viernes, marzo 04, 2016

Estación Borges (Bernardo Kordon)

De la obra de Bernardo Kordon, además de sus cuentos y nouvelles o de sus diarios de viaje a la China maoísta, persisten una serie de textos de tono autobiográfico que nos devuelven la itinerancia, la frescura y la aventura que el autor de "Alias Gardelito" quiso devolver a la literatura argentina. En 1978, Kordon publica dos libros hermosos y raros: Adiós Pampa mía y Manía ambulatoria. Del primero, recupero un texto titulado "Estación Borges" que de alguna manera funciona como reflexión sobre el peso de la figura de Borges en la órbita literaria nacional pero también, y sobre todo, como condensación de la narrativa de Kordon: el viaje y la aventura como movimiento exterior-interior. Disfruten.

Estación Borges (Bernardo Kordon)

 
Dijo pocas y reiteradas cosas —a igual que otros grandes escritores. Últimamente, por ejemplo, en algunas entrevistas televisadas, amaga con decir algo y finalmente lo deja así no más, con un balbuceo que supone contenidas revelaciones. Porque gracias a los años (cuando no transcurren al cohete) la palabra elemental y llana suplanta al palabrerío profesional, y al final el gesto suplanta a su vez a la palabra, y ahí queda el hombre cansado de hacer y decir cosas, limitándose a expresarse con su sola presencia —a semejanza de Dios, quien no debe esforzarse mayormente en hacer méritos: ya hizo todo lo que pudo.
Borges es, pues, aquel que escribió tantos poemas dominicales y también algunos cuentos —género artístico por excelencia, al punto que ningún escritor es capaz de escribir más que algunos buenos cuentos en toda una larga vida, ¡al revés de la novela y otras redundancias!
Borges: presencia y mención y adjetivizaciones repetidas y vueltas a repetir en esta pampa húmeda de ciudades iguales, con las mismas calles y plazas con idénticos monumentos repetidos al infinito. ¡Qué tediosa es la gloria (y otras cosas) en nuestro país!
Antes hubo otro Borges que maravilló mi lejana adolescencia. En mis primeros viajes, rigurosamente ferroviarios y suburbanos, me marcó una estación Borges, que en lo alto de un terraplén señalaba el comienzo del recorrido mágico de un ramal ferroviario que bordeaba el río de la Plata. De tal modo Borges es una palabra que guarda para mí el prestigio emocional de ese sonar de atabaque que es Tombuctú en el corazón de África, o el golpe de gong de Pekín en la exacta antípoda de Buenos Aires. Estación Borges fue, pues, el comienzo de todos mis viajes, hasta ese largo y sin vuelta que espero con esa inquietud que ya perdí para otros recorridos.
Un tren de pocos vagones, generalmente vacíos, arrastrado por una vieja locomotora 4-6-2 de brevísimo ténder y agudo silbato, se detenía chirriando en Estación Borges para permitir el descenso de casi todos los pasajeros —pues pocos o nadie en días de trabajo y a la hora de mi rabona matinal viajaban a esas soledades ribereñas (estaciones Barrancas, Anchorena, el Bajo de San Isidro, Canal de San Femando, hasta llegar al apartado y casi oculto puerto de Tigre), un recorrido de tal belleza que no tardó en ser condenado a muerte por la administración de turno.
Desde Estación Borges viajaba generalmente solo en el vagón. Me sentía Vito Dumas, el navegante solitario, a quien vi desfilar triunfal en un coche descubierto, por Florida, sonriendo y levantando los brazos a la multitud que lo aplaudía después de dar la vuelta al mundo, o venirse solo de Europa, no recuerdo bien, pero sí tengo presente su amplia frente gloriosamente quemada por el sol tropical que yo aspiraba a conocer: la culpa la tenía Emilio Salgari y todo lo que vino después: libros y más libros, sin contar las películas que veíamos de a tres en el cine Londres Palace, más conocido en el barrio como El Chinche. Libros y películas me arrastraban a esos viajes realizados en desmedro de las clases en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda.
Cualquier viajero ya lleva consigo todo aquello que le revelará el viaje. Desde Ulises extraviado por los dioses hasta el turista conducido por Exprinter, todos ven solamente aquello que llevan adentro. Prueba de ello son las caprichosas o delirantes toponimias que nos propina-ron los primeros llegados a este rincón del mundo: Buenos Aires (¡con este clima!) y Río de la Plata al estuario donde nunca se encontró la menor partícula de cualquier metal, y menos esa plata que traían los navegantes en sus mentes desvariadas.
Pues todo viajero sólo ve aquello que lleva consigo, del mismo modo que en las posadas españolas, según los franceses (antihispanistas por excelencia) sólo se pueden comer las viandas que traen los huéspedes.
Por eso yo, solo en el vagón, era Vito Dumas, un navegante solitario dominando el río que se extendía bajo los rieles del entonces Ferrocarril Central Argentino, sumamente prestigioso porque llegaba hasta el trópico tucumano. Esas cuatros letras F.C.C.A. eran solamente comparables a esa enorme O del Ferrocarril Oeste que marcó mi infancia en Ramos Mejía y en el barrio de Almagro. Con la diferencia que ahora no veía solamente pasar el tren, sino que viajaba en él, munido de mi correspondiente medio pasaje. Apenas me faltaban los pantalones largos para sacar pasaje entero y viajar más lejos, a Rosario, y hasta Tucumán.
Digamos entonces que Borges en grandes letras blancas sobre un tablero negro señalaba el comienzo de la aventura y la poesía del viaje, que yo recreaba varias veces por semana, saltando de la ventanilla del horizonte de chocolate del río a las barrancas con palacetes con bos-ques y parques, como quien deja una lectura para seguir otra que la complementa en contenido e intensidad.
Si es bueno que una estación perdure el nombre de un escritor, resulta mejor que la fama universal de un escritor perdure la gloria de la desaparecida estación Borges de mi adolescencia.

Kordon, Bernardo. Adiós Pampa mía, Caracas, Monte Ávila editores, 1978, pp. 65-68.

sábado, febrero 27, 2016

Congreso Internacional Rubén Darío. La sutura de los mundos (7-8-9-10 de Marzo de 2016)


El programa en PDF se puede descargar de acá: http://www.mediafire.com/download/hd8f1c2ajbidpme/Programa_General_-_Congreso_Internacional_Ruben_Dario.pdf

jueves, febrero 25, 2016

Algo más sobre Historia de la soledad

Hace algunos posts atrás, compartí "Jonás; IV, 12" e invité a la lectura de un breve pero intenso opúsculo titulado Historia de la soledad (1969), escrito por el bibliotecario y filósofo José Edmundo Clemente. En estos días pude leer su libro de cuentos El tercer infierno (1979), que no se destaca tanto como el primero, pero en el cual me detendré para recuperar un relato en próximas ocasiones.
En este caso, prefiero compartir la advertencia que abre Historia de la soledad y el índice que nos presenta la galería de hombres olvidados por la historia, a los que Clemente recupera con nostalgia y lucidez ensayística. Lean y disfruten.


Advertencia de Historia de la soledad
Historia y soledad coinciden en una misma nostalgia, si ellas juntan la melancólica impotencia del tiempo pasado con la tristeza de la perdida ilusión, protagonizada a menudo en la literatura romántica. Lo que no ocurre aquí. Esta es una historia de hombres que no sintieron la soledad como una frustración sino como un destino, en ocasiones provocado. Otra diferencia aparecerá al observar que la historia académica tiende a una cuidada indiferencia profesional. Objetividad. Incluso, que hay historia de hechos anónimos y colectivos. La soledad, en cambio, necesita rostros. Sin rostros no hay soledad, como tampoco habría amor. De ahí que esta historia se concrete a personas determinadas; a grandes olvidados o a falsamente conocidos, esa forma oblicua de la memoria. Con una condición igualmente principal: sus ideas y actos continúan vigentes todavía, son rigurosamente actuales. Poetas, artistas, filósofos, un viajero bíblico, un malogrado apóstol; hombres de la ciencia y de la técnica, fueron recuperados entre los más importantes y los más desconocidos, a fin de acentuar mejor nuestra culpable omisión. Porque esta historia puede ser también la de nuestra propia soledad; la de nuestro propio corazón, no abandonado sino abandonando.

