jueves, mayo 14, 2015

Completando las obras (VI): Germán Rozenmacher: el eco de su voz (entrevista de Ricardo Piglia)

Cuando uno revisa la exigua bibliografía crítica sobre la obra de Rozenmacher (pongamos el texto de Romano sobre la cuentística argentina de los 60 o el capítulo de El habla de la ideología argentina de Andrés Avellaneda) suele encontrar citada una entrevista de los años 70 que un joven Ricardo Piglia le había realizado al autor de Cabecita negra. La entrevista era difícil de hallar, no en demasiadas bibliotecas se encuentran los números de El Cronista Cultural; pero, bueno, el que busca, encuentra, y acá aprovecho y pongo a disposición del interesado/a la famosa entrevista. Por varias razones es valiosa: en sus líneas Rozenmacher vuelve a opinar sobre el peronismo y su significado para la generación de la que forma parte y también agrega, en las otras entrevistas no aparecían, opiniones sobre Borges y su literatura. Vaya entonces la entrevista publicada en 1975, hecha en 1967 (como reza el copete) en la que se cruzaron Piglia y Rozenmacher para hablar sobre Borges, el boom, Faulkner, Cabecita negra y el peronismo.

Germán Rozenmacher: el eco de su voz


En 1967 Ricardo Piglia dirigía una colección de narrativa en la editorial Estuario. La serie incluía relatos de escritores contemporáneos precedidos por un reportaje al autor. Juntos con textos de Onetti, Walsh, García Márquez, Salinger, estaba programado un cuento de Rozenmacher: “Blues en la noche”. Piglia y Rozenmacher se encontraron en septiembre u octubre de ese año y produjeron la entrevista que a continuación se reproduce. La editorial solo alcanzó a publicar tres o cuatro títulos, de modo que el relato de Rozenmacher quedó postergado y el reportaje se mantuvo inédito hasta ahora. De las apasionadas respuestas de Germán —trágicamente desaparecido en agosto de 1971— cabría decir, en su homenaje, que se prestan y suscitan el más amplio debate. La identificación del autor de Cabecita negra con una generación peronista de escritores, el extrañamiento que le adjudica a Borges en el espectro de la literatura argentina, son tópicos de una fecunda polémica que recorre, en profundidad, nuestra cultura. Pero, además, el lector rescatará sus opiniones sobre el “boom” —esa conspicua artificialidad suscitada por una peculiar, conjunción de medios y falsas expectativas—, el lenguaje y la denostación del compromiso como un acto de mala fe. Y podrá advertir, entonces, su lacerante actualidad, a casi una década de distancia.

