábiles y ojerosos comerciantes (el metro de hule enroscado al cuello, el lápiz o la tiza de color en la oreja) les ofrecen sus variadas mercaderías.
Apoyados en la puerta de sus tiendas (un cartel, en lo alto, anuncia la sorprendente liquidación) los vendedores declaman una lista de fugaces artículos rebajados de precio. Imposible evitar su exaltación sincera, sus gestos, su bigote. Los clientes son arrastrados entre mimos y halagos al interior del negocio. Por último se detienen frente a la desdeñosa patrona que juega con sus pulseras de oro, detrás de la caja registradora, y acaban por entregarle los manoseados billetes.
Pero también la Plaza del Bajo es el lugar preferido por los vendedores ambulantes que aparecen con sus monos sabios, sus víboras amaestradas, sus loros adivinos. Vociferan entre una multitud de hombres y mujeres que aguardan atónitos la demostración del prodigio; de pronto, sin darse cuenta, han comprado la birome dorada o la pipa sacacorchos, y antes de que la víbora baile, el loro vaticine, o el mono toque la guitarra.
En uno de nuestros paseos por la plaza descubrimos al hombre del turbante. Era moreno y delicado, con ojos de expresión melancólica. Sus dedos sostenían unas bolsitas de papel azul. Apenas se oía su voz aguda y entrecortada, como de rata. Tuvimos que acercarnos para saber qué decía. Pensé que era un vendedor poco diestro: necesitaba algo más llamativo que un simple turbante para anunciar su mercadería.
Con excepción de Marcelo, yo, y dos o tres chicos lustrabotas que estaban sentados en el suelo comiendo laponias, nadie hacía caso del hombre del turbante ni de las bolsitas azules que mostraba. Con los débiles sonidos que salían de su boca pudimos componer las siguientes frases: "Hierbas de Oriente. Curan toda clase de enfermedades. Se toman con la comida. Por un peso, un solo peso moneda nacional." Repitió varias veces las frases, equivocándose en el orden. Parecía no tener mucho interés en la venta porque en seguida se fatigó y comenzó a guardar las bolsitas en una valija adornada con signos cabalísticos. Nos dio tanta pena el hombre de turbante con su aire de palúdico y su mirada entre afiebrada y piadosa, que Marcelo y yo decidimos juntar las monedas que teníamos y comprarle dos bolsitas azules. De paso, le aconsejaríamos algo más eficaz para anunciar su mercadería: por ejemplo, atravesarse la lengua con una aguja, hipnotizar a un gallo, tragarse un hisopo encendido en nafta. El hombre sonrió al escuchar nuestras sugerencias. Antes, en los buenos tiempos, nos dijo, vendía cientos de bolsitas, pero el negocio era un fracaso desde que el Inspector le había prohibido trabajar con ella. Preguntamos quién era ella. ¿Queríamos conocerla? Estaba ahí, en la valija, agregó, y se llamaba Anita. Nos miramos con recelo pensando que el pobre estaba loco. El hombre abrió la valija, sacó una caja de alambre tejido, del que se utiliza en las fiambrerías, y dijo:
—Salga, Anita. Aquí hay dos jóvenes que quieren conocerla.

miércoles, julio 27, 2011

La abanderada de los humildes (6)

En 1971, Juan José Hernández publica una novelita genial: La ciudad de los sueños. La trama, construida a través de un coro de géneros textuales (en un punto se toca con Puig, y sin embargo, no trabajan desde la misma perspectiva), se desenvuelve entre Tucumán y Buenos Aires, en los primeros años del peronismo, y toma la historia de una joven que busca en las luces de la Capital una oportunidad de trabajo y fama, amparada por los cambios sociales y políticos.
Hacia el final, Hernández escribe un breve capítulo en el que los pensamientos de la abuela, oligarca y cristiana, se entremezclan con Evita hablando para los humildes de Tucumán. La ciudad de los sueños es un hermoso relato (y vuelvo a recomendar enfáticamente su lectura) y viene a sumarse a este espacio que aporta otras representaciones de la señora, de esa mujer.

La ciudad de los sueños (Juan José Hernández) (fragmento)