J. E. C.
Estos son los olvidados que José Edmundo Clemente recupera en su hermoso libro:

1. Demódoco de Corcira
2. Toutmés de Egipto
3. Meliso de Samos
4. Jonás; IV, 12
5. Judas de Carioth
6. Diofanto de Alejandría
7. Doménico María de Ferrara
8. Martín Waldseemüller
9. Robert Hooke
10. Hermann Minkovski
11. John Logie Baird

Me gusta pensar que el último perfil esconde en sus iniciales un homenaje de Clemente a quien fuera su jefe en la Biblioteca Nacional: Jorge Luis Borges. Es una hipótesis endeble (por el tema del texto en particular) pero simpática.
Lean Historia de la soledad, de José Edmundo Clemente. Un grato descubrimiento.

miércoles, febrero 24, 2016

Lo que se viene en 2016 (II) (hecho atómico ediciones / 17grises / Ediciones Godot)


Continúa la serie de posts sobre novedades editoriales para 2016. En este caso, los elegidos son hecho atómico ediciones, 17grises y Ediciones Godot.

Novedades 2016 en hecho atómico ediciones


Los amigos de hecho atómico tienen, al menos, tres novedades que prometen la lucidez de sus anteriores títulos gilgamesh o del origen del arte, de Marcelo Burello y h. p. lovecraft o la disyunción del ser, de Fabián Ludueña Romandini. Justamente, una de las novedades es un libro sobre Aby Warburg, escrito por Ludueña Romandini. La segunda novedad que nos anticipan es un ensayo sobre la mímesis, desarrollado por Florencia Abadi, autora de Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin. Por último, aunque será el título más próximo a editar, hecho atómico publicará la obra tomiris. reina de los masagetas, del historiador Nicolás Kwiatkowski. Sobre esta última y sugerente novedad, va la contratapa:
Tomiris, mujer y bárbara, reina poderosa, lideró a su pueblo, los masagetas, en la resistencia a una invasión persa, durante la cual Ciro resultó vencido y murió. La heroína, que había advertido al monarca extranjero contra sus propósitos, se habría vengado de los abusos cometidos por él profanando el cuerpo del rey muerto: tomó su cabeza, la arrojó en un balde lleno de sangre y consideró que, de esa forma, quedaría saciado el carácter sanguinario de su enemigo. En un mundo en el que las mujeres vivían en una condición subordinada y los bárbaros eran el espejo invertido de costumbres valoradas, la figura de Tomiris podría haber sido objeto de escarnio y desprecio. Sin embargo, su causa fue considerada justa, su comportamiento fue visto como ejemplar y, tanto en el mundo antiguo como en los albores del moderno, textos e imágenes la presentaron con benevolencia. Este libro cuenta esa historia.

Novedades 2016 en 17grises

Con cambio de diseño en tapa, algunas reediciones y varios títulos nuevos, esta editorial se lanza hacia el 2016 con los siguientes títulos:

-Las citas, de Sebastián Hernaiz: "Este libro estuvo a punto de tener otros títulos. Se pudo haber llamado "El amor cortés", "Nunca tendremos nietos", "El amor es una confusión hermosa", "Banda ancha", "Alt-Tab"... La lista es desmesurada. Y sin embargo, al final del camino, se contrajo y encontró una fórmula que es la decantación pura del género. Porque Las citas crece y se vuelve enorme en su complejidad: es, al mismo tiempo, la historia de tres conquistas amorosas y una apuesta completamente riesgosa por mostrar que la literatura "cita" al mundo, asumiendo -por supuesto- que esa cita puede ser apócrifa, literal, deforme o cristalina. Sebastián Hernaiz presenta aquí uno de los primeros libros del siglo XXI, un texto que es contemporáneo justamente porque recoge uno de los tres o cuatro tópicos inmortales de la literatura (el amor, en este caso) y lo arroja sobre el imaginario y la lengua del presente para ver qué pasa. Y lo que pasa es esto: tres historias de vida que pueden ser las vidas de cualquiera de nosotros, en la Buenos Aires del dosmil. Un libro que habla de nuestra soledad, de nuestros deseos y del momento milagroso en que por un segundo todo parece que va a funcionar". Mauro Libertella
-Fisher y los refugiados, de Nicolás Guglielmetti: "No hay ninguna verdad para encontrar en este texto. No hay señales ni indicios programáticos para que la vida cobre algún sentido. No hay intencionalidad didáctica ni hay justificación moral. Fisher y los refugiados está escrito en un registro único y a contramano del realismo tradicional. Es una novela revulsiva y alucinada que rechaza los elementos que convencionalmente se emplean para representar a Bahía Blanca. Sin embargo, en cada una de sus páginas Nicolás Guglielmetti nos obliga a masticar los restos diurnos de una ciudad desaforada y hundida en un gesto de locura holocáustica (entregando en sacrificio a su gente, porque aquí nada importa, ni nadie, ni a nadie). Es que, en el fondo, y sobre todo desde los intersticios desbordados y esquizos que son la materia del lenguaje de la ciudad real, la anarquía y la violencia emergen para darnos la imagen de un mundo que no existe y que quizás jamás exista más que en el delirio febril de sus propios habitantes. Fisher y los refugiados es un libro único y desolador para una ciudad erótica y hostil. Un estallido de sentidos, una pesadilla afiebrada en la que nada parece empezar ni terminar". Mariano Granizo

Además de estas novedades, 17grises reedita Bailando con los osos, de Fernando Krapp; Blaia, de Marcelo Díaz; el ensayo sobre David Viñas, El revés y la trama, de Maximiliano Crespi, entre otros.

Novedades 2016 en Ediciones Godot



Este prolífico y prolijo proyecto editorial presenta mútiples novedades para este año que comienza.

-Barthes, un sujeto incierto, de Luis Gusmán: Hay algo en la obra de Barthes que siempre ofreció, y ofrece, una resistencia. Un resto inasimilable tanto a la lectura institucional como a las lecturas más descentradas del sistema crítico dominante. Gusmán analiza la obra de Barthes con la mirada crítica que lo caracteriza.

-Marcel antes de Proust, de Marcel Proust: Textos recobrados escritos con seudónimo por Marcel Proust en sus primeros años de juventud para la revista Le Mensuel, entre 1890 y 1891. Hasta ahora no habían sido traducidos a lengua hispana. Con prólogo del bibliófilo francés Jerome Prieur.

-Ensayos quemados en Chile, de Ariel Dorfman: Reedición del libro publicado en 1978, que incluye ensayos que la dictadura chilena había ordenado quemar (y en algunos casos, quemó, y Dorfman recompuso). Incluye un texto sobre Babar y colonialismo cultural; un ensayo sobre Ernesto Cardenal; y un análisis comparativo de las obras de Antonio Skármeta y Jorge Edwards.

-Los estudios culturales, de Fredric Jameson: Texto breve de Jameson en el que discurre sobre las concepciones académicas de la cultura, los temas que se abordan en los claustros y las ponencias bajo la no siempre certera etiqueta de "Estudios Culturales".

-La suma de los ceros, de Eduardo Rabasa: Tres amigos que se han criado juntos, crecen y toman caminos disímiles. Su acontecer hace las veces de hilo conductor para contar la realidad social (mexicana) pero podría ser de cualquier parte de latinoamérica. Amor, política, traición y locura se mezclan por igual en una primera novela de lo que promete ser un gran escritor.

-Tarrying with the negative, de Slavoj Zizek: Primera traducción a lengua hispana de este libro de Zizek publicado en 1992, en el que se entrelazan las filosofías de Kant y de Hegel, y una crítica de la ideología política.