—¿De qué modo se produjo tu acercamiento a la literatura?
—Por tradición familiar, quizás. En mi familia son todos artistas, mi padre es cantor, mi abuelo también y en realidad soy un cantor de jazz frustrado. Mi padre está realizado como cantor y supongo que yo me realizo en la literatura. Si bien a veces todavía pienso que cantando, cantando un blues, uno dice cosas que, para describirlas, necesitaría trescientas páginas. Digamos que de algún modo me resigné a “cantar” con la máquina de escribir; una máquina de escribir que me regaló mi padre por otra parte, una máquina que es la misma que todavía uso. A veces me acuerdo de aquel tiempo, yo tenía 18 años cuando mi padre me regaló esa máquina, porque ahí, creo, fue como si hubiera decidido que iba a ser un escritor. Me acuerdo de aquel tiempo porque uno siempre tiene que volver a decidirse a ser un escritor, el hecho de sentarse a escribir cada relato es como si nunca se hubiera escrito nada en la vida, es una tortura y es un deslumbramiento porque siempre hay que volver a empezar. Quizás esa sea la única compensación posible frente a los sufrimientos que implica sentarse a escribir. En el fondo yo creo que eso es lo único que justifica para mí que yo esté vivo. A veces parece tan irreal que uno se ponga a inventar historias pero el problema está en que de pronto uno se da cuenta que lo irreal no es lo que se está haciendo sino todo lo otro, lo que empieza cuando uno deja de escribir.
—Y en aquel momento, esa decisión de convertirse en un escritor ¿qué sentido tenía?
—Yo ahora lo veo como un desafío. Tenía 18 años, había terminado el colegio secundario, de algún modo venía escribiendo cosas, pero recuerdo ese momento porque para mí tiene el sentido de una apuesta contra lo imposible. La decisión de ser un escritor, independientemente del talento, independientemente de las posibilidades reales, eso me parece lo único valedero, en el fondo. Yo creo que en un sentido eso es lo que más me interesa en la gente; incluso el nudo dramático que obsesionadamente siempre busco es el de aquellos personajes que de alguna manera deciden enfrentar lo no enfrentable, las circunstancias, la muerte, y de pronto son derrotados, inevitablemente. Ese hecho de decidirse a derrotar la muerte es como si hubiera estado presente, sin que yo me diera cuenta, en la decisión de convertirme en escritor. Y eso me parece lo único valioso, en el fondo.
—Y cuando ese decisión se materializó, es decir, cuando apareció Cabecita negra, tu primer libro ¿cuál fue la experiencia?
—La primera edición es de diciembre del 62. Yo mismo lo edité y me acuerdo que íbamos con mi mujer por Corrientes repartiendo los libros por las librerías. La segunda la hizo Jorge Álvarez en el 63 pero para ese momento yo había escrito Réquiem para un viernes a la noche y apareció una imagen mía como autor teatral, una imagen que no termino de aceptar del todo, porque me siento ante todo un narrador. El asunto es que me fue muy bien con el Réquiem: se vio bastante, tuvo buena crítica y de golpe me sentí muy exigido, muy comprometido, incluso me sentí un poco asustado. Había escrito dos libros esperando, simplemente, bueno, que se leyeran, que se vieran y me encontré con esa especie de ‘boom’, a los cuales acostumbramos. Me dejó un poco seco, no tenía nada que decir, era algo horrible, una especie de suicidio. Me sentía como si ya estuviera totalmente agotado. Eso duró todo el año 64, casi hasta finales del 65. En ese tiempo, mientras el Réquiem seguía en cartel, todos me pedían obras, me pedían cuentos y yo cuanto más me pedían, menos podía dar, cada vez menos, era una cosa casi matemática, la proporción inversa a las posibilidades de respuesta. Me costó mucho salir de esa crisis.
—¿Y qué pensás de ese fenómeno, el llamado ‘boom’ de la literatura argentina? ¿A qué se debe esa especie de inflación?