No puede dejar de oír la voz de la mujer; sale vibrante y exaltada de los altoparlantes colocados en los naranjos y faroles de la plaza; se eleva por encima de la multitud enardecida que repite su nombre; atraviesa los anchos muros de la casa de los Figueras y como una oleada de furor invade patios y corredores para llegar al cuarto en el que doña Brígida desgrana las cuentas de su rosario de azabaches: séptimo y último misterio gozoso. Descamisados, la oligarquía no está muerta, acecha y espera a pegar su zarpazo traicionero.
Imposible no oír la voz de la serpiente, la señal de la que hablaba el padrecito en su último sermón. ¿A qué había venido esa mujer con el mismo nombre de esa otra, maldita, por quien la humanidad fue privada del Paraíso? Anunciaba el odio, la destrucción. Aunque apareciese retratada bajo palio como el Santísimo, ella no se engañaba: la mujer que vociferaba en la plaza era la aliada del maligno, la hembra de los ejércitos que llegaba de la gran ciudad con su lenguaje de violencia y abominaciones.
Pobres habrá siempre, había dicho Jesús. Pero la pobreza evangélica tenía dignidad: evocaba tierras áridas, pedregales. En la provincia, en cambio, era un fruto nauseabundo que la naturaleza prodigaba a manos llenas. Jardín de la República, decían con orgullo. Jardín lleno de moscas para un pueblo de idólatras sensuales y holgazanes.

jueves, junio 16, 2011

Los exilios de Juan José Hernández (Daniel Moyano)

PROLOGO

Los exilios de Juan José Hernández

Juan José Hernández pertenece a ese conjunto de escritores del interior, a los que Roa Bastos, en 1966, definía así: "Por caminos técnicos, estéticos y aun ideológicos diferentes, estos escritores entre los veinte y los cuarenta años, sin formar grupos ni escuelas, han coincidido en la preocupación común de superar las limitaciones del regionalismo, en sus formas más epidérmicas y tópicas. Bajo el signo de una conciencia crítica y artística muy aguda, se empeñan en ahondar en los valores de su singularidad y trascenderlos a una dimensión más universal; en lograr, en suma, una imagen del individuo y de la colectividad frente a sus propias circunstancias, lo más completa y comprometida posible con la totalidad de la experiencia vital y espiritual del hombre de nuestro tiempo."
Veamos ahora cómo vivían y escribían esos escritores del interior, entre los que me incluyo. En nuestras provincias teníamos dos horizontes visibles: por un lado, casi encima de nosotros, un folklorismo mentiroso que no compartíamos, apoyado más en el paisaje que en el hombre; por otro, una cultura ciudadana que venía de Buenos Aires, vía radial, a la que, lo sabíamos muy bien, no pertenecíamos. Bastaba, para saberlo, oírnos pronunciar las erres o aspirar las eses. Lo gauchesco inmediato —y falso—, al menos a mí me desesperaba. Palabritas como velay, ahijuna, güeso. Como si uno fuera Patoruzú. Cuando éramos chicos, la literatura regional estaba llena de eso. Entre esos dos polos sonoros, era como si no tuviéramos referencias orales para escribir. Los locutores de radio tucumanos, riojanos o cordobeses, no se hacían ningún problema. Directamente hablaban como los porteños. Y mal, claro; siempre había una tonadita que se escapaba por ahí. En La Rioja, oyendo al locutor sin conocerlo, uno se lo imaginaba rubio y poderoso, con una perfecta dentadura tipo Kolynos, seguro, enorme y triunfador. Casi un yanqui, digamos. Después uno se lo encontraba en el bar de la esquina, con su pinta de negrito recién venido del monte, y daban ganas de llorar. La radio era una cosa demasiado seria para permitir que se hablase con la tonadita local y subdesarrollada. Y los locutores de provincias tenían que hacer malabarismos para poder imitar a los de la Capital Federal. Trabajo insalubre si se quiere, porque después, con los años, los locutores terminaban hablando en sus casas y en la calle un híbrido del que todo el mundo se reía y que no permitía expresar con claridad los pensamientos. Y a los escritores nos pasaba más o menos lo mismo. ¿Cómo hacer para meter nuestra propia voz en la literatura nacional sin parecemos a nadie y fieles a nuestras circunstancias?

domingo, octubre 31, 2010

Reinas

"Reinas" de Juan José Hernández, cuento breve que apareció en La favorita (1977), reúne algunos de los elementos recurrentes que obsesionaban al autor de La ciudad de los sueños (1971): los narradores-niños que, en sintonía con la narrativa de Silvina Ocampo, se debaten entre la inocencia y la maldad; la aparición de ciertos animales como aliados o enemigos (perros y gatos pero también arañas y pájaros); la atmósfera del "interior" en la hora de la siesta y/o en las casas de antiguas familias de alcurnia; la tensión entre niñas blancas y muchachas mulatas; los prejuicios, costumbres y lugares comunes de las familias tradicionales de alta sociedad; etc.Tal vez, volver a la narrativa de J. J. Hernández (y a la de Daniel Moyano, y a la de Rozenmacher, y a la de Costantini) pueda ampliar la perspectiva crítica de los modos de representación que la literatura propuso en esa época tan pródiga de los 60' y los 70'. Tal vez sea puro capricho personal, pura necesidad de leer algo no tan trajinado.


