sábado, mayo 02, 2020

Ludmer y Libertella, un paseo por el tiempo

Hace diez años atrás se publicaba el último libro de Josefina Ludmer, Aquí América Latina. De vez en cuando vuelvo a sus páginas a pesar de que en su momento lo sentí caprichoso, arbitrario y errático (y me ofendí un poco porque notaba que Ludmer había tomado muchos conceptos de otros teóricos, que pasaban por ser sus geniales desarrollos teóricos cuando en realidad eran préstamos de esas otras especulaciones ajenas). 
Sin embargo, todavía me resuenan algunos fragmentos de este libro. Este en particular es grandioso: un paseo de Ludmer y Héctor Libertella por el centro y el Bajo porteño que es a la vez un paseo por las capas geológicas de la cultura argentina. Lean y disfruten esta máquina del tiempo.



Martes 30 de mayo

Un paseo por Buenos Aires con Héctor Libertella contado por él mismo / In memoriam

Nos encontramos en Filo para almorzar, ¡felicidad! HL me dice:

Mirá, acá mismo, en este restaurante, hace unos meses un amigo español que venía de recorrer mundo me dijo: “¡Coño, en ningún lugar he visto a gente con tanta densidad urbana!”. Me quedé pensando esa expresión curiosa, ¿densidad urbana? ¿Acaso habrá querido decir que hay algo como una prótesis o un fantasma de ciudad encarnado en cada uno de nosotros? No sé, pero si hago un mapa de estos alrededores tengo que pensar que el Bajo es la única zona de la ciudad donde la acumulación de detritus cultural jamás pudo detenerse. Acordate que mientras Nueva York se ponía triste con el crack de la Bolsa hacia 1929, en el mismo momento acá atrás, sin ir más lejos, calle Florida era la vidriera chic de un país muy concreto, pastoso y ganadero. Aquí hicieron su nido los muchachos de Martín Fierro (revista). Todos los días algún happening. Una mañana el barrio se despertaba con las paredes llenas de afiches: Macedonio se postulaba como candidato a presidente (la aventura, claro, duró menos que la duración de una vanguardia promedio). Otro día Oliverio paseaba en suntuoso coche fúnebre a un muñeco con galera, monóculo y capa. Estaba promoviendo Espantapájaros, que solo en un local de Florida agotó ¡cinco mil ejemplares! Y si extendés la mirada desde Retiro a Plaza de Mayo, tenemos que recordar también que a pocas cuadras de aquí, en Reconquista 72, Marcos Sastre fundaba La Librería Argentina allá por 1837, y que esos jóvenes, en ese Salón, con Alberdi y Echeverría a la cabeza, iban a echar nada menos que las Bases y Puntos de Partida Inconscientes para la Constitución de una Literatura; flor de dato.

Salimos de Filo y ahora caminamos por Florida HL dice:

¿Te acordás lo que era esta zona en los 60 y los 70? La llamábamos La Manzana Loca, y no iba más allá de Marcelo T., Alem, Viamonte y Maipú. En esta esquina, ahí arriba, Puzzovio, Squirru y Giménez habían colgado un cartel enorme SOMOS GENIALES, un poco como epígrafe de identificación para todo el barrio. Al lado del Di Tella y sus enormes galpones blancos, la Galería del Este, con cuatro o cinco librerías y atrás, sobre Maipú, el bar Moderno. Lugar “interdisciplinario”, si los hubo: cineastas, los primeros; rockeros de Argentina, los sociólogos y comunicólogos que como al Quijote se les había secado el cerebro de tanto leer todo lo francés —Seuil, Minuit, Gallimard— que se traducía casi en simultáneo. Y a propósito de Francia, acá atrás doblando por Viamonte, la inescrutable librería Galatea, donde para entrar teníamos que ponernos disfraz de eruditos. Más abajo, en la esquina con San Martín, Nueva Visión, con sus libros de arte y semiótica y esas lámparas hipermodernas que anticipaban un mundo por venir (¿habrá llegado alguna vez?). Y junto a Nueva Visión la revista Sur (de allí se veía salir apurados a Victoria Ocampo y Pepe Bianco, raudos para tomar un taxi que podría llevarlos directos a París, quién sabe). Al lado nomás, ¿te acordás?, Filosofía y Letras. Un hormiguero totalmente contrapuesto al olor de paz monástica o funeraria que exhalaba el viejo convento de la vereda de enfrente, Viamonte al 400. La educación laica y la muerte calle de por medio en Buenos Aires (¿siempre habrá sido así?).

Ahora, en la esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear, HL me dice:

Mirá, piso 6; ahí arriba lo veo todavía a Borges. Las veces que le habremos tocado timbre. La puerta de su departamento siempre estaba abierta, como un hospital público. Hasta tenía una o dos banquetas de médico a la entrada y él nos atendía a todos, uno por uno. Pero el verdadero paciente era él, que nos esperaba para inocularnos de a gotas algo del orden de la sabia ejecución literaria (por eso tal vez, desde Drácula y Borges, la literatura siempre ha sido para mí una historia de amor que puede parecer muy larga, pero que es tan breve como el instante de sangre de un colmillo; solo transmisión instantánea por un agujero en el cuello del texto). ¿Y qué se habrá hecho de nuestros lugares de almuerzo y cena? El Tronío, por Dios, sobre Reconquista, donde siempre aparecía Federico Peralta Ramos, lanzando sus discursos herméticos y al vacío, ¡el Dorá, sobre el mismísimo Bajo! Y aquel inmenso galpón en la esquina de Leandro N. Alem y Paraguay, el América. Cuántas noches habremos comido allí, vos, yo, Osvaldo Lamborghini, Tamara Kamenszain, no me acuerdo si también Arturito Carrera y César Aira, cuando programábamos aquella revista Los nietos de Martín Fierro que nunca se hizo porque en aquellos años era imposible una revista de estrellas y además, para qué, si ya estaban los teatros de revistas con sus vedettes y coristas. Y muy cerca, si no me equivoco, El Pulpo, con sus mariscos y su comida española, donde más de una vez ensayamos algún fallido banquete martinfierrista, y al lado nomás la caldera de periodistas y otras intoxicaciones de La Opinión, el diario de Timerman (¿no estaba en esa cuadra también el Buenos Aires Herald?).

Cruzamos a la zona de calle Corrientes. Libertella me dice:

Densidad urbana: me quedé pensando en lo que dijo mi amigo español... Caminar como estamos caminando sería actualizar siempre una calle en la cultura (¿“tener calle”?): como hacerla instantánea, sin pasado posible, ¿no? Y, si querés, hasta un poco prostibular, porque allá en el Bajo estaban los piringundines de 25 de Mayo donde los marineros medraban entre el lupanar y el cafetín de tango, el “Jamaica”, “Scandal”, el “676” de Tucumán, una cosa entre rea y pituca, ¡qué mezcla!, putas, jazzistas y letristas de tango como trazando sobre el pentagrama un paisaje urbano. Mirá, ahora que estoy viendo estas dos o tres librerías Fausto, acá en Talcahuano, y allá enfrente, y allá en la otra esquina, me acuerdo de una historia que me contó alguna vez Bernardo Kordon y que para mí hace literal esta loca relación local entre literatura y prostitución. ¿Sabés qué me dijo él? Que en los años 20 la Zwi Migdal, la magna institución de la trata de blancas, había abierto una cantidad de prostíbulos sobre Corrientes, entre Callao y el Obelisco. Y que cuando el comisario Alsogaray los empezó a perseguir, rápidamente tuvieron que camuflar los prostíbulos como librerías ¡así que las madamas empezaron a vender cultura! Sea cierta o no, me parece que esa anécdota es paradigmática. Hoy veo las librerías de la cadena Fausto y no dejo de ver en ellas el mundo virtual de aquellos prostíbulos, como no puedo dejar de ver el ruidoso Salón Literario de Marcos Sastre en los roaring sixties de La Manzana Loca. Me parece que estamos caminando lugares densos, pero muy cortados y “rayados” por el tiempo. ¿No será el fantasma el que nos da esa densidad urbana? Mi amigo español podía ver en nosotros lo invisible, porque a lo mejor somos la materialización de ese fantasma. ¡Si hasta en un local de videojuegos yo puedo ver todavía una vieja librería! Ese todavía no remite a la nostalgia de un pasado histórico y cultural que se hubiera apagado. O que sobreviviera en nosotros, como si fuéramos sus herederos. No. El tiempo procede, puede ser, de otra manera. Tal vez por cortes, que son tan literales como los cortes de estos versos que ya mismo te recito:

La Historia no llegó
Aún
Hasta hoy
No llegó el Pasado a
Todavía.

Y en nuestra caminata tal vez lo que solo avanza es el instante, como una punta de plumín que va trazando el nuevo mapa. ¿No te parece? Al fin y al cabo, ¿de qué Buenos Aires estuvimos hablando si no de esta?

Nos despedimos en la esquina de Riobamba y Viamonte.