—Es una especie de necesidad subdesarrollada de tener “valores”, de tener mágicamente grandes escritores; es lo que pasa un poco con esas revistas semanales que inventan y defenestran valores todas las semanas. Creo que eso es muy peligroso para los escritores y supongo que también para el público implica una urgencia, un apuro, una ansiedad por parte del público y en el juego el escritor nunca tiene que entrar. Parece que el público argentino está pidiendo sus grandes escritores, sus grandes artistas y de algún modo se lo están inventando. Por ejemplo, lo que pasó con el ‘boom’ del teatro argentino en el 64, se puede decir que lo impusieron un par de críticos de algunas revistas semanales, que evidentemente tenían un poco de razón en el sentido que de pronto había tres o cuatro autores que por absoluta casualidad habían coincidido en la fecha de estreno y en cierto estilo. A partir de ahí se inventa el fenómeno, lo que implica vernos como si tuviéramos una obra hecha y tuviéramos 60 años. Ese es un poco el problema: una ficción, una serie de leyes falsas, en las que también entra a jugar el público. Creo que esto también tiene que ver con otra ficción: la ficción de que somos un país latinoamericano, sí, pero un país muy especial, un país de primera. Bueno, no somos un país de primera, en principio estamos produciendo cosas de segunda, lo que no quiere decir que no tratemos de mejorar. Pero hay una cierta expectativa pública, como una necesidad de considerarnos una gran metrópoli. Dentro del juego de los imperialismos somos un país importante en la estrategia norteamericana en el Cono Sur, con toda su implicancia, no pretendo simplificar la situación argentina que es bastante compleja, no es un simple país subdesarrollado, pero tampoco deja de serlo. En el fondo no hay mucha diferencia entre nosotros y cualquier país africano o de Centro América, aunque parezca un escándalo decirlo. Entonces parece que queremos diferenciarnos del Tercer Mundo por nuestra cultura. Tenemos que diferenciarnos y salir del subdesarrollo, pero no por una actitud así culturalista, sino a través de un proceso político, económico, mucho más complejo. Producir escritores “desarrollados” no es abolir el subdesarrollo. Es una forma de escamotear el mal olor. Y precisamente lo mejor que nosotros podemos hacer como escritores es destapar el mal olor y probar que cada vez apesta más.
—¿Esa debe ser la función del escritor?
—Aparentemente por lo que yo digo se me podría vincular con ciertos escritores “sociales” de la década del 30 o con la llamada literatura comprometida, pero a la vez yo no estoy para nada de acuerdo con esa tendencia. Porque la literatura comprometida implica una especie de mala fe, el escritor se compromete porque siente que está en falta, porque es un pequeño burgués y entonces se acerca al pueblo. Es un movimiento de “generosidad” del escritor que “condesciende” a comprometerse con la realidad, como si eso no fuera fatal. Por ejemplo, yo pienso que Cortázar o Borges están profundamente comprometidos, como cualquier escritor que escribe en serio. Borges está comprometido con el solipsismo, ya que su manera de asumir el país es negarlo. Borges es un poco el niño prodigio, el meteco (aunque parezca panfletario decirlo, hay que tomarlo con cuidado, yo respeto a Borges, trato de describir su situación, nada más). Es un meteco y en Europa no lo consideran otra cosa, no nos engañemos: es el que va a Oxford y saca 10 puntos y es tan bueno como cualquiera de ellos y además ellos lo consideran así. Estoy describiendo una situación, insisto, no estoy acusando a nadie. Un poco todo esto es consecuencia de una larga tradición liberal. De allí viene esa dicotomía entre civilización y barbarie que ellos crearon y que no se da en ningún país latinoamericano con la fuerza con que se da aquí, precisamente por ese tipo especial de vinculación que tenemos nosotros con Europa, con los centros de cultura imperialista. Entonces en ese marco general tenemos a Borges, tenemos a Cortázar. Fijate Cortázar, se va en el año 51 o 52 pero se va quizás porque honradamente no tenía otra cosa mejor que hacer aquí, se sentía muy ahogado, como mucha gente en aquella época; yo tengo la fatalidad cronológica de no haber vivido eso porque era muy pibe, pero evidentemente se creó una si-tuación muy peculiar para los escritores liberales que en el tiempo del peronismo no podían digerir el fenómeno, porque además se trataba de un proceso muy complejo y no era fácil integrarse a él tampoco.
—Desde esa perspectiva, para vos Borges sería también una especie de exiliado.
