viernes, marzo 31, 2006

La sirvienta, Piekosinski, Pietrasinski y Pimko (Witold Gombrowicz)

En julio de 1935 la revista polaca Skamander publicó un fragmento del comienzo de la primera versión de Ferdydurke, abandonada más tarde. El texto puede considerarse, por la concentración evidente en pocas líneas de lo que luego desarrollará la novela, como un pequeño Ferdydurke ilustrado. Sólo apto para fanáticos.

De pronto la puerta se abrió y entró la sirvienta, trayendo el café de la mañana y medialunas. Esta puerca, criada que se encarga de todas las tareas de la casa, inclinó temerosamente su cuerpo y, con sus sucios garfios, apoyó el plato sobre la mesita que está junto a la cama. En respuesta a su reverencia, le hice, amable caballero, una señal con la cabeza y repentinamente —por esa señal— me sentí gran señor. Eso ocurrió automáticamente, gracias al simple poder de ese gesto impregnado de bonhomía y de una cierta nobleza. Inmediatamente, me sentí también más gallardo. Le administré entonces, patriarcalmente, un benévolo golpecito en el cachete a la sirvienta, y me sentí al mismo tiempo benévolo y patriarca. Algo que se parecía al espíritu de mis ancestros me penetraba y ocupaba el espacio vacante de mi espíritu. La sirvienta, regocijada con las tan inesperadas pruebas de mi buena disposición, lanzó un gritito agudo y mostró los dientes en una encantadora sonrisa. Entonces, como la estaba tratando decididamente demasiado bien, amonesté severamente a la muchacha por su mugre, su inmoralidad y su necedad, anunciando mi intención, si lo ocurrido volvía a repetirse, de proceder a hacer una deducción de su salario, e incluso de ponerla de patitas en la calle. Y cuanto más la reprimía, mejor me sentía y estaba mejor. Colmada de terror, la sirvienta, arrojada desde lo alto de sus sueños a la vorágine de la vergüenza, se puso a lloriquear dulcemente. La perdoné, lo que me valió experimentar cierta grandeza de alma, y la autoricé a retirarse, cosa que hizo sollozando. Empecé a vestirme en una atmósfera un poco más serena. Me acordé de mi tía La Condesa, las tradiciones y la opulencia de mis ancestros. «Sea como fuere —pensé con alivio— sigo siendo un señor, a pesar de mis pocas monedas. Mientras tenga una sirvienta, la situación no es tan catastrófica. No, por el momento no siento ninguna necesidad de servir. ¿Por qué tendría que convertirme en un empleado de oficina asalariado, si con veinte zlotys por mes, puedo ser por siempre un señor a los ojos de una sirvienta?»

Repentinamente sonó el timbre y vi entrar a Piekosinski, mi antiguo camarada de colegio, actualmente auxiliar en una tienda de comestibles.

El aspecto del tipo me sorprendió: ya no era más el delgaducho dependiente de tienda; quiero decir que su flaqueza era la de siempre pero estaba enriquecida con una suerte de inflexibilidad magnífica. Era, de hecho, como si Piekosinski se hubiera puesto por debajo de su delgadez una armadura. ¿Qué era lo que había pasado? ¿De dónde venía ese espléndido espíritu que se percibía no ya «en» Piekosinski, sino más bien «debajo» de Piekosinski? ¿Había él también soñado algo esa mañana? Me sorprendí más todavía cuando, en lugar de saludarme normalmente, separó los dedos y vociferó: «¡Salve, Pietrasinski!». La sirvienta huyó inmediatamente hacia la cocina persignándose, pero él ya se despojaba de su abrigo y me exhortaba a elevarme del marasmo en el que vegetaba y unirme con él en la vía de la Acción y de la Fuerza, y a que me incorporara a la Unión de Combatientes de la Espada recientemente fundada por Pietrasinski.

— ¡Es hora de batir los aceros de los actos!, dijo Piekosinski, trayéndome a la mente con ese aforismo la Asociación de Mujeres y muchas otras. — Yo también estaba atascado como tú en el lodazal de las lamentaciones estériles —prosiguió—, sin saber dónde encontrar mi alegría de vivir perdida, sin saber a los pies de qué fetiche inclinarme. Pero ahora ya sé qué hacer. Me incliné frente a Pietrasinski y estoy salvado. De ahora en adelante, ya sé quién soy y lo que debo hacer. ¡Lo que Pietrasinski ordene, yo lo ejecuto!

Cuando, un poco turbado, le remarqué que, por mi parte, tendría vergüenza de separar mis dedos y gritar «Salve» en lugar de saludar como todo el mundo, me respondió que él no tenía ningún tipo de vergüenza. En efecto, cuanto más vergonzoso es un acto, más grande es el honor y el heroísmo que genera.

—Si Pietrasinski lo ordena, voy a lamer todas las tinas y sobre ese acto fundaré mi dignidad y orgullo, sin hablar de todos los otros beneficios que obtendría.

—¿Por qué Pietrasinski? —le pregunté sorprendido. A ese Pietrasinski yo lo tengo conocido como un zapatero bastante bueno, pero ¿en qué es él mejor que tú? ¿Qué es lo que cambió de repente?

—Alto —dijo gruñendo y jadeando, los dedos separados—. Basta de blasfemar porque me voy a ver obligado a romperte la jeta. ¿Ves este bastón? De acuerdo, Pietrasinski es efectivamente zapatero, pero ensaya solamente inclinarte cara a tierra frente a él y de besarle el talón, y ya verás cómo crecerá a tus ojos de repente. El problema es que no hay que esperar que comience a crecer, sino que hay que prosternarse a sus pies antes que nada y besarle el talón. Por supuesto que te digo esto aparte, como una suerte de post-scriptum, una añadidura al margen, porque ya he besado su talón, creo en él y, puesto que creo, no es tiempo de analizar ni de admitir la duda, dado que la menor duda es un pecado contra la fe, para ser digno de la cual la mayor cualidad es ser ciego. De todos modos, te aconsejo hacer lo mismo, prostérnate frente a Pietrasinski y reconoce en él al Jefe, a Dios, al Absoluto. Por otro lado, si no lo reconoces —berreó súbitamente amenazador— tendrás problemas con nosotros. ¡Tómalo o déjalo! ¡Nos veremos dentro de muy poco! Te doy dos semanas para que reflexiones, ¿me oíste? ¡Dos semanas, ni una hora más! ¡Nos vemos en dos semanas!

Y salió gritando «¡Salve Pietrasinski!»

Hum... ¿Así que eso era?... ¿Así que Piekosinski se ha vuelto servidor de ese zapatero de mala muerte? Sí, lo sirve, pero el otro lo sirve también. Y es más, lo sirve muy bien, porque Piekosinski está en mejor forma que nunca. Nunca tuvo tanto color ni tanto fuego. Un hombre completamente distinto. Sí, pero ¿en qué se sirven mutuamente? ¿En producir heroísmo? Piekosinski ha procedido con mucha habilidad al revolcarse en el polvo delante de Pietrasinski. Lo ha elevado al rango de un jefe o de un Dios, a fin de que en su momento lo tire hacia lo alto por las orejas. ¿Resultado? El primero, hasta no hace mucho tiempo simple zapatero, es en la actualidad un Dios, mientras que el otro, un auxiliar de tienda, se ha convertido en el confidente de ese Dios.

Presa de esos pensamientos, comencé a fantasear seriamente, por razones de higiene espiritual, con incorporarme a la Unión de Combatientes de la Espada, tal como Piekosinski me había aconsejado. Después de todo, el cuerpo como el alma tienen necesidad de un cierto entrenamiento y, así como damos golpes con el pie a un balón de fútbol no por el balón en sí, sino para fortalecer los músculos bajo la apariencia de un juego inocente y tener la ocasión de hacer un poco de ejercicio al aire libre, así se puede rendir homenaje a Pietrasinski no por Pietrasinski en sí mismo, como es bien claro, sino para fortalecer el espíritu con un poco de ejercicio y aire puro. No obstante, ¿para qué buscar dioses extraños cuando tengo en mi propia casa una sirvienta? Llamé a la mucama, le ordené sentarse en el sillón e instituí en su honor los ritos adecuados, entre los cuales se hallaba el besarle el talón. Y, de hecho, desde que me arrodillé frente a ella, pareció agrandarse un poco a mis ojos, y cuando hube depositado sobre su talón un beso respetuoso, se infló de golpe, llenando toda la habitación con su persona, y se impregnó de una fuerza tal que me espanté y caí frente a ella boca abajo, esta vez sinceramente, suplicándole tuviera a bien protegerme. No fue sino al cabo de un largo momento que me di cuenta que se trataba de mi sirvienta Maryska y que era yo, yo mismo, quien le había dado proporciones semejantes. Pero verdaderamente, ¡qué elasticidad en el hombre! ¡Vean todo lo que puede hacer de sí mismo y del prójimo! Cuando se desinfló un poco, comenzamos a desfilar por el departamento, mientras cantábamos portando un estandarte confeccionado a toda velocidad a partir de un pañuelo. Le recomendé a la sirvienta dar una vuelta a la mesa, y yo empecé a caminar delante de ella rígido, bamboleando el torso y blandiendo en lo alto mi bandera. En efecto, algo parecido a un espíritu nuevo, diferente, me abarcaba, hinchaba mi pecho: fidelidad, heroísmo, determinación, firmeza, disciplina, entusiasmo, energía, fuerza, obediencia ciega. Y ya empezaba a preguntarme si no había que creer en la sirvienta cuando el timbre volvió a sonar. En el vano de la puerta surgió inopinadamente aquel distinguido profesor: T. Pimko. Era un filólogo muy culto, originario de Cracovia, que venía a presentarme sus condolencias por el deceso de una tía muerta hacia muchísimo tiempo y que yo había olvidado completamente.

Fuente: Con V de Vian, Buenos Aires, Año 1, nº 3, Junio-Julio de 1991, págs. 20-21.

1 comentarios:

Matías Pailos dijo...

!'0 comments'! !Cuánta injusticia para la mejor novela del siglo XX, para el mayor escritor argentino! Que verguenza.

 

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