Ludmer, Josefina (2010). Aquí América Latina. Una especulación, Buenos Aires, Eterna Cadencia, pp. 109-113.

sábado, abril 25, 2020

Un soneto mugre de Daniel Giribaldi

Probablemente descubrí a Daniel Giribaldi a través de Fox. Ellos más José Antonio Barzak y Sergio Mulet se presentaron en una lectura de poesía entre 1960 y 1961, si no me fallan los cálculos. Habré buscado información sobre Giribaldi y me habré topado con sus Sonetos mugres. Algunos circulan en la web: sonetos escritos en lunfardo, publicado en 1968, el tipo de anacronismos deliberados que me encantan.
Tiempo después, mi amigo Mandrake me regaló la edición de Sonetos mugres que Torres Agüero publicó 20 años más tarde, en 1985. Sobre esa edición hay una linda historia que cruza a Giribaldi con Miguel Briante y con Osvaldo Lamborghini. Una historia alrededor del soneto "Macabro", sobre un feto enfrascado que convivía con botellas y conservas en uno de los bares o piringundines que nuestro poeta lunfardo imagina (o no). El artículo de Briante se publicó en Tiempo argentino y luego fue recopilado en Desde este mundo. 
Finalmente, conseguí, por obra y gracia de la vida y la lectura, la primera edición de Sonetos mugres, publicada por la editorial Sudestada, que ya había publicado a Leónidas Lamborghini (Las patas en la fuente) y a Joaquín Gianuzzi (Las condiciones de la época). Curiosamente, en esta edición, Giribaldi dedicó cada uno de los sonetos a una personalidad de aquellos turbulentos sesentas argentinos. Hay sonetos con dedicatoria a Palito Ortega, a Roberto Goyeneche, a Marta Minujín y a Miguel Gallardo Drago, entre otros. Digo "curiosamente" porque la edición de 1985 es hermosa e incorporó ilustraciones pero no conservó estas dedicatorias que son un verdadero fresco de época. El soneto "Macabro" estaba dedicado a Jorge Luis Borges.
Pasen y lean, pues, el soneto "Macabro", de Daniel Giribaldi y el artículo "De parte de Giribaldi" de Miguel Briante. Exhumaciones deliberadas.

1


Macabro (Daniel Giribaldi)

A Jorge Luis Borges

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Pudo rolar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera).

La cosa es que, bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Sonetos mugres, Buenos Aires, Sudestada, 1968, p. 15.  

De parte de Giribaldi (Miguel Briante)

Tiempo Argentino, 3/11/1985

En la mitad de 1982, por teléfono, una voz de mujer me dijo: “Lo llamo de parte del señor Daniel Giribaldi. A él le gustaría que usted presentara su último libro”. Hubo esa penumbra. “¿Qué libro?”, me pregunté, me debo haber preguntado, mientras recordaba a un hombre que, tirando a petiso, daba la sensación de ser alto y escanciaba —la palabra le cuadra a la historia y al hombre— una ginebra en copa chica, en un bar de la calle Corrientes. Al lado, tal vez en silencio, estábamos el Negro Lamborghini y yo. El Lamborghini de El fiord. En mi memoria de esa vez, el hombre decía unos versos:

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Y el Negro, que miraba, a las seis de la mañana, entre la bruma minuciosamente preparada de esa noche, y con un dedo subrayaba el “¿viste?, yo te dije”, que ya no me podía decir. Supe —había sabido, así— que Giribaldi era uno de los últimos poetas lunfardos —un poeta en lunfardo— que quedaban en Buenos Aires, y que su libro Sonetos mugres era considerado por un grupo de (buenos) especialistas como un lujoso secreto de la literatura. Pude haberlo olvidado, pero ese llamado de mujer.
Dije que sí, que lo iba a presentar. Hubo un misterio de dos días y después, en casa, sonó el timbre y vi a un hombre: “Vengo de parte del señor Giribaldi —dijo—, ya le hablaron”. Y me estiró un sobre. Dije, otra vez, que sí. Ante el hombre, en la siesta de San Telmo, un vago recuerdo me inquietaba. En el sobre estaba uno de los originales de Sonetos mugres —que ya había sido publicado pero que ahora merecía la atención de Torres Agüero, para sus ediciones populares— y fui derecho al poema “Macabro”, que termina así:

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera)

La cosa es, que bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Estaba hablando de un feto, encontrado en un frasco con alcohol bajo una fiambrera de vidrio de un boliche de San Telmo, según me contó después. Antes, llamé. Me atendió esa voz grave de mujer y después la del hombre: “Usted es el que me trajo el sobre —le dije—, usted es Giribaldi”. Dijo que sí. Con respeto, le pregunté por qué no había dicho que era él. “Mire —dijo—, yo no tengo cadete, ¿vio?” Y me dijo que la presentación era en tres días, en La Peluquería, otra vez en San Telmo.
Con alguna calma estructuré un texto más o menos culto, para encuadrar su poesía. Me daba vueltas el soneto:

Pudo volar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Me parecía único, eso que uno —en las discusiones— llama “verdaderamente original”. En la mañana previa a la presentación leí, en un diario de prestigio, que no era yo solo el que presentaba los Sonetos... Eran los tiempos que seguían a lo de las Malvinas y un periodista se había hecho famoso, en la televisión, por su fervor, o más bien por su obsecuencia. Según la noticia, ese hombre también iba a presentar el libro. No acababa de indignarme cuando Giribaldi me llamó. Nos vimos una hora antes de la presentación. “Usted se asombrará de que haya incluido a ese personaje —me dijo— pero yo quiero que hoy el odio se corte con cuchillos”.
Algo entendí. Cambié, en la presentación, el discurso y pude balbucear que el lunfardo —ese lenguaje con el que Giribaldi había levantado, irónicamente, sus sonetos— se había inventado para burlar a los alcahuetes, para hablar, sin peligro, enfrente de los botones. En el fondo de la sala, según mi vista, Giribaldi se rió.
La última vez, veníamos de acá, del diario. Lo dejamos en una que corta Entre Ríos, para el lado del bajo, de (otra vez) San Telmo. Serían las doce. Me contó el itinerario del Pinera. Terminaba hacia las cinco de la mañana. Ya lo había escrito.


Desde este mundo, Buenos Aires, Página/12, 2013, pp. 215-217.

martes, abril 21, 2020

Dos novelas: Los sorias y Tadeys, por Ariel Luppino

Este texto fue leído por Ariel Luppino, autor de Las brigadas (2018) y Las máquinas orientales (2019), en la Feria de Editores Independientes el viernes 2 de agosto de 2019. La grabación de la mesa sobre Lamborghini y Laiseca y sus novelas (imposibles, ilegibles, ineludibles) se puede ver acá. Agradezco a Luppino su polémica, su amistad y su confianza. Y, sobre todo, su lectura apasionada de Alberto Laiseca y de Marcelo Fox.