—Yo creo que Borges y todo el mundo que él representa son exiliados, porque además este país está lleno de exiliados; en un sentido y por otras razones, estamos todos exiliados dentro del país. Fijate que los peronistas y los obreros no pueden asumir el país como suyo totalmente, porque de algún modo sienten que los están explotando y les están negando el derecho a la expresión. Los viejos liberales conservadores no terminan de digerir al país tal como es y ésa es la mejor explicación de los golpes gorilas. De algún modo hay una serie de exiliados y de mundos así autónomos que se mueven y que se quieren ignorar mutuamente y que sin embargo conviven y se chocan. Pero volviendo a Cortázar, fijate que cuando él dice, mejor cuando Oliveira dice: “Yo soy un refrito de la cultura europea”, sin que yo pretenda que esa sea una declaración autobiográfica, creo, sin embargo, que en alguna medida Cortázar se asume como una especie de producto argentino de la cultura europea. No sé hasta qué punto él se siente argentino; hay una activo solipsista que en Cortázar implica al mismo tiempo un acercamiento a la realidad. Por ejemplo el lenguaje cotidiano. Pero ¿cómo se acerca Cortázar al lenguaje cotidiano? Emulando el ‘Brutoski ilustrado’. Es decir, juega con el lenguaje popular tomándolo un poco en solfa, desde afuera o desde arriba. Intenta abrir ese mundo solipsista que le viene de Borges pero sin romperlo; como si esa fuera la mayor apertura hacia la realidad que puede tener un tipo con tradición, En ese sentido “Casa tomada” sigue siendo un cuento espléndido como demostración de esa actitud: la realidad desagradable, fea, difícil de describir, va conquistando poco a poco a los personajes de ese cuento y los va expulsando de sí mismos, por decirlo así.
—En un sentido todo esto nos lleva al problema de la condición del escritor en nuestro país.
—En nuestro país el escritor tiene la ventaja de saber que no escribe para un mar de analfabetismo; evidentemente eso no existe y entonces se crean otro tipo de compromisos y de exigencias. El escritor tiene un gran público potencial, 40 ó 50 mil lectores que de alguna manera lo están esperando, pero al mismo tiempo vive una vida muy difícil. El escritor no es el maldito de antes, pero evidentemente en su vida cotidiana, en sus condiciones de existencia la situación es grave, se debe alienar en el periodismo, en las cátedras o en la TV. Eso justifica una vez más aquella genial frase de Arlt sobre la prepotencia de trabajo, pero al mismo tiempo esa exigencia del público crea esa expectativa de la cual hablábamos antes. El público quiere que el escritor sea un poco el oficiante que denuncie, la voz colectiva de los que no tienen voz que denuncie las grandes injusticias. Por esa vía uno puede caer muy fácilmente en lo que se puede llamar oportunismo de buena fe. Hacer cierto tipo de literatura “realista” entre comillas, “naturalista” entre comillas, que viene a dejar sano el buen nombre y honor del escritor como ciudadano, olvidando que precisamente el escritor es el peor de los ciudadanos. Entonces, de esa manera, ese oportunismo de buena fe provoca las obras de la literatura comprometida entre comillas. Aparece así un dilema falso entre la evasión y el compromiso, que solamente puede ser resuelto en dos niveles: a un nivel cotidiano con una lucha que a veces es totalmente desgastadora y que en algunos casos justifica que muchos escritores vivan en Europa, se exilien. Eso no me parece ni bien ni mal, quien puede hacerlo que viva en Europa si lo puede hacer. O en Bariloche que debe ser un lugar fenómeno para trabajar. Y a nivel de la obra implica un riesgo, el riesgo de las falsas seguridades. Es el ejemplo de la literatura indigenista que reduce la realidad para hacer posible la denuncia, pero fracasa como literatura y también fracasa como denuncia porque la realidad es mucho más compleja que los libros de Ciro Alegría, por ejemplo.
—Para volver a tu obra, ¿cómo ves, hoy, Cabecita negra a cinco años de su publicación?
—Me aparece claramente como un tanteo, un comienzo; un tanteo de varios temas, de varias vertientes que de algún modo quiero seguir desarrollando. Por ejemplo, Cabecita negra lo veo ahora cada vez más como un tanteo marginal de ese gran tema que es el peronismo. Tema en el que yo no entré del todo, no me metí del todo y en el que no se metió nadie y yo me quiero meter y otros supongo que también lo harán. Porque en el fondo yo creo que me voy a salvar como escritor en la medida en que sea capaz de escribir sobre el peronismo. Creo que nosotros somos una generación peronista y esto nos diferencia mucho, incluso de la generación a la que, por perspectiva literaria, más nos podemos parecer y con la que tenemos más contacto, como puede ser la generación de Viñas. De algún modo (yo tengo un gran respeto por Viñas y espero mucho de él) creo que a la vez nuestra diferencia con ellos es muy tajante. Nosotros somos una generación peronista, porque el peronismo nos formó, lo vivimos en la infancia, mientras ellos lo vivieron muy activamente y eso implicaba una toma de posición frente a un problema no resuelto.
