sábado, mayo 09, 2020

"El gran zapallo", un relato de Belén Sigot

Leí la novela Vacas (emr, 2018), de Belén Sigot y quedé asombrado. En la estela de Miguel Briante, Sigot arma un relato coral en el que la vida de un pueblo se desequilibra por vacas mutiladas, inundaciones terribles y luces en el cielo. Cualquier que me conozca o que me pida recomendaciones de literatura argentina contemporánea, sabe que esta novela corta está entre una de mis preferidas. El núcleo narrativo de Vacas es el chisme, el rumor, el secreto, y Sigot maneja muy bien ese juego de versiones, reversiones y los "se cuenta que...". 


Después de leer la nouvelle y de ponerme en contacto con su autora, leí su libro de cuentos Entre las chircas, un libro digital que supo estar online en la editorial extinta La colección, allá por 2017. En ese libro, Sigot entrelaza un relato con otro para también recomponer la historia de un pueblo, como un puzzle, y hacer circular un secreto como hilo conductor. Su capacidad descriptiva, su construcción de escenas mundanas, naturales y sutiles, hacen de Belén Sigot una narradora para atender.

Generosamente, nos compartió su relato "El gran zapallo", de Entre las chircas. Pasen, lean y descubran una nueva voz en la literatura argentina.


El gran zapallo (Belén Sigot)

Blanco las hace subir a ella y a Chocha a la camioneta. Se ríe hasta por los codos, y ella piensa que si la radio del tablero no estuviera rota desde hace tantos meses, él la encendería y se pondría a tararear valses acordeonados. Blanco se ríe mucho, y eso que tiene la boca acostumbrada a rezongar a toda hora. Los ojos celestes le chispean de alegría como en esos diciembres en que, al volver de la cosecha, los carretones repletos de trigo se acoplan tras los tractores en una caravana inacabable, y tamborilea con sus manazas sobre el cuero del volante como si siguiera el compás de alguna música que ha de estar sonando en su cabeza. Tal vez hasta tenga ganas de abrazar a Chocha.
Cada vez que Blanco las hace subir a la camioneta hay tres destinos posibles: el cementerio de San Justo, los vastos campos y la casa abandonada en las lindes del monte, o la granja en las afueras del pueblo, donde él tiene sus vacas para ordeñar, sus galpones destinados a la cría de pollos, su chiquero y su plantación de hortalizas. Por donde pasa Blanco, algo planta: paraísos, cedros y perales en la primera casa que construyó, para Chocha y los hijos que vendrían y vinieron, casi en las orillas mismas del monte; sorgo o alfalfa o lino o trigo, según el mes y según el año, en cada hectárea del campo; arroz a la par del arroyo; rosas, petunias y nomeolvides en el jardín de la casa en el pueblo; helechos y azaleas en las macetas bajo el parral; cebollas de verdeo, lechugas arrepolladas y habas en la huerta bien protegida por un cerco y latas vacías que tañen en la brisa y espantan a los benteveos. Tanto planta Blanco que hasta dos huertas necesita: la prolija y delicada de la casa y la de los frutos rústicos y las ramas indisciplinadas en los terrenos de la granja. En la de la casa, los tallos de las tomateras entrelazados en los tutores de caña de castilla, los rabanitos de piel morada, el aroma de la albahaca y el perejil. Y los árboles apenas más altos que un hombre y bien cargados en la estación correspondiente: los limoneros, los mandarinos, los botones diminutos de los quinotos. En el lote de la granja, las guías ásperas de los zapallitos angola, las calabazas de cogote retorcido y con la cáscara manchada como la piel de las culebras, los moñatos hundidos en la tierra abonada por la bosta de las vacas y la labor de las lombrices. Y el sol a raudales sobre la quinta, sin nada que lo ataje. Solo un árbol de granadas desparramando su sombra sobre la gramilla en la punta del terreno.
Desde la casa donde viven ella y la madre, al pie de la lomada, es fácil ver los galpones, las vacas Holando, las puntas de los pinos que se contonean en la brisa. Y si al lado de la camioneta alcanza a distinguirse el vestido de Chocha, y si la madre no tiene nada que hacer, ambas empiezan la ascensión: primero entre las chircas, detrás de la casa, después la tranquera, el caminito y ahí arriba Blanco y sus manazas y Chocha y las puntillas de sus vestidos estampados. Pero casi nunca es necesario subir a pie porque casi siempre Blanco y Chocha las pasan a buscar.
Y allá en los terrenos de la granja, mientras Chocha ceba mate, siempre hay algo en que la madre puede ayudar: arrancar yuyos a los surcos, alcanzar unos tarros con agua para los chanchos, atajar a los terneros si se ponen ariscos y le arisquean al encierro a la hora del atardecer.
Ella, entretanto, levanta unas chapas que han quedado abandonadas entre los galpones y se divierte con los regueros de ratones que salen disparados en ráfagas grises, o ahueca las palmas y sostiene a los pollitos, y ellos se le adormecen en las manos y palpitan como si el corazón les ocupara todo el cuerpo, y si la timidez no le cierra la garganta, le pregunta a Blanco si puede ensillarle la yegua, y entonces se dedica a ir y a venir por el caminito que va hasta la tranquera mientras ese olor a crines y a caballo la pone feliz como en las noches en que, desde su cama, escucha el ulular de los pinos de la granja ahí arriba de la lomada y puede imaginarse, en la oscuridad, que su casa es una casa mejor.
Blanco tamborilea y parece que canta por dentro. Cuando llegan, estaciona la camioneta a la sombra del eucaliptus pero no va a mirar a los pollitos, ni le importa que a las vacas no se las vea cerca, ni se apura en llevar agua al chiquero. Achata con su pie los dos hilos bajos del alambrado y con una de sus manazas estira hacia arriba el otro hilo. Chocha pasa primero y muy lentamente, cuidando que ni el lomo ni el ruedo del vestido se le enganchen en las púas, y ella después y más rápido, como zambulléndose a través de ese agujero. Blanco pasa último pero en cuatro zancadas les saca distancia. Parece a punto de correr, él, que nunca corre, que siempre anda tan firme por sobre el mundo. Y extiende el brazo, la manaza, el dedo, pero no es necesario tanto señalar: es imposible no verlo. Redondo, anaranjado, enorme como la panza de una embarazada: el zapallo más grande del universo ha crecido en la huerta de Blanco.
El zapallo crece un poco más cada semana, y las calabacitas y los angola esparcidos aquí y allá se achican, también, a la par de su agrandarse. Por detrás de la quinta, más allá del árbol de granadas, pasa la calle: los pescadores que vuelven del arroyo, el traqueteo de los tractores, los patrones que van a vichar a los menchos en los sembradíos, los gurises que salen a matar pájaros con la honda, y la gente que enfila con sillones de lona bajo el brazo hacia la cancha del Depro los domingos. Blanco arma barricadas con las guías, las apuntala, amucha ramas de chircas, lo rodea de hojas como si lo arropara y apela a todo lo que pueda evitar que los intrusos descubran al zapallo desde la calle: una chapa de zinc acá, una pila de ladrillos allá. Pero hay un momento en que esa pelota anaranjada, tan inmensa, se vuelve un secreto inocultable.
—Me lo van a robar —decreta Blanco—. Mañana lo llevo a la casa.
Y al otro día, el enorme zapallo resplandece en la casa de los Miyard. Lo ponen en la sala del fondo, al lado de la batea que se usa para las carneadas. La madre va y viene como todos los días: con la escoba, con una parva de camisas de grafa para desengrasar, con los baldes que huelen a desinfectante para piso. Blanco y Chocha miran hipnotizados al zapallo. Las cadenas de la balanza para pesar los chanchos, desparramadas sobre las baldosas, son como víboras moteadas de herrumbre.
—Cuarenta y nueve kilos —repite Blanco.
—Hay que mandar venir al Beto Baiz esta tarde —dice Chocha—. Y avisarles al Rogelio y al Lincho para la foto.
Esa tarde, ella se viste de rojo, como le gusta: la pollera, la remera, la vincha ancha. De colorado casi de pies a cabeza, porque ya zapatos de ese color habría sido mucho pedir. Es su atuendo preferido: descubrió a esas prendas y a la vincha en uno de los montones de ropa que, cada tanto, alguna patrona le da a la madre. Y desde entonces, las usa cada vez que la ocasión lo amerita. Cuando llega, ya están los hijos, las nueras y los nietos de los Miyard. El Beto Baiz aparece al rato: rodea al zapallo, lo palmea, dice que es una cosa de lo más impresionante, y después lo felicita a Blanco. Va hasta el auto y vuelve con la cámara fotográfica. Desgarbado, con esas piernas zancudas como patas de cigüeña y su sonrisa de comerciante en el rostro caballuno.
Los cuatro primos juntos; ahora los tres del Rogelio; la del Lincho sola; apoyenlá contra el zapallo, que se sostenga solita que ya puede; los dos más grandes, así, uno en cada punta; las tres nenas; el varón solamente; abracen el zapallo, toquenló, miren al Beto; mirá el pajarito, Sandrita.
Y los nenes hacen lo que los padres, los abuelos, indican: estiran los dedos, rozan el zapallo, apoyan las manos. Y sonríen a la cámara como saben sonreír a los fotógrafos los niños acostumbrados a las muchas fotos.
Ella, parada junto a los grandes, detrás del Beto Baiz, sabe qué toca cada mano: qué rugosidad, qué lisura, qué verruga, qué agujerito. Ellos van descubriendo al zapallo, ella ya se lo sabe de memoria.
Parensé; arrodillensé; sentala a la Sandrita arriba tuyo. Junten las cabecitas, así, así. A ver, Dante, que le estás tapando la cara a la Daniela. Y vos, Margarita, acomodate el flequillo.
El atardecer empieza a caer. Y su pollera roja que no tiene bolsillos donde guardar las manos. Ella, junto a los grandes, y los gurises en torno al zapallo que nunca antes han visto.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz de la Gugú, que había estado dormida en medio del jolgorio de las demás, se despertó.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz y las manos de la Gugú que la empujan hacia adelante y la hacen entrar al territorio de los gurises y el zapallo.
Y la tarde que deja de correr.
Una vez las manos de la Gugú la empujaron así. Fue un domingo en el arroyo, en el campo de los Miyard. Sandrita aún no había nacido y la Gugú hacía poco que se había casado con el Lincho. Pero ya desde antes de que fuesen marido y mujer, cuando eran solo novios, la Gugú manejaba los tractores, ponía en marcha el motor de la arrocera, le vigilaba las bicheras a las vacas. En cambio a la Briyit, la otra nuera de los Miyard, es imposible imaginársela entre los pastizales del campo. La Briyit lleva las uñas bien pintadas: todas, las de los pies también, y ya en septiembre empieza a embadurnarse el cuerpo con aceites y a tenderse bajo el sol para que la piel se le vuelva de color oro. Pero la Gugú tiene un pelo espléndido, largo y negrísimo, al que se lo desenrolla como quien desarma un turbante, y por más que siempre ande de pantalones abombachados y de botas de goma, es lo más parecido a una princesa que ella ha visto nunca.
La Gugú la fue llevando en brazos por el arroyo bastante más lejos de donde estaban los demás, la llevaba a ella entre los brazos y lo iba arrastrando a Blanco con esa voz suya que a veces se despierta. Chocha, el Lincho, la Madre, unos Piñón que son amigos del Lincho y que habían llevado un bote, fueron quedando detrás de un recodo. Y de golpe, la Gugú, sin avisar, la empujó por el agua hacia los brazos de Blanco. Blanco la abarajó entre sus manazas y quedó tieso, como sin entender. Pero la Gugú estiró los brazos, y siguió sosteniendo a Blanco con la voz, y él debe de haber comprendido, o debe de haberse dado cuenta de que no había nada que comprender. Y aunque al principio estaba serio, después empezó a reír. Y reía la Gugú, y reía Blanco y reía ella. De los brazos de Blanco a los de la Gugú, y de los de la Gugú a los de Blanco. Y los ojos de Blanco que relumbraban como en los diciembres de carretones llenos, cuando la cosecha fue buena. Y el agua amarronada del arroyo que los tapaba a los tres hasta la altura del corazón, y las piernitas de ella que chapaleaban y flotaban sin miedo a que la dejaran hundirse. Y el pelo de la Gugú derramándose sobre el agua como una seda acariciadora.

El domingo llega el diario. “Gran zapallo en Pronunciamiento”. Pero en la foto no se luce: una pelotita gris sobre un fondo gris un poco más claro. Eso puede ser un zapallo de cuarenta y nueve kilos, o un zapallo común y corriente, o una naranja, o una arveja.
—Qué macana. No sé por qué el Beto mandó esa foto —refunfuña Chocha—. En la que están los gurises se nota bien.
Y le muestra la foto en que están los cuatro nietos casi tapados por el enorme zapallo. Ella asiente y le responde que sí, que la foto con los gurises hubiese quedado mucho mejor.
En la foto que la madre va a buscar el sábado, después del cobro, a lo del Beto Baiz, están los nietos de Blanco y Chocha, y ella: alta, roja, demasiado grande para su edad. Una giganta de siete años. Hasta a Dante le saca una cabeza, y eso que él es mayor. Las otras nenas llevan vestidos llenos de volados y puntillas: los que Chocha les cose después de haberlos dibujado en moldes de papel de diario. La madre guarda la foto en una caja de zapatos, junto a la que el Beto le sacó a los tres años, la de los cuatro, la de los cinco en el jardín de infantes, la de los seis en la escuela. Fotos suyas de bebé nunca hubo, pero la madre le contó que en esos primeros tiempos tuvo el pelo del color de las barbas en los choclos maduros: amarillón, apenas tostado. Una gringuita, le dijo una vez la tía Amada.
Al zapallo Blanco lo pone en la pieza del teléfono: al lado de las vitrinas con los premios que el Rogelio y el Lincho ganaron en las carreras de karting y de auto. Trofeos, medallas, diplomas, y el zapallo. Cada vez que alguien viene, lo hacen pasar y se lo muestran.
—Y eso que lo corté antes —dice Blanco—. Si no, capaz llegaba a los sesenta kilos, o más, quién te dice.
Vamos a tener dulce para rato: ella escucha esa frase y se imagina una olla descomunal, el aroma y el gorgoriteo del caramelo, las cascaritas de naranja para perfumar y una hilera infinita de frascos. Quién sabe cuántos les darán a la madre y a ella para que se lleven.
Una mañana, por fin, deciden cortar el zapallo. Chocha ya ha calculado cuánta azúcar y cuántas ollas van a necesitar. Blanco trae la cuchilla que usa para los degüellos de los chanchos. La clava en la corteza: es muy dura, se nota en el modo en que empuña el mango. Hace fuerza, pero casi enseguida el zapallo cede y la hoja se desliza alivianada. Demasiado alivianada. Está podrido. No logran rescatar ni siquiera una rodaja en buen estado.

Sigot, Belén (2017). Entre las chircas, La colección.

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