 
Hay un canon visible (Aira y Saer) y un canon invisible (Laiseca y Lamborghini), pero es un canon espejado. Quizás deberíamos dejar de hablar de la literatura argentina contemporánea: la literatura argentina contemporánea no existe. ¿Quién la hace? ¿Anagrama? ¿Random House? La mayoría de “la literatura argentina” (permítanme el uso de comillas) está escrita en estado de traducción. La mayoría de la literatura argentina está inscripta en la tradición del realismo sucio norteamericano, o el terror urbano norteamericano, o el gótico inglés, o la non-fiction… Todo da igual cuando se trata de vender, aunque la idea de carrera literaria en la Argentina sea un delirio. No hay mercado capaz de sostener a un escritor como tal. 
Quizás deberíamos dejar de lado estas cuestiones y hablar de dos novelas, Los sorias y Tadeys. ¿Por qué estas novelas no son leídas? Por varios motivos. De alguna manera, son obras autoconscientes. Como no tienen lectores, se ven obligadas a crearlos. Pero la tarea es ardua. Estas novelas no son leídas, entre otras cosas, creo yo, porque la crítica literaria está desapareciendo. Los académicos llegaron a un punto de saturación, de hartazgo, y los periodistas culturales sufren el Mal de Osvaldo Quiroga: siempre tienen un elogio a mano para quien se los pida. Si todo es bueno, ¿cuál es el criterio estético que rige esa sentencia? Si todo es importante, entonces nada lo es. Sólo hay un valor de mercado y estas obras exigen una valoración de lo literario y una resignificación de lo novelesco como tal. Se invierte y se niega la fórmula de Libertella. “Ahí donde hay un mercado no se constituye un lector”. Como ven, en la inversión la fórmula pierde la gracia. 
Además hay una presión de mercado por imponer una agenda de lectura y estas novelas por uno u otro motivo siempre quedan afuera. Porque son demasiado largas o “difíciles”… Por supuesto que a esto también se superpone lo temático. Está claro que el oportunismo configura un modelo de intelectual en la Argentina. Todos dicen lo que hay que decir y escriben lo que hay que escribir, y en este sentido estas dos novelas no cumplen los requisitos de la época, de ninguna época, porque son una apuesta radical de la literatura por la literatura misma. Entre tanto oportunismo, estas novelas nunca dejan de ser inoportunas.
Los sorias y Tadeys son dos novelas políticas pero no son realistas, incluso diría que son anti-realistas. Si el populismo literario construye utopías ingenuas, Lamborghini y Laiseca trabajan, o mejor, juegan con el negativo y traman contra-realidades ficticias. No son realistas porque el realismo se queda corto cuando quiere dar cuenta de las lógicas (delirantes) del poder. El realismo cuando aborda cuestiones políticas escribe novelas de tesis políticamente correctas y convencionales, anacrónicas que subordinan la literatura a la ideología y tratan de sostener ideológicamente lo que no funciona en términos narrativos. Subordinan la literatura a otros discursos, como si la literatura fuera una sierva, la cenicienta y no la reina de todas las artes.
La poesía argentina quedó estancada en los 90, pero con la narrativa pasó algo mucho peor: nunca salió de los 80. Cuando se habla de Laiseca, pero sobre todo cuando se habla de Lamborghini, por lo general, se recurre a César Aira, tal vez no el mejor novelista pero sí el mejor ensayista argentino, y eso impide la lectura o genera una confusión. Por ejemplo, Los dos payasos no es una ficcionalización de la relación entre Aira y Lamborghini sino un ensayo ficcional sobre el centro inefable de la obra de Lamborghini: los juegos de palabras, el chiste y su reverso perfecto, el malentendido. Aira tira de ese ovillo y desata lo novelesco puro que se cristaliza en una novela como Tadeys. Pero acostumbrados a leer tanta literatura del yo lo biográfico pareciera tener más peso. 
De la misma manera, Help a él de Fogwill es menos una reescritura de El Aleph de Borges que una tematización novelada de la poética de Laiseca:
“Miré el papel: la prosa era impecable, y abundaba en ese truco de Adolfo (Laiseca) que yo había señalado en su novela: un uso anómalo de ciertos giros coloquiales, como si yo ahora escribiese que en ciertos párrafos él 'enchufaba' palabras de un léxico legítimo, pero inesperado en el contexto del relato. Ese uso irruptivo y exagerado del giro coloquial distorsionaba toda alusión realista, creando un clima de alteración mayor que el que la improbabilidad de componentes del lenguaje llevaría a pensar. Era –le dije, y sigo viéndolo así- como si en una guía telefónica enchufaran nombres de plantas y de caballos de carrera con sus correspondientes códigos impresos en números romanos”. 
Tadeys es una novela sobre la traducción y al igual que Una excursión a los indios ranqueles está escrita por un lenguaraz. Es una saga imperial pero también una reversión (o perversión) de la literatura practicada por los sabios humanistas italianos: Petrarca, Dante y Bocaccio. Lamborghini parece sugerir que en el horizonte hay una lengua nueva y paradójicamente suena como el latín.
Los sorias más que una novela es un libro para iniciados, o un libro iniciático. Digamos, una novela en clave para el aprendiz de brujo. Es una “novela” en el sentido más profundo de la palabra en tanto que desoculta una verdad: la literatura misma. En Los sorias hay una cosmovisión esotérica puesta en abismo y una lengua hecha con los restos de muchas lenguas. Laiseca hace que las artes mágicas suban al escenario y representen su papel, y esa teatralidad es la novela (en El jardín de las máquinas parlantes ese movimiento habrá de cristalizarse). Laiseca lleva la novela a sus orígenes remotos, la épica, y de una manera hiperbólica escribe una novela épica: la categorización no es inocente. Como en Aventuras de un novelista atonal o Las cuatro torres de Babel, Laiseca escribe a la manera de Heródoto o Tito Livio sobre una civilización que siempre es imaginaria, y esa es una epifanía, pero Laiseca entendió antes o mejor que nadie que toda epifanía es literaria. Laiseca fechó el comienzo de la novela como género en Rabelais y después no hizo otra cosa que desplegar la tradición condensada en el comienzo, porque Laiseca, al igual que Macedonio, tiene bien en claro que toda novela es una novela que comienza. Entonces, ¿cómo no habría de escribir novelas de aventuras? 
Los sorias es una novela enciclopédica pero carnavalesca, y es una celebración de lo alto y lo bajo sin jerarquías o con la jerarquía dada vuelta como en toda orgía, aunque en este caso se trate de una orgía del conocimiento porque el arte a veces también puede ser eso. Los sorias es la mejor novela que se escribió en la Argentina desde El Matadero, si aceptamos esa obra como el comienzo de nuestra literatura (en caso contrario, habría que volver a reescribir esta frase una vez más). La literatura argentina empieza con una violación y termina con una orgía. Porque una novela como Los sorias no se publica en vano. Es un punto de culminación y la mayor parte de nuestra literatura persiste en un plano fantasmático, como si no se diera cuenta de que está muerta mientras esta novela está viva, más viva que nunca. ¿Pero puede la literatura argentina empezar de nuevo? Eso está por verse.

viernes, abril 17, 2020

Rodolfo Walsh, pescador de hombres

Hace unos meses, buscando unas cosas en la revista Extra, me topé con una nota a Rodolfo Walsh. Junto a la nota, compuesta por una breve bio, que copio, un diálogo con el entrevistador y el relato "Esa mujer" aparecieron unas hermosas fotos de Walsh en su casa del Tigre. Ahí se lo ve pescando, riendo, con gorro. La naturalidad de las fotos, la transparencia en sus ojos y la alegría en su rostro me dieron ganas de compartirlas en este blog. Se publicaron en el n. 3 de la revista Extra, en septiembre de 1965. Que las disfruten!
El autor

Rodolfo Walsh debe medir poco más de un metro setenta, sobrelleva, sin admitirla, una calva incipiente que ralea en la coronilla sus cabellos castaño claro. Le da lo mismo usar o no corbatas, si se propone asumir un aire distante puede llegar a parecer muy británico, cualidad difundida entre los irlandeses. Nació en Rio Negro en 1927, su padre era mayordomo de estancia. A los diecisiete años abandonó todo lo que hasta entonces lo condicionaba: familia, estudios, amigos y partió con rumbo ignoto. Se detuvo en Rosario. Por poco tiempo realizó muchos trabajos, de los cuales recuerda con humor: lavacopas, vendedor de retratos iluminados, peón, limpia-ventanas, etc. Estos trabajos, su ímpetu y los años bastante fáciles que corrían por el país le permitieron completar su aventura de desarraigo en Córdoba, Mendoza y Tucumán. Allí vendió su diccionario Appleton para pagarse el pasaje de vuelta.
Pudo ser esa transacción la que lo convirtió en uno de los más cotizados traductores de inglés. Lo apasionan, ¿apasionaban?, las intrigas, como lo prueban: su literatura policial, su estudio de claves, su preocupación por el chino. Estas formas algo elementales del escapismo parecen haber quedado atrás.
Como periodista obtuvo éxitos memorables con sus investigaciones: aún perduran en la memoria el caso Satanovsky y los fusilados el 9 de junio de 1956 en José León Suárez (Operación masacre).




lunes, abril 13, 2020

Mameluco, un relato de Aquí se restauran niños y vírgenes, de Verónica Barbero

Detrás de un título espectacular, Aquí se restauran niños y vírgenes, Verónica Barbero arranca una serie de relatos incómodos, violentos y extraños. El libro, publicado por Minibus ediciones en 2018, tiene un gran mérito a veces olvidado en la literatura argentina actual: la creación de un mundo con sus propias reglas.
Ese pequeño mundo está poblado por objetos y personajes asfixiantes que recuerdan a Silvina Ocampo pero también a Héctor Lastra y a Amalia Jamilis. El cejijunto, el cuadro del Sagrado Corazón, el chico de la honda, el gato Porfirio, el mameluco hechizado son algunos de los elementos narrativos que otorgan densidad a la propuesta de Barbero.
Si Aquí se restauran... arranca de un modo desconcertante, luego una trama se va urdiendo ante la lectura y ese mundo provincial y fantástico, añejo y atrapado en un eterno presente, inocente y violento se vuelve autónomo. ¿Cuándo perdieron los escritores argentinos la confianza en la literatura como máquina creadora de universos?
Verónica Barbero intenta recuperar ese gesto demiúrgico en su primer libro de cuentos Aquí se restauran niños y vírgenes. Al cerrarlo esa atmósfera de tensión inocente queda incómodamente mezclada con nuestra propia realidad y miramos abajo de la cama con miedo de encontrar al cejijunto que acomoda sus cuchillos con paciencia y desconfianza.


Muy amablemente Verónica Barbero cedió este, uno de los mejores cuentos de Aquí se restauran..., titulado "Mameluco".

Mameluco (Verónica Barbero)