—De todos modos, en tu obra se puede hablar también de otra vertiente. La presencia de un mundo más o menos onírico, conectado con cierta tradición judía. Lo que va digamos de “Un gato, dorado” a “Blues en la noche”.
—En ese mundo yo encuentro mitos y fantasmas muy cargados de fuerza, de poesía, que me ayudan a escribir. De allí que en un sentido es más fácil para mí escribir “El gato dorado” que “Raíces”. Sin embargo, al mismo tiempo lo vivo como una búsqueda inútil y asfixiante, eso implica una voluntad de salir de ese mundo y allí se liga la otra vertiente que es un trabajo con lo cotidiano, en el que trato, sin embargo, de conservar la fuerza que tiene para mí ese universo onírico. Yo soy argentino, hijo de inmigrantes judíos, de algún modo vengo de una mentalidad muy cerrada, hermética y mi única manera de realizarme es entrar en diálogo con una serie de realidades que identifico como mías y trabajar como escritor a partir de ellas. Y en este sentido creo que me estoy jugando dentro de la porción de realidad que me ha tocado como escritor argentino y latinoamericano. Yo vengo con una serie de cosas que me guste o no son mías. Y muchas veces no me gustan pero son mías. Por ejemplo, en Réquiem he tratado de reelaborar ese material. De algún modo esa obra se apoya en lo que hice antes y en lo que pienso hacer en el futuro. Es decir lo que me interesaba en esa obra era una familia donde había un conflicto muy trágico, uno de los pocos conflictos trágicos que uno puede encontrar en la vida contemporánea. Moravia, por ejemplo, dice que la tragedia ha muerto. Creo que tiene relativa razón: pero en América Latina no ha muerto. Los fusilamientos, las acciones guerrilleras, las acciones contraguerrilleras, el código de honor de los militares, es decir, estamos casi en la tragicomedia. Sin duda hay una serie muy fuerte de elementos, en mi caso yo traté de trabajar a partir del conflicto que plantea la tradición judía, lo que significa el judaísmo para esa familia. Como te dije antes, lo que más me fascina y me conmueve en un individuo es su capacidad de resistir la muerte y desafiarla y enfrentarla. Aquello que decía Hemingway “Un hombre puede ser destruido pero no vencido”. Eso me parece fundamental. Un poco lo que aparece en García Márquez: el general Aureliano Buendía que peleó en 32 guerras y las perdió todas y peleaba igual. Eso era lo que me interesaba en esos personajes. Por eso no entiendo a los críticos que hablan de naturalismo o de costumbrismo respecto de mi obra. Eso no tiene nada que ver, el naturalismo me parece más bien una receta que usan los críticos cuando no entienden. Lo que me interesa, sí, es hacer una aproximación al lenguaje cotidiano y este es uno de los problemas específicos de nuestro teatro. Un poco la continuación de la más vigorosa tradición de nuestro teatro en cuanto a lenguaje se refiere: Laferrére, Discépolo, donde de algún modo se asume nuestro lenguaje, que es muy peculiar en el mundo hispanoparlante. Creo que tenemos que asumir ese lenguaje porque es un gran arsenal creador.
—Esto nos lleva a una problemática más específica, no tanto los materiales, los ‘temas’, sino las técnicas, el lenguaje.
—Exacto. Porque esta realidad debemos mostrarla con toda su riqueza de matices, en su complejidad, sin pensar en la reproducción fotográfica, en la copia. Creo que este es un momento de ruptura de géneros, de búsqueda, de experimentación; la literatura experimenta absolutamente siempre, pero quizás hoy la experimentación adquirió un carácter institucional. Creo que nosotros podemos asumir con muchas ventajas todo ese instrumental que es producto de la cultura europea pero para revertirlo, para descubrir realidades inéditas que nunca fueron escritas, que nunca fueron vistas antes o, si no, fueron vistas con cierto tipo de anteojeras. En ese sentido debemos usar todas las técnicas, absolutamente todas las técnicas a nuestra disposición. Por otra parte yo creo que en este momento estamos en una etapa de revaloración y de elaboración de toda esa catástrofe que es la literatura contemporánea, en cuanto a lo que piensa de sí misma, en cuanto a sus métodos, y a sus ins-trumentos, en cuanto al uso de los materiales y los temas. Todo eso siempre y cuando apliquemos las renovaciones a nuestra realidad, porque los materiales que vamos a usar son tan nuevos y tan ricos que con seguridad van a incidir sobre los métodos de trabajo, sobre las técnicas y los van a transformar y nos van a dar métodos propios y un lenguaje propio. Eso me parece un poco la clave.
