sábado, enero 31, 2026

Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico (entrevista de Guillermo Saavedra)

Leí a Peyceré hace unos años, como quien da un salto de fe. Había encontrado en saldo de la editorial Adriana Hidalgo, Las muchachas sudamericanas (antes llamada Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas) y me lo había llevado por referencias cruzadas provenientes de artículos y entrevistas de Fogwill, Aira y Laiseca. No podía ser un mal escritor, una obra despreciable, algo debía haber ahí... 

Efectivamente Las muchachas... me sorprendió gratamente y luego dos personas cercanas me hablaron del Evangelio apócrifo de Haddatah, el libro que mencionaban con énfasis los popes del contracanon literario nacional en los 80. Tardé en conseguirlo pero también lo hallé y lo leí con deleite, acá pueden leer una líneas al respecto. Ahora me gustaría leer todo lo que publicó, claro, y en eso estamos.

Hace unos días conversando con mi amigo M. M. sobre Peyceré me mencionó una entrevista desconocida para mí en un libro aún más desconocido: La curiosidad impertinente, un recopilación de entrevistas hechas por Guillermo Saavedra entre fines de los 80 y principios de los 90, publicada por Beatriz Viterbo. Además de Peyceré los nombres del índice son sorprendentes: Saer, Piglia, Bioy, Laiseca, Libertella, C. E. Feiling, Martini, Gusmán, Cohen, entre otros.

En fin, leí con mucho placer la entrevista de Saavedra a Peyceré y le sentí eso que su escritura me había transmitido: la fascinación con el pasado y con un vocabulario del pasado, la descripción detenida como una forma de narrar. Pasen y lean y si les llama la atención, no duden en darle una chance al autor de Las muchachas sudamericanas, que varios de sus libros se consiguen aún con facilidad.   


Nicolás Peyceré. Un nómade musical y pictórico 

Entrevista de Guillermo Saavedra 

Dedicado inicialmente a la medicina y aficionado al dibujo, Nicolás Peyceré fue derivando, de veinticinco años a esta parte, hacia el psicoanálisis y la literatura. Autor de textos de poesía y ensayo, prefiere que se mencionen sus tres libros de narrativa: Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas (1979), El evangelio apócrifo de Hadattah (1981) y La explicación (1986), además de sus Poemas elegidos (1991). En ellos se despliega un infrecuente proyecto experimental, que Peyceré insiste en discriminar del vanguardismo y la marginalidad. 

Razonablemente un poco menos joven que su escritura, canoso, de estatura y complexión medianas, Nicolás Peyceré parece haber cruzado los cincuenta años. Hay que deducirlo porque él, amparado en una mezcla de timidez e intransigencia principista, se rehúsa a ofrecer datos personales: “Si me proponen una entrevista, me imagino a alguien mirándome a través de una persiana. Prefiero exponer mi escritura en lugar de mi persona, porque no soy un actor, soy un escritor. Además, desconfío de las psicobiografías”. 

Cuando el cronista le promete no utilizar esos datos para intentar, a partir de ellos, una exégesis de sus libros, este hombre de grandes anteojos que parece rehuir también los largos parlamentos se atreve a escanciar algunas gotas de su historia: una infancia transcurrida en pleno centro porteño, estudios en el colegio Champagnat, la carrera de médico, un viaje por Europa que duró varios años, su desempeño como médico rural, su afición al dibujo. 

En algún momento —Peyceré no condesciende a dar razones, aduce no saberlas—, el psicoanálisis y la literatura comenzaron a desplazar a la medicina y el dibujo: “No fue una inclinación sino algo que sucedió. Yo pensaba seguir trabajando como médico rural, cosa que me gustaba mucho y aún sigue gustándome. De cualquier modo, reconozco una dedicación más o menos sistemática a la escritura desde hace veinte años. Pero me encuentro más cómodo con escritores jóvenes, con escritores de veinte años que con aquellos que tienen veinte años de escritores”. 


¿Cómo piensa la actividad literaria quien hace ya dos décadas le dedica algunos de sus mejores afanes? Peyceré —que hubiera preferido una entrevista “a la Gilles Deleuze” y sin embargo soporta estoicamente la presencia electrónica y nipona de un grabador maltrecho— dice, mientras se ayuda con unas anotaciones pertinentes: “Creo que, por un lado, están los escritores que constituyen la vanguardia. Pero ésta, en literatura, aparece más bien como un catálogo de autores. Las vanguardias se superponen, unas encima de las otras, de modo tal que, finalmente, todo es o ha sido vanguardia. Podría decirse incluso que los escritores de vanguardia suelen estar designados. Por otro lado, están los escritores nómades. De éstos, no se sabe. No están a los costados como los marginales sino en cualquier parte. Como dice Kafka: ‘Es imposible comprender cómo han penetrado hasta la capital; sin embargo, están allí, y cada mañana da la impresión de que su número ha aumentado’”. ¿Se considera un nómade el que dice —lee— estas palabras? “Podría ser —responde Peyceré, en un modo potencial que parece estar implícito en todas sus afirmaciones— pero el de nómade es un concepto que se emite desde un lugar central, desde un punto fijo. Por eso los nómades no saben de sí mismos. Dice Nietzsche, también, de ellos: ‘Llegan como el destino, sin causa, sin razón, sin miramientos, sin pretextos’”. Palabras, las de Kafka, las de Nietzsche, las del propio Peyceré, que hablan más de obras que de hombres. ¿Cómo son estas profanas, nómades escrituras? “Se trata de escrituras no situables, errabundas, desprolijas; textos inacabados aunque lleven la palabra ‘fin’. Los nómades tienen los horizontes desaliñados, los campos visuales cortados por escotomas y sus escrituras suelen ser arrancadas de crónicas; a veces, tienen todavía hilachas de esos arrancamientos. Son escrituras sentadas, como la figura egipcia Quah ab ra: no podemos hacer mucho con ellas”. 

¿Hay modelos para esta escritura transhumante? ¿Quiénes son los nómades de esta genealogía peycereana? El hombre tímido, apenas entrevisto, se dispone a espiar por las persianas de su propia memoria: “Pienso en escrituras muy antiguas. Por ejemplo Le roman de la rose (que por supuesto nada tiene que ver con El nombre de la rosa); pienso, también, en libros que no son estrictamente literarios, libros de botánica y de viajes; pienso en Julio Verne, en la Encyclopédie, en la Imagerie d’Epinal, vieja colección de láminas”. 

Inevitablemente, el hombre habla por su obra. En los textos de Peyceré, hay una insistencia en lo visual, una manera de representar su mundo que se vuelve obsesivamente sobre pinturas, grabados, láminas, dibujos. ¿Qué razones vuelcan la escritura sobre esas exposiciones? ¿Tal vez una inteligencia barthesiana que ofrece láminas para ser leídas? El nómade escritor y dibujante responde en voz muy baja: “Las láminas —también ciertas voces, ciertos gritos— constituyen una intermediación entre lo que escribo y lo que se llama la realidad. Obviamente, la intermediación está siempre; pero hay un uso distinto de ella en la lámina, en el lenguaje de mis obras. La escritura verosímil, el realismo, supone la mediación del lenguaje-institución, lo consensual, lo que está en boga. En el caso de mi escritura, reemplazaría la palabra ‘verosímil’ por el concepto de ‘intertextualidad’. Es decir, un texto que tiene como intermediación otro texto; pero ese texto ocasional no es lo que está en boga. Los nómades, en su errabundeo constante por infinidad de textos, se parecen a los hombres del paleolítico que eran, a la vez, recolectores y cazadores”. 


Peyceré —anteojos de gruesos cristales y sólido marco de nácar negro— ha sabido traducir su metáfora de los campos visuales, escotómicos, segmentados, en una obra que ofrece una mirada fragmentada de un mundo subjetivo: “Se puede hacer una artesanía sin deshacer la sintaxis; dejar palabras-frases sueltas que sean un relieve, donde las secuencias no sean causales sino seriales”. 

Relieve, serialidad: por las rendijas se escapa el peycereano celo por vincular su oficio de palabras con la pintura y con la música: “Creo que estas disciplinas artísticas poseen un lenguaje mucho más avanzado que el de la literatura. Por eso siempre estoy buscando esa hibridación que se produce cuando un escritor está sobresaltado por una pintura o por una percusión. Es entonces cuando los acontecimientos se unen a través de frases que son zeugma, o cartografías. Así como en la música la atonalidad es concebida como un sistema de relaciones sin puntos de referencia fijos, me interesan —del lenguaje— las mutaciones sintácticas, las enumeraciones con zeugma, las elipsis, la palabra imprevista. Estos serían los elementos de una técnica que se corresponden con esa imagen de los escotomas que antes mencionaba”. 

Elipsis, zeugma, escotomas: procedimientos que tienden a escamotear datos; una literatura que desde lo que dice y lo que muestra parece estar hablando de una ausencia. Lo que se elude, ¿se calla por pudor o por ignorancia? “Por ambas cosas —dice el hombre de nombre y apellido agudos—: a veces no digo más porque no sé más y, otras veces, por una cuestión de intimidad. En última instancia, no sé por qué escribo como escribo. Mi escritura sabe más que yo”.


Pero, ¿por qué fragmentos, por qué esquirlas de una realidad que se sospecha más vasta?, insiste el cronista a través de la persiana. Nicolás Peyceré duplica el plano de la charla: “Podría decirse que hay dos aspectos vinculados a mi escritura. Uno, que sería el de la ocasión y tiene que ver con mi vida; y otro, el de la técnica, es decir el de la artesanía. Si me preguntan por la fragmentación, por ejemplo, no sé muy bien qué pasa con ella. Pero sé que hubo una ocasión. Sobre todo en Novela o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas, que inauguró ese tipo de escritura y que fue escrita en los escasos momentos libres que yo tenía y, en consecuencia, me llevaba forzosamente a la fragmentación. Después sí vino una suerte de justificación artesanal: pensé que el lector se fatigaría con textos muy largos, que debía dejar, entre fragmento y fragmento, espacios de respiración, de descanso”. 

¿Qué le ocurre a Peyceré como lector de su propia obra, una obra que, según él mismo dice sabe más que él mismo? ¿Vislumbra, tal vez, una teoría del conocimiento, una concepción de la literatura y del mundo? Sonriente, susurrando, amablemente, contesta revisando sus papeles: “Sucede que esta especie de nomadismo me aleja —creo que por suerte— de las teorías. Me pone más en ocasión con mi vida y con la artesanía. Algunos hablan de epistemología y hacen preguntas del tipo: ‘¿Qué uso?’, ‘¿Qué no-uso?’, ‘¿Qué es escribir?’. Estas no son preguntas que se haga el nómade artesano”. Claro que el nómade está a salvo de las teorías pero no del sentido: “Las escrituras nómades son como los caminos de las hormigas: las palabras van, llevan cosas, no se sabe bien para dónde. Pero, aun despojadas de contexto, o acompañando despojos de contextos, las palabras suelen tener sentido. Esto lo saben los nómades. Saben también que ese segundo despojamiento, el del sentido, ni siquiera se logra con la Ostranenie, la técnica de desfamiliarización de la que hablaba Shklovsky”. 

Evangelio apócrifo, Novela: desde el título mismo los textos de Peyceré ponen de manifiesto su carácter ficcional y delimitan su filiación genérica. ¿Cuál es la relación del errabundo voceador de láminas y los géneros? “La de los géneros es una cuestión que me interesa especialmente. Sobre ello, suelo hacerme dos preguntas: ¿Por qué ceñir los géneros a los tres de la preceptiva clásica? y ¿Por qué suprimirlos, por qué no dejarlos extendidos, ampliados, diseminados, incluso rasgados? Se me ocurre que hay una multitud de géneros, de vestiduras con las que una escritura puede presentarse. Citaré algunos, arbitrariamente: la menipea, a la que Joyce da nuevos aspectos en su Ulises; el género pornografía, que alcanza su excelencia en revistas como Squire o Elle; la crónica americana, como las Memorias del general Paz; la poesía narrativa, que luce en la obra de Cesare Pavese; la novela segmentada, que aparece en Las mil y una noches, en El Quijote, en Rayuela; el género crítica literaria, que hermosamente dio Roland Barthes; las enciclopedias devotas, como el Essai de Merveilles de Etienne Binet; ¿y qué género podríamos inventar para ubicar, por ejemplo, Las tentaciones de San Antonio de Flaubert?”. 


Dentro de ese panorama ejemplar e inconcluso que el escritor ha ofrecido, hay un género —el evangelio apócrifo— en el que admite haber incursionado. Este hombre, que en algún momento de la charla ha reclamado para el escritor “humildad para corregir intensamente los textos y circunspección para rodear de una esmerada atención cosas y sucederes” ha querido volver a contar la buena nueva. ¿Por qué escribir una historia tantas veces escrita, tanto tiempo atrás? La pregunta le viene de perlas al nómade discreto para musitar cordialmente, sin temor, ni temblor, su última cita: “¿Por qué construimos una silla? Para sentarnos, ¿verdad? ¿Y por qué seguimos construyéndola de igual forma que las anteriores? ¿Por qué repetimos? Tal vez porque, como dice Kierkegaard, lo que se repite en una repetición es justamente que no se repite”. 

Publicada en la revista Vuelta Sudamericana, Nro. 16, Buenos Aires, noviembre de 1986. Luego recopilada en el libro de entrevistas de Guillermo Saavedra, La curiosidad impertinente, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, pp. 95-99.

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