Reinas (Juan José Hernández)

Armando dice que tus ojos son parecidos a los míos. No se equivoca. También se asemejan, en el color, a la piedra preciosa del anillo de mamá. Voy a confiarte un secreto: tengo conmigo el anillo. ¿Hay algo más dulce que la venganza, Mascota?
Desde que estoy enferma, la Chabela duerme en mi cuarto, al lado de mi cama. Esta circunstancia me permite vigilar el sueño de mi enemiga. Si veo dibujarse una sonrisa en sus labios de mulata, la despierto en seguida para que no alimente vanas ilusiones. Después le pido por favor que me alcance un vaso de agua fría, o de jugo de naranja. La Chabela se incorpora en el catre, bosteza. Aborrezco la insolencia de sus dientes blanquísimos, las zonceras que canta de mañana temprano cuando riega las macetas del patio o limpia los azulejos del zaguán. Por suerte, hace varios días que la Chabela anda menos alegre que de costumbre. La responsabilidad de cuidarme le ha dado un aspecto taciturno que no la favorece. Además, el dormir poco avejenta. Ese problema no existe para nosotras que dormimos a cualquier hora del día, como reinas. Mi familia no se atreve a molestarme. "Reposo absoluto", dijo el médico, luego de quitarse los anteojos y apoyar su cabeza en mi pecho y mis espaldas.

sábado, octubre 31, 2009

Toukouman (fragmento) (Juan José Hernández)

Juan José Hernández, escritor tucumano, es un autor que podría ser recuperado por la crítica literaria y académica por la peculiaridad de su trabajo con el realismo (en la línea de otros autores que siguen aguardando en el limbo de la literatura argentina como Daniel Moyano, Germán Rozenmacher, Humberto Costantini, etc.).
Su nouvelle
La ciudad de los sueños (1971), por poner un ejemplo, presenta un realismo que explora, a través de su heterogeneidad genérica y de su variedad de narradores, los cambios que el peronismo produjo en los 40 y 50, la migración interna y los prejuicios e ilusiones de la clase media y alta, entre otros tópicos. Creo que sería muy provechoso leer esta novelita en relación con Boquitas pintadas (1969) de Manuel Puig para ver los alcances y objetivos de ambos proyectos y estilos.
En definitiva, se trata de seguir recuperando ciertas voces que si bien están siendo reeditadas (la editorial Adriana Hidalgo se ha encargado de hacerlo con la obra de J. J. Hernández), todavía necesitan del trabajo reflexivo sobre sus modos de significar y las relaciones que establecieron con el campo literario e intelectual del momento y con la situación sociohistórica. A continuación, les copio un fragmento de la novela inédita de Hernández que ojalá algún día sea publicada.

Fragmento de la novela Toukouman de Juan José Hernández, aún inédita.

Muchos prodigios ocurrieron en la ciudad de Tucumán y en sus inmediaciones aquel verano especialmente tórrido de 1860.
Planeando a gran altura y en lentos círculos sobre la plaza principal, se vio a un cóndor de los Chorrillos (o un águila forastera: los testigos nunca se pusieron de acuerdo). Sorpresivamente, el ave de rapiña se dejó caer en picada con el propósito de apoderarse de un colegial que en ese momento cruzaba la plaza. El niño pudo felizmente escapar de sus garras y refugiarse en la recova del Cabildo.
En la laguna de Calimayo, a diez kilómetros de la ciudad, un pescador vio salir del agua a un hermafrodita desnudo; quiso apoderarse de él y llevarlo a una comisaría cercana, pero el personaje, de edad indefinida, lampiño y algo obeso, desapareció entre la maleza de la orilla.
En una finca de La Rinconada, nació un cabrito de dos cabezas y seis patas. Vivió sólo un par de horas y fue comprado luego por el dueño de una botica para incorporarlo a su colección de monstruos que son exhibidos en su negocio, dentro de frascos de formol, para solaz y admiración de la clientela.
En Vipos, un matrimonio de granjeros que volvía en sulky de un velorio, sorprendieron un burro negro copulando con una chancha.
En la Granja Modelo fue sacrificado un toro al que le habían brotado ubres repletas de leche que nadie se atrevió a ordeñar.
Todos estos prodigios fueron comentados con lujo de detalles en las páginas del periódico El Heraldo del Norte, como también el misterioso caso de Eladio Coronel (alias el Indio), mudo de nacimiento, que había empezado a hablar después de haber impedido que un perro matase a dos culebras enlazadas eróticamente al pie de un cerco de ligustro. No sin malicia, el articulista del periódico señalaba que el regalo de la agraciada pareja viperina fue una bella voz de soprano que el jardinero aceptó sin vacilar.
Quizá por tratarse de una noticia proveniente de la Yerba Buena, un pueblo chico, o más bien un villorrio a pocas cuadras de la ciudad, el extraño percance sufrido por la señora Candelaria Zaldarriaga de Yturri, oriunda del lugar, no fue comentado por El Heraldo del Norte, pero causó gran revuelo entre sus habitantes.
 

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