—Se trataría de integrar las influencias y transformarlas.
—Eso mismo. Creo que en relación con esto el ejemplo de Carpentier sirve mucho, Carpentier tiene una serie de elementos muy especiales, su formación europea, su vinculación con el surrealismo, incluso su formación de músico y todo eso está puesto al servicio del intento de atrapar la realidad latinoamericana. En esto es la contracara de Borges: en un sentido pertenecen al mismo mundo refinado, al mismo tipo de escritor muy culto, pero lo que en Borges es solipsismo y es negación de la realidad, en Carpentier es asunción de la realidad. Él es un ejemplo de que todos estamos buscando, a través de nuevas técnicas, la expresión de realidades absolutamente inéditas. Realmente somos todos un poco Cristóbal Colón, no que estemos descubriendo la pólvora, pero sucede que en América Latina se están dando procesos de ruptura, grandes cortes y todo eso hace que de pronto uno tenga más contacto con Faulkner que con Asturias, independientemente que se reconozca el aporte de un Asturias, pero lo cierto es que existe un corte, una ruptura. Del mismo modo uno se puede sentir cerca de Arlt, pero no se puede sentir cerca del mundo literario de nuestra generación del 25 o del 30. Estamos absolutamente separados porque además las influencias literarias nos llegan a través de Europa o de EE. UU. con una especie de deformación, de vasos comunicantes que rompen la continuidad nacional.
—Según vos, Faulkner sería una de las claves para entender algunas de las principales líneas de la literatura latinoamericana actual.
—Creo que Faulkner es la marca, el sello de fuego que tenemos todos los escritores latinoamericanos desde la generación del 30 para acá, pasando por Onetti que es un poco el hilo conductor.
—¿Y por qué Faulkner?
—Bueno, yo pienso que Faulkner es un ejemplo de lo que ahora estamos tratando de hacer todos desde México a Buenos Aires. Primero Faulkner implica la denuncia de la crisis del 30. Por un lado Faulkner es la respuesta elaborada a esa crisis y por otro lado es la primera gran respuesta autónoma y de madurez literaria frente a la cultura europea. Una respuesta ya que tiene dos o tres antecedentes, como pueden ser Mark Twain, Melville y sobre todo Sherwood Anderson, que es un poco el maestro de Faulkner. Yo creo que Faulkner, curiosamente, plagiando y parafraseando a Joyce (que es la culminación y el apocalipsis de la narrativa europea del siglo XX), no rompe con la cultura europea, no la niega, la revierte, usa todo eso para hacer un primer ejercido sanativo como es Mosquitos hasta que de pronto descubre en Yocnatapawha su salvación, comienza a utilizar el buril, el instrumento joyceano pero lentamente va dejando de ser Joyce y comienza a ser cada vez más norteamericano, más del sur y más del Mississippi.
—Por otro lado integra también todo el pasado y la tradición puritana; el estilo del Viejo Testamento está siempre presente en el tono y el ritmo de la prosa de Faulkner.
—Pero fijate como en Nathaniel Hawthorne ese tono todavía tiene una relación estrecha con los escritores ingleses, de alguna manera Hawthorne es un escritor inglés, casi no es un norteamericano, pero en Faulkner todo eso adquiere una singularidad que en el fondo es lo que estamos buscando todos, lo que nosotros queremos hacer: simplemente una pequeña o gran porción de realidad que nos toque descubrir y sobre la cual seamos reyes y que de algún modo enriquezca la realidad de la gente.
—Para terminar quisiera que me contaras tus proyectos actuales
—Pienso que después de esos primeros tanteos de los que te hablaba, después de Cabecita negra y de Réquiem para un viernes a la noche, ahora viene un segundo libro de cuentos, Los ojos del tigre, que bueno yo creo que es un segundo tanteo. Lamentablemente tengo 31 años, quisiera haber escrito una gran obra, pero simplemente estoy tanteando. De algún modo en este segundo libro se continúan algunos temas del primero. Por ejemplo, este mismo cuento, “Blues en la noche”, se vincula con la temática del Réquiem y con la temática de un par de cuentos del primer libro. Cuando deje listos estos cuentos voy a hacer algo que no sé si finalmente va a ser una obra de teatro, tengo un acto y medio ya escrito, pero nunca se sabe en qué va a terminar. Tengo algunas otras cosas más que quiero hacer, varios proyectos, quizás todo eso forme un gran paquete que pueda corresponder a mis primeras cinco o seis obras.

