sábado, abril 25, 2020

Un soneto mugre de Daniel Giribaldi

Probablemente descubrí a Daniel Giribaldi a través de Fox. Ellos más José Antonio Barzak y Sergio Mulet se presentaron en una lectura de poesía entre 1960 y 1961, si no me fallan los cálculos. Habré buscado información sobre Giribaldi y me habré topado con sus Sonetos mugres. Algunos circulan en la web: sonetos escritos en lunfardo, publicado en 1968, el tipo de anacronismos deliberados que me encantan.
Tiempo después, mi amigo Mandrake me regaló la edición de Sonetos mugres que Torres Agüero publicó 20 años más tarde, en 1985. Sobre esa edición hay una linda historia que cruza a Giribaldi con Miguel Briante y con Osvaldo Lamborghini. Una historia alrededor del soneto "Macabro", sobre un feto enfrascado que convivía con botellas y conservas en uno de los bares o piringundines que nuestro poeta lunfardo imagina (o no). El artículo de Briante se publicó en Tiempo argentino y luego fue recopilado en Desde este mundo
Finalmente, conseguí, por obra y gracia de la vida y la lectura, la primera edición de Sonetos mugres, publicada por la editorial Sudestada, que ya había publicado a Leónidas Lamborghini (Las patas en la fuente) y a Joaquín Gianuzzi (Las condiciones de la época). Curiosamente, en esta edición, Giribaldi dedicó cada uno de los sonetos a una personalidad de aquellos turbulentos sesentas argentinos. Hay sonetos con dedicatoria a Palito Ortega, a Roberto Goyeneche, a Marta Minujín y a Miguel Gallardo Drago, entre otros. Digo "curiosamente" porque la edición de 1985 es hermosa e incorporó ilustraciones pero no conservó estas dedicatorias que son un verdadero fresco de época. El soneto "Macabro" estaba dedicado a Jorge Luis Borges.
Pasen y lean, pues, el soneto "Macabro", de Daniel Giribaldi y el artículo "De parte de Giribaldi" de Miguel Briante. Exhumaciones deliberadas.

1


Macabro (Daniel Giribaldi)

A Jorge Luis Borges

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Pudo rolar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera).

La cosa es que, bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Sonetos mugres, Buenos Aires, Sudestada, 1968, p. 15.  

De parte de Giribaldi (Miguel Briante)

Tiempo Argentino, 3/11/1985

En la mitad de 1982, por teléfono, una voz de mujer me dijo: “Lo llamo de parte del señor Daniel Giribaldi. A él le gustaría que usted presentara su último libro”. Hubo esa penumbra. “¿Qué libro?”, me pregunté, me debo haber preguntado, mientras recordaba a un hombre que, tirando a petiso, daba la sensación de ser alto y escanciaba —la palabra le cuadra a la historia y al hombre— una ginebra en copa chica, en un bar de la calle Corrientes. Al lado, tal vez en silencio, estábamos el Negro Lamborghini y yo. El Lamborghini de El fiord. En mi memoria de esa vez, el hombre decía unos versos:

Corona el mostrador su forma absurda
conservada en alcohol dentro de un frasco.
Es un feto: junémoslo sin asco;
pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Y el Negro, que miraba, a las seis de la mañana, entre la bruma minuciosamente preparada de esa noche, y con un dedo subrayaba el “¿viste?, yo te dije”, que ya no me podía decir. Supe —había sabido, así— que Giribaldi era uno de los últimos poetas lunfardos —un poeta en lunfardo— que quedaban en Buenos Aires, y que su libro Sonetos mugres era considerado por un grupo de (buenos) especialistas como un lujoso secreto de la literatura. Pude haberlo olvidado, pero ese llamado de mujer.
Dije que sí, que lo iba a presentar. Hubo un misterio de dos días y después, en casa, sonó el timbre y vi a un hombre: “Vengo de parte del señor Giribaldi —dijo—, ya le hablaron”. Y me estiró un sobre. Dije, otra vez, que sí. Ante el hombre, en la siesta de San Telmo, un vago recuerdo me inquietaba. En el sobre estaba uno de los originales de Sonetos mugres —que ya había sido publicado pero que ahora merecía la atención de Torres Agüero, para sus ediciones populares— y fui derecho al poema “Macabro”, que termina así:

Se tiraba a machito esta pavada.
Pudo ser todo y prefirió ser nada
(o, acaso, prefirieron que no fuera)

La cosa es, que bandeao por el escabio,
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Estaba hablando de un feto, encontrado en un frasco con alcohol bajo una fiambrera de vidrio de un boliche de San Telmo, según me contó después. Antes, llamé. Me atendió esa voz grave de mujer y después la del hombre: “Usted es el que me trajo el sobre —le dije—, usted es Giribaldi”. Dijo que sí. Con respeto, le pregunté por qué no había dicho que era él. “Mire —dijo—, yo no tengo cadete, ¿vio?” Y me dijo que la presentación era en tres días, en La Peluquería, otra vez en San Telmo.
Con alguna calma estructuré un texto más o menos culto, para encuadrar su poesía. Me daba vueltas el soneto:

Pudo volar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco;
pudo ser tan fulero como un chasco
o, langa, hacer latir los de la zurda.

Me parecía único, eso que uno —en las discusiones— llama “verdaderamente original”. En la mañana previa a la presentación leí, en un diario de prestigio, que no era yo solo el que presentaba los Sonetos... Eran los tiempos que seguían a lo de las Malvinas y un periodista se había hecho famoso, en la televisión, por su fervor, o más bien por su obsecuencia. Según la noticia, ese hombre también iba a presentar el libro. No acababa de indignarme cuando Giribaldi me llamó. Nos vimos una hora antes de la presentación. “Usted se asombrará de que haya incluido a ese personaje —me dijo— pero yo quiero que hoy el odio se corte con cuchillos”.
Algo entendí. Cambié, en la presentación, el discurso y pude balbucear que el lunfardo —ese lenguaje con el que Giribaldi había levantado, irónicamente, sus sonetos— se había inventado para burlar a los alcahuetes, para hablar, sin peligro, enfrente de los botones. En el fondo de la sala, según mi vista, Giribaldi se rió.
La última vez, veníamos de acá, del diario. Lo dejamos en una que corta Entre Ríos, para el lado del bajo, de (otra vez) San Telmo. Serían las doce. Me contó el itinerario del Pinera. Terminaba hacia las cinco de la mañana. Ya lo había escrito.


Desde este mundo, Buenos Aires, Página/12, 2013, pp. 215-217.

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