-La política del modernismo, de Raymond Williams: Es un libro que Williams había planeado junto a su editor, Tony Pinkey, y que no pudo ver publicado, pues murió sorpresivamente doce días después de haber sido invitado a dar una conferencia sobre "La política del modernismo", que nunca llegó siquiera a escribir. Reúne diversos ensayos sobre crítica cultural.

viernes, febrero 19, 2016

Estimados segundones... (sobre la editorial Simurg)

Qué reñido con la ética el comportamiento de tantos "editores".
Random House Mondadori, para publicitar la reciente edición española de los cuentos de César Aira (ahora con el nuevo título de un viejo relato publicado por Eloísa Cartonera, El cerebro musical), anuncia hasta en las gacetillas de prensa que se trata de una versión ampliada de Relatos reunidos con tres textos "inéditos" de corte autobiográfico. Faltó una mínima aclaración: inéditos en otra galaxia... Porque, desconfiable olvido, en la nuestra, los tres relatos falazmente anunciados como tales formaron el volumen que hace casi veinte años tuve la posibilidad de editar con el título de Taxol precedido de Duchamp en México y La broma (ISBN 987-95510-4-4).
No tiene mayor importancia. El marketing, lo sabemos, se imporne por sobre la veracidad de la información. Lo tomaré, con la sabiduría de los años, como un nuevo “elogio” hacia mi editorial, digno de sumarse a otros menoscabos menores: el ninguneo que en algún reportaje intentó el editor segundón al pretender hacer de la original edición de Los sorias (la de Simurg, con prólogo de Ricardo Piglia y tapa de Guillermo Kuitca) una publicación "privada", "académica", “sin circulación”. Por cierto, la única contribución personal de este aprovechado editor fue la de arruinar la novela, pues mutiló el archivo digital que recibió diseñado y corregido, y terminó por imprimir el libro con un capítulo menos.
Acá continúa el texto de ocasión y denuncia de Gastón Gallo, editor de Simurg, un proyecto editorial que le ha dado mucho a la literatura argentina y que no ha sido aún justamente valorado. Desde Las islas, de Gamerro, pasando por El desierto y su semilla, de Barón Biza, hasta las recuperaciones de la obra de Holmberg y del Vizconde de Lascano Tegui, Gallo ha sabido detectar libros realmente fulgurantes en nuestra literatura. Vaya, pues, este enlace para reconocer su tarea y el catálogo de Simurg.

domingo, febrero 14, 2016

Los pterodáctilos (José Sbarra)

Leí este relato por primera vez en la edición de Palabra amarilla ediciones, Informe sobre Moscú/ Los pterodáctilos, de José Sbarra (2014). El pequeño libro es tan precioso como el cuento que transcribo a continuación. Sobre el amor en tiempos jurásicos, el amor pre-humano, el amor animal y poético, "Los pterodáctilos" tal vez sea la más hermosa historia de amor jamás contada. Júzguenlo por ustedes mismos.


Los pterodáctilos (José Sbarra)

1

En la era más estrambótica de la Tierra, los pterodáctilos fueron los únicos seres capaces de construir parejas absolutamente fieles.
En el caso de que muriese uno de los integrantes, el otro no formaba una nueva unión.
Si el pterodáctilo sobrevivía, dedicaba el resto de su existencia a deambular por los sitios frecuentados con su pterodáctila. Y realizaba este peregrinaje sin comer ni beber. Sin ir en búsqueda de otra compañera.
Poco a poco iba debilitándose hasta que moría, preferiblemente en el exacto lugar en el que había caído su pterodáctila.

2

Ella lo ama. Volar hambrientos, pero juntos, le parece una fascinante aventura. Ama su coraje. Ama la paciencia de su vuelo sobre los volcanes. Lo considera un valiente. Ella lo ama. Ama que se olvide de comer por atrapar una piedra azul. Hay otros pterodáctilos, pero ninguno tiene su estrafalaria manera de planear. Ella lo ama. Desde el día en que conoció a ese tonto pterodáctilo nunca se separó de su lado. Por eso él sabe que ella lo ama.

3

En la sinfónica turbulencia de la atmósfera, entre nubes doradas, un pterodáctilo vuela junto a su pterodáctila. 
Sus ojos antediluvianos son los espejos del fuego en el corazón de los volcanes. Vuelan juntos. Como viajeros elegantes.
¿De qué sirve un pterodáctilo sin su pterodáctila?
Toda la Tierra con sus ardientes temperaturas y con sus inesperados desplazamientos les ordena amarse.
Y sobre la catedral volcánica del planeta, y sin saberlo, los pterodáctilos están amándose.

4

De pronto su vuelo se interrumpió. La pterodáctila cayó por un túnel transparente en el aire. Cayó sobre la arena como una roca. Como un meteorito atraído terriblemente por la Tierra...
Estaba en vuelo y el vuelo se detuvo como un amor que dice que no. Un instante de desconcierto y luego la pterodáctila cayó... Transparente en el aire... Cayó sobre la playa.
El pterodáctilo volaba a su lado. Supo el momento preciso en que su pterodáctila cayó. Pero no miró hacia abajo. Negó el vacío. La implacable vertical de la caída.
Miró hacia un costado y hacia otro. No la vio. Se resistió a aceptar lo demasiado obvio. Y no se animó a mirar hacia abajo. Con espanto volvió la cabeza hacia un costado y hacia el otro.
La buscó en todas las posibilidades horizontales de vuelo. Nunca miró hacia abajo.
Aterrizó en la playa.
Caminó con la vista más allá del presente, buscándola lejos. Lejos. Se detuvo sin verla. Intuyó la presencia de una roca nueva sobre la arena. El pterodáctilo cubrió su cara con cuarenta millones de años.
Una tras otra resbalaron sus monumentales lágrimas. En la boca ígnea de los volcanes resonaron sus alaridos. Pero nunca miró hacia el sitio del dolor.

5

Vuela. No lo distraen las piedras azules que saltan de los volcanes. Sigue su rumbo. Y su rumbo es buscarla.
Sus retinas sólo reflejan la imagen de ella. Cree verla en el movimiento de una rama o sobre la cresta salvaje de una ola.
No se pregunta por qué se fue. Se pregunta hacia dónde.
Su cabeza de cretáceo no puede concebir un abandono, sólo un extravío.
Es puro volar sin calma, un vivir buscándola para salvarla y salvarse al tiempo que la salva. Sin ella, volar es un acto inútil.
Se tropieza con las nubes y confunde el cielo con el mar. Va de un lado hacia otro, desorientado y torpe. Fatiga tanto el vuelo si se vuela solo. No quiere volar. Quiere querer.
No los unían los proyectos ni la costumbre. Los unía el volar sabiendo que el otro volaba al lado. Los unía ese voltear la cabeza en el mismo instante como para decirse:
¿Ves?, estamos volando.

6

Con larval inocencia un pterodáctilo busca a su pterodáctila. Él no sabe nada de la muerte. Sólo sabe planear con ella como dos gigantes remeros del espacio. Sólo sabe que un pterodáctilo y una pterodáctila son un mismo cuerpo. Y ahora a él le falta una parte.
Ella murió una noche en que los cielos eran dorados. Aún está sobre la arena su cadáver fosilizándose, pero él insiste en la búsqueda porque eso no es ella, no es su pterodáctila: le falta el vuelo, la mirada y el olor del amor. 
Ignora las leyes de la naturaleza, cree en el reencuentro. Si necesita a su pterodáctila tiene que ser porque en algún sitio ella lo espera.
Vuela chocando contra todas las salientes de la noche. Va una y otra vez por los lugares que conocieron juntos. Desde la orilla de aquel lago vieron la primera lluvia de estrellas, en ese cráter la tuvo entre sus alas. Vuelve al cielo. Insiste en la búsqueda. Es una esperanza en vuelo y condenada.
Desde lo alto de la noche color magenta se lanza en picada. Solitario y en silencio se desploma en ese fragmento de playa que nunca quiso mirar.

Sbarra, José (2013). Informe sobre Moscú/ Los pterodáctilos, Buenos Aires, Palabras amarillas ediciones, pp. 30-39.

jueves, febrero 11, 2016

Sobre el cierre de Llanto de Mudo

Me entero por el blog Tinta de historieta de que, después de la muerte de su fundador, Diego Cortés, la editorial Llanto de mudo cierra sus puertas. La noticia es trístisima considerando todo lo que nos dio este proyecto y todo lo que podría haber dado. Desde este humilde blog, le enviamos nuestro abrazo a Nicolás Brondo y a las demás personas que hayan participado de una forma u otra de ese catálogo. Recordaré Llanto de mudo como una editorial señera en el mundo de la historieta nacional. Copio la nota que escribió Nicolás Brondo a modo de despedida:

Queridos amigos:

Llanto de mudo cierra sus puertas.
Así, sin anestesia ni preámbulos o vueltas.
Las razones son muchas: la economía que vive actualmente el país, el despertar de nuevas editoriales nacionales, el trabajo impecable y profesional de las que ya estaban. Llanto de mudo no es necesario a nivel editorial, es casi una reliquia, mantener vivo al chancho tiene solo valor nostálgico. Pero la razón principal es que, honestamente, no puedo hacerlo solo. Y no me refiero a tener un colaborador, un pierna que me cargue las cajas y me ayude a decidir que se edita y que no. Yo quiero a mi amigo. A mi socio, al capitán de este equipo. Llanto de mudo ERA Diego Cortés, no quiero engañarme más. Si hasta el logo se parecía a el!
Ya sé que dije (y ME dije) en numerosas ocasiones que seguía, que hay que seguir y todo eso. Pero no. No puedo la verdad. No soy el editor que necesita Llanto de mudo y no tengo ganas de cargar con esta mochila que hasta tiene piedras ajenas a la editorial que pasan por lo emocional y personal.
Sé que esta decisión no le va a gustar a muchos, pero es una decisión y de eso se trata.
Esto es algo que tenía en consideración, que sabía que podía llegar a pasar. Sin Diego no tiene sentido, no es divertido, lastima y no lo quiero así. Fue una decisión muy pensada e incluso consultada con amigos y colegas que me dijeron las palabras más alentadoras y bellas que escuche en mi vida.
No voy a pedir disculpas ya que no siento culpa alguna. Siento bronca, tristeza y sobre todo impotencia pero no por el cierre de una editorial sino por la muerte de un amigo, colega y socio que era la parte fundamental y el volante de todo esto.
Por otro lado necesito alejarme un poco del mundillo y sus mañas, despejarme y ver cómo seguir como dibujante, que es lo que soy principalmente antes que un editor de historietas. Por eso esto no quiere decir que voy a dejar de dibujar o de publicar libros, en cuanto tenga algo lo auto-editaré o hablaré con alguna editorial amiga.
Como le dije a amigos: me siento en un loop a lo día de la marmota en donde siempre es 3 de agosto y Diego se muere todos los días. Necesito hacer el duelo como corresponde.
Llanto de mudo brindó por 20 años un aporte cultural a la historieta nacional como muy pocos han hecho. Perdón, me corrijo: Diego Cortés brindó por 20 años un aporte cultural a la historieta nacional como muy pocos han hecho y antes de embarrarlo con alguna mala movida prefiero cerrarlo y que conserve su gloria original de la que todos van a hablar por muchos años más.
A nuestros distribuidores, kioscos y librerías y también lectores les digo que el stock remanente se va a seguir distribuyendo hasta agotarse y las ganancias de esto van a ser para la familia de Diego que está atravesando por el momento más oscuro de sus vidas tanto emocional como económico. A nuestros colegas y amigos autores les digo Gracias y me quedo corto.
Llanto de mudo ha muerto. Que viva el rey Cortés.

martes, febrero 09, 2016

Lo que se viene en 2016 (I) (Fiordo / La Comarca / Metalúcida)

Arranco una serie de posts sobre las novedades editoriales para 2016 de distintos sellos que han pasado por estas humildes entrevistas o cuyos catálogos sigo con atención. Claramente se trata de dar un espacio de difusión para editoriales que no suelen tenerlo en las notas sobre novedades de los suplementos culturales mainstream. Voy de a poco porque como lector las notas que me tiran por la cabeza veinte editoriales y 80 nuevos títulos me marean. Va la primera triada, entonces, para aguardar con ansiedad.

Novedades 2016 en Fiordo editorial



Los amigos de Fiordo me pasaron estos títulos con sus respectivas sinopsis. Pintan muy bien y celebro que se siga reeditando a Sara Gallardo.


-Stoner, de John Williams

En la última década, esta historia austera y profundamente conmovedora que relata la vida de un profesor de la Universidad de Missouri ha sido acogida y celebrada por lectores de todo el mundo. Escritores de la talla de Ian McEwan y Julian Barnes la consideran una obra maestra. En palabras de Tom Hanks: "Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en profesor. Pero es una de las cosas más fascinantes que haya encontrado jamás".

-Leñador, de Mike Wilson

Un excombatiente y boxeador decide abandonar todo e irse al noroeste de Canadá, a los míticos bosques del Yukón, a vivir entre leñadores para aprender su oficio. Su experiencia le hará descubrir un universo nuevo y fascinante y poner a prueba todos sus conocimientos previos. En palabras del crítico Álvaro Matus, su lectura es "una experiencia completamente hipnótica".

-Pantalones azules, de Sara Gallardo

Alejandro, el protagonista de esta novela, es un joven solitario de veinte años que estudia abogacía y proviene de una familia adinerada. Cultor de un nacionalismo rancio, Alejandro hace gala de un antisemitismo que no hará más que hundirlo cuando conozca a una muchacha judía de la que se enamorará irremediablemente.

Novedades 2016 en La Comarca libros



Los amigos de La Comarca vienen haciendo una tarea titánica en la recuperación de la obra de Néstor Sánchez. Nosotros, los lectores de este maestro de la prosa ritmada, celebramos los títulos por venir en 2016 que nos permitirán adentrarnos nuevamente en la escritura poemática de Sánchez.
En este caso, la editorial recuperará Siberia blues y Nosotros dos, ambas de Néstor Sánchez. Sobre la primera, algo escribí por acá. La segunda fue la novela celebrada por Cortázar allá por los años 60.
Pero además de estas reediciones, La Comarca promete algo grandioso: un libro del taller de Néstor Sánchez. Según su hijo, Claudio, esta obra recupera lecturas, símbolos y reflexiones sobre la escritura poemática. Un libro que sorprendió a los propios editores que no esperaban algo tan valioso escondido entre los papeles del taller de Sánchez.

Novedades 2016 en Metalúcida


Finalmente, los amigos de Metalúcida, a quienes sumaré en breve a la serie "Toda editorial es política", me enviaron estos títulos confirmados con sus respectivas sinopsis (aunque se esperan algunas sorpresas más para el año por venir):

-Australia, de Santiago La Rosa
Una novela que narra tres semanas en la vida de una pareja de argentinos exiliados tras la crisis de 2001. Indaga el conflicto de la paternidad y la pérdida del espacio de lo íntimo en manos de la mass media y de la industria médica.

-Como si existiese el perdón, de Mariana Travacio
Una historia que se articula a partir de un episodio de violencia que desencadenará en una contundente búsqueda de venganza, historia que se desarrolla en un paisaje narrado desde el minimalismo, donde lo árido y lo líquido funcionan en contrapunto.

-La orilla de los encantados, de Pablo Forcinito
Una novela que cierra la trilogía protagonizada por el asesino serial Paraná. Aborda fundamentalmente el estado de fragmentación psíquica en que se encuentra el personaje. Esta fragmentación de la psique construye a su vez espacios de memoria y de reclusión en las cercanías del río Paraná. Este libro se espera para la segunda mitad del año.

jueves, febrero 04, 2016

La seducción oriental (ilustraciones en Las veladas de Ramadán)

En 1916, el escritor argentino Carlos Muzzio Sáenz-Peña publica un libro atípico, Las veladas de Ramadán. Cuentos, apólogos y leyendas de la Persia islamita. Se trata de una obra que presenta una serie de historias de inspiración y delicadeza oriental, al estilo Las mil y una noches. De ese hermoso libro, que si todo sale bien estará de vuelta en las librerías argentinas en 2016, recupero estas ilustraciones del genial Gregorio López Naguil, imágenes seductoras, misteriosas, preciosas. Que las disfruten!

miércoles, febrero 03, 2016

Tres razones por las que sigo leyendo blogs


Asisto al ocaso de los blogs, soy espectador y actor de los últimos gestos de estos espacios virtuales que en algún momento tuvieron su edad de oro y que aún se niegan a desaparecer, a dar su último adiós. A lo mejor es posible hablar de una poshistoria también para los blogs, como quienes nos abrazamos a lo poshumano. En todo caso, hay blogs que no ceso de leer y que siguen sorprendiéndome por la calidad de sus textos o por sus propuestas certeras. Rescato, por el momento, tres que no deberían pasar desapercibidos:

-Las traducciones en el blog apóstrofe

Pablo Makovsky viene traduciendo en su blog apóstrofe notas y artículos realmente valiosos como este sobre la banalidad de la tortura o este de Mark Fisher sobre el progresismo como gesto moralizante. El artículo que Pablo se tomó el trabajo de traducir en estos días es muy interesante y pone en cuestionamiento el lugar de las redes hoy por hoy:
La centralización de la información también me preocupa, ya que hace más fácil que las cosas desaparezcan. Después de mi arresto, cerraron mi cuenta, porque yo no era ya capaz de pagar la cuota mensual. Pero al menos tenía una copia de seguridad de todas mis entradas en una base de datos en mi propio servidor web. Pero ¿qué pasaría si mi cuenta en Facebook o Twitter se apagara de repente? Esos servicios en sí mismos pueden no morir en el corto plazo, pero no es demasiado difícil imaginar un día en que muchos servicios estadounidenses cerraran las cuentas de cualquier persona en Irán, como resultado del actual régimen de sanciones. Si eso sucediera, podría ser capaz de descargar mis mensajes, o asumamos que la copia de seguridad podría ser fácilmente importada a otra plataforma. Pero ¿qué pasa con la dirección web única para mi perfil de la red social? ¿Sería capaz de reclamar más tarde, después de que alguien más haya poseído mi usuario?

Bien, el resultado es más espantoso, porque la centralización de la información en la era de las redes sociales es otra cosa: nos está haciendo las cosas mucho menos potentes en relación con los gobiernos y las corporaciones. La vigilancia se impone cada vez más y empeora a medida que pasa el tiempo. La única manera de mantenerse fuera de este vasto aparato de vigilancia podría ser meterse en una cueva, dormir y yacer allí durante 300 años. (Se lee completo acá)

-Los artículos de cine en el blog La otra

El último artículo sobre cine que escribió Oscar Cuervo acerca de las películas recientes de Tarantino me pareció genial. Entre tanto comentario extremista, un análisis razonado y sólido en la discusión que propone se agradece y si no lean estos párrafos:

A partir de su sexta película y en las dos siguientes, Tarantino dio una vuelta de tuerca en la que fue capaz de pensar su autoría y cuestionar el límite que le imponía ajustarse al lugar que le habían asignado. Su giro histórico, el que da lugar al “segundo Tarantino” del que hablé al principio, es la transfiguración de sus procedimientos previos al servicio de una autoconciencia política. No digo que empieza a tratar temas “importantes” y a someterlos a sus procedimientos preformados, sino que exige a su obra una capacidad para pensarse a sí misma y en su relación con el espectador.

En esa exigencia Tarantino desnaturaliza su talento y su sapiencia pop y se historiza, es decir, se distancia del punto de inicio en el que apareció y fue aceptado y pone en entredicho los dispositivos que posibilitan tal tipo de consumo cultural, tal clase de películas y tal especie de espectadores. Ese giro no le hace renunciar a su vocación espectacular, ni a su talento de escritor de diálogos y de director de actores -muchos de esos actores hicieron los papeles de su vida en esas películas-, ni a su excepcional destreza para estirar el tempo dramático, ni a su prodigiosa imaginación para poner escenas extensas e intensas y resolverlas con gracia. (Se lee completo acá)

-Los cuadernos del crítico en el blog La Biblia de los pobres

El Blopa en su blog sobre historietas e imágenes, siempre tironeado entre el abandono y la resurrección violenta, inició una serie de recuperaciones de textos críticos sobre la historieta con autores como Carlos Sampayo, Eliseo Verón y Guillermos Saccomano. La propuesta es incipiente pero valiosa y pueden seguirla acá.

Gracias, entonces, a los blogs apóstrofe, La otra y La Biblia de los pobres, que todavía le dan esperanzas a los usuarios y lectores de blogs, manteniendo vivo un circuito que ante la vorágine de las redes sociales amenaza todo el tiempo con su desaparición.

jueves, diciembre 24, 2015

Jonás; IV, 12 (José Edmundo Clemente)

Llegué a Historia de la soledad (1969), de José Edmundo Clemente, gracias a la recomendación de un amigo librero. Se trata de un breve volumen compuesto por once capítulos y un prólogo. La intención de Clemente es trazar una historia menor de esos hombres que los libros olvidaron, sumidos en la soledad y la ingratitud. Para ello, escribe esta serie de semblanzas filosóficas que, si bien puede tener alguna reminiscencia de las Vidas imaginarias, de Schwob más que de la Historia universal de la infamia, de Borges, logra echar luz sobre unos hombres solitarios, opacados por otros que han ganado el renombre y la gloria. Clemente era un especialista en estética, en filosofía y en bibliotecología; además, tenía una prosa fina y elegante como podrán leer más abajo. El humor, la reivindicación nostálgica y el comentario agudo marcan el ritmo de su Historia de la soledad. Copio el capítulo 4 de este hermoso libro y se los recomiendo con fervor. 


Jonás; IV, 12 (José Edmundo Clemente)

Todo libro posee márgenes abiertos y fluyentes que exceden la quieta angostura de su caja tipográfica, los límites formales de la imprenta; como si al tacto de nuestra mirada sensual las letras se abrieran maduras, ensanchando la página que les sirve de cauce. Milagro que vuelve las ideas y sentimientos al cálido relieve original, semejante al Lázaro bíblico. Algunos libros llevan un impulso más fuerte todavía; a la presión que extiende los costados del texto agregan un envión longitudinal que sobrepasa el corrido argumental de la obra y lo prolonga a supuestas intenciones secretas y posteriores. Intenciones que cada uno descubre con la misma alegría del solitario que encuentra una fortuna oculta, aunque muchas veces el hallazgo termina en alucinada fantasía, en simple espejismo de lector codicioso. O presuntuoso. Seguramente el descubrimiento ya fue previsto por el autor; seguramente las variantes posibles son hábiles concesiones a nuestra impúdica vanidad. Seguramente mi propia ambición de interpretar a Jonás sea apenas uno de los tantos finales de Jonás.
Recordemos la secuencia visual del Libro. Jonás debe ir a predicar a Nínive. Desobedece la misión. Embarca en el puerto de Jope, rumbo a Tarsis. En viaje, la nave es sacudida por un violento temporal. Los marineros imploran a sus dioses. El mar crece. Echan suerte para saber a quién castiga el cielo. La furia del viento no cesa. La prueba señala a Jonás. Las olas tapan la cubierta del buque. Los marineros tiran a Jonás por la borda. La tempestad calma. Un enorme pez traga a Jonás. Tres días y tres noches permanece dentro del animal. Se arrepiente. El pez lo devuelve sano y salvo a tierra. Cumple el mandato de ir a Nínive. Llega luego de tres días de camino.
El resumen de las “diapositivas” es aparentemente claro; Jonás desobedece, es castigado y perdonado. Pero creo que debemos considerar al texto más allá de la caprichosa historia de un desobediente o el relato turístico por el Mediterráneo en una incómoda bodega. Cuando mucho, esto solo haría del hijo de Amittay el precursor de los viajes submarinos. Tampoco, la publicidad de un acto demagógico de la siempre dispuesta voluntad de Jehová. Por lo pronto, ciertos signos evidentes levantan claves para otras interpretaciones. Tres días y tres noches permanece Jonás dentro del pez; tres y tres, 33, simbólica cifra que luego identificaría la edad de Cristo. Tres días tarda en llegar al lugar de la prédica; tres son las ciudades mencionadas en el texto: Nínive, Jope, Tarsis. Nada es casual. El tres era considerado número mágico en la antigüedad, incluso para los católicos. San Mateo considera a los tres días y tres noches término premonitorio de la Resurrección: “Porque como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el corazón de la tierra” (Mt.; XII, 40). Quizás el lector considere fáciles coincidencias a estos signos; por mi parte también prefiero otra interpretación.
La ciudad fenicia de Tarsis adelanta una sospecha; el pez que traga a Jonás, ballena según San Mateo, la completa. Igualmente, el oportuno arrepentimiento que salva a nuestro héroe de equivocar el destino para el cual había sido llamado. Llamado. Estoy acercando los hechos a mi intención; “llamado” (vocãtus) es raíz etimológica, justamente, de vocación, palabra que considero centro del libro. Todos fuimos llamados para una misión determinada; en la medida que nos acercamos a ella, nos acercamos al verdadero sentido de nuestra vida. Pero no siempre asumimos la responsabilidad de nuestra vocación; a menudo huimos de ella y caemos, como Jonás, en el fondo de la ballena. La precisión de San Mateo es oportuna. La ballena representaba en la simbología tradicional al mundo terreno, al cuerpo venoso y perecedero. Melville recurre a la increíble Ballena blanca para aludir la obstinada persecución del hombre tras de su inevitable muerte. Su destino más cierto.
Pasemos ahora al margen final del texto, al impulso que no pudo detener la imprenta y que continúa girando por inercia propia una vez cerrado el libro. Atendamos a la metáfora de la obra, ese espectro de la realidad, diría Ortega, que prosigue fantasmal y nítido el contorno de la imagen ausente. No se trata de un absurdo lingüístico. Sería muy pobre admitir la simplicidad de Jonás tragado por una ballena verdadera y devuelto intacto al día tercero. No debemos abusar de los milagros; sobre todo, cuando son innecesarios. Hagamos crédulo el relato. Jonás entra al estómago de una ballena metafórica. La ballena es él mismo; el estómago de la ballena, su propio estómago. Lo habita por unos días, igual que muchos lo hacen por siempre, satisfechos del interior de su piel, adormecidos de tedio. Jonás logra arrepentirse, pero la mayoría prosigue a escondidas de su vocación. Hombres cegados por llegar a la próspera Tarsis hasta que la muerte les recuerda, tarde, que no vivieron la vida fundamental; la vida para la que fueron llamados. Que es igual a no haber vivido nunca, porque la señal marcada en el alma se les ha borrado. En vez de Nínive, la cúpula interior de una ballena será el cielo merecido. Oscuro leviatán; universo sin estrellas. Quizás la ballena sea una inconsciente alusión al infierno, o a la impotencia. Quizás el infierno sea una metáfora de la impotencia.

Clemente, José Edmundo (1969). Historia de la soledad, Buenos Aires, Siglo XXI editores, pp. 35-39.

domingo, diciembre 20, 2015

Gilgamesh, copia y original


Tal como declara el propio Kramer, los cinco cantos de Gilgamesh (o Bilgames, en su forma inicial) no fueron ni los unicos ni los primeros poemas sumerios, pero tienen el raro mérito de, tras haber sido puestos en circulación como entretenimientos cortesanos hace unos cuatro mil años en la ciudad de Ur, al cabo haber sido refundidos y "plagiados" por toda la posteridad vecina, tanto autóctona (babilónica) como extranjera, hasta alcanzar la magnitud de una obra maestra y referente por antonomasia en su género. De hecho, el idioma de Sumer se fue extinguiendo gradualmente, sobre todo a favor del acadio, pero la versión unificada en forma de epopeya fue celosamente aprendida y copiada a otras lenguas, totalmente ajenas (por ser de raíz semítica), y por otras culturas, que quizás hasta odiaban ancestralmente a los sumerios. El detalle de que se trate de una obra literaria que superó a su pueblo y su lengua no es menor (por lo demás, el prestigio de la cultura sumeria era tal que muchos otros testimonios se conservaron). Pues justamente que se la haya copiada es lo que resulta notable: por primera vez en la historia humana, que sepamos, se le atribuyó a un producto de la mano del hombre el distingo de su duplicación; y es en este gesto, en su re-producción más que en su producción original, que parece anunciarse el surgimiento de una nueva conciencia, en la que la veneración y el afán de conservación desbordan por mucho a lo puramente utilitario y práctico. Nunca sabremos ni cuál fue la primera creación hecha con intenciones artísticas ni gozada con intenciones estéticas, pero aquí tenemos una gran candidata a ser la primera obra de arte reproducida en toda la historia humana, y es un mérito en el que es preciso detenerse por su significado, aun contra toda la posterior exaltación que se ha hecho de la originalidad (tan importante en literatura, de hecho, que el género literario moderno por antonomasia dio en llamarse precisamente novela). Vista así, la "epopeya del miedo a la muerte" -como bellamente la definiera Rilke- sería la primera obra humana íntegramente reconocida como tal, como una entidad digna de inmortalidad (precisamente lo que tanto ansiaba su héroe epónimo).
Burello, Marcelo G. (2013). Gilgamesh o del origen del arte, Buenos Aires, hecho atómico ediciones, pp. 62-63.

sábado, diciembre 19, 2015

La letra argentina. Lenguajes, política y vida en el siglo XXI


Se trató de un encuentro realizado en el Centro Cultural "Paco Urondo" de la Facultad de Filosofía y Letras el 6 y 7 de noviembre de 2014. El encuentro fue organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación y reunió a escritores, periodistas, editores y críticos literarios para reflexionar sobre diversos temas como la literatura y la circulación de libros, los libros y la política, los lenguajes contemporáneos, etcétera. 
Este año se publicó un libro que recopila ese encuentro, La letra argentina. Dejo la versión en PDF en el siguiente link: 


Copian, repartan y comenten a quien interese. Pego a continuación el índice para que chusmeen las intervenciones y los nombres de los participantes!

Índice

Apertura - Bruera, Morgade, Forster
Literatura y circulación de libros - Boido, Chitarroni, Cristófalo, Scolnik
Literatura y vida
Literatura y envidia - Mariano Quirós
Acerca del instante, la literatura y la vida - Roberto Raschella
La literatura (y la vida) como querría - Carlos Skliar
La autoficción: artefactos agotados y nuevos modelos de escritor - Claudio Zeiger
Diálogo I - Luis Gusmán
Géneros populares
Géneros populares - Marcelo Figueras
Derivas actuales de los géneros populares - Mariana Enríquez
La ambigüedad genérica - Horacio González
Oralidad, autogestión y periferia - Juan Diego Incardona
Irrupciones políticas
El poeta y el Estado - Sergio Raimondi
La barbarie civilizada o la civilización bárbara - José Pablo Feinmann
Después del 2001, literatura argentina y política - Hernán Vanoli
¿Rodolfo Walsh o Manuel Puig? - Carlos Gamerro
Lenguajes contemporáneos
Vida cotidiana - Daniel Link
Un plato de azúcar - Miguel Vitagliano
El idioma de los argentinos: lo traducible y lo intraducible - María Pia López
El tiempo de la poesía - Daniel Freidemberg
Diálogo II - Ludmer, Garramuño
Qué hace escritor a un escritor
Palabras leves - Paula Pérez Alonso
El momento íntimo de la escritura - Sergio Olguín
El escritor, las pérdidas, los amigos - Arturo Carrera
Los tonos de una nación: una pregunta del pasado - Matilde Sánchez
Qué es ser escritor: algunos ejemplos - Sergio Chejfec
Sobre los participantes

lunes, diciembre 14, 2015

Presentación: A dónde van los caballos, de Marcelo Britos y Cacería de guanacos, de Rosana Gutiérrez

lunes, noviembre 30, 2015

Señal de fuego (Marcelo Fox) (selección 1)

Me enteré de la existencia de Marcelo Fox, a partir de un comentario al pasar de un conocido. El comentario señalaba el lugar de escritor maldito que Fox se había ganado en los años 60 y la dificultad de conseguir sus escasas obras: Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968). De esta última me enteraría más tarde por medio de una carambola de tuits y recorridas por Mercadolibre.
De Fox poco se sabe. Hay algunos datos aislados en el blog inmaculada decepción, acá y acá. Las anécdotas que lo tienen como protagonista lo instalan en un lugar incómodo. También se sabe que Fogwill y Alberto Laiseca lo han mencionado en varias oportunidades. El amigo Vespa nos refirió esta entrevista de Fogwill donde menciona a Fox y lo señala como inspiración para un personaje de Vivir afuera (1998).
En todo caso, la obra de Marcelo Fox se ha perdido entre los anaqueles de la literatura argentina, quedando relegada a un lugar oculto y maldito. Su libro Invitación a la masacre es inconseguible y los proyectos de reeditarlo se han frustrado rápidamente por problemas con los herederos de Fox. En la web se pueden leer algunos extractos de ese primer libro: acá, acá y acá. Su otro libro, Señal de fuego, se consigue un poco más fácilmente, aunque con un precio que puede complicar el bolsillo de cualquiera y en una cantidad de ejemplares limitada ya que se trata de la primera edición. Justamente, el objeto-libro Señal de fuego es de lo más particular: tapa y contratapa simil papel madera, letras góticas en portada, tinta roja en la tipografía de sus páginas, esvásticas como separadores de las diversas partes, una imagen del autor provocadora, mirando hacia el lector, con un puño sobre el pecho y una especie de cruz de hierro por detrás. De ese libro, una colección de aforismos escritos en el filo de la razón, en las tinieblas de la violencia, extraigo esta primera selección.

Señal de fuego (selección – Parte 1) (Marcelo Fox)



No es deseo del diablo destruir el mundo, su vivero de víctimas.

***

Hasta ahora los gritos de los profetas sólo han producido breves pesadillas en el sueño de los hombres.

***

El estómago del mundo termina digiriéndolo todo.

***

No saben que viven, no saben que mueren, pero mantienen firmemente el timón en la mano para que el barco no se desvíe de su eterna trayectoria circular.

***

El fuego no hace brillar los rostros de los que habita, eso sería facilitar demasiado la tarea de los esbirros de la grisura, la oquedad, el hielo.

***

Cuando la sangre delira, los túneles, las ciudades, las coartadas, se derrumban.

***

Como aman la Libertad, la han sepultado en un hermoso panteón en cuyas paredes se halla primorosamente esculpidos los principios eternos del derecho, las ordenanzas municipales, los artículos de la constitución y las leyes de tránsito. Sobre el catafalco en que ella yace con su mortaja de yeso hay un cartel escrito en letras góticas que dice: Prohibido escupir en el suelo.
Las ceremonias que se celebran allí mismo en su honor son reguladas por luces de semáforos, para que todo se desarrolle dentro del máximo orden y corrección.

***

Llaman hombres libres a los esclavos; y a los hombres libres, asesinos y libertinos.

***

Si no quieren que los rebeldes griten no les peguen.

***

Fogata entre los témpanos de hielo y la oscuridad, mi voz guía hacia las arenas de este mundo a la caballería aérea de la muerte.

***

Sólo cuando las tinieblas sean totales el sol renacerá.

***

Los actores cambian. Los decorados cambian. El sueño permanece.

Fox, Marcelo (1968). Señal de fuego (selección), Buenos Aires, Yelpo editor.

jueves, noviembre 12, 2015

Tango de la muerte

En Nudler, Julio (1998). Tango judío. Del ghetto a la milonga, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 27-32.


En mayo de 1947, cinco años después de la deportación y el asesinato de sus padres, aparece en Bucarest, en la revista Contemporanul, el primer poema que Paul Celan publica con este seudónimo. Su verdadero nombre es Paul Antschel, del cual el seudónimo es la inversión silábica, anagrama tan del gusto de los porteños. Había nacido el 23 de noviembre de 1920 en Czernowitz, capital de la Bucovina, región del norte de Rumania enclavada entre Transilvania y Besarabia que había pertenecido al Imperio austrohúngaro hasta el hundimiento de éste en 1918. Czernowitz, ciudad de intensa vida cultural hasta la devastación nazi, contaba con 110.000 habitantes, casi la mitad de ellos hebreos. Para éstos la tragedia había comenzado el 5 de julio de 1941, cuando entraron en la ciudad las tropas germanas. Al día siguiente irrumpieron las SS y con ellas el espanto. Antes de concluir agosto ya habían sido asesinados 3.000 judíos.
Aquel poema fundamental, llamado “Tangoul Mortii” (Tango de la muerte), habría sido escrito por Celan originariamente en alemán en el otoño boreal de 1944, cuando ya había retornado a Czernowitz, ocupada para entonces por el Ejército Rojo, después de haber integrado durante dos años los batallones de trabajadores forzados que los rumanos formaron con judíos excluidos del inmediato exterminio. El poema se llamó “Todesfuge” (Fuga de la muerte), así publicado en Alemania en 1952. La versión rumana se debe a Petre Solomon, estrecho amigo de Paul. Éste había reescrito varias veces su poema hasta darle su forma definitiva.
John Felstiner recuerda en su libro Paul Celan, poeta, sobreviviente, judío (Yale University Press, 1995) que Celan señaló una vez que su poema había surgido de algo que leyó sobre judíos tocando melodías en un campo nazi. Es posible que se tratara de un texto sobre El campo de exterminio de Lublin (Maidanek), escrito por Konstantin Simonov y publicado en agosto de 1944 por los soviéticos. Simonov reseña allí que en los campos se ejecutaban tangos y fox-trots.
Según se narra en El Libro Negro. Los crímenes nazis contra el pueblo judío. Nueva York, 1946, en el campo de concentración de Janowska, en Lemberg (Lvov), cerca de Czernowitz, un teniente de las SS ordenaba a los violinistas judíos tocar el llamado “Tango de la muerte” para acompañar las marchas, las torturas, la excavación de tumbas y las ejecuciones. Antes de la liquidación de ese campo, las SS mataron a toda la orquesta. Según Felstiner ese tango estaba basado en el mayor éxito anterior a la guerra del argentino Eduardo Bianco, tocado por éste ante Hitler y Goebbels en 1939. Felstiner añade que también en Auschwitz la orquesta interpretaba tangos, y que en otros campos los prisioneros llamaban genéricamente “Tango de la muerte” a cualquier música que se ejecutara cuando los alemanes llevaban a un grupo de judíos para matarlos.
Entre otros, el escritor español José Angel Valente, estudioso de Celan —poeta que se suicidaría en 1970 arrojándose al Sena desde el puente Mirabeau—, precisa que ese tango de Eduardo Bianco es “Plegaria”. “Por supuesto —escribe Valente—, en los campos los músicos eran los propios violinistas judíos, que acompañaban con la siniestra melodía a las víctimas, para ser, al término de las liquidaciones, liquidados a su vez”. Jesús Munárriz, traductor y prologuista de Celan, menciona que “testimonios de sobrevivientes hablan de orgías celebradas por los alemanes en aquellos campos con las jóvenes judías, amenizadas por músicos también judíos, a las que aluden sin duda pasajes del famoso poema de Celan ‘Todesfuge’”.
Otra referencia al tango en el Holocausto se encuentra en La Rapsodia de Lvov, libro escrito en polaco y aparecido en 1956 bajo el titulo, Esto es un asesinato, perteneciente a Mieczystaw R. Frenkiel, testigo ocular de la barbarie nazi, a la que consiguió sobrevivir. También Frenkiel evoca aquí el “Tango de la muerte” como tétrica música incidental que acompañaba la aniquilación de los judíos. En “Diálogo sobre músicos”, uno de los capítulos de su libro, Frenkiel hace reflexionar a uno de sus personajes de ficción, el ex contador Filz, quien conversa con el ex juez Kranz: “Podían no haber tocado del todo. Usted comprende. Romper los violines, retorcer las trompetas, quemar las flautas, hacer de los saxofones caños para las chimeneas y no tocar. ¡Cómo tocar en estos campos agrestes frente a la muerte, para el deleite de los enemigos de la humanidad!”.
En el debate que imagina Frenkiel, aún puede leerse: “La gente no es más que gente. Bund no dirigía la orquesta para causarle agrado a la bestia ni tampoco para apagar el grito de las víctimas. Trabajó duramente en su especialidad, como un esclavo medieval, y creo que, como buen músico que era, no pudo transformar la melodía del tango en marcha fantasmal... Tal vez también ese pobrecito creía, en su anhelo de salvar la vida, como todo otro ser viviente, que lograría comprar esa vida con música. Estaba parado en el tenebroso panneau del campo de concentración, y quería vivir...”.
No se trataba de un cabaret del Bajo porteño, ni de un prostíbulo de Balvanera, ni un bodegón del Paseo de Julio, ni de un café de palco sobre la Corrientes angosta o ensanchada, ni de un club de barrio en perfumada noche de baile, ni de un afelpado dancing de Barrio Norte, ni de un cafetín humoso frente al Riachuelo, ni de un empanelado estudio radial de público obediente. Era sí la Década de Oro, la del ‘40. Pero para ese tango de Bianco el escenario era otro. Más exactamente éste, descripto por Frenkiel: “A causa de los reflectores se apagaron las estrellas en el cielo. Un millón de velas iluminaba el lugar. A los miles de seres humanos traídos desde todas partes se les había ordenado desvestirse. Los SS sostenían el orden con sus perros lobo. Las armas automáticas iniciaban un tic tac de prueba. El temblor que precede a la muerte y que corría por los cuerpos de la masa aglomerada debió haber contagiado a los músicos, junto con el trasfondo de otro temblor: el espasmo de los tensos, casi estallantes nervios sádicos de los ejecutores del asesinato en masa. Las esposas y las hijas de los importantes personajes del Partido observaban, a través de las ventanas de las barracas, este inusual espectáculo del sacrificio de un pueblo extraño. Era para nutrir la sensibilidad germana. La orquesta inició su concierto. ¿Acaso animales amantes de la música? ¿Si hubiera semejantes seres fuera del marco de la mitología, no habrían matado a dentelladas a sus sacerdotes? Ellos, los músicos, no eran sádicos, ni profundizaban en las tinieblas de la esencia psicológica de los alemanes desnaturalizados. Veían ante sí a una organizada plaga de la humanidad, a locos que se estaban entrenando mientras disparaban sobre objetivos vivientes, mujeres y criaturas, pero, según su parecer, esos alemanes también entendían de música y tenían, en esta esfera, ciertos gustos parecidos a los de ellos, a los de los músicos. Probablemente se dijeran: vamos a ver si por el ojo de la cerradura podremos llegar a sus corazones”.
El ex juez Kranz falla el caso: “... Libero a estos pobres músicos, que tocaron en aquel funeral histórico de millares de personas, incluyéndose su última aparición en ese funeral que fue también el suyo propio...”. Filz no hace uso de la palabra. Se ve de pronto entre los músicos, como trombonista, con los ojos fijos en la batuta del director. Están los SS, sus perros lobo, los lamentos de las víctimas. “La varita del maestro indica el camino que conduce a la apretujada masa de los destinados a morir. Van hacia las ametralladoras. Cómo se puede tocar y vivir en un campo como éste. Pobre de él si llegara a tocar una sola nota falsa o se notase su ausencia. El comandante Rokita tiene un oído excelente... Uno toca música para la muerte de otros y de la suya propia”.
Eduardo Bianco había creado la música y la letra de aquella “Plegaria” en 1929, y ya ese año su tango fue grabado por Celia Gámez en Barcelona. Este músico nacido en 1892 en Buenos Aires dedicó la obra “A su majestad el Rey Alfonso XIII”, cuyo derrocamiento en 1931 daría paso a la instauración de la breve República Española. El monarca borbón y la orquesta de Bianco, de consabido atuendo gauchesco, posan en la carátula de la edición parisina, que realizó el propio músico con la editorial que poseía en Cité Pigalle. Esa dedicatoria no sería la más sorprendente de la historia de este bandoneonista que partiera a Francia en 1923, el mismo año de la llegada del fascismo al poder en Italia. En 1931 dedicó su tango “Evocación”, grabado en Discos Pathé, a Mussolini. Más exactamente: “A Su Excelencia Benito Mussolini”.
Bianco, conductor de una de las orquestas típicas de mayor suceso en Francia, contribuyó también a la triunfal instalación del tango en la era de esplendor del cabaret berlinés. De la popularidad del tango en toda Alemania da idea este comentario de abril de 1938 publicado en Hamburgo, obviamente en alemán, aunque no en los caracteres góticos que habían reimpuesto los nazis: “Hasta hoy como ritmo típicamente sudamericano sólo es conocido en general el tango argentino. Éste, pese a las resistencias y los prejuicios que se opusieron a su difusión por Europa, conquistó finalmente al público europeo, atrayendo incluso a importantes compositores hacia el género”. El articulista se propone, en realidad, mostrarles a sus lectores que, aparte del tango, hay también otras expresiones musicales latinoamericanas muy diferentes entre sí, con lo que está testimoniando la hegemonía del tango en la Alemania de los años ‘30. Tal era su vigencia que resultaba preciso explicar que no todo era tango.
Bianco parece haber llevado sus simpatías fascistas a la acción, valiéndose como fachada de su actividad musical. A punto tal que en agosto de 1937 fue detenido por los franceses bajo la acusación de espiar para una potencia extranjera, concretamente Italia. Mientras en la prensa de la época puede verse a los miembros de la orquesta de Bianco fotografiados en una iglesia del Líbano, Francia le imputa actos de espionaje en Oriente Medio. Enrique Cadícamo tampoco abriga dudas sobre el colaboracionismo de ese compositor de tangos tan exitosos como “Poema” (con Mario Melfi): afirma que trabajaba para la Gestapo, la macabra policía secreta de Hitler.
Esas actividades criminales de Bianco no le valieron ninguna crítica condenatoria en la Argentina, un país representado ante el régimen de terror del Führer por un embajador como Eduardo Labougle, que no disimulaba sus simpatías nazis. En su Memoria correspondiente a 1933, Labougle le reporta al canciller Carlos Saavedra Lamas que el nacionalsocialismo “ha efectuado una campaña antisemita que ha asombrado al mundo por la audacia y firmeza con que fue encarada; lucha abierta, sin desmayos, contra un enemigo que desempeñaba un rol esencial en la crisis general que asola actualmente a la humanidad”. Por lo visto, Labougle no veía a los israelitas como meros “enemigos” del pueblo alemán, según sostenían los nazis, sino de la humanidad entera. Utiliza además el pretérito “desempeñaba”, como adelantándose a la aniquilación pueblo hebreo. Quien esto escribía permaneció como embajador en el Tercer Reich hasta julio de 1939, dos meses antes de que la Wehrmacht invadiera Polonia.
Bianco no mostró apuro alguno por grabar “Plegaria”. Su registro fue precedido, además del de Gámez, por otros, como el de Juan Deambroggio en 1931. Bianco parece haber esperado el momento oportuno, en el lugar adecuado: Berlín, 1939 debió antojársele la combinación perfecta. Allí y no en otra parte, y en ese año, el año en que Francisco Franco entró en Madrid, último bastión de la República tricolor, el año en que el Tercer Reich emprendió la conquista del mundo.
Sólo en la versión de su autor despliega “Plegaria” su extraño atractivo, su tono ritual, algo esotérico, más siniestro que sublime, su melodía elemental y pegajosa, su cadencia marcial, cuadrada. Poco tiene de tango argentino. Casi nada sí se piensa en las obras ya para entonces existentes de Bardi, Arolas, De Caro, Delfino. Establecido en Europa, Bianco le ha perdido el paso a la veloz transformación estética del tango, quedando aferrado a un esquema primitivo, reiterado, rígido, sin la imaginación ni el vuelo de los músicos rioplatenses. También ha perdido contacto con el arrabal, el adoquín, la parra, los patios, el compadrito y la fabriquera. Pero es probable que tanta cuadratura, tanta marcialidad le hayan permitido conquistar a los nazis.
La muerte es la gran protagonista de este tango de verso casi pueril, escrito por el propio Bianco (en versión castellana y también francesa), muy lejos asimismo del alto nivel poético que habían alcanzado los mejores letristas argentinos:

Plegaria que llega a mi alma
al son de lentas campanadas,
plegaria que es consuelo y calma
para las almas desamparadas.
El órgano de la capilla
embarga a todos de emoción,
mientras que un alma de rodillas
pide consuelo, pide perdón.

¡Ay de mí!... ¡Ay, Señor!...
¡Cuánta amargura y dolor!

Coro: Cuando el sol se va ocultando
Solo: Una plegaria
Coro: y se muere lentamente
Solo: brota de mi alma
Coro: cruza un alma doliente
Solo: y eleva un rezo
Todos: en el atardecer.

Murió la bella penitente,
murió, y su alma arrepentida
voló muy lejos de esta vida,
se fue sin quejas, tímidamente,
y cuentan que en noche callada
se oye un canto de dolor
y su alma triste, perdonada,
toda de blanco canta al amor.

¡Ay de mí!... ¡Ay, Señor!...
¡Cuánta amargura y dolor!

(Repite el estribillo.)

La versión berlinesa de Bianco comienza con unas lúgubres campanas, no indicadas en la partitura. Sigue con un coro casi fantasmal, como de penitentes en lento andar. Luego la orquesta desenvuelve la espesa melodía, hasta la irrupción de Mario Visconti que canta en estilo magaldiano e intercala hacia el final un recitado en voz temblorosa.
El lóbrego apodo que Celan dio a “Plegaria” —si como afirma Valente es éste el “Tangoul Mortii”— coincidía en realidad con el efectivo título de tres tangos anteriores, uno de ellos incluso grabado por Carlos Gardel en 1922. Firmado por Alberto Novión, quien se haría popular como autor de sainetes y folletines teatrales, “El Tango de la Muerte" es paradójicamente, según se consigna en la edición, un “tango sentimental” y está dotado de unas cuartetas desastrosas, que Gardel logra hacer olvidar con su arte. Pero para entonces ya existía otro necrofílico “El Tango de la muerte”, sin letra, de Carlos Mac Intosh, grabado por José Arturo Severino, “La Vieja”, en 1918.
Con todo, y para el caso el más significativo de estos tangos tanatóricos, carente él de artículo, es “Tango de la muerte” compuesto por Piero Trombetta, un violinista italiano que integraba la orquesta de Bianco, y que fehacientemente estaba en ella por lo menos en 1939 y 1940. Si es como Valente y otros aseguran, de poco le valió el sombrío nombre al tango de Trombetta. En lugar de aquél sería “Plegaria” el que iba a quedar asociado a la muerte, quizá porque ninguno de aquellos otros la imaginó tan masiva, tan demencial, tan atroz.


miércoles, octubre 28, 2015

Bernardo Kordon, tripulante de Bs. As.

 

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