martes, mayo 25, 2010

Un Holmberg para el Bi-Centenario

Recopilado en la última reedición de la precursora novela de ciencia ficción Viaje maravilloso del señor Nic-Nac al planeta Marte de Eduardo L. Holmberg (Biblioteca Nacional - Colihue, 2006), el relato que copio abajo, "Manifestaciones", transcurre durante el Centenario argentino de 1910 y me pareció grandioso para conmemorar este Bi-Centenario que nos convoca. ¡Salud!

Manifestaciones (Eduardo L. Holmberg)

El Señor Don Vitiquindo López Pujado tiene su escritorio en la Avenida de Mayo, en el segundo piso de uno de esos palacetes con el fondo para arriba, y recibe la luz por tres ventanas de balcón.
Se acerca el día del glorioso Centenario, y la población se apresura a colgar banderas de todos los colores en los frentes de las casas, de tal modo que, apenas asoma el primer día de la semana histórica, ya ondulan y flamean al viento de la mañana esos símbolos de la patria ausente o subyacente, acompañados por la celeste y blanca, tal como lo sugiere la cortesía y, de paso, lo impone la ley.
En toda gran manifestación popular, el entusiasmo se encuentra solamente en presencia de un hecho indiscutible: la muchedumbre; y el observador atento, que sabe confundirse en su oleaje, descarta de la gloria un tanto por ciento abrumador de simples curiosos y comentadores, que todo lo miran y todo lo interpretan. Las explosiones del entusiasmo son, para la mayoría, el efecto de la sugestión magna. Eso no importa. Por ella se han llevado a buen fin las obras humanas de mayor bulto.
En la mañana del veinticuatro la ciudad estaba toda embanderada, resultando un conjunto maravilloso de colores, algo tan gracioso y pintoresco, que el alma nacional parecía deslizarse por entre los pliegues flotantes y los matices no controlados.
Sin embargo, el Señor Don Vitiquindo, hasta las diez de la mañana, tenía los balcones desnudos, lo que daba origen a comentarios adversos que podían poner en peligro su negocio de rematador y agente de compra y venta de tierras.
Pero a las diez y media abrió él mismo una de las ventanas y, ayudado por su criado José Biadomar, colocó una bandera en cada balcón extremo, destinando para el central la mayor de las tres.
Cuando la hubo desenrollado cinco metros, observó con sorpresa que era interminable, y que el bulto que envolvía el asta no parecía disminuir. Una vez desenvuelta, barría materialmente la vereda y la Avenida, interceptando la vista y el paso.
—Recoge esa bandera, José, y devuélvela a la tienda de donde la has traído. Díles que se fijen en las medidas y que me manden otra más razonable.
Y José recogió la bandera, dando así cumplimiento a las órdenes de su patrón.
Media hora después, regresó trayendo otra más pequeña, y como el celeste de la tela era muy brillante y vistoso, la enrolló apenas, no la envolvió en papeles, se la echó al hombro, y así penetró en la Avenida que empezó a recorrer con ese paso que descubre al portador satisfecho de un troteo.
Alguno de los paseantes, más perspicaz que los otros, llamó a un amigo diciéndole: —¡Che! Esto ha de ser una manifestación; ¡sigamos la bandera!
Cuando José llegó a la casa del patrón, la Avenida estaba absolutamente cerrada por el gentío, y algunos miles de personas, con José a la cabeza, entonaban el Himno Nacional. Al oírlo, el Señor López Pujado abrió una ventana y se asomó al balcón, y como levantara los brazos, lleno de asombro, calló el gentío, dejó una estrofa inconclusa, y alguien gritó, señalando a Don Vitiquindo: —¡Ése es el orador!
— ¡Que hable, que hable!, rugió la muchedumbre.
¿Qué hacer?
¿Callarse?
¡Imposible!
Cuando una muchedumbre grita ¡que hable! hasta los mudos tienen que hablar. La muchedumbre es omnipotente y voluntariosa; pero también es condescendiente, y no exige mucho de los oradores, sobre todo cuando reconoce el esfuerzo y la buena voluntad.
Y habló.
—¡Ciudadanos de este grande y glorioso pueblo! (Bravos). Quisiera tener la elocuencia de un Cicerón o de un Demóstenes para manifestaros mi agradecimiento por la solemne ovación de que me hacéis objeto. Quisiera deciros mil cosas indecibles en estos días en que el aire está caldeado por el patriotismo (¡Bien! ¡Bravo!) y recordaros cuántos son los progresos realizados por esta Nación desde el día veinticinco de mayo de 1810 (¡Bien! ¡Muy bien! ¡Viva la Patria!); pero la hora no es oportuna, porque es la hora de almorzar (¡No importa! ¡No importa!). Me limitaré entonces a recordaros el alza asombrosa de los valores de las tierras, de tal modo que sólo pueden adquirirlas los hijos de la fortuna. Ya no queda más que una pichincha, la única y la mejor. ¡No olvidéis que el domingo, y con una base de cincuenta centavos la vara, venderé cien lotes en Banfield! (¡Bravo! ¡Bravo! decían los que estaban más lejos; reían los que oyeron).
Moraleja. Se puede amar a la patria y aprovechar las oportunidades.

* Publicado en la revista Caras y Caretas del 25 de junio de 1910.

2 comentarios:

E dijo...

muy bueno

Virginia Avendaño dijo...

muy bueno

 

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