La abuela acercó su cara a la mía, pensé que iba a darme un beso pero le dijo al botón: —¡Listo! —mientras lo abrochaba en la base de mi cuello. La palabra activó la tela que se ajustó a mi cuerpo, cubrió mis manos y mis pies, también mi boca dejando afuera mis ojos que se llenaron de lágrimas y mis pelos desgreñados. La etiqueta con la marca, cosida sobre la prenda, presionó mi nuca obligándome a agachar la cabeza. Ese lunes, y sé que era lunes por el portazo de mamá al irse a trabajar, lo último que vi a la altura del horizonte fue el mameluco de la abuela igual al mío. De haberme dicho que iba a usarlo siempre, yo hubiera elegido un vestido que haga juego con mis aros. Recuerdo la cara de mamá al verme, aseguraba que me quedaba hermoso aunque estaba sucio con manchas de sangre y olor a cebollas, igual al de ella.
—Todas lo usan desde que cumplen seis —dijo—. Le pongamos un nombre para que se hagan amigos —y se quedó mirando al mameluco sin que se le ocurra ninguno. Yo ya lo conocía de antes, colgado en una percha juntos a otros iguales adentro del ropero de la abuela o paseándose por la casa, siempre sucio, siempre azul, con la forma de otros cuerpos. Me quedaba como cosido sobre la piel, yo tenía la esperanza de que, cuando me haga grande, las costuras cedan y me permitan usar ropa diferente con telas menos duras, con confecciones menos tensas. Tan ajustado lo sentía en las rodillas que desde ese día me deje llevar por él, caminando con pasitos cortos. Aquella tarde salí a la puerta de casa para presentar el mameluco a mis amigos. El chico que me gustaba clavó su mirada en la prenda, estábamos solos en la vereda, se acercó con su mano extendida hacia mi cara. De un bolsillo del mameluco asomó un papelito escrito en letra de molde: “HAY QUE ABRIR LA BOCA Y CERRAR LOS OJOS.” Yo, por el olor, sabía que el chico no me ofrecía un caramelo pero el mameluco dejó al descubierto mi boca.
—¡Aca seca! ¡Comiste aca seca de gallina! —se rió el chico y después salió corriendo. Volvió dispuesto a atacarme con una pata de pollo a la que todavía le colgaban unas hilachas de carne. Mamá y la abuela me recibieron con orgullo cuando llegué a casa con los primeros garabatos de grasa sobre el mameluco.
—Tu madre nos arruinó la vida, era una mujer insoportable —le dice mamá a la abuela—. Mirá lo que se le ocurrió regalarte para tu cumpleaños —y señala el ropero que es una molestia en el centro del living porque la abuela no quiere que lo muevan, está ahí desde que lo trajeron hace años.
—No pienso abrirlo —dice mamá. Ojalá explote.
La abuela no le hace caso, sigue concentrada en la cocina revolviendo una olla. Yo no tengo miedo de abrir, allí guardo mi colección de moños, aunque la tengo abandonada hace tiempo porque tengo que hacer lugar a los papelitos que salen del bolsillo. Al comienzo las instrucciones brotaban de a tres o cuatro por día pero la frecuencia va en aumento según pasa el tiempo. Deben guardarse una vez cumplidas, están escritas en forma muy prolija sobre rectángulos de papel blanco que miden siete por siete por lo que es fácil apilarlas en columnas que, a medida que crecen, van desplazando a mis moños hacia un costado. Alguna vez he pensado en tirar algún papelito pero de inmediato aflora una orden del bolsillo y aleja ese pensamiento: “HAY QUE REPASAR, HAY QUE REPASAR.” Releo las instrucciones una por una y vuelvo armar las torres. Tengo la certeza de que las reglas no son elegidas al azar; son parte de un código que sólo el mameluco conoce y deben cumplirse urgente. Las prescripciones parecen de una naturaleza antigua porque pueden ser feroces, como desollar vivo a alguien, o delicadas como no torcer el cuello de una gallina delante de los niños. Las que le tocan a la abuela dicen: “HAY QUE CUIDARLOS.” Ella no las cumple, por eso le salen repetidas, ya que los bebés se le mueren en brazos invariablemente. Ella deja sus cuerpitos bajo el cuadro del Jesús que te mira, el que ella dice que los convierte en ángel.
Las hileras de papelitos crecen tanto que tocan el techo del ropero. Apoyo sobre la primera pila la orden cumplida de hoy temprano: “HAY QUE COGÉRSELO AL VIEJO.” Eran las nueve de la mañana, yo estaba en la cola de la caja del súper, parada detrás de un señor con tos. Calculé que tendría unos ochenta años, me pareció muy viejo pero otro papelito insistió: “HAY QUE COGÉRSELO A ESE VIEJO.” El mameluco tomó de la mano al viejo y lo llevó tras una góndola; se desabotonó solo sin que yo pueda evitarlo. Me dejó ver desnuda e hizo entrar al hombre. Fue un sexo quieto, entre los tres: el mameluco abrazándonos, el viejo escupiéndome mientras tosía y me besaba. No pude evitar limpiar con mi lengua la flema que chorreaba de su boca.
Guardo en el ropero esta prescripción cumplida durante la mañana, tratando de no desordenar la hilera. Los moños se resbalan hacia afuera, casi no les queda espacio. Como si hubiesen cobrado vida, se desparraman por el piso de la casa en un intento de no ser devorados por las torres de órdenes monstruosas. La abuela los levanta de a uno mientras barre y los prende con un alfiler de gancho a mi mameluco del que cuelgan marchitos, descoloridos.
Ya olvidé cómo es mi cuerpo desde aquel lunes en que la abuela me regaló la prenda. Sólo la mirada sobre él de Gertrudis, la vecina, me recuerda que lo llevo puesto. Ella pasa mucho tiempo asomada sobre el hueco donde se desmoronó la tapia. La abuela dice que no hay que tenerle miedo, que no lo hace para espiar, sino porque ahí lava la ropa y de paso nos cuida la casa. Yo no le tengo miedo a ella sino al lunar sobre su frente donde palpita una idea fija sobre la que no quiero preguntar porque incomodaría a mamá y a la abuela, estoy segura que la respuesta implicaría una explicación larga y, desde hace un tiempo, ellas optaron por hablar poco, con frases cortas ya que sus voces y la mía retumban adentro de los mamelucos y casi no nos entendemos entre nosotras.
Ya tengo la altura suficiente para mirar qué hay al otro lado de la tapia, el mameluco lleva mis pasos hacia allí. Puedo ver un pasillo angosto con una pileta de lavar y una ventana en penumbras donde no se ven focos ni lámparas, la sombra de Gertrudis sobre la pared se agranda a la luz de las velas. Su vestido se abre abajo como paraguas, deja al descubierto sólo su cara lisa y sus manos. Las paredes del lugar están llenas de estantes con rollos de una tela áspera como la de mi mameluco, sobre uno de ellos descansa la gata negra, la de los techos como la llama la abuela. Por ella, duermo tapada hasta la cabeza porque entra por las noches en mi cuarto y no hace ruido cuando brinca sobre mi cama.
—¿Acaso me han abandonado? ¿Dónde están mis sirvientes? —Gertrudis habla con voz grave haciendo sonar las eses como zetas, es la única persona que conozco que hable así—. Vaya novedad, hojeando esas fotonovelas en horario de trabajo. ¿Quién te has creído que eres? ¡Vuelve a tu labor! —le dice a la costurera wichi y le planta un varillazo en la espalda, parece que no le duele porque ella se inclina y canta.
Roza con sus trenzas negras la tela que cubre la mesa y corta siguiendo los contornos de unos moldes con distintas formas, unos de manga y otros de cuello de camisa. Gertrudis se sienta a la par, toma una tira larga de papel que después corta en rectángulos y apila a un costado. Su cara es una luna llena, resaltan sus labios pintados de rojo y el pelo negro tirante hacia atrás. Cuando la costurera wichi eleva su voz, el lunar late en la frente de Gertrudis y, con esa cadencia, escribe sobre los papelitos. Si el canto es violento así son los trazos que imprime, en otros momentos, se vuelve dulce y los ojos achinados de Gertrudis se ablandan. El trance concluye cuando la costurera wichi termina de cortar las piezas. Ambas descansan en silencio. La gata de los techos se despereza y restriega su cuerpo contra uno de los rollos.
—He asumido el compromiso de lograr la verdadera transformación, la que jamás pensamos presenciar, con toda la carga de responsabilidad que eso conlleva. Por eso se debe tratar con sumo cuidado el género, sus filamentos son inteligentes y muy sensibles, con muchísimas virtudes para ejecutar tareas que exigen esfuerzo, sacrificio, claridad de ideas, guiadas por una gran energía que la encauza mi sentido de prudencia y equilibrio —Gertrudis habla como si estuviese subida a una tarima ante una multitud—. He aceptado toda responsabilidad de la carga de la creación de las normas que nos permitirán desarrollar las vidas que aspiramos, fortalecer las capacidades y dar contenido real. Existen fuerzas poderosas que me guían, sabemos que el esfuerzo para crear bases estables pasa justamente en superar las deformaciones asentadas en la mentalidad colectiva, en superar lo antinatural, con el deseo esperanzado, con la cabeza y el corazón y la mirada hacia el futuro. ¡Pero tú qué puedes saber de esto! No has imaginado algo así en tu vida. Tú sólo piensas indecencias como las que empleaste para seducir a mi hijo.
La gata de los techos lame un pedazo de tela que cuelga de la mesa como si quisiese comprobar lo expuesto por Gertrudis. Ella la aparta de un manotazo.
—Este animal nunca duerme. Anoche no la echaste afuera y no me dejó dormir. Aunque sea muy cariñosa no la quiero adentro.
Es raro, la gata no se despegó de mí en toda la noche, creo haberla bajado entre sueños varias veces.
La costurera wichi suspira.
—Aquí no puedes quejarte, en mi casa no tienes ni voz ni voto —dice
Gertrudis—. Qué equivocada estabas empeñada en casarte con un noble hidalgo español para lucirte. Lo persuadiste, creías que tu descendencia vestiría encajes, india infeliz! ¡Toma y cose sus atuendos! —le tira un nuevo rollo sobre la mesa. —Será mejor que no olvides que sólo a mí responde la unidad de procesamiento que recibe los datos, así se lo he pedido al fabricante, soy la viuda del noble hidalgo, tengo mis influencias. Todo está bajo mi control, tanto la recepción de los datos como su procesamiento, la información que resulta es interpretada según mi criterio —camina de una punta a la otra del pasillo con una sombrilla que la cubre del sol, elevando tanto el tono de su voz que seguro la escuchan mamá y la abuela dentro de mi casa—. Es imposible que escapen de la maldición. Tu estirpe está condenada al dolor y al constante sometimiento hasta la séptima generación. Así lo digo.
El mameluco presiona levemente mis antebrazos como una caricia. ¿Sabrá de quién habla? Yo prefiero no conocer tanto acerca de su esencia además me da vergüenza que ella se refiera a él de esa manera.
La costurera wichi toma la tela, la extiende sobre la mesa y se ponea cantar otra vez.
Gertrudis apoya la punta del lápiz sobre el papel pero se detiene, las palpitaciones del lunar no siguen el ritmo.
—Se me ocurre un experimento para comprobar la resistencia de la tela. Hay que seguir las ideas, las ideas quedan, debemos evocar las certidumbres, esa es mi función. Por favor, deja ya tu canto.
Mi bolsillo hace ruido al asomar un papel, la costurera wichi levanta la vista, no le da tiempo al mameluco a esconderme, ella me mira con una sonrisa desanimada y tierna. “HAY QUE ENTRAR, NADIE TE VA A CUIDAR COMO ÉL.” El papelito resbala de mi mano y cae al piso. Mis pasos me alejan de la tapia para llevarme hacia la calle, hasta una casa pintada de rojo en la misma cuadra. Sobre la fachada, un tipo espera apoyado contra la pared, cuando me ve chasquea sus dedos como llamando a un animalito. Mi corazón se acelera cuando me invita a entrar y pone la tranca en la puerta. Lame mi mameluco dejándolo pegoteado. Después me pega en la cara, me escupe y dice que soy su puta. Se enoja cuando se le quiebran las uñas al arañar el género áspero que me cubre. En algún lugar, los labios pintados de rojo de Gertrudis sonríen por el éxito de la prueba. El mameluco me lleva a descansar sobre mi cama. Esta vez lloro, lloro dentro de mi amigo, la tela roza mi piel. Me duelen los brazos y las articulaciones, sólo quiero dormir aunque mis pensamientos jamás llegan a la superficie. Vomito sobre la almohada.
Está oscuro todavía, me despierta un griterío desde el living.
—¡Traigan una ganzúa! —Gertrudis y la costurera wichi tironean la puerta del ropero que está trabada. Cuando ellas entran por las noches a colgar los mamelucos, nosotras hacemos como que no las vemos lo que hoy es imposible por el escándalo que armaron.
—¡No rompan la cerradura! Ya abro —hago girar la manija, hace un sonido leve en el pestillo, algo salta desparramando en el piso los papelitos. La gata negra de los techos choca contra mis piernas y se mete debajo de mi cama. Un cono de luz se filtra por la puerta entreabierta, ilumina sus ojos amarillos que miran mi mameluco con una extraña fascinación.
“HAY QUE DARLE DE COMER.” dice un papelito en mi bolsillo.
—Yo no escribí eso —Gertrudis mira la lapicera que empuña en su mano derecha la costurera wichi—. ¿Quién te imaginas que eres? ¿Cómo te atreves? —levanta su brazo amenazándola. La otra mujer la empuja y ruedan juntas por el piso de la casa.
Mamá y la abuela, levantadas por los gritos, las ven pasar.
—Ya es hora de que alguien les avise que están muertas —dicen entre ellas.
“¡NO HAY QUE DARLE DE COMER A ESA BESTIA!” Sale un papelito con esa leyenda.
—¡No es una bestia! —mi voz se pierde hacia adentro del mameluco.
Camino dos pasos y aparece otro papel: “¡HAY QUE DARLE DE COMER AHORA!” y otro papel: “NO, NO HAY QUE DARLE.”, salen uno, dos… seis.
Gertrudis y la costurera wichi han abandonado la pelea para escribir papelitos que desaparecen, pero no salen ya de mi bolsillo, como si algo adentro se hubiese roto.
—Vamos a darle de comer —digo. Me parece extraño, las palabras se escapan entre las rendijas de las costuras y se propagan por el aire. Traigo la olla de la abuela con la sopa y la apoyo sobre el piso junto a mi cama. El humo de la comida caliente flota alrededor de la gata de los techos haciendo formas estrambóticas que al separarse dejan ver sus miembros huesudos con llagas. No come, su boca está llena de papel y respira con dificultad. Coloco mi mano sobre el lomo, siento su corazón que late agitado parece estar muriendo.
Ya amanece. Del ropero viene un llanto de bebé.
—¿Qué es esto? ¿Ya me morí y estoy en el limbo? —dice mamá.
La gata negra acaba de parir en el interior, descolgó de las perchas los mamelucos y los deshilachó para formar el nido. Se comió la mayor parte de las torres dejando unos cuantos rectángulos aplastados entre pelos y sangre.
—Hay que matar a esa gata inmunda y a su hijo, traigan el veneno —dice Gertrudis.
—Me mato si no la dejan que se quede. Estoy cansada y decepcionada. Menos gastos para todos —dice mamá detrás de mí, saca la corbata que usa bajo su mameluco y estira su brazo hacia arriba como si fuese a colgarse de alguna viga imaginaria—. Hay que irse de esta casa. Está maldita.
La abuela con sus brazos abiertos se interpone entre Gertrudis y el ropero, le recuerda es de su propiedad y que no es asunto suyo lo que pasa ahí adentro. Ruega que no maten a la gata y al gatito porque ahora son de la familia y se desmaya.
Introduzco mis dedos en la boca de nuestra gata redentora para extraer los bollos de papel atorados en su garganta. Todavía quedan trazos desteñidos, parecen jeroglíficos que dan cuenta de la caída de algún imperio. Lanza un maullido débil y toma una última bocanada de aire antes de quedar inmóvil bajo mi cama. Gertrudis se apodera del gatito gris en el ropero.
—Tráiganlo aquí que le doy el pecho. ¡Ay me muerde! Qué lindo bebé, deben quedarse con éste, van a llamarlo Porfirio y sus ojos grises no se cerrarán jamás —ella lo esconde bajo su miriñaque. El gatito araña sus piernas y lame su sangre.

Barbero, Verónica (2018). Aquí se restauran niños y vírgenes, Tucumán, Minibus, pp. 11-17.

domingo, marzo 29, 2020

El paraíso, según Alberto Laiseca

Me pregunto si los archivos que se van acumulando en la web, en particular los archivos literarios, no precisan de una suerte de curaduría virtual, llevada adelante por nosotros, lectores curiosos. Creo que desde hace varios años este blog cumple, de una u otra manera, esa función. ¿En qué consistiría tal curaduría? Simple: seleccionar material, transcribir textos, recalcar en un relato, una reseña o una entrevista. Documentos que de otra manera quedarían perdidos en archivos de miles de libros, revistas y textos. En algún momento opté por un vocablo para esos escritos recuperados: exhumaciones (que incluso se convirtió en tag de este blog).

¡A veces hay tanto y a la vez tan poco! Se sabe que muchas veces el bosque tapa los árboles; y en ese sentido, realizar una curaduría literaria virtual tendría que ver con resaltar esos árboles, sacarlos de su contexto natural, en el que pasarían desapercibidos, y plantarlos solitos, en su propio cantero. Horrible metáfora, ¿no? Pero, bueno... Es verdad, hay veces que estos textos cobran su sentido en la revista o el contexto en el que aparecen. Pero otras, se logra recuperar líneas que pocos recordaban, un detalle distinto de un autor muy transitado o incluso alguna joya perdida en un sitio literario remoto.

En este sentido, la aparición de Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas) desde hace varios años, entusiasma mi hobbie de seleccionar material, recuperar artículos, textos, opiniones: realizar curaduría literaria virtual. En este caso, mirando la colección de Diario de poesía (y valiéndome del índice de cada publicación que con mucho trabajo y amabilidad adjuntan), me encuentro con un especial sobre el poeta W. H. Auden, seguido de la opinión de distintos escritores y críticos sobre cómo piensan el paraíso. Entre ellos, Alberto Laiseca. Cumplo, entonces, con esta curaduría y recupero el textito del conde que no tiene desperdicio. Salud!


El paraíso, según Alberto Laiseca

Dejemos de lado la teología, por favor. De eso ya tengo bastante. Diré cómo me gustaría que fuese el Paraíso. Yo, como los egipcios, lo concibo básicamente terrenal. “Así como es arriba es abajo”, decían los antiguos. De modo que imagino cierta tierra para que haya un cielo a su semejanza.
Ríos de agua, otros de cerveza, calor seco, desiertos hermosos, florestas, cacerías, reunir-se con los amigos, trabajar en lo que uno quiere, vivir con la mujer amada, tener hijos con ella, vivir con mi hijita.
Realizar expediciones Nilo arriba hasta Nubia, fundar templos, conocer más a la naturaleza. Me gustaría ser el Monitor de mi Tecnocracia, pero no todo el tiempo. De a ratos, porque si no uno se pierde otras cosas. Como se ve, yo, como todo el mundo, quiero comerme la torta y que me quede torta. Conducir batallas gigantescas, sufrir espantosas derrotas wagnerianas, emerger triunfante al final (Gary Cooper: ¡ídolo!).
Comprarles cromo y manganeso a los protelios, fabricar con tales materiales, (amén de otras cosas, claro) 1.200 divisiones de terminators e invadir Protelia a traición y por la espalda.
Fabricar grandes máquinas y monumentos que no sirvan para un catso, salvo que sean hermosísimos.
Visitar otros planetas en mis espacionaves de combate. Volver con un gran cargamento de rocas marcianas.
A ratos ser un simple particular y ver todo desde afuera.
Visitar hoy día la Gran Pirámide. Mirar su construcción con un televisor temporal.
Derrotar al Anti-ser.
Pasarlo bien, en suma.

Alberto Laiseca (escritor)

En Diario de poesía, n. 9, año 1988, p. 26.


martes, marzo 24, 2020

algunos relatos de la memoria

Desde hace varios años, para esta fecha de la memoria, vengo posteando algunos relatos de autores que me gustan y que posiblemente no fueron tan tenidos en cuenta a la hora de volver sobre el 24 de marzo. En medio de esta pandemia brutal que nos aísla y nos estanca en un día infinito, preferí recuperar esos textos en un solo posteo a subir algo nuevo. Así que ahí van, un fragmento de cada uno y el correspondiente vínculo para quién/es quieran leerlos o releerlos.



Los taconeos, el acento metálico de las armas al ser cargadas o descargadas, el tintinear de las botellas, los gritos, las órdenes, el roce de las esposas, la caída del agua de los retretes, un encendedor al prender, las toses, los pedos. Pienso que ése era el primer escalón de ruidos. Tenían por característica que se los podía aislar, cada uno transparentaba una acción que yo imaginaba y reconstruía sobre la pantalla de los párpados vendados. Seguía, luego, otra escala más confusa pero reconocible: consistía en la llegada de una o más víctimas. Empezaba como un tropel de pasos. Se escuchaba inmediatamente el choque de huesos contra la pared, los alaridos revueltos, lo que gritaba el desgraciado mientras lo hacían correr a las patadas, a culatazos, rompiéndole los dientes, hasta que se estremecía una puerta al cerrarse y se amortiguaba el curso de la acción. Los policías sobre todo insultaban ¡hijo de puta! ¡apátrida! ¡sos montonero! y los detenidos respondían que no, o decían por favor, tengo hijos, no me peguen, mis viejos, yo no hice nada, ay mamita mamá mamá. No era demasiado extensa la gama de sus respuestas; sino, sencillamente, no hablaban y toleraban el castigo entre quejidos o bruscos soplos de aire.
Fragmento de El antiguo alimento de los héroes (1987), de Antonio Marimón. Sigue acá. 



El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

LOS MILITARES ARGENTINOS
LOS PREFIEREN EXTRANJEROS

sin embargo.
"Se equivocaban de departamento", de Osvaldo Lamborghini. Sigue acá.

En el marco coyuntural de una alternativa poco favorable a nivel de descuelgue, me está diciendo el pibe éste (cara de aseo muy bueno, conducta muy buena) y por lo que se conoce de él, es como si Ireneo Leguisamo se pusiera a hablarme de la relación de pareja entre los menonitas, o el Cid Campeador, de las virtudes de la soja en la alimentación macrobiótica, cosas por ai importantísimas para que aparezca un Ireneo Leguisamo o un Cid Campeador en este piojoso mundo, pero que a mí, Celestino Vinelli (ex futuro poeta, hoy Harold Dream, o Jeff Matterson, o Dick Heller, según mande para la Serie Negra, la Colección Terror, o la Súper Crimen) me interesan tanto como si abuelita me estuviera aleccionando sobre las dificultades del punto cadena, pero hay que joderse.
"Cacería sangrienta o la daga de Pat Sullivan" (1985), de Humberto Costantini. Sigue acá.


Quizá, en ese momento, el sol, de un melancólico color morado, tiña la habitación, ilumine la mesa, profusamente tallada, como la tarde en que se sentó por primera vez ante el chico, entretenido en desgarrar el cintex adherido al envoltorio de los cuadernos.
—No sé qué hacer con él —le había confiado la mujer, deprimida—. No estudia, se pasa el día leyendo revistas y haciendo crucigramas.
La ventana estaba entreabierta, con la persiana baja hasta poco menos de la mitad, para impedir la entrada del calor y de la luz. Sin embargo, en la sombra, se distinguían los muebles de falso estilo imperio que llenaban la habitación. Eran muebles pesados, severos, pero, en alguna medida se establecía cierta coherencia entre ellos y las paredes, tapizadas con un papel de un lacre desteñido, sobre las cuales distintos paisajes y naturalezas muertas de colores vivaces, colgaban, enmarcados en cedro oscuro.
"Ciudad sobre el Támesis" (1988), de Amalia Jamilis. Sigue acá.

(...) Después de un rato ya no escucha.
Han vuelto al centro y prefiere observar a la gente que pasa por la calle. Recuerda ese ir y venir infatigable, sonámbulo, de sus primeras trasnochadas de adolescente: respirando hondo, con los ojos muy abiertos, deslumbrado por una promesa tácita, ubicua de aventura, se sentía admitido en los misterios encubiertos y al mismo tiempo tan accesibles a la noche. Tantos años más tarde, ahí está, acechando de nuevo la mirada de los transeúntes, pretendiendo leer en sus caras quiénes son, adónde van.
Se los ve cansados, felices, impacientes, disponibles, apurados, tristes: como la gente en la calles de cualquier ciudad. Y no lo miran. Él no olvida, desde luego, que está escrutándolos desde un automóvil en movimiento… pero por otra parte, ¿por qué deberían mirarlo? ¿Acaso él mismo no se siente como un fantasma? Un irrisorio Rip van Winkle, intentando explicar el territorio presente con un Baedeker amarillento, destartalado, confundiendo sus recuerdos con datos, tomando sus deseos por impresiones…
Fragmento de "El viaje sentimental" (1985), de Edgardo Cozarinsky. Sigue acá.

domingo, marzo 15, 2020

Hugo Tabachnik en el camino

Hay dos motivos que me mueven a recuperar esta entrevista que Jorge Pistocchi le realizó al poeta y periodista Hugo Tabachnik. Por un lado, la necesidad de seguir aportando a la investigación alrededor de una generación beatnik en Argentina, con sus propias modulaciones, traducciones y obsesiones. El trabajo realizado por Federico Barea y el libro Argentina beat (Caja negra, 2016) como resultado del mismo sentaron las bases para poder poner ese nombre, esa etiqueta: beatniks argentin@s. En paralelo, existieron el documental de Diego Arandojo sobre la revista Opium y sus miembros (Opium, la Argentina beatnik, 2014-2015) y la muestra en el Museo de la Lengua de la Biblioteca Nacional, Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60 (2017). En este sentido, recuperar esta entrevista contribuye a seguir definiendo qué fue la Argentina beat, cómo se caracterizó la literatura beatnik argentina y cuál fue la relación entre esos escritores y escritoras y su contexto histórico.
El otro motivo que me moviliza a reproducir esta entrevista es el siguiente: cuando Hugo T. falleció en 2017, Fede Barea publicó esta entrevista en su perfil de facebook. Recuerdo haberla leído, también recuerdo haber pensado, y lo sigo pensando, en cómo se perdería ese documento en esa red social nefasta para la búsqueda de textos, fotografías y testimonios. Era inevitable. El buscador de fb es horrible, la red social no te permite archivar con ningún tipo de lógica (todo tiende a la entropía y al olvido en ese lugar y en otros como instagram). Por eso, copio, pego y formateo esta bella entrevista de Pistocchi a Tabachnik sobre los 60, la poesía, los beatniks argentinos y la búsqueda vital. Que la disfruten.

Poesía y otras intimidades
Entrevista de Jorge Pistocchi a Hugo Tabachnik

Jorge Pistocchi: ¿Cómo tomaste contacto con la literatura underground? ¿Cuál era el ambiente poético de aquella época?

Hugo Tabachnik: Fue en 1961… rodeado de aquella boiserie decadente ¿te acordás? del bar Florida en la calle Viamonte, cuando escuché a Leandro Katz leer la traducción que había hecho con Madela Ezcurra del poema Aullido de Allen Ginsberg para la revista Airón, que dirigía Basilia Papastamatíu. Fue mi primer contacto con una poesía confesional, descarnada, respirante y… me cambió la vida… claro, es fácil que a uno le cambie la vida a los veintipico… Fue una ventana abierta frente a la poesía que habían cultivado los de la generación anterior, los de Poesía Buenos Aires, empecinados en construir un lenguaje que en vez de servir de puente construía una muralla para diferenciarse de los Otros. Palabras muertas, exangües… Era lo que había y no nos interesaba… sin referencias… desconocíamos el inmenso acervo de la poesía del tango, supongo que por límites de clase… y tampoco nos identificábamos con la poesía arenguera, despojada de vivencialidad. Todo poema debía partir de una revelación. Sentíamos que debíamos vivir peligrosamente, probar el fruto prohibido y reconocer palmo a palmo un territorio exterior pero en realidad interior, nuestra América, negada obsesivamente por nuestro establishment transvestido de una europeidad fantasmagórica. Yo me largué por ahí luego de un tropezón con la muerte, porque la muerte es la que impulsa las grandes decisiones. Salí llevando un cuaderno con unos versos de Whitman que todavía conservo en mí: “A pie y alegre tomo el camino abierto,/ saludable, libre, el mundo ante mí,/ ante mí la extendida senda parda que conduce a dondequiera que yo elija…”. Así que alistamos nuestras mochilas e iniciamos un viaje que duró muchos años, en mi caso viví en una decena de países, amontoné más años fuera del país que dentro, estoy de vuelta desde hace tres, pero todavía me siento en el camino abierto...

JP: Y eran muchos los transeúntes del “camino abierto”, los que hacían camino publicando sus libros, leyendo sus poemas…

HT: Sí. Uno de los primeros en salir fue, luego de publicar su novela Es una ola, Leandro Katz. Leandro, el que nos cantaba canciones de Dorivar Caymmi (“O mar quando quebra na praia é bonito, é bonito…”), Leandro, quien luego de un largo viaje, recaló en el East Village de Manhattan, donde hizo infinidad de cosas. Basilia, Basilia Papastamatíu se quedó en Cuba. Luego… creo… Mario Satz, a quien reencontré en New York y Tel Aviv, recorrió toda América, París, Ibiza, Israel –ahora está en Barcelona– y publicó una tetralogía fabulosa. Miguel Grinberg, el constructor de una “zona de lucidez implacable”, editor de Eco Contemporáneo, Mutantia, autor de una lista extensa de libros sobre temas culturales y ecológicos, la única voz en impulsar una contracultura en Argentina, creador de una red de poetas de América, anduvo por Estados Unidos, Cuba, Brasil. Muchos recorrieron y vivieron en Brasil, supongo porque para nosotros era el país consagrado a Dioniso. Halma Cristina Perry convivió en el farrágo de la guerrilla peruana con su jefe, Hugo Blanco, y luego de un viaje alucinante –como todo lo que hacía– acabo siendo la Reina del Lower East Side. Poni Micharvegas dio muchas vueltas hasta anclar en Madrid. Vos, Jorge, también saliste hacia el norte con Gustavo Mac Lennan y el grupo Teatro de la Peste… ¿no?

JP: Sí… grandes rupturas… encuentros… ¿Y vos, cómo te encontraste como poeta?

HT: Leyendo poemas míos en casa de Oscar Steimberg, me asumí como poeta. Uno de esos momentos mágicos… No hice muchas cosas… Recuerdo un lectura, creo que la primera de esa característica que se hizo en Buenos Aires, en el teatro Theatron del actor y director Jorge Fiszson en la avenida Santa Fe en que terminamos desalojados por la policía. Cosas que ahora provocarían sorpresa e incredulidad pero que en esa época era pan de todos los días… Al año de vivir en Nueva York dejé de escribir porque para mí la poesía era una forma de vivir y lo estaba haciendo intensamente, perdidamente…

JP: ¿En que consiste para vos esa “forma de vida”?

HT: ¿La poesía como forma de vivir? ¿Vivir poéticamente? No sé… Supongo que cada cual debe buscar su propia definición… Para mí era rechazar los valores de la sociedad, provocar, ser libre, dropping out, autosegregación social, llevar a la práctica cotidiana el descubrimiento del ready made de Duchamp y, si es posible compartir, el hallazgo, patentizar el carácter paradójico de la realidad, el encuentro permanente con el yo-niño, la búsqueda de nuevos horizontes, escapar de cualquier destino manifiesto, vivir muchas vidas: participar de aquella lotería imaginada por Borges: “Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles”, aún debiendo padecer “lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”…

JP: Hablame de los sesenta…

HT: ¿“The Golden Sixties”? ¡Uy! Generalmente los protagonistas no somos testigos fiables… Es cierto que fue una década de gran actividad literaria, se editan revistas culturales como El grillo de papel, clausurado por Frondizi, seguido por El escarabajo de oro; con la década desaparece Contorno, que no puede resistir la traición de Frondizi; Marcha, de Montevideo, imprescindible; Barrilete; Eco Contemporáneo, extendiéndose con El Corno Emplumado y Pájaro Cascabel; el semanario Propósitos de Leónidas Barletta, trayendo los ecos del grupo Boedo; Poesía Buenos Aires; Cormorán y delfín, de Ariel Canzani; Airón; Opium; La loca poesía; El ángel del altillo; Sunda, y otras que seguramente olvido… Ello acompañado por la cuidada edición a cargo de Aldo Pellegrini de Saint-John Perse, Henry Michaux, Benjamin Péret, Giuseppe Ungaretti, Czesław Miłosz, la Antología de la Poesía Surrealista, de Aldo Pellegrini, Con distinta piel, Retrato del artista cachorro, Bajo el bosque de leche, de Dylan Thomas… ¡Qué regalo escuchar la ronca voz de Dylan, hinchada de vida!

JP: También el movimiento de teatro fue importante.

HT: Sí. Es cierto. El teatro jugó un papel muy especial. Aparecen John Osborne, los iracundos, el teatro del absurdo con Harold Pinter, Artaud, Ionesco, Samuel Beckett, Jean Genet… y junto a ellos nuestros creadores en la brecha de The Living Theatre y el perfomance: Robertino Granados, Carlos Trafic, Jorge Fiszson, el Grupo Lobo… Asistir a uno de sus espectáculo era vivir una experiencia indeleble. Es que en todos los campos se estaba viviendo un período de deconstrucción. Free Jazz. Además aparecieron por aquí un grupo de “huéspedes ilustres” que rompieron nuestro proverbial aislamiento: Steve Lacy, Enrico Rava, Hank Mobley, Witold Gombrowicz, Gabriel García Márquez, Paco de Lucía, David Cooper… Existía un ambiente de jazz entusiasta aunque no original, noches en Mogador (Paraná, entre Córdoba y Paraguay), en La Cueva Pasarotus en la calle Pueyrredón (un invento del músico y pintor Juan Carlos Cáceres) o en Jamaica (San Martín y Charcas) donde el Gato Barbieri cohabitaba con Piazzolla y Salgán-De Lio.


JP: ¿Qué sentimientos empujaban ese cambio?

HT: Uno sentía que todo lo viejo se desmoronaba, que se creaban nuevos lenguajes… Se ampliaban los horizontes… Languidece la familia nuclear que existía hasta entonces… De la mano de psiquiatras como Alberto Fontana penetramos en el mundo del LSD, por un camino abonado por las lecturas de Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley, cuya tercera edición publica la editorial Sudamericana bajo la inteligente dirección de Paco Porrúa, y los poemas del poeta, pintor, místico, psiconauta y gran viajero de la mescalina, Henri Michaux… Se abren las puertas también en las instituciones, el Instituto Di Tella aunque en el fondo haya sido sólo un intento de la burguesía autóctona de agiornarse y trasnacionalizarse, crea un marco propicio para el desarrollo de nuevas tendencias.….. El rectorado de Risieri Frondizi provoca un cambio progresista en la UBA, se crean las carreras de Psicología y Sociología y se concibe una editorial, Eudeba, que, como lo hizo Claridad en los años 20, vende sus libros de gran calidad a precios populares en los quioscos. Se produce una ruptura en la conservadora Sociedad Psicoanalista Argentina, lo que abre el camino a la Antipsiquiatría (Raúl Camino, en Entre Ríos, y Wilbur R. Grimson, en Lomas de Zamora), que se une a la labor de Enrique Pichón-Rivière. Pero…

JP: …vientos de fronda estaban soplando, ¿no?...

HT: Sí, la “democracia” se basaba en la proscripción del partido político mayoritario, lo cual creaba turbulencias que a su vez producían la intervención constante de las fuerzas armadas. El país atrapado en un time loop. La marchita, otra vez la marchita… De entre los azules y los colorados surgen los entorchados que serán los genocidas de la próxima década. El inicio del neoliberalismo que tiene su origen con la entrada del país al FMI -una de las primeras medidas importantes de la Libertadura- hinca el diente con el nombramiento de Alsogaray como ministro…Surge la resistencia: John William Cooke va a Cuba, Taco Ralo, JP, Vallese… Finalmente, con el beneplácito de las clases medias y altas, en junio de 1966, el Ejército derroca a Illia y comienza la llamada “Revolución Argentina”, una dictadura militar al mando del general Juan Carlos Onganía, un feroz miembro del “Opus Dei”, hijo dilecto de la Sociedad Rural Argentina, que implanta una rígida censura que alcanza a toda la prensa y a todas las manifestaciones culturales. “La Noche de los Bastones Largos”. El lunfardo desaparece virtualmente del tango. Su militancia católica fundamentalista lo lleva a crear una "Brigada de Moralidad", dirigida por Luis Margaride, la “Tía Margarita”, quien ya estuvo al servicio de Frondizi y que será en la próxima década el jefe de la Triple A. La "brigada" controlaba las polleras de las chicas y el largo del pelo de los chicos y hacía razzias en las Villa Cariño y los hoteles alojamiento. La “década prodigiosa” en Argentina fue cortita, cortita: duró hasta 1966.

JP: ¿Y se fue muriendo la poesía?

HT: Hubo un tiempo en que la poesía tenía un puesto bastante honorable dentro de los géneros literarios. Era inimaginable un suplemento literario de algún diario en el que no hubiese un lugar para un poema. Echándole una ojeada al catálogo de la “Biblioteca Clásica y Contemporánea” de Losada, la editorial de los emigrados republicanos españoles, se observa que la poesía ocupa un lugar importante, editaron lo mejor de la generación del 27 en ediciones baratas, populares… Claro, uno de sus directores era un poeta y un estudioso de las vanguardias, Guillermo de Torre… En los 60, una editorial underground como Sunda tiraba 4.000 ejemplares… Los libros de Thomas que editó Jacobo Muchnik se vendían muy bien. Durante mi adolescencia era habitual encontrarnos en casa de alguien para leer poemas en voz alta alrededor de la mesa… Esta afición aumentó con la aparición del fenómeno beatnik (este nombre nunca partió del Sujeto) que tuvo una exposición singular e intensa en los medios que, lástima, eclipsó a otros poetas muy importantes como Kenneth Rexroth… Yo he presenciado lecturas de poemas de Ginsberg en teatros repletos… Pero a fines de la década, tal vez con la aparición de Bob Dylan, cuyas letras desafiaban a las de la música pop convencional (Chimes of freedom) la poesía volvió a su lugar fundacional al lado de la música y así recuperó audiencias… Leonard Cohen es conocido por su música y no por su poesía escrita. Pero la poesía aún guarda para mí una resonancia especial, es una necesidad íntima. Ahora, casi a los 76 años, "yo, Teresias, viejo de arrugados pezones”, cuando los de mi edad escriben su epitafio, yo escribo poesía. Tengo un libro para editar, Volviendo a casa, con obvios ecos homéricos, en el que hablo de lo que se experimenta cuando se es viejo, en un mundo en que ser viejo es algo que hay que disimular… Aúpa…

Se incorpora trabajosamente, murmura unos versos de “Le tourbillion de la vie”, una canción de los 60, cantada por Jeanne Moreau en Jules et Jim, una película de Godard:

On s'est connus, on s'est reconnus.
On s'est perdus de vue, on s'est r'perdus de vue
On s'est retrouvés, on s'est séparés.
Dans le tourbillon de la vie…

Y se va.

viernes, marzo 06, 2020

Sobrecarga, 40 años de historieta independiente argentina


El jueves 05/03/2020 se inauguró en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930, CABA) una muestra sobre historieta independiente en la Argentina titulada Sobrecarga. Historieta independiente argentina en cuatro décadas de fanzines y derivados. Dura hasta mayo en la sala 07. No se la pierdan!

Alejandro Schmied, fanzinero, editor de trenenmovimiento y uno de los organizadores de la muestra, nos respondió estas preguntas sobre la propuesta.

1. ¿Cuál es el concepto central de la muestra? ¿Por qué interesa la “historieta independiente argentina”?

Sobrecarga es un recorrido por la historieta autoproducida (es decir, no producida a pedido o por encargo de una editorial o de una revista, eso que generalmente se llama industria de la historieta) de los últimos cuarenta años a través de sus publicaciones (sobre todo reproducciones de portadas). Interesa porque como prácticamente dejó de haber historieta producida profesionalmente en muchos períodos de los que abarca la muestra, la producción fanzinera permite ver evoluciones estéticas, mutaciones en las representaciones, en los imaginarios, y también en las formas de narrar a partir del arte gráfico de la historieta.

2. ¿Qué criterios tuvieron en cuenta para organizar la muestra? ¿De dónde sacaron los materiales y las imágenes?

La muestra es un gran collage que, sin embargo, mantiene un sentido cronólogico bastante lineal, con distintos núcleos que organizan las cuatro décadas de producción de historietas en zines y publicaciones derivadas. 
Básicamente los materiales surgen de nuestras propias bibliotecas, son escaneos de esas publicaciones. Julián mantiene un blog (Zinerama) que es una enciclopedia de fanzines argentinos de historieta. La muestra es un apéndice de ese blog, y del trabajo de difusión e investigación de Julián (y antes de Roberto Barreiro, que fue quien primero se interesó por escribir sobre los zines de historieta en Argentina). En el blog es posible descargarse un montón de zines clásicos incoseguibles, y además hay todo un trabajo de reseña y difusión de la actualidad de la historieta, que pasa mucho por los fanzines y todo tipo de publicaciones autoproducidas que se consigue en pequeñas librerías especializadas y ferias.
La muestra también da cuenta de la producción de los últimos 10 años de artistas que han pasado de la autoproducción a publicar en otros formatos, colectivos súpercreativos. Intentamos dar cuenta casi exhaustivamente de la producción de cada periodo. Es un gran collage-homenaje a esa producción.

3. ¿Por qué la muestra se llama Sobrecarga?

Es un concepto estético claro. Es una cascada desbordante de imágenes. Y es una muestra un poco punki, con mucho de pegatina, que permite leer mucha información y ponerla un poquito en relación con el espacio de historieta del Centro Cultural Recoleta, que también tiene una tradición de muestras que desde los 90 cobijó a colectives de fanzineres y producción independiente como Catzole, Lápiz Japonés, El tripero... En esa clave también hay algunos detallecitos en la muestra.



lunes, marzo 02, 2020

Ignacio Ezcurra, por Sara Gallardo

Me resultó impactante descubrir la historia y las crónicas periodísticas de Ignacio Ezcurra. La primera edición que encontré de su libro fue la justa reedición de El Elefante Blanco de hace unos años. Luego, busqué la vieja edición, de 1972, publicada por Emecé. Hasta Vietnam no tiene datos en su tapa ni en su contratapa: la cara de Ezcurra sonriendo, usando casco, ocupa todo el frente y en la parte posterior continúa la foto. Se trata de una foto tomada en Vietnam, en 1968, durante la guerra. Ezcurra muere a los 29 años, mientras cubre el conflicto bélico, en circunstancias confusas.
Recopiladas en Hasta Vietnam por la escritora y periodista Sara Gallardo, sus crónicas son de temas variados y de calidad también dispar. Se concentran entre los años 1966 y 1968 y posiblemente las más impactantes sean las columnas en Vietnam. ¿Qué podía observar y experimentar un joven periodista argentino en una guerra y un territorio tan ajeno y tan violento? ¿Qué fue a buscar a Vietnam Ezcurra? Probablemente el resto de las crónicas de Hasta Vietnam echen luz a estas preguntas: Ezcurra parecía aceptar gustoso el riesgo, el desafio de nuevos mundos y de situaciones tensas, había un deseo de vivir peligrosamente, como en varios jóvenes de la época. Su escritura es rápida, directa pero también socarrona por momentos y vitalista casi todo el tiempo.
Todo este largo rodeo y esta rápida impresión es una excusa para recuperar no solo a Ezcurra, sus crónicas y su breve e intensa vida, sino también para poner en circulación la presentación de una Sara Gallardo afectuosa y lúcida en la que no solo explica la selección del libro sino que propone algunas ideas alrededor del periodismo como oficio y como compromiso.



Presentación del libro Hasta Vietnam, de Ignacio Ezcurra (Sara Gallardo)

Este libro procura rescatar a Ignacio Ezcurra. El periodista que fue y el que pudo llegar a ser, y la persona que los sustentó. Su desaparición en Vietnam en mayo de 1968 impresionó de manera inhabitual. Un exorbitante número de cartas y más de cincuenta ofrecimientos para ir en su búsqueda en el primer momento, exposiciones y artículos más tarde, y, al pasar el tiempo, la reiterada adopción de su nombre para salas, bibliotecas, escuelas, una isla (en Iberá, Corrientes), un puente (Necochea-Quequén), premios (Aeronáutica, ADEPA), hablan de esa impresión. Los homenajes no se han detenido; señal de que su figura encarna un ideal de raíces profundas.

Un periodista da su medida verdadera cuando es libre. Este lujo de la libertad -a veces sutilmente cohibida por la índole de la sección que se cubre o por otras razones complejas- Ignacio Ezcurra lo disfrutó en notas que se publican completas, entre las cuales su investigación sobre el Poder Negro en Estados Unidos. En ellas habrá que buscar su dimensión. En ellas y en las fotografías. Ya que la imagen no fue usada por él como complemento sino en todo su poder expresivo, se ha respetado esta vocación paralela tratando de seleccionar lo mejor que logró en ambas vías.

Es verdad que gran parte del periodismo escrito es materia volátil: crónicas y noticias pierden su perfume; pero entre palabras destinadas a evaporarse por ley del oficio, muchos fragmentos se conservan impregnados por la persona que los escribió. El humor, la ternura, el descubrimiento de lo humano, la bondad, la fantasía de Ignacio Ezcurra han formado un retrato, disperso entre trabajos y colaboraciones. Ese retrato quiere estar también en este libro. Iniciado con el prólogo, continúa con sus notas, en recuerdos amistosos, se prolonga como un negativo en los trazos que dedicó a los demás, y termina con las páginas extraídas del libro-testimonio escrito por quien, geográfica y profesionalmente, estuvo más cercana a su final: la periodista italiana Oriana Fallaci.

Decir que un libro pretende resumir a una persona es decir que pretende lo imposible. Un poco de ese imposible está aquí.

De cualquier modo, si la misión del periodista es impedir la indiferencia, Ignacio Ezcurra con su destino nos la ha impedido para siempre. 

Tomado de Ezcurra, Ignacio (1972). Hasta Vietnam, Buenos Aires, Emecé.


Las crónicas sobre la guerra de Vietnam de Ezcurra de 1968 pueden leerse en la revista Trasatlántico, n. 5, invierno de 2008 digitalizada en AHIRA recientemente.

Más info sobre Ezcurra y su muerte en Vietnam puede leerse acá, a propósito de una muestra fotográfica realizada en 2011 en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

viernes, febrero 28, 2020

Habitar una casa. Sobre Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez


El único modo de leer una novela de casi setecientas páginas es habitarla. En este sentido, un buen libro de esa extensión se revela, particularmente, en su estructura, en el modo en que fue organizado, en sus espacios. ¿Cuáles son los planos de una novela larga? ¿Cómo se confeccionan? En este tipo de novelas, cada capítulo puede ser un habitáculo en sí mismo, conectado mediante pasillos o pasadizos con el resto de las habitaciones. Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez (Anagrama, 2019), es una casa. Una asolada, embrujada, desencarnada. O tal vez sea muchas casas, todas inquietantes.
La reseña sobre el último novelón de 667 páginas de Mariana Enriquez sigue en la revista virtual Arte Zeta.

martes, febrero 25, 2020

Lo lemanischeano...

Lo lemanischeano es una fuerza que atraviesa la literatura argentina. 
Su piedra fundacional fue colocada por el antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche en la primera década del siglo XX con su recopilación Textos eróticos del Río de la Plata.
A partir de allí, en la Gran Llanura de los Chistes, se inicia una corriente caracterizada por el doble sentido pícaro, por el chascarrillo vulgar, por el juego de palabras procaz.
Lo lemanischeano es incómodo, es incorrecto, es chabacano, es trivial, es sexual, es experimental. Va del tango a Osvaldo Lamborghini, va de "Pican pican los mosquitos" a Moria Casán y avanza. Es una corriente que necesita aún ser cartografiada. 
Un ejemplo de nuestros días es esta gran historieta titulada "Breve y extravagante historia de la poesía de toilette", de Lucas Varela, publicada en la revista Fierro, n° 77, marzo de 2013. 
Vaya esta historieta como primer ejemplar de lo lemanischeano. Un recorrido literario que comienza.


 

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