Ricardo Piglia


Fuente: El Cronista Cultural, n° 16, 22 de noviembre de 1975, p. I-III.

martes, mayo 05, 2015

Presentación La condición efímera, de Néstor Sánchez


La reedición de La condición efímera, el último libro de cuentos de Néstor Sánchez es un motivo digno de festejar. Con Siberia blues, tal vez sea uno de los libros que me convencieron de bregar por la relectura de Sánchez, por la exploración de su obra y vida. El solo hecho de que incluya entre sus páginas el celebérrimo "Diario de Manhattan" da cuenta de que no es un libro de relatos más sino el momento de la obra de Sánchez en donde escritura y vida realmente se entrelazaron para formar algo indiscernible, poemático. 
En fin, vayan a la presentación y si no, adquieran el libro. Pero no pierdan la oportunidad de leer La condición efímera, un desafío lanzado por Sánchez como cierre imposible de su obra.

martes, abril 14, 2015

Una transformación se había puesto en marcha...


Traducción de un fragmento de Sumisión, de Michel Houellebecq por el colaborador y amigo Guido Gamba
En el shopping Italie 2, las cosas apenas habían cambiado. Tal como me imaginé, el local “Jennyfer” había desaparecido, reemplazado por una especie de local bio-rural de aceites esenciales, shampoos con aceite de oliva y de miel de Garrigue. El local de “L’Homme Moderne”, ubicado en una zona más bien marginal del segundo piso, también había cerrado –y, por el momento, sin reemplazo. Sin embargo, sobre todas las cosas, era el público en sí lo que había sutilmente cambiado. Como todos los shoppings –aunque, obviamente, mucho menos que el de la Défense o el de Les Halles–, el Italie 2 siempre había atraído una cantidad muy importante de pibes cabeza… Ahora, habían totalmente desaparecido.
La ropa de las mujeres también había cambiado. Me di cuenta bastante rápido, a pesar de no poder terminar de entender la diferencia. La cantidad de velos apenas si había aumentado, no era eso. Estuve dando vueltas una hora hasta terminar de entender qué era lo que en efecto se había alterado: todas las mujeres tenían puesto un pantalón. Mirarle el culo a las mujeres, la reconstrucción mental de la concha en la intersección de los cachetes, proceso cuyo poder de excitación es directamente proporcional a la longitud descubierta de las piernas; todo eso era para mí tan involuntario y maquinal, genético de cierta forma, que no me había dado cuenta de entrada, pero la realidad se me hacía evidente: los vestidos y las polleras habían desaparecido. Se empezaba a ver una prenda nueva, una especie de blusa de algodón, larga hasta las caderas, que jodía bastante todo interés objetivo en los pantalones ajustados que algunas mujeres habrían podido eventualmente usar. Con respecto a los shorts, claramente estaban fuera de discusión. La contemplación del culo femenino, mínima consolación ensoñadora, se había vuelto imposible.
Una transformación se había puesto en marcha, una especie de metamorfosis objetiva estaba llegando.

viernes, abril 10, 2015

entre ruinas y umbrales

Primera entrega: la escritura es un hecho atómico (sobre hecho atómico ediciones)
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial) 
Séptima entrega: trazar recorridos (sobre Excursiones editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
Décima entrega: la juntidad espeluznante (sobre La Comarca libros)
Undécima entrega: el deseo de editar (sobre Palabras amarillas ediciones)
Duodécima entrega: entre lo exótico y lo familiar (sobre Páprika editorial)
Décimotercera entrega: cómo narrar lo contemporáneo (sobre Momofuku libros)

Va otra editorial encuestada. En este caso, se trata de Cabiria ediciones (facebook, blog, twitter). Hace unos años, tuve la oportunidad de leer, disfrutar y reseñar uno de sus primeros títulos, Castellani crítico, de Diego Bentivegna. Desde entonces, Cabiria ha seguido incursionando por las áreas de la crítica literaria y el análisis del discurso pero también ampliándose a otros horizontes: la poesía y los problemas relacionados con la lectura y la escritura. En todo caso, dejemos hablar a uno de sus editores, Diego Bentivegna, quien expresa con más pericia las ruinas y los umbrales que explora Cabiria.


