viernes, marzo 24, 2006

En la Tierra de Nunca Jamás

"¿Cuál? ¿El libro que dice 'Nunca jamás'?"dijo mi hermano Nicolás (8 años), refiriéndose al dossier fotográfico de Caras y Caretas (vaya precio tiene la memoria) que en la contratapa tiene una pared con una pintada que, en realidad, dice "Nunca más". Y es lógico que mi hermano haya errado en la frase porque lo más cercano que pudo recordar al "Nunca más" del Juicio a las Juntas fue un mundo donde reinaba un niño que no crecía, astuto y valiente cuyo más grande enemigo era un pirata obsesionado con los relojes; un mundo donde corrían libres, donde se divertían, donde volaban gracias a un polvo extraño los niños perdidos; un mundo donde coexistían piratas, sirenas y hadas molestas y hermosas; es decir Nico no hizo más que pensar en la Tierra de Nunca Jamás.

Ahora bien, el Nunca Más nos condujo a la Tierra de Nunca Jamás pero trastocó algunas cuestiones y personajes de la bella historia. De repente, los niños perdidos no son sólo niños perdidos sino que son, ahora, niños desaparecidos. Como si una mano negra, con un guante verde falcon se los hubiera robado de sus casas, de sus camas, de las calles de las ciudades. "Ni vivos, ni muertos: desaparecidos" diría el continuo canto de las aves de carroña que circulan por los cielos cerrados de la antes hermosa Tierra de Nunca Jamás. Porque los árboles se convirtieron en troncos grisáceos, árboles sin vida, cenizas compactadas, tumbas vegetales y los ríos se volvieron rojizos y densos con la sangre de los niños desaparecidos. El capitán Garfio convenció a Peter Pan de que lo mejor era trabajar en conjunto para traer más niños al país del Nunca Más, lo engatuzó con su discurso venenoso, le prometió un lugar en su barco para él y Campanita. Al principio, Peter Pan dudó pero después se dio cuenta que no sólo no perdía nada sino que si no se aliaba podía sucederle lo mismo que a sus antiguos amigos: los primeros niños perdidos fueron tirados por la borda del barco para que sus huesos se consumieran en las aguas cristalinas de los mares de Nunca Jamás. Y pensar que los niños perdidos luchaban contra los piratas y de repente, como por arte de magia, fueron cayendo uno a uno y el Capitan Garfio que se había cansado de su garfio, alternaba entre una picana, un encendedor, un alambre y les infrigía pequeños suplicios mientras los niños perdidos clamaban por un Peter Pan que los rescatara o que, por lo menos, les tirara un polvito para escaparse de ahí. De más está decir que Peter Pan estaba echando polvitos pero con Campanita, cerrando los ojos para no recordar, para no escuchar los gritos, para no sentir las muertes.

El Capitán Garfio odiaba los relojes. No debía existir un pasado en el que los niños perdidos se burlaban de los piratas, se salían con la suya y tal vez hasta algún día podían triunfar sobre los malvados. No debía existir un futuro, una Historia que avanza, un futuro sin Garfio y los piratas, un futuro que se les escapara de las manos. Sin embargo, los niños desaparecidos, "ni vivos, ni muertos", resurgieron del fondo del mar, se treparon del barco pirata ye n huesos y todo pelearon contra la tripualción, arrojaron a Garifo al mar donde un cocodrilo se lo devoró con picana y todo, y luego de habrles dado su merecido a los piratas. Al final, los niños desaparecidos volaron sobre las alas de pájaros multicolores, nadaron entres las escamas de las sirenas, robaron el polvo para volar y escaparon de la Tierra de Nunca Jamás para retornar al lugar de donde vinieron, para mostrales a los otros que no estaban vivos porque estaban desaparecidos y no estaban muertos porque estaban desaparecidos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, me parecio fabuloso, me hiciste quedar con un nudo en el estomago.
Pato

Pablo Croci dijo...

Como ya comentamos en la intimidad, muy emocionante su escrito. Gracias y felicitaciones.

 

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