JUEVES DE AVENTURAS
Hace 11 minutos.

[...] El Vikingo empezó a darle vueltas alrededor, siempre fuera de distancia y Moore lo punteaba de zurda, quieto, hamacándose, y de repente se le iba encima con una velocidad fulminante. El Vikingo no hacía otra cosa que mirarle las manos, tratando de anticipar, con la oscura sensación de que el otro adivinaba lo que iba a hacer. En una de esas se movió un poco más despacio y Moore lo cruzó con dos derechas y una izquierda abajo y al Vikingo le pareció que algo se le quebraba, adentro. Moore lo tocó suave con la izquierda, como queriendo tomar distancia, amagó dar un paso al costado buscando perfilar la derecha y cuando el Vikingo se movió para cubrirse la zurda de Moore bajó como un latigazo y lo encontró a mitad de camino. Al Vikingo se le nublaron los ojos, levantó la cara buscando aire pero sólo vio los globos de luz del gimnasio que daban vuelta. Moore se ladeó, sin tocarlo, esperando que se derrumbara. El Vikingo sintió que se le cruzaban las piernas, se hamacó para dejarse ir pero se sostuvo de algún lado, del aire, vaya a saber de dónde se sostuvo, lo cierto es que cuando bajó la cara estaba otra vez en guardia.
A partir de ahí Moore lo empezó a buscar en serio, para tirarlo. Cuando estaban en el centro del ring y había espacio el Vikingo se las arreglaba con el juego de piernas, pero cada vez que Moore lo acorralaba contra las sogas tenía ganas de levantar los brazos y ponerse a llorar. Al rato navegaba en una niebla opaca, sin entender cómo podían pegarle tan fuerte, toda su energía concentrada en no despegar los pies de la tierra: única certidumbre de que aún estaba vivo. Trataba de mantenerse fiel a su estilo y salir boxeando pero Moore era demasiado veloz y siempre llegaba antes. Hacia el final había perdido todo, menos ese instinto fatal que lo llevaba a buscar la salida más clásica y conservar cierta elegancia pese a estar medio ciego, deshecho por los golpes cruzados y la combinación de jab y aperca que lo frenaban como si continuamente chocara contra un muro. A esa altura el mismo Moore parecía un hombre piadoso, obligado a pegar porque ese es el trabajo, con un suave relámpago de respeto y consideración alumbrando sus ojos levemente bizcos, una suerte de ruego, como si le pidiera que se dejara caer para no seguir golpeándolo. [...]

Tuvimos una erección. Le lamí primero la pija, después los huevos, luego abismé mi hocico entre los muslos. Dios santo, ¡era un verdadero hermafrodita! Entre los huevos y el ano, tenía un sexo de mujer que no habría sospechado. Mojé en él mis bigotes y ella maulló, toda temblorosa. Nunca había penetrado a una mujer, y nunca hubiera podido imaginar la naturaleza de semejante placer; me parecía renacer, no sabía incluso si era un pez o un mamífero. Nunca había sospechado que se pudiera sentir en el pene la emoción de un navegante solitario que descubre la isla de sus sueños. El culo te aprieta la pija, hay que luchar para agrandarlo, pero una concha de mujer te envuelve, te ama, es tu madre, o al menos, la madre de tus sueños.PD.: Insisto, si La guerra de las mariconas tiene la misma traducción que M. Martínez hizo en La guerra de los putos, bien vale la pena.


Según el Talmud, cada hombre tiene dos lugares que le esperan, uno en el Edén y otro en el Gehinnom. El justo, después de ser hallado inocente, recibe en el Edén su sitio, más aquel sitio de su vecino que se ha condenado. El malvado, después de ser juzgado culpable, recibe en el infierno su parte, más aquella del vecino que se ha salvado. Por esto se escribe en la Biblia sobre los justos: «en su país recibirán el doble» y de los malvados «destrúyelos con una doble destrucción».
En la topología de esta aggada, lo esencial no es tanto la distinción cartográfica
de Edén y Gehinnom, cuanto el sitio adyacente que todo hombre recibe sin falta. Ya que en el punto en que cada uno alcanza su estado final y cumple su destino propio, allí y por esto mismo, se encuentra en el sitio del vecino. Ser sustituible, estar como sea en el lugar del otro, se convierte así en lo más propio de toda creatura. (VI, Solaz, pág. 20)
Es conocida la parábola sobre el reino mesiánico que Benjamin (que la había escuchado de Scholem) contó una tarde a Bloch y que éste transcribe en Spuren: «Un rabino, un verdadero cabalista, dijo una vez: para instaurar el reino de la paz no es necesario destruir todo y dar inicio a un mundo completamente nuevo; basta empujar sólo un poquito esta taza o este arbusto o aquella piedra, y así con todas las cosas. Pero este poquito es tan difícil de realizar y su medida tan difícil de encontrar que, por lo que respecta al mundo, los hombres no pueden hacerlo y por eso es necesario que llegue el Mesías». En la redacción de Benjamin esta parábola suena así: «Entre los sabios se cuenta una historia sobre el mundo por venir que dice: allí todo será justamente como aquí. Como ahora es nuestra estancia, así será el mundo por venir. Donde ahora duerme nuestro niño, allí dormirá también en el otro mundo. Y aquello que nos ponemos en este mundo, lo llevaremos también allá. Todo será como ahora, sólo que un poco diverso». (XIII, Aureola, p. 36).

No hay que ver el matrimonio solamente como una manera de copular día y noche gratis: todos los médicos y fisiólogos han reconocido que el matrimonio es indispensable no sólo para el desarrollo completo del pene y de los testículos en el varón, y de la vulva en la mujer, sino también para el de las facultades intelectuales, cuando se las tiene. Investigaciones laboriosas y estadísticas supervisadas por científicos merecidamente célebres, han demostrado (con pruebas irrefutables) que la locura, la epilepsia, la hipocondría, las manías, la histeria, la droga, la masturbación recíproca, la fiebre uterina, el exhibicionismo, las chupadas indiscriminadas, la eyaculación precoz que conduce al suicidio, y muchísimos otros penosos vicios, defectos y males atacan únicamente a los hombres solteros o separados de sus esposas. Los placeres moderados y regulares de la vida conyugal otorgan al hombre nuevas energías secretorias, liberándolo de los fluidos prolíficos y sobreabundantes, o semen superfluo. Y piensa además en el intercambio cotidiano de atenciones afectuosas y de caricias peculiares, que la mayoría de las veces los solteros se ven obligados a pagar con toneladas de oro, sin la verdadera satisfacción de los sentidos como recompensa, que es ver crecer a su alrededor veinte, treinta, cuarenta hijos de todos los tamaños, todos bautizados como corresponde con los nombres de los santos más influyentes en los ambientes cercanos a la Santa Familia en el Paraíso, o bien honestas y famosas princesas cristianas reinantes.En Wilcock, J. R. ([1973] 2001): Los dos indios alegres, Buenos Aires, Sudamericana, p. 314.

[...] Nada pudimos replicarle, pues un estertor de la médium nos distrajo.Fuente: Lugones, Leopoldo (1981 [1906]), "El origen del diluvio" en Las fuerzas extrañas, Buenos Aires, Ediciones del 80, pp. 115-116.
De su costado izquierdo desprendíase rápidamente una masa tenebrosa, asaz perceptible en la penumbra. Creció como un globo, proyectó de su seno largos tentáculos, y acabó por desprenderse a modo de una araña gigantesca. Siguió dilatándose hasta llenar el aposento, envolviéndonos como un mucílago y jadeando con un rumor de queja. No tenía forma definida en la oscuridad espesada por su presencia; pero si el horror se objetiva de algún modo, aquello era el horror.
Nadie intentaba moverse, ante el espantoso hormigueo de tentáculos de sombra que se sentía alrededor, y no sé cómo hubiera acabado eso, si la médium no implora con voz desfallecida:
–¡Luz, luz, Dios mío!
Tuve fuerzas para saltar hasta la llave de la luz eléctrica; y junto con su rayo, la masa de sombra estalló sin ruido, en una especie de suspiro enorme.
Mirámonos en silencio.
Algo como un lodo heladísimo nos cubría enteramente; y aquello habría bastado para prodigio, si al acudir a su lavabo, Skinner no realiza un hallazgo más asombroso. [...]
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