GC: ¿Por qué la editorial se llama Cabiria? ¿A quién o a qué remite la efigie que tomaron como ícono?
C: El nombre es más que nada un efecto de sentido, nos interesa lo que produce en el orden de la connotación. Cabiria es el nombre de una de las películas más importantes del cine mudo, tal vez la más famosa producida por los estudios italianos, en la que participó entre otros D'Annunzio. El cruce entre imagen, mutismo, literatura, viaje, arqueología (es una película ambientada en la antigüedad romana), gesto, maquillaje, ruina, decorado, delirio, seguramente estuvo en la base de esa elección. Pero Cabiria es, también, el nombre de uno de los personajes más célebres del cine de posguerra: Las noches de Cabiria, de Fellini, en la que participó Pasolini como consultor lingüístico, porque es una película que, en la línea del neorrealismo, trabaja con direrentes resigtros dialectales, populares. Cabiria es el nombre que adopta la protagonista, una prostituta que vive la noche de los suburbios romanos, en los años de posguerra. Ese mundo para nosotros es muy fuerte. Los dos (Mateo Niro y yo [Diego Bentivegna]) somos hijos de italianos que llegaron a la Argentina en los años de posguerra. De algún modo, el nombre habla de nosotros.




GC: ¿Cuál es el lugar de la crítica, en sentido amplio, en el catálogo? ¿Cómo deciden los títulos?
C: Los títulos los decidimos por nuestros intereses, que se centran en la crítica literaria en un sentido amplio, en el análisis del discurso, en lo textual, en los problemas relacionados con la lectura y la escritura. Muchas veces diseñamos un libro posible y convocamos a autores que creemos que pueden llevarlo adelante, gente relacionada con nosotros por lazos académicos o de amistad. La crítica, en este punto, ocupa un lugar notable.

GC: ¿Qué relación tiene la editorial con los espacios académicos y de investigación cultural?
C: Tiene una relación fluida. Provenimos del mundo académico y producimos gran parte de nuestros propios textos en ese marco. Nuestras redes son centralmente académicas, aun cuando la editorial, por supuesto, no se cierre a otros espacios.


GC: Algunos de los títulos publicados son antologías, ¿qué piensan de la antología como género? ¿Qué potencia editorial le encuentran?
C: Nos parecen útiles para reponer algunos tramos del archivo discursivo argentino, muchas veces de difícil acceso.

GC: Parece haber un afán arqueológico en libros como Castellani crítico, de Diego Bentivegna o Voces y ecos, antología de Mara Glozman y Daniela Lauría, ¿reconocen esa intención? ¿Hay una búsqueda de debates y figuras opacados por el tiempo o la falta de atención?
C: Sí, aunque “afán arqueológico” nos suena un poco exagerado. Sí es cierto que en parte el proyecto de la editorial se relaciona con releer ciertas zonas del archivo, pero siempre desde una perspectiva dinámica, en relación con los debates actuales. Los libros que nombrás intentan no ser sólo un recorrido del pasado textual, sino que se piensan como intervenciones críticas, y políticas, en el marco de los debates en torno a la lengua y la literatura legítimas en la argentina.


GC: ¿Qué títulos piensan publicar en 2015?
C: Se viene un libro de Mario Méndez, escritor, editor y docente, de conversaciones con escritores de literatura infantil y juvenil de Argentina, en coedición con editorial Amauta, y tres libros de poesía (de Cecilia Romana, Marina Serrano y Diego Bentivegna) de la colección Vidanueva. También estamos trabajando en un libro sobre el anarquismo de nuestro país, de Mariana di Stefano.

domingo, abril 05, 2015

Voy


Paradiso Ediciones
invita a la presentación de
Miss Once, de María Pia López

Presentan
Laura Rosato, Malena Rey
y Osvaldo Baigorria

Jueves 9 de abril, 19:00 hs,
Bar del Centro Universitario de Idiomas,
Junín 224
Entrada libre y gratuita.

miércoles, abril 01, 2015

Un puñado de razones para leer El caos, de J. R. Wilcock


La reedición de la obra de J. R. Wilcock solo puede ser un motivo de alegría, un acto de reparación literaria. La editorial La bestia equilátera acaba de republicar el primer libro de relatos de Wilcock traducido al español, El caos (1974), al cual nos hemos referido varias veces en este blog. 
Para el año, además, proyