No hay muchas entrevistas a C. E. Feiling al alcance de la mano virtual. En una rápida búsqueda, aparece esta inédita, publicada en 2017, de Cynthia Sabat. Recuerdo, en el mundo analógico, precisamente en Con toda intención (2005), la entrevista (a él y a Luis Chitarroni) de Cecilia Szperling de 1995 "Amor al arte"; y el diálogo entre ambos amigos, "El sistema de la doble humillación" (1992).
Por eso fue una grata sorpresa cruzarme en las páginas de La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos (1993), de Guillermo Saavedra (¡sí, otra grata sorpresa!) con el intercambio con Charlie Feiling que copio a continuación.
¡Ojalá les guste tanto como a mí!
Entrevista de Guillermo Saavedra
Nacido en Rosario (1961) y porteño por adopción, Carlos Feiling era reconocido hasta hace un par de años como un poeta refinado e inédito, un riguroso traductor del inglés y el latín y un entendido en ciertos aspectos de la filosofía y de la pintura. La publicación de El agua electrizada (1992), su primera novela, desconcertó a más de uno, por su transparencia y linealidad aparentes y su indiscutible adscripción a un género tan popular como el policial. En esta entrevista Feiling —quien ha publicado ya su segunda novela, basada en algunos episodios de la vida de Leopoldo Lugones: Un poeta nacional (1993) y está escribiendo una tercera donde incursiona en el género de terror— habla de El agua electrizada y de su relación personal con los géneros más transitados.
Con la pertinencia oblicua que suele atribuirse a un destino —invertido por obra y maña de un puñado de circunstancias—, un muchacho entendido en lenguas clásicas y filosofía, crítico de arte y autor de poemas refinados e inéditos vino a sumarse a la familia de los buenos narradores con una novela policial. Se llama Carlos Eduardo Feiling y no encuentra en ello la sombra de contradicción alguna. No es extraño, porque El agua electrizada, su opera prima, introduce hábilmente cuestiones que ensanchan la novela y la hacen transitable por caminos más vastos que la estrecha resolución de un enigma, sin dejar de cumplir con el género policial.
Quien se encarga de llevar adelante la investigación es un joven profesor de latín; y su presencia hace verosímil, en medio de la búsqueda de una explicación para la inesperada muerte de un gran amigo, la aparición de citas de elegías en la vieja lengua de Propercio, de problemas de filosofía, de alusiones pictóricas y versos extraídos de la mejor tradición anglosajona.
Pero el cronista, que suele buscar misterios allí donde brilla la contundencia de los hechos, le pregunta a Feiling por las razones de esta combinación. Y él responde, con una hermosa voz de bajo que pudo ser de radio y nunca descubrirá el bel canto, que necesitaba, por una parte, una cercanía autobiográfica con la historia y, por la otra, la consistencia de una trama fuerte que le permitiera incluir elementos de otro horizonte cultural, como los mencionados. Afirma que, cuando leyó El nombre de la rosa de Umberto Eco, se dio cuenta de que era posible introducir cuestiones propias de una cultura “alta” en un género popular y accesible como el policial. “Esto me lo confirmó la gran narradora inglesa Antonia S. Byat, la autora de Posesión, a quien tuve la suerte de entrevistar el año pasado”, dice un Feiling memorioso, mientras enciende un cigarrillo negro típicamente argentino, cuyo paquete ha abierto por el extremo opuesto.
“Ella sostiene que se trata de establecer un pacto con el lector: si hay una buena trama, el lector puede tolerar cierto tipo de intrusiones más o menos eruditas que quizá, con una trama más floja, no toleraría. Evidentemente, al optar por el género policial yo me estaba asegurando la necesidad de construir una trama fuerte; y además, la satisfacción de incursionar en un género que siempre me fascinó”.
Entre el interés por el género y las preocupaciones intelectuales de este hombre que escribe artículos inteligentes sobre literatura, pintura y filosofía reduciendo sus dos primeros nombres a un par de británicos mojones, se jugó además una inflexión personal, bastante íntima de su propia vida, en la escritura de esta primera novela. Feiling quiso que esto fuera evidente al incluir en la solapa del libro algunos datos biográficos que coinciden con los del protagonista; lo hizo con la seguridad de quien ofrece la punta de un ovillo —“esos datos personales fueron sólo un punto de partida”— cuyo hilo se irá trasmutando en buena trama ficcional.
Feiling reconoce en la inglesa P. D. James —la autora de novelas excelentes como Sangre inocente y El cráneo bajo la piel—otro estímulo fundamental para incursionar en el género: “Sus novelas demuestran que es posible ceñirse estrictamente al policial sin renunciar por eso a cierta cultura alta; y digo esto, reconociendo que también era ridículo mi prurito sobre la dimensión cultural del género. En ese sentido, P. D. James ha sabido llevar a un punto muy interesante lo que ya había sido explotado por otros escritores como Nicholas Blake, por ejemplo”.
Feiling —que habla como si escandiera versos de Tibulo, de Góngora o de Swinburne— dice que hay toda una tradición, dentro del policial británico, de elegir como detective a un sujeto que aparentemente está en las antípodas de la idoneidad para investigar un crimen. Los nombres de Wilkie Collins, Chesterton y la propia P. D. James bastan para abonar esta afirmación. Y agrega que, en su caso, la decisión de colocar a un profesor de latín en el centro de la intriga tuvo tanto que ver con las necesidades autobiográficas (“yo mismo fui profesor de latín”) como con la intención de rendir tributo a una analogía: “Nada más parecido a la labor detectivesca que la vieja filología, que durante siglos y desde mucho antes de contar con técnicas sofisticadas, se ha dedicado a restablecer antiguos textos a partir de rastros muchas veces precarios. Hay un punto en que esta actividad —lo mismo podríamos decir de la atribución de determinadas pinturas a determinados sujetos— consiste en estar tan compenetrado del tema como para poder adivinar, intuir, para ser más precisos. Y no me refiero a la aceptación normalmente perezosa que suele atribuírsele al término sino a la intuición fundada en un conocimiento vasto y profundo de los hechos”.
Feiling afirma que su novela no sólo es tributaria del género policial sino también de todo un horizonte de lecturas que poblaron su infancia y su adolescencia de una felicidad intermitente y crucial: “Los libros de la colección Robin Hood, ciertas cosas de la ciencia ficción, un autor increíble como Ridder Haggard, Emilio Salgari y —aunque en mi adolescencia la leyera clandestinamente porque ya tenía pretensiones de erudito — la propia Agatha Christie. De todo eso, lo que me interesa recuperar ahora, al escribir novelas, es la asombrosa libertad, la facilidad para narrar de esas literaturas supuestamente menores y que a mí no me parecen en modo alguno inferiores a Conrad o a Stevenson. Es más, creo que a Conrad y a Stevenson tampoco se les hubiera ocurrido considerar a Haggard un escritor menor”.
Ricardo Piglia dijo alguna vez que la mayor dificultad para escribir una novela policial fuera de la tradición inglesa o norteamericana es la de traducir al detective: es decir, la de trasladar una cantidad de tópicos muy instalados en el género a un contexto donde resulta impensable, por ejemplo, que alguien se suba a un taxi y le diga al chofer: "Siga a ese auto". Feiling, rosarino e hijo de ingleses tan arquetípicos como excepcionales, dice que eso no fue, para él, un problema grave; quizá porque lo autobiográfico facilitó un encuentro natural entre su novela y aquella tradición sin perder un sabor indudablemente argentino: “La novela empieza en el cementerio de la Chacarita y termina en el pequeño cementerio de un pueblito cercano a Oxford. De algún modo, en el desplazamiento geográfico del protagonista se cumple el itinerario cultural que la novela propone: empieza en Buenos Aires y termina en Inglaterra, en un pueblo típico del viejo policial inglés, donde hay un cura párroco, vecinos que se conocen desde siempre y todas esas cosas”.
Este hombre, amante de la ginebra y del bourbon, de la gastronomía y el tango, de las frases bien construidas y las conversaciones que se tejen entre buenos amigos, acepta que su novela está, por todo lo dicho, más cerca de la tradición inglesa que de la novela negra norteamericana. Pero subraya que hay un capítulo de su libro —y ello es rigurosamente cierto— que es un homenaje a Chandler. Aclara, no obstante, que la voz de Marlowe le resulta encantadora pero “por momentos me molesta por un problema de realismo, con todas las comillas que le quieras poner a esta palabra. En ese sentido, el de la voz narrativa, me pareció que lo más adecuado para las necesidades de un relato policial era el uso del llamado estilo indirecto libre, esa tercera persona que se limita a contar las cosas que pasan por la cabeza del protagonista”.
Más allá de su eficacia como relato policial —la trama liga hábilmente la muerte del amigo del protagonista, miembro de la Marina, con el misterioso caso de las mujeres halladas muertas en una bañera cuya agua había sido electrizada —la novela de Feiling, impecablemente escrita, se abre tanto a cuestiones filosóficas y filológicas como a la cruda intemperie de la política argentina. De modo que el endeble profesor de latín no tiene más remedio que sumergirse en el espanto de la llamada “guerra sucia” y termina preguntándose por la validez de su propio pasado. Feiling desciende unas octavas más su clara voz de bajo y apunta la última reflexión de la entrevista: “Ocurre que la violencia de la vida política argentina obliga a los individuos a ubicarse en lugares completamente extraños y más allá de toda pertinencia. Basta con repasar la historia de los grandes intelectuales de la Argentina para ver el alcance de esa violencia. En estos momentos estoy escribiendo una novela sobre un episodio poco conocido de la vida de Leopoldo Lugones. Y precisamente a Lugones, el poeta más emblemático del modernismo, se atribuye la redacción de la proclama golpista de 1930”.
Publicada en el suplemento “Cultura y Nación” de Clarín, el 2-7-92, a la que se le ha agregado material inédito. Luego, recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 49-52.


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