domingo, marzo 28, 2010

Visite Santa María, el lugar ideal para deambular


Una visita guiada con ilustraciones y frases de los lugares más característicos de la Santa María de Onetti. Una joyita.

Vía mínimas.

sábado, marzo 27, 2010

Diálogo Saer-Piglia en foro Gandhi (1994)

Hace algunos años, en un blog que, lamentablemente, ya no se actualiza (todavía más: lo busco y no lo encuentro, supongo que ha desaparecido) llamado El espectro de Broken, me encontré con una gran cita de Saer sobre la teoría literaria y su vínculo con la literatura. Unos meses más tarde, busqué la revista con la entrevista de la que esa cita había sido extraída. 
A continuación, va un diálogo en el foro Gandhi entre Piglia, Saer y el entrevistador que recorre temas como la tradición, el policial y la influencia de la teoría en la literatura. Vale la pena leerlo.  

Diálogo Saer-Piglia

Con motivo de la edición de la novela La pesquisa, de Juan José Saer, se realizó en noviembre de 1994, en el Foro Gandhi, un diálogo del autor con Ricardo Piglia. La coordinación estuvo a cargo de Ricardo Ibarlucía. Transcribimos en estas páginas los pasajes más significativos de esa conversación.

R. Ibarlucía: El tema por el que quisiéramos comenzar creo que tiene su formación más acabada en un título de un famoso ensayo de Borges: El escritor argentino y la tradición. Sabemos que la tradición jamás es algo dado, es una identidad en permanente construcción y reconstrucción. Una generación literaria no se limita a redescubrir a sus predecesores, a veces, los transfigura, otras, los trasciende, generalmente, los inventa. ¿Cuál creen ustedes que han sido sus antepasados literarios?

Piglia: En realidad, un escritor construye una genealogía, una especie de novela familiar, novela familiar literaria con parentescos y exclusiones y conflictos. Yo tengo la sensación de que ese tipo de trama se genera después que se publica el primer libro, digamos, empieza a funcionar a partir de que se publica. En el momento en el qué uno está escribiendo los primeros textos, antes de publicarlos, la relación con la tradición, vamos a llamarla así, tiene más bien el sentido de una exploración y de una memoria, yo diría, como si se tratara de una suerte de archivo, como si fuera una memoria de la lengua, de los textos escritos. Y uno con cierta inocencia, vamos a decir así, empieza a moverse en el interior de ciertas tradiciones, incluso sin saber del todo que, a veces, esas tradiciones son antagónicas, que esos escritores que uno junta, con los que empieza a establecer relaciones y diálogos, entre sí mantienen disputas o tensiones. Entonces, cuando estoy diciendo esto lo que quiero señalar es que, en principio, esta cuestión de la tradición, me parece que tiene bastante que ver con el modo en que un escritor imagina que quiere ser leído, en compañía de quién un escritor imagina que quiere ser leído. Y de qué manera imagina que leído en ese contexto, en esas relaciones de parentesco con ciertos autores sus obras pueden circular más fluidamente. Por eso, me parece que, en principio (esta cuestión retorna siempre), el texto de Borges «El escritor argentino y la tradición» sintetiza un problema que uno puede encontrar a lo largo de distintos momentos de la literatura argentina. Borges en ese artículo está definiendo esta cuestión, me da la sensación a mí, en relación a lo que para él es, en ese momento, la experiencia de la aparición de alguno de los textos que van a provocar ese corte, que son los textos de ficción. Siempre he visto muy ligada la escritura de «La muerte y la brújula» con la escritura de ese ensayo sobre la tradición. Y me parece que «La muerte y la brújula» también es un texto sobre el modo en que Borges está pensando estos problemas de lectura, de traducción, de inserción. Dicho esto, para no extenderme demasiado, en el sentido en que «un escritor construye la tradición cuando tiene una colocación pública», vamos a decir así (no importa qué tipo de resonancia tenga su obra). Dicho esto, digo, me parece que la otra posibilidad de pensar el problema de la tradición tiene que ver con distintos problemas, es decir, hay una tradición con la que uno se relaciona que tiene que ver con ciertos modelos de escritor, modos de ser de un escritor, por ejemplo, modos de ser un escritor en la Argentina, ciertas colocaciones posibles para ser un escritor en Argentina, y, entonces, me parece, que ahí se puede armar una tradición. Me parece que Juan L. Ortíz es, entre otras cosas, no sólo un gran poeta, sino un ejemplo de de qué manera se coloca un escritor como tal, como persona, cómo se ubica, dónde se pone, ¿no?, dónde se va, qué tipo de intervención tiene como figura. Entonces, hay una posibilidad de ver esto que podría ser qué tipo de figura de escritor hay en la construcción de una tradición. Otra posibilidad podría ser la tradición en términos de historia de la lengua, historia de los estilos. Con esto lo que quiero decir es que esta cuestión del escritor y la tradición no es un problema que se pueda considerar de modo único sino que habría que hacer un poco la historia de las relaciones que uno entabla con distintos campos de los pasados literarios.

viernes, marzo 26, 2010

Death to the demon David Cronenberg!

Chocolate por la noticia: David Cronenberg es un genio. Tuve la oportunidad de ver eXistenZ (1998) y me dejó idiotizado. Hace algunos años había visto Videodrome (1983) y también me había perturbardo.
Creo que lo que me encanta de estas dos películas particularmente (aunque podria agregar, lateralmente, Dead Ringers (1988) y su trabajo sobre el doble, la fecundación y la adicción) es la reflexión en torno a tres ejes: el cuerpo (en su sentido biológico), la tecnología y la realidad (ejes que, en general, se inscriben en la mixtura de dos géneros: la ciencia ficción y el policial).
Cronenberg merodea lo perverso y lo morboso porque hace que sus personajes y que sus mundos interactúen corporalmente con los artefactos industriales y tecnológicos (la televisión en Videodrome, los videojuegos y sus periféricos en eXistenZ), es decir, los objetos se conectan directamente a nuestro cuerpo: en eXistenZ, los personajes tienen un "bio-port" que les permite introducir el cable-órgano que los vincula al control remoto del juego; en Videodrome, el protagonista besa a la pantalla de televisión, que late como si fuera un corazón, y se introduce en ella. Pero también en sentido inverso, Cronenberg hace que la tecnología se vuelva natural, biológica, en las películas antes mencionadas los objetos se vuelven humanos y/o animales, cobran vida y son viscosos, blandos, palpitantes. Así, el cuerpo humano pierde sus límites y, en consonancia con los planteos de Peter Slöterdijk en "El hombre operable", el sujeto y el objeto que tan claros se distinguían, comienzan a entrelazarse (incluso, de manera sexual) y sus diferencias se tornan difusas. Y eso, perturba.


Pero todavía hay más en Cronenberg ya que, a partir de esta inquietante relación íntima entre el cuerpo y la tecnología, el director de Crash explora la posibilidad de la realidad virtual (ya sea a través de la televisión, ya sea a través de los videojuegos) y de qué incidencias podría tener en la mente y en los sentidos del ser humano. De este modo, nuevamente se vuelve inestable un límite: el límite entre realidad y virtualidad, entre lo real y lo imaginario. eXistenZ es una película traumática por esa inestabilidad porque no sólo sus personajes se encuentran perdidos al no poder determinar si están o no en el juego sino que los espectadores, o eso es lo que al menos me sucedió a mí, también se ven involucrados en la indeterminación. Por lo demás, esa frontera difusa entre la realidad "real" y la realidad "virtual" tendrá resonancias sobre aspectos como la identidad, la experiencia y la percepción.
En fin, recomiendo fervientemente mirar estas películas y si ya las vieron, volver a verlas porque con creaciones como Second Life o sólo con el desarrollo actual de Internet o de consolas de videojuegos como la Wii, el cine de Cronenberg funciona como una anticipación ("el futuro llegó hace rato", ¿no?) y una reflexión en torno a las posibilidades del cuerpo y de la tecnología, pura biopolítica.

PD.: Por lo demás, algunos investigadores vinculados a una filosofía no tradicional ya comienzan a prestarle atención a este director como puede verse en este libro: Flatline constructs: gothic materialism and cybernetic theory-fiction de Mark Fisher, en el que se mezcla Deleuze + gótico + Cronenberg + cyberpunk.

miércoles, marzo 24, 2010

Se equivocaban de departamento

El año pasado, por cuestiones laborales, tuve que investigar un poco acerca de lo escrito sobre y durante la última dictadura en la literatura argentina. Intentando obviar las novelas ya requetemil mencionadas Respiración artificial de Piglia, Nadie nada nunca de Saer y La vida entera de Martini (por poner tres nombres ejemplares) y revolviendo para encontrar más que nada narrativa corta sobre la dictadura (no pude encontrar demasiado, algunos cuentos de Cortázar y de Humberto Constanini, alguno de Guillermo Martínez, alguno de Fogwill; ¿habrá antologías de cuentos representativos sobre dicha época?), me encontré con el texto de Osvaldo Lamborghini que adjunto por el Día de la Memoria. Es cruel y también tiene su sorna. su tono de burla.  Que sirva para actualizar la literatura que representa, en alguna medida, esos años violentos.

Se equivocaban de departamento

El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

LOS MILITARES ARGENTINOS
LOS PREFIEREN EXTRANJEROS

sin embargo.

El por qué ahora del título de esta sección o de este aparte. Los banqueros les ordenaron a sus Lacays lacayos, los militares argentinos, que “liquidaran” (eliminación física o physi-ka) por lo menos a 10.850 -diez mil ochocientos cincuenta, en los documentos de la ONU consta, la cifra exacta consta: confrontar- digo, decíamos, 10.850 sindicalistas, dirigentes estudiantiles, obreros de protesta, artistas social-cristianos, científicos social-demócratas, cuadros Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo, peronistas de todo pelaje y calambre, abogados y médicos de presos políticos, presos políticos a los que se sacaba de sus celdas y se los ejecutaba en campitos, en baldíos, en los lejos de los lugares más lejanos, en fin: la “ley de fuga” –los generales argentinos, con esto (esto) de la “ley de fuga”, se divirtieron mucho: les pareció gracioso-. Bueno, ellos se divierten hasta con los programas de televisión, bueno. La cabeza (Perón decía: “No es que tengan las armas de adorno, lo que tienen de adorno es la cabeza”), bueno. La cabeza: no les da para más. Y hete aquí que llegamos. Primero: al por qué del título. Segundo: a la cabeza, a esa cabeza que no les da la cabeza. Los banqueros les dieron la orden -y se quedaron: muy tranquilos- supusieron (supusieron mal) que los 10.850 serían asesinados de una manera inteligente y racional. Subrayados aparte (el subrayado es mío), no se trataba de una suposición tan descabellada: después de todo, para tirar del gatillo contra gente indefensa no se necesita ser una lumbrera. Pero, ¡pero!, los generales argentinos… se equivocan de departamento, entendían… mal. ¿Habrá, yo me pregunto, alguna cosa que entiendan… bien? Quizá, las chacharadas (porcinas) de sus mujeres de tobillos gruesos. El caso. Hubo miles de casos ONU.
Gracioso, sí. El caso es que los mandaban, por ejemplo, a liquidar a los habitantes del 4º “B” (promedio de perforaciones: 72 -setenta y dos- balazos en cada cuerpo, mujeres y niños incluidos, of course, ah, y también ancianos, aunque postrados yacieran, enfermos en sus lechos: me parece, creo, que esto se llama ensañamiento).
Pero -rima- en miles de casos ONU, se equivocaban de departamento (casi rima: ensañamiento). Estos pelotudos en vez de entender, por ejemplo, 4º “B” -claramente les habían dicho: ¡4º “B”, 4º “B”!- lo que registraban en sus calimestroquis en o, romos como porongos, era, por ejemplo, 6º “C”. Entonces a la mierda, a la mierda, al infierno entonces (ONU) todos los habitantes del desdichado 6º “C”. Todavía hoy, y no vaya a creerse que la cosa ha terminado, la siguen, una pediatra que además es investigador y psicólogo experimental, hoy todavía se lamenta (ONU) por el asesinato “equivocado” de un paciente suyo, un bebito de dieciocho (18) días “respecto” del cual tenía grandes esperanzas: parece que los reflejos del bebito y sus respuestas a las pruebas de estimulación eran supranormales. El pediatra, incluso, pensaba financiarle a la familia del bebé prodigio, de su propio peculio, un viaje a Estocolmo porque quería recabar la opinión de otros: otros afamados especialistas.
La verdad, una verdadera lástima.
¿El 4º “B” o el 6º “C”? Se confundían, se hacían un lío: para ellos, son cosas muy difíciles.
Con los bebés y los niños no mayores de diez (10) años (ONU), no utilizaban el procedimiento -ahora sí rima: ensañamiento- de los 72 (setenta y dos) balazos. A los bebés les volaban la cabeza con un disparo de pistola calibre 45 (cuarenta y cinco). A los mayores, en edad ya de la razón, también. Pero a ellos además les dirigían la palabra:
-A vos, mejor te matamos ahora. Total, con lo que viste que le hicimos a tu familia, cuando crezcas te vas a hacer de izquierda, o social-demócrata, o social-cristiano. Mejor te matamos ahora, mejor te matamos ahora, mejor te matamos ahora-les decían. Y después un tiro en la nuca.
(ONU)
Sí señor. Sí, señor: se equivocaban de departamento.

Fuente: Lamborghini, Osvaldo (2003). Novelas y cuentos 2, Buenos Aires, Sudamericana, págs. 191-193.

lunes, marzo 22, 2010

Dad, please stop eating my toys


Gracias al amigo rsanmillan, descubro una página que merodea el humor indie, sutil y negro: The invisible hair suit. Disfruten!

jueves, marzo 18, 2010

El último día

Gracias a AAAARG, encontré este posfacio a La comunidad que viene (1992) que Giorgio Agamben escribe casi 10 años después. Un breve y condensado texto en el que se sienten las resonancias del tiempo mesiánico y la inoperatividad, conceptos clave que Agamben viene desarrollando en los últimos años. Por lo demás, nótense las variadas alusiones al colectivo Tiqqun. ¡Que lo disfruten!


Postface to the Italian Edition of The Coming Community, 2001

Giorgio Agamben

As an intelligent preface – or, as they say, an “emancipated” one – does not really need to elaborate anything, and so it is at best reduced to a kind of false movement, a good postilla or postface can only be that which demonstrates how the author has absolutely nothing to add to his book.
The postilla is, in this sense, the paradigm of the end of time, when the last thing that can come to the mind of a sentient person is the aggregation of what has already happened. But precisely this art of speaking without saying anything, of acting without doing – or, if you like, of “recapitulating,” the saving and undoing of everything – is the most difficult thing to achieve.
The author of this postilla considers his condition – like the condition of anyone who is writing in Italian about first philosophy or politics – to be that of survival or outliving. This conscience distinguishes him from those who pretend to write today about similar topics. He knows that not only “the possibility of shaking the historical existence of a people” is vanishing into thin air, but also that the very idea of a call, of a people or of an assigned historical task – of a klesis or of a “class” – must be rethought from beginning to end. Yet this condition of survival, of outliving – of writing without addressee, or of a poet without people – leads neither to cynicism nor to desperation. On the contrary, the present time, which is the time that comes after the last day, a time in which nothing can happen because the new is always ongoing, achieving its full maturity, is the only true pleroma of times. What is true in such a time – in our time – is that, to a certain point, everyone – all the peoples and all the humans on earth – is recovering the position of a remnant. This implies, to those who look closely, that an unprecedented generalization of the messianic condition, which was in the beginning of the book only a hypothesis – the absence of work, the whatever singularity, the bloom – is becoming a reality. Precisely because the book was directed towards this non-subject, to this “life without form” and to this Shabbat of man – in other words, to a public that by definition cannot accept it – one can say that the book did not miss its aim and it did not lose, consequently, its inactuality.
It is well known that during the Jewish Shabbat one has to abstain from every melakha, from any productive work. This idleness, this primal inoperativity, is for man a sort of another soul, or, if you like, his true soul. An act of pure destruction, however, an activity that has a perfectly destructive or de-creative character, is closer to menucha, the idleness prescribed for the Shabbat and, as such, it is not prohibited. From this perspective, not work but inoperativity or decreation is the paradigm of the coming politics (the coming does not mean the future). Redemption, the tiqqun that is at stake in the book, is not an operation or work, but a particular kind of sabbatical vacation. It is the insalvable that renders the salvation possible, the irreparable that allows the coming of the redemption. For this reason, the decisive question in the book is not “What to do?” but “How to do?” Being is less important than the like that. Inoperativity does not mean inertia, but katargesis – that is to say an operation in which the how integrally replaces the what, in which the life without a form and the form without a life coincide in a form of life. The exposure of this inoperativity was the operation of this book, which perfectly coincides with this postilla.

Notes: Tiqqun is a term in Lurianic Kabbalah for the mending of the world. It is also the name of a collective of French writers who are best known for their Théorie du Bloom (to which Agamben alludes in the body of the text). Tiqqun de la noche seems to refer to a Jewish costume from Shavuot, the holiday symbolizing the giving of the Torah: during a single night, the believers are required to read, among other texts, the beginning and the end of each and every book in the Old Testament.

lunes, marzo 15, 2010

La belleza de la falla o un poeta secreto (un personaje de Lemebel y Bolaño)

A partir de un lúcido comentario que un tal Hache me dejó en el blog sobre Pedro Lemebel (blog que administré por un tiempo y que, luego, quedó parado) me entero de que en "Lorenza (las alas de la manca)" , una de las crónicas de Loco afán: crónicas de sidario (1996), y en Estrella distante (1996) de Roberto Bolaño aparece un mismo personaje: Ernst Böttner, alias "Lorenza" o "Lorenzo". 
Lean las dos versiones literarias (una, envuelta en la densidad del barroco y en la afirmación de la belleza homosexual; la otra, un eco de voces, dudas e imágenes con el fondo de la dictadura chilena) de la apasionante historia de un muchacho que pierde sus brazos en un accidente, desarrolla la habilidad de pintar con la boca y termina, como diría Lemebel, "derivando la plástica hacia una cosmética travesti".



[...]Hasta los diez años, Ernst Böttner vivía en Punta Arenas como cualquier hijo de inmigrantes. Era un niño rubio y delicado que perseguía los pájaros, tratando de agarrarse al vuelo escarchado de sus alas. Pero las aves eran huidizas y el pequeño Ernst se quedaba con las manos vacías, sin alcanzar las plumas grises que tiznaban el cielo austral.

Un día vio un pájaro en un alambre, tan cerca, que sólo bastaba estirar las manos para cogerlo. Pero Ernst nunca supo que ese alambre era un cable de alta tensión, y la descarga eléctrica revolcó en el suelo su frágil cuerpo. El accidente carbonizó sus brazos, y a medida que fue pasando el tiempo, el guante de la gangrena trepó por sus manos hasta que debieron amputárselas. Y después el antebrazo y luego los codos. Pero la gangrena seguía subiendo y la medicina rural no podía detener el proceso de putrefacción. Entonces la madre decidió vender lo que tenía, y apelando a la doble nacionalidad del niño, lo llevó a Alemania para curarlo.

[...]

Así, Ernst reemplazó las manos perdidas por sus pies, que desarrollaron todo tipo de habilidades, en especial la pintura y el dibujo. Pero luego fue derivando la plástica hacia una cosmética travesti que hizo crecer las alas calcinadas de su pequeño corazón homosexual.

[...]

Entonces nació Lorenza Böttner. El nombre femenino fue la última pluma que completó su ajuar travestí. Desde entonces, se ha desplazado por diversos géneros de las artes visuales: la fotografía, el cine, la performance, la instalación. Y su nombre al pie de dibujos y pinturas le ha servido para sobrevivir y viajar por el mundo con su madre.[...]

Fuente:
Lemebel, Pedro (1996): Loco afán: crónicas de sidario, Santiago de Chile, LOM.


Fragmento de Estrella distante

[...] Años después supe una historia que me hubiera gustado contarle a Bibiano, aunque por entonces ya no sabía a dónde escribirle. Es la historia de Petra y de alguna manera es a Soto lo que la historia del doble de Juan Stein es a nuestro Juan Stein. La historia de Petra la debería contar como un cuento: Érase una vez un niño pobre de Chile... El niño se llamaba Lorenzo, creo, no estoy seguro, y he olvidado su apellido, pero más de uno lo recordará, y le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión. Un día se subió a uno de estos postes y recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos. Se los tuvieron que amputar casi hasta la altura de los hombros. Así que Lorenzo creció en Chile y sin brazos, lo que de por sí hacía su situación bastante desventajosa, pero encima creció en el Chile de Pinochet, lo que convertía cualquier situación desventajosa en desesperada, pero esto no era todo, pues pronto descubrió que era homosexual, lo que convertía la situación desesperada en inconcebible e inenarrable.
Con todos esos condicionantes no fue raro que Lorenzo se hiciera artista. (¿Qué otra cosa podía ser?) Pero es difícil ser artista en el Tercer Mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica. Así que Lorenzo se dedicó por un tiempo a hacer otras cosas. Estudiaba y aprendía. Cantaba en las calles. Y se enamoraba, pues era un romántico impenitente. Sus desilusiones (para no hablar de humillaciones, desprecios, ninguneos) fueron terribles y un día —día marcado con piedra blanca- decidió suicidarse. Una tarde de verano particularmente triste, cuando el sol se ocultaba en el océano Pacífico, Lorenzo saltó al mar desde una roca usada exclusivamente por suicidas (y que no falta en cada trozo de litoral chileno que se precie). Se hundió como una piedra, con los ojos abiertos y vio el agua cada vez más negra y las burbujas que salían de sus labios y luego, con un movimiento de piernas involuntario, salió a flote. Las olas no le dejaron ver la playa, sólo las rocas y a lo lejos los mástiles de unas embarcaciones de recreo o de pesca. Después volvió a hundirse. Tampoco en esta ocasión cerró los ojos: movió la cabeza con calma (calma de anestesiado) y buscó con la mirada algo, lo que fuera, pero que fuera hermoso, para retenerlo en el instante final. Pero la negrura velaba cualquier objeto que bajara con él hacia las profundidades y nada vio. Su vida entonces, tal cual enseña la leyenda, desfiló por delante de sus ojos como una película. Algunos trozos eran en blanco y negro y otros a colores. El amor de su pobre madre, el orgullo de su pobre madre, las fatigas de su pobre madre abrazándolo por la noche cuando todo en las poblaciones pobres de Chile parece pender de un hilo (en blanco y negro), los temblores, las noches en que se orinaba en la cama, los hospitales, las miradas, el zoológico de las miradas (a colores), los amigos que comparten lo poco que tienen, la música que nos consuela, la marihuana, la belleza revelada en sitios inverosímiles (en blanco y negro), el amor perfecto y breve como un soneto de Góngora, la certeza fatal (pero rabiosa dentro de la fatalidad) de que sólo se vive una vez. Con repentino valor decidió que no iba a morir. Dice que dijo ahora o nunca y volvió a la superficie. El ascenso le pareció interminable; mantenerse a flote, casi insoportable, pero lo consiguió. Esa tarde aprendió a nadar sin brazos, como una anguila o como una serpiente. Matarse, dijo, en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.
A partir de entonces comenzó a pintar (con la boca y con los pies), comenzó a bailar, comenzó a escribir poemas y cartas de amor, comenzó a tocar instrumentos y a componer canciones (una foto nos lo muestra tocando el piano con los dedos de los pies; el artista mira a la cámara y sonríe), comenzó a ahorrar dinero para marcharse de Chile. [...]

Fuente:
Bolaño, Roberto (1996): Estrella distante, Barcelona, Anagrama.

PD.:
De yapa, en este blog sobre una revista llamada Mampato (que, por lo que estuve viendo, se parece a nuestra Billiken), encontrarán la misma historia (sí, la historia es real por si no había quedado claro) pero esta vez contada como un ejemplo de vida y antes de que Ernst fuera Lorenza (es en el número 198 de Mampato).

De cómo Piglia anticipó a Los Simpsons

Leo Nombre Falso (1975) de Piglia y me encuentro con un gran cuento de boxeadores, en la línea de "Torito" de Cortázar: "El Laucha Benítez cantaba boleros". Eso sí, mientras lo leía, El Vikingo me traía ciertas reminiscencias...

[...] El Vikingo empezó a darle vueltas alrededor, siempre fuera de distancia y Moore lo punteaba de zurda, quieto, hamacándose, y de repente se le iba encima con una velocidad fulminante. El Vikingo no hacía otra cosa que mirarle las manos, tratando de anticipar, con la oscura sensación de que el otro adivinaba lo que iba a hacer. En una de esas se movió un poco más despacio y Moore lo cruzó con dos derechas y una izquierda abajo y al Vikingo le pareció que algo se le quebraba, adentro. Moore lo tocó suave con la izquierda, como queriendo tomar distancia, amagó dar un paso al costado buscando perfilar la derecha y cuando el Vikingo se movió para cubrirse la zurda de Moore bajó como un latigazo y lo encontró a mitad de camino. Al Vikingo se le nublaron los ojos, levantó la cara buscando aire pero sólo vio los globos de luz del gimnasio que daban vuelta. Moore se ladeó, sin tocarlo, esperando que se derrumbara. El Vikingo sintió que se le cruzaban las piernas, se hamacó para dejarse ir pero se sostuvo de algún lado, del aire, vaya a saber de dónde se sostuvo, lo cierto es que cuando bajó la cara estaba otra vez en guardia.
A partir de ahí Moore lo empezó a buscar en serio, para tirarlo. Cuando estaban en el centro del ring y había espacio el Vikingo se las arreglaba con el juego de piernas, pero cada vez que Moore lo acorralaba contra las sogas tenía ganas de levantar los brazos y ponerse a llorar. Al rato navegaba en una niebla opaca, sin entender cómo podían pegarle tan fuerte, toda su energía concentrada en no despegar los pies de la tierra: única certidumbre de que aún estaba vivo. Trataba de mantenerse fiel a su estilo y salir boxeando pero Moore era demasiado veloz y siempre llegaba antes. Hacia el final había perdido todo, menos ese instinto fatal que lo llevaba a buscar la salida más clásica y conservar cierta elegancia pese a estar medio ciego, deshecho por los golpes cruzados y la combinación de jab y aperca que lo frenaban como si continuamente chocara contra un muro. A esa altura el mismo Moore parecía un hombre piadoso, obligado a pegar porque ese es el trabajo, con un suave relámpago de respeto y consideración alumbrando sus ojos levemente bizcos, una suerte de ruego, como si le pidiera que se dejara caer para no seguir golpeándolo. [...]

viernes, marzo 12, 2010

Contemplación del frío helado (sobre Un oso polar de Pablo Natale)


Hace un par de meses, el estimadísimo Pablo Natale ha tenido la gentileza de enviarnos desde la remota Córdoba su primer libro: Un oso polar (Ediciones Recovecos, 2009). Entre las idas y venidas del verano urbano, los calores y las lluvias, leí el pequeño libro y, ahora, me dispongo a realizar un comentario sobre todo para poner sobre relieve que en las demás provincias también se escribe y, a veces, con muy buenos resultados.
Primero, bien por la edición del libro. Se sabe: a veces los paratextos son tan importantes como el texto o, al menos, contribuyen notablemente. En este caso, la tapa (una foto de un cielo grisáceo de tormenta, un monumento, un muchacho y una muchacha distanciados: él está más acá, ella, más allá), el juego con la tipografía de los títulos (una letra similar a la cursiva en la que las eles y las jotas se estiran hasta atravesar la página como una suerte de misterioso rastro) y la solapa (se destaca el primer párrafo, tal vez arbitrario, que emula la escritura que después aparecerá en los cuentos); estos tres elementos, como mínimo, ya nos muestran un jugueteo con el texto, la imagen y la letra.
Luego, los cuentos de Un oso polar son extraños pero no fantásticos. Natale trabaja desde cierto realismo: un realismo sin referencias explícitas, un realismo inquietante que por momentos roza lo arbitrario y lo absurdo de la vida cotidiana (las fotos del tío en “Un oso polar”; el personaje que escribe la historia de los pieles rojas en el patio en “Pieles rojas!”; la imagen fantasmagórica de Guillermo Kenny que vuelve una y otra vez en “Acerca del verde claro”; etc.). Lejos de cierta literatura argentina actual que aún continúa regodeándose en la transgresión o en la vida cotidiana insulsa, Natale propone una exploración de historias concentradas con personajes sutilmente excéntricos (Lautaro Hans Melzenberg y sus manos paralizadas en “Un oso polar”; el narrador obsesionado con el dibujo en “Dibujos –diario de viaje-“; las gemelas Olsen en “Frío helado sobre la osa mayor”, etc.) que realizan acciones arbitrarias, acciones que parecen, sin embargo, esconder cierta reminiscencia de sentido.
Por lo demás, en los textos de Un oso polar (tal vez haya cierta excepción en “Pieles rojas!”) predomina el componente biográfico: se despliegan vidas, se convive con recuerdos, se reconstruyen familias y relaciones personales. Natale condensa vidas en oraciones y párrafos cortos y cuando los detalles aparecen es porque las escenas aunque triviales, aunque absurdas, se recubren de cierta significación. Ahora bien, ese componente biográfico, ese interes por contar ciertas vidas o ciertos recuerdos de vida está atravesado por algunas estrategias textuales, como en la obra de Mario Bellatín pero también de Franz Kafka, que establecen una distancia de sospecha: la escritura neutral, la fragmentación y las fotos con epígrafes que se intercalan en algunos de los cuentos (fotos que si bien parecen tender hacia la verosimilitud, no hacen más que continuar ahondando la atmósfera extraña de los relatos: epígrafes que no interpretan de forma segura las imágenes, imágenes borrosas o mal tomadas, etc.). Tal vez el cuento que más se acerca a la estética kafkiana sea “Pieles rojas!” en el que un grupo de indígenas con extrañas costumbres, como salidos de una película yanqui, trastocan la vida del narrador y de su barrio.
Finalmente, Un oso polar de Pablo Natale, ambientes fríos y relaciones distanciadas entre personajes pesudo-maniáticos, nos plantea algunos interrogantes alrededor de lo absurdo y lo extraño en las relaciones personales, en los pequeños grupos humanos (la familia, el barrio, los amigos) y en la vida misma.

jueves, marzo 11, 2010

¿Mariquitas? ¿Mariconas? ¡Putos!


De los dos o tres libros que leí de Copi, La guerre des pédés (1982), me pareció el texto más alucinante, más provocativo, más atrapante: un desfile de personajes estrafalarios y desquiciados, sexualizados al mango; una sucesión precipitada de hechos imposible de recordar; un tono entre la poesía, el humor y la perversión; y travestis, sexo, amazonas, paranoia, viajes espaciales, violencia, complot y todo lo que uno pueda imaginar.
Ahora, me entero de que publican este relato por El cuenco del plata como La guerra de las mariconas. Qué feo título, es mejor que La guerra de las mariquitas (gallegada horrible en la que incurrió la editorial Eloísa Cartonera), aunque es peor que el título que la misma traductora de esta nueva edición, Margarita Martínez, había dedicado a tal obra en la revista El interpretador: La guerra de los putos. Ese último término conserva toda la violencia, la sexualidad y la desfachatez de Copi. Tal vez la traducción sea la misma en la nueva edición y en la edición online (y en txt) de El interpretador, esperemos que así sea porque era muy potente.
Copio, entonces, un párrafo de La guerra de los putos de Copi, que vaya como ejemplo:
Tuvimos una erección. Le lamí primero la pija, después los huevos, luego abismé mi hocico entre los muslos. Dios santo, ¡era un verdadero hermafrodita! Entre los huevos y el ano, tenía un sexo de mujer que no habría sospechado. Mojé en él mis bigotes y ella maulló, toda temblorosa. Nunca había penetrado a una mujer, y nunca hubiera podido imaginar la naturaleza de semejante placer; me parecía renacer, no sabía incluso si era un pez o un mamífero. Nunca había sospechado que se pudiera sentir en el pene la emoción de un navegante solitario que descubre la isla de sus sueños. El culo te aprieta la pija, hay que luchar para agrandarlo, pero una concha de mujer te envuelve, te ama, es tu madre, o al menos, la madre de tus sueños.
PD.: Insisto, si La guerra de las mariconas tiene la misma traducción que M. Martínez hizo en La guerra de los putos, bien vale la pena.

miércoles, marzo 10, 2010

La caza de elefantes

La caza de elefantes. Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación, pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.
La situación actual de la literatura se sintetizaba, según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando lo consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokov, dijo: "Señores, respeto el talento literario del señor Nabokov, ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases de zoología?".

La estúpida y siniestra concepción de Jakobson es la expresión sincera de la conciencia de gran crítico y gran lingüista y gran profesor que supone que cualquiera está más capacitado para hablar del arte de la prosa que el mayor novelista de este siglo. La autoridad de Jakobson le permite enunciar lo que todos sus colegas piensan y no se animan a decir. Se trata de una reivindicación gremial: los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores.

Fuente: Piglia, Ricardo ([1988] 2009): "Prisión perpetua" en Prisión perpetua, Buenos Aires, Anagrama/ Página/12, p. 21.

viernes, marzo 05, 2010

Entrar en alianza: Rosa Patria, un documental sobre Néstor Perlongher


Desde ya, la semana que viene me voy a verla. Un documental sobre Perlongher no puede ser malo: "¿Cómo abrirse a todos los flujos cuando el entramado institucional del imperio nos enseña a cerrarnos, a centralizarnos en un ego despótico, a no dejarnos ir, a controlarnos?"

viernes, febrero 19, 2010

"Please. Accept the mystery." : sobre A serious man de los hermanos Coen


A serious man, la nueva película de los hermanos Coen, es brillantemente oscura. Puro humor negro, grandes diálogos y grandes planos, un pobre tipo con una vida ideal que se desmorona y un trabajo paródico con la tradición y los usos y costumbres de la comunidad judía, digno de aplauso, una atmósfera entre la mística, la vida cotidiana y el absurdo. Con esta película, me da la sensación, vuelven al tono que lograron con Fargo, El Gran Lebowski y Barton Fink, ese tono que mezla el drama con el humor, películas en las que uno no sabe si cagarse de la risa o lamentarse por la suerte de los protagonistas.
Buscando en la web, encontré un comentario (no lo lean sin haberla visto) que la relaciona con la historia bíblica de Job, puro existencialismo pesimista. Yo, mientras la veía, no podía evitar pensar en La comunidad que viene de Agamben y en particular en estos fragmentos (cuando la vean, díganme si le encuentran alguna relación o si estoy delirando):

Según el Talmud, cada hombre tiene dos lugares que le esperan, uno en el Edén y otro en el Gehinnom. El justo, después de ser hallado inocente, recibe en el Edén su sitio, más aquel sitio de su vecino que se ha condenado. El malvado, después de ser juzgado culpable, recibe en el infierno su parte, más aquella del vecino que se ha salvado. Por esto se escribe en la Biblia sobre los justos: «en su país recibirán el doble» y de los malvados «destrúyelos con una doble destrucción».
En la topología de esta aggada, lo esencial no es tanto la distinción cartográfica
de Edén y Gehinnom, cuanto el sitio adyacente que todo hombre recibe sin falta. Ya que en el punto en que cada uno alcanza su estado final y cumple su destino propio, allí y por esto mismo, se encuentra en el sitio del vecino. Ser sustituible, estar como sea en el lugar del otro, se convierte así en lo más propio de toda creatura. (VI, Solaz, pág. 20)

Es conocida la parábola sobre el reino mesiánico que Benjamin (que la había escuchado de Scholem) contó una tarde a Bloch y que éste transcribe en Spuren: «Un rabino, un verdadero cabalista, dijo una vez: para instaurar el reino de la paz no es necesario destruir todo y dar inicio a un mundo completamente nuevo; basta empujar sólo un poquito esta taza o este arbusto o aquella piedra, y así con todas las cosas. Pero este poquito es tan difícil de realizar y su medida tan difícil de encontrar que, por lo que respecta al mundo, los hombres no pueden hacerlo y por eso es necesario que llegue el Mesías». En la redacción de Benjamin esta parábola suena así: «Entre los sabios se cuenta una historia sobre el mundo por venir que dice: allí todo será justamente como aquí. Como ahora es nuestra estancia, así será el mundo por venir. Donde ahora duerme nuestro niño, allí dormirá también en el otro mundo. Y aquello que nos ponemos en este mundo, lo llevaremos también allá. Todo será como ahora, sólo que un poco diverso». (XIII, Aureola, p. 36).

miércoles, febrero 17, 2010

Caretón


Acá, digitalizaron bastantes números de Caras y Caretas (desde 1898 hasta 1939; del n° 1 al 2139), nuestra clásica y satírica revista.
Sigo preguntándome: ¿cuándo corno vamos a empezar a digitalizar nuestras revistas, a tener a nivel institucional una política de digitalización de nuestras publicaciones?

jueves, febrero 11, 2010

It's alive! Alive!



Sí, volvió la Bibliofyl.

miércoles, febrero 10, 2010

Los dos indios alegres (fragmento)

No hay que ver el matrimonio solamente como una manera de copular día y noche gratis: todos los médicos y fisiólogos han reconocido que el matrimonio es indispensable no sólo para el desarrollo completo del pene y de los testículos en el varón, y de la vulva en la mujer, sino también para el de las facultades intelectuales, cuando se las tiene. Investigaciones laboriosas y estadísticas supervisadas por científicos merecidamente célebres, han demostrado (con pruebas irrefutables) que la locura, la epilepsia, la hipocondría, las manías, la histeria, la droga, la masturbación recíproca, la fiebre uterina, el exhibicionismo, las chupadas indiscriminadas, la eyaculación precoz que conduce al suicidio, y muchísimos otros penosos vicios, defectos y males atacan únicamente a los hombres solteros o separados de sus esposas. Los placeres moderados y regulares de la vida conyugal otorgan al hombre nuevas energías secretorias, liberándolo de los fluidos prolíficos y sobreabundantes, o semen superfluo. Y piensa además en el intercambio cotidiano de atenciones afectuosas y de caricias peculiares, que la mayoría de las veces los solteros se ven obligados a pagar con toneladas de oro, sin la verdadera satisfacción de los sentidos como recompensa, que es ver crecer a su alrededor veinte, treinta, cuarenta hijos de todos los tamaños, todos bautizados como corresponde con los nombres de los santos más influyentes en los ambientes cercanos a la Santa Familia en el Paraíso, o bien honestas y famosas princesas cristianas reinantes.
En Wilcock, J. R. ([1973] 2001): Los dos indios alegres, Buenos Aires, Sudamericana, p. 314.

Una razón más para leer a J. R. Wilcock, maestro de la parodia y los juegos del lenguaje.

martes, febrero 09, 2010

Biblioteca Orbis Tertius


Hace un tiempo, la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la Plata ha comenzado un proceso de digitalización de textos digno de aplauso. Ahora, a la Memoria Académica (cuyo lema, obvio, es "compartimos lo que sabemos") en la que se pueden encontrar artículos, tesis y libros (entre ellos, Campo intelectual y campo literario en la Argentina (1970-1976) de José Luis de Diego; y La palabra justa : Literatura, crítica y memoria en la Argentina, 1960-2002. de Miguel Dalmaroni) y a Orbis Tertius, revista de teoría y crítica literaria, se le suma la Biblioteca Orbis Tertius que se propone, dice su web, poner al alcance "una colección de libros electrónicos que ofrece ediciones comentadas y anotadas por especialistas, de documentos de valor histórico-cultural y reducida accesibilidad: inéditos, impresos difíciles de hallar en bibliotecas, corpora documentales, etc.". Los dos primeros son Payró en Pago Chico (editado por Sergio Pastormerlo); y La Galería de ladrones de la Capital de Fray Mocho (editado por Geraldine Rogers).

lunes, febrero 08, 2010

Todos somos Osvaldo Lamborghini (Entrega 4)

Entrega 1: "La seducción del gesto" de Antonio Marimón (Punto de Vista, nº 36, 1989).
Entrega 2: Reseña sobre El fiord de Oscar Steimberg (Los Libros, nº5, 1969).
Entrega 3: "[Sobre] Sebregondi retrocede" de Héctor Libertella (en Nueva escritura en Latinoamérica, 1977).

A fines de los 80, una revista como Babel (véase el interesante artículo de Hernán Sassi para más información: "A pesar de Shangai, a pesar de Babel") no podía dejar de comentar la reedición, en manos de César Aira, de la ¿obra? de Osvaldo Lamborghini. En este sentido, el artículo de Sergio Chejfec, "De la inasible catadura de O. L." (Babel, nº 10, 1989) que copio más abajo (más otro de Alan Pauls que en algún momento aparecerá en una de estas entregas: "Lengua, ¡sonaste!" en Babel, nº9, 1989) abría una discusión (y un camino crítico-literario), que aún hoy sigue abierta, en torno a la posible canonización del escritor de El fiord y La causa justa. El artículo de Chejfec se detiene, al menos, en tres puntos interesantes para tratar la escritura lamborghiniana: 1. la separación (en la que Aira disiente) entre obra y vida (en este sentido, sería interesante leer este artículo en contrapunto con el libro Héroes sin atributos de Julio Premat que se propone justamente intentar releer los modos de construcción de la figura de autor en varios escritores argentinos, entre ellos, claro, O. L.); 2. la yuxtaposición y la parodia como procedimientos básicos (en sintonía con la época en la que escribía Lamborghini y en clara discusión con Alan Pauls); y, finalmente, 3. los circuitos de legitimación (prólogos y reediciones pero también revistas y crítica literaria) que permiten insertar a un autor en cierta genealogía, señalar qué debe leerse y cómo y, en última instancia, ponerlo en circulación, próxima estación: el canon. Así, si bien Drucaroff señalará algunos años después, tal vez acertadamente, que tanto Pauls como Chejfec despolitizan y descontextualizan los textos de Osvaldo Lamborghini, al menos este artículo, "De la inasible catadura...", abre ciertos caminos de discusión teórico-literarios que valdría la pena retomar en relación con los autores malditos, las escrituras experimentales y los procesos de legitimación culturales. ¡Lean!


De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini (Sergio Chejfec)

En la Gran Llanura de los Chistes —como denomina a la Argentina el japonés Tokuro en el relato La causa justa— parece una broma típica asegurar que Osvaldo Lamborghini fue un gran escritor o incluso un genio. Quizá constituya un desliz laudatorio, previsible cuando llega el momento de destacar una escritura por sobre la indigencia literaria argentina. De todos modos, disuena el elogio en los casos en que aparenta ser una repercusión apasionada de la biografía. Nada hace pensar que las vidas de los escritores sean notoriamente diferentes a las del resto de las personas, sin embargo —como se trata de artistas— cierto compromiso moral está permanentemente expuesto. Esa combinación entre la intrínseca gratuidad de un libro y su inobjetable existencia una vez publicado, necesita de la vida del escritor —de su temperamento, actos y elecciones— para recortar la verdad auxiliar que ilumine el sentido de sus decisiones literarias. No obstante, cabe señalar que, por más transgresora o emblemática que haya sido su vida, el interés por ella obtiene cierta pertinencia sólo cuando por el espesor estético de la obra se hace necesario pedirle algo más a la biografía del escritor. Osvaldo Lamborghini cumple con algunos requisitos, pero con otros no.
El fenómeno O. Lamborghini exhibe aristas sumamente particulares, aunque posee la desventaja de construirse a partir de mecanismos conocidos: no otro es el recorrido que generalmente transitan los denominados artistas de vanguardia. Esta paradoja habla de la literatura y de la vida de O. L., y también de la lectura que se hace de ellas dos juntas. ¿Resulta defendible reivindicar la separación? Para quienes no conocieron a O. L., o para quienes no se sienten encandilados por ese anecdotario que la presenta como causa y síntoma de malestares, indudablemente sí. Creo que, al contrario de lo que opina César Aira, de los escritores sólo quedan sus libros; la vida es siempre tan convencional que desanima cualquier intento exegético. Salvo que nos convirtamos en analistas de Casos, ante lo cual tendríamos que recopilar historias también sumamente extrañas o trágicas de escritores cuya obra se encuentra sumergida en la ignorancia.
Lamborghini narrador. Lo que para Alan Pauls es un rasgo distintivo preferencial, según su comentario en el número anterior de Babel, o sea la capacidad enunciativa de O. L. que hace de sus textos secuencias abigarradas de sentencias y acciones desprovistas de solución de continuidad, resalta a mi entender las serias limitaciones de Lamborghini como narrador y distingue su particular escritura poética. O. L. escribe por yuxtaposición —a la manera de los brutales acoplamientos que graficaba— y no alrededor de la idea de sucesión —en la cual cuando ingresa, en textos como La causa justa o El pibe Barulo, obtiene los mejores resultados—. Esa disponibilidad performativa que Pauls describe obtiene, como muestra suprema de las aspiraciones estéticas de. Lamborghini, la idílica fórmula de "Publicar, después escribir": la comunicación adelantándose a la enunciación. "Todo va bien, hasta que llegan los lectores", escribe también O. L.; como si las tensiones producidas por aquella performatividad sólo pudieran convivir en la medida de carecer de receptores. Es otra paradoja, no obstante ésta habla de las condiciones de producción imaginarias de Lamborghini: como se sabe, son también ciertas típicas composiciones íntimas —diarios, poemas o pensamientos—, escritas y guardadas en cajones personales por individuos que hacen de la escritura una actividad clandestina o subsidiaria respecto de la vida de todos los días, las que comparten aquellos rasgos performativos hasta el punto de obstruir las condiciones de recepción. Entonces, ¿simplicidad o complejidad, la de Lamborghini? Acaso ninguna de las dos opciones sea concluyente, quizá carezca de sentido una conclusión.
Osvaldo Lamborghini escribió muchos de sus textos cuando el fervor por la parodia en literatura legitimaba cualquier empresa; esta debilidad fue otra de las manifestaciones de la seducción que siempre ejercieron sobre críticos y escritores los esquemas cerrados de interpretación y representación. Ahora podría ser plausible reconocer el elevado dosaje alegórico que generalmente adquieren los textos paródicos. Creo que en muchos casos una sobredeterminación alegórica de los relatos de Lamborghini permite que puedan ser leídos a un tiempo como obras de lo más transgresivas pero tan fácilmente asimilables que anulan toda posible revulsividad.
Es probable que detrás de estas notas haya una discusión acerca del Gusto; sin embargo también está presente otra más palpable: los desacuerdos que provocan los actos de legitimación. Prólogos, reseñas y comentarios son instrumentos ideales para convalidar o inaugurar tradiciones y genealogías; todos abrevan en el campo lábil de la opinión. Cuando la materia es casi contemporánea —como en este caso— sentimos que esos intentos quieren cambiar nuestra geografía literaria —a su vez sin duda totalmente arbitraria—. Osvaldo Lamborghini, para mí, consiste en una estribación lejana en la frontera de La Llanura de los Chistes.

Fuente: Chejfec, Sergio: "De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini", Babel, nº 10, julio de 1989.

miércoles, enero 06, 2010

Por las promesas incumplidas: "El genio del anónimo" (Rodolfo Walsh)

Véase: Por las promesas incumplidas: "Dos mil quinientos años de literatura policial" (Rodolfo Walsh)
Por las promesas incumplidas: "¡Vuelve Sherlock Holmes! (La resurrección literaria más sensacional del siglo)" (Rodolfo Walsh)
Por las promesas incumplidas: "Un estremecimiento, por favor. (En torno al cuento fantástico y de suspenso)" (Rodolfo Walsh)

El genio del anónimo (Rodolfo Walsh)

Si se afirma que la más larga y enconada batalla periodística de todos los tiempos fue librada por casi toda Inglaterra contra un fantasma, apenas se exagera. Y si se añade que esa batalla fue ganada con todos los honores por el fantasma, se está en los justos términos de la verdad. En efecto, no hay calificativo que cuadre tan bien como el de fantasmal al ignorado personaje que durante tres años, al finalizar el siglo XVIII, tuvo en jaque a la nobleza y al gobierno británicos. Que esos acontecimientos, esos ataques despiadados contra los lores y pares del reino, contra las instituciones, contra el mismo rey, hayan tenido lugar en Inglaterra, tan celosa amante de venerables tradiciones, no hace sino añadir un toque de delicada ironía al escandaloso asunto. En verdad, la historia que vamos a referir constituye una de las burlas más colosales de todos los tiempos.
Todo empezó cuando en el Public Advertiser, periódico popular de la época, editado por Woodfall, apareció una carta firmada por un tal "Junius", donde se arremetía impávidamente contra los personajes más encumbrados del país. Literalmente, esa carta no dejaba títere con cabeza. Sin embargo, pudo pasar inadvertida. Las protestas de los lectores a propósito de cualquier cosa constituyen, aun en la actualidad, la salsa cotidiana del periodismo inglés. "Enviar una carta al Times" es una frase hecha. Pero quiso la suerte que sir William Draper, espejo de caballeros ingleses, leyera la invectiva y en ella viese despellejado a lord Granby. Si sir William se hubiese callado la boca, quizá "Junius" habría muerto al nacer, y la literatura política inglesa habría perdido un clásico. Pero sir William no se calló. Siguiendo los dictados de la amistad, replicó al periódico de Woodfall, defendiendo valerosamente a lord Granby. Fue el minuto fatal.
La respuesta de "Junius" no se hizo esperar. Pero esta vez el desollado fue el propio sir William, concienzudamente desollado por espacio de varios meses, a pesar de sus ineficaces tentativas de devolver los golpes. Sir William, por cierto, no era nuevo en lides políticas. Tampoco era inhábil. Pero ya en esta primera escaramuza se hizo evidente que estaba ante un genio de la invectiva, quien gozaba, por añadidura, de una inconmensurable ventaja: permanecer ignorado e inidentificable mientras él, a juzgar por todos los indicios, conocía al dedillo la vida política y aun íntima de sus sucesivos rivales. "Junius" podía acusar públicamente a cualquiera de sus víctimas de cultivar una excesiva amistad con la botella, de apalear a su mujer o de tener un lunar en la nariz —supuesto que así fuese—, pero, ¿quién podía retribuirle? "Junius" era un hombre sin cara, un hombre sin historia y, por lo tanto, sin fallas ni vicios (salvo su pequeño entretenimiento), de quien se ignoraba todo.
¿Realmente se ignoraba todo? No es lícito pensar que los hombres que en aquella época llevaban al imperio británico a su máximo esplendor tuviesen una pizca de tontos. Bien pronto comprendieron algo elemental, pero al mismo tiempo aterrador, Junius era uno de ellos. Sólo así podía estar tan minuciosamente enterado de los entretelones políticos, de las intrigas palaciegas, de todos los trapos que implacablemente sacaba al sol —es un decir— de aquella capital de las brumas. Sólo así podía rechazar con un gesto de altivez los derechos de autor que le correspondían por sus escritos, indicando así que sus fines no eran mercenarios sino cívicos o, por lo menos, desinteresados. "Estoy muy por encima de todo interés pecuniario", escribió a Woodfall. Y el tono de aristocracia y altivez que impera en sus cartas no deja lugar a dudas sobre eso.
Entretanto, "Junius" seguía cortando cabezas. Blackstone, el duque de Grafton, lord Mansfield fueron sus próximas víctimas. Se empezaba a temer lo peor. Y, en efecto, lo peor no tardó en ocurrir. "Junius" dirigió su artillería contra el rey. En la más célebre de sus cartas, que provoca un resonante proceso contra Woodfall, lo acusa de favoritismo y de parcialidad, de estar dominado por sus ministros, de permitir la injusticia, y termina aconsejándole paternalmente que obre sin consultar a sus colaboradores inmediatos. "Deje a un lado la miserable pompa de un rey", clama Junius, "y hable a sus súbditos con el espíritu de un hombre y las palabras de un caballero. Confiese que ha sido fatalmente engañado".
La conmoción fue indescriptible. Hace un siglo y medio éstas no eran las palabras más habituales para dirigirse al monarca inglés. Hubo varias sesiones del Parlamento en las que no se habló sino de Junius en los más diversos tonos: desde la cólera hasta la fingida y burlona reprobación.
— ¿Cómo es que este Junius escapa a las redes de la justicia? —preguntaba socarronamente en la Cámara el célebre orador y político Burke—. Hace mucho tiempo que lo persiguen los esbirros de la corte. Sin embargo, este jabalí de los bosques arremete contra todos. El rey, los lores, los comunes, son el juguete de su furia...
La primera carta estaba fechada el 21 de enero de 1769. La última, el 21 de enero de 1772. Es decir que el reinado de Junius duró exactamente tres años. Y resulta sorprendente, en efecto, que en plazo tan dilatado no haya sido posible atraparlo ni averiguar más datos que los que él voluntariamente suministraba.
Sus víctimas le tendieron innumerables trampas. Todas fracasaron. Un instinto infalible parecía guiar al desconocido francotirador. Woodfall fue procesado, y desde luego, interrogado infinitas veces. Pero nada pudo o quiso decir. Quizá él mismo no sabía nada. Lo cierto es que el leal periodista siguió siempre estrictamente las instrucciones de Junius. Se cree que éste no llevaba personalmente sus cartas al diario, sino que las encomendaba al primer desconocido que encontraba, a cambio de una generosa dádiva. Pero lo más probable es que haya utilizado un procedimiento distinto en cada oportunidad. Cuando a la redacción del periódico llegaba alguna misiva o paquete destinado a Junius, Woodfall se comunicaba con él por anuncios en clave que insertaba en el diario. A veces la clave era un verso latino, a veces un par de palabras, y en ocasiones una letra en la columna de anuncios era suficiente. Junius indicaba dónde debían dejarse los objetos dirigidos a él, y si el lugar le parecía vigilado, no daba señales de vida.
No es difícil comprender el por qué de estas precauciones. Bien es cierto que Junius pertenecía probablemente a las clases sociales más elevadas, pero los enemigos que se había echado encima eran demasiado fuertes. "Estoy seguro de que si me descubrieran", escribe a Woodfall, "no me quedarían tres días de vida". Otras veces se muestra más confiado: "Nunca sabrán quién soy", exclama. "Soy el único depositario de un secreto que morirá conmigo".
Estas palabras parecen destinadas a cumplirse, a pesar de los empeñosos esfuerzos de varias generaciones de críticos. La paternidad de las cartas de Junius (44 en total) ha sido atribuida a más de cincuenta personas distintas, entre ellas el propio Burke.
El interés por el enigma no había menguado en 1816, fecha en que se publicó un libro de título promisorio: Junius identificado. Su autor, John Taylor, se apoya en abundantes datos para atribuir la correspondencia a sir Philip Francis. Este, al casarse en 1814, había regalado a su esposa una edición lujosamente encuadernada de las cartas de Junius, pidiéndole que las guardara en el mayor secreto. Y poco antes de morir, en 1825, le entregó un ejemplar del libro de Taylor. Pero el argumento más decisivo —más aun que el libro— es para los sostenedores de la teoría, que el propio sir Philip, que aún vivía, en ningún momento negó la acusación, o la atribución. Lejos de ello, pareció empeñado en fomentarla indirectamente hasta la fecha de su muerte. De entonces acá, muchos críticos, con lord Macaulay a la cabeza, se han pronunciado por esa solución.
¿Queda pues resuelto el misterio? En modo alguno. Los "partidarios", digámoslo así, de sir Philip no son más numerosos y calificados que sus detractores, aquellos que lo acusan lisa y llanamente de impostor, de haber tomado la oportunidad por los cabellos para atribuirse méritos ajenos. Y los argumentos que aducen son dignos de tenerse en cuenta. Entre ellos, el testimonio de Pitt, que dijo conocer a Junius, y que éste no era sir Philip. Alguien afirmó con más rudeza que nadie que hubiera visto, oído o leído a sir Philip podía identificarlo con el elegante, certero y lúcido Junius. Y, en efecto, tanto el estilo como la simple escritura de Junius son incomparablemente superiores a lo que Francis escribió con su propio nombre. Otro detalle significativo: los personajes que Junius atacó con más encarnizamiento eran íntimos amigos o protectores de sir Philip. Aunque esto, desde luego, tanto puede aducirse a favor como en contra...
En 1867 la teoría sufrió un nuevo golpe, al publicarse las memorias de sir Philip Francis. En ellas, aparte de su contenido trivial, se advierte que las opiniones políticas, intereses y preferencias de sir Philip son todo lo opuesto a los de Junius. Además, en los pocos pasajes en que el propio Francis se refiere a Junius, lo hace como si él no tuviera menor relación con él. Así, en una carta a su cuñado dice lo siguiente: "Junius no es conocido, y esa circunstancia es tan curiosa como sus escritos. Yo siempre he sospechado de Burke".
Naturalmente, después del libro de Taylor, sir Philip hizo todo lo posible por escribir como Junius, pero salvo algún acierto ocasional, no pasó de una discreta imitación. Y aun concediendo que sir Philip haya sido Junius, sólo puede conquistar esa atribución a cambio de ganar al mismo tiempo los estigmas de perfidia y deslealtad para con sus mejores amigos, condiciones que no parecen atribuibles a Junius.
El interrogante, pues, queda abierto. Sólo faltaría agregar un curioso incidente, acaecido una noche de aquellos tres años en que la pluma acerada de Junius inquietó a los poderosos señores de la nobleza británica. Un transeúnte que pasaba frente al periódico de Woodfall vio a un hombre detenerse y dejar una carta en la entrada. Intrigado, lo siguió. Más tarde lo describió como un caballero alto y elegante, envuelto en una liviana capa negra. El desconocido apuró el paso. Segundos después, en la oscuridad de la calle, se abrió la portezuela de un carruaje y en seguida se oyó el brioso trote de las cabalgaduras que restituían a Junius a su región de tinieblas y misterio.

Fuente: Walsh, Rodolfo (1987): Cuentos para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires, Puntosur, págs. 195-201.

martes, enero 05, 2010

Lovecraft y sus precursores II

Lovecraft y sus precursores I: "Los otros ojos" de Jean Richepin (fragmento)

Estuve leyendo Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones y en sus páginas me encontré con esta resonancia lovecraftiana:
[...] Nada pudimos replicarle, pues un estertor de la médium nos distrajo.
De su costado izquierdo desprendíase rápidamente una masa tenebrosa, asaz perceptible en la penumbra. Creció como un globo, proyectó de su seno largos tentáculos, y acabó por desprenderse a modo de una araña gigantesca. Siguió dilatándose hasta llenar el aposento, envolviéndonos como un mucílago y jadeando con un rumor de queja. No tenía forma definida en la oscuridad espesada por su presencia; pero si el horror se objetiva de algún modo, aquello era el horror.
Nadie intentaba moverse, ante el espantoso hormigueo de tentáculos de sombra que se sentía alrededor, y no sé cómo hubiera acabado eso, si la médium no implora con voz desfallecida:
–¡Luz, luz, Dios mío!
Tuve fuerzas para saltar hasta la llave de la luz eléctrica; y junto con su rayo, la masa de sombra estalló sin ruido, en una especie de suspiro enorme.
Mirámonos en silencio.
Algo como un lodo heladísimo nos cubría enteramente; y aquello habría bastado para prodigio, si al acudir a su lavabo, Skinner no realiza un hallazgo más asombroso. [...]
Fuente: Lugones, Leopoldo (1981 [1906]), "El origen del diluvio" en Las fuerzas extrañas, Buenos Aires, Ediciones del 80, pp. 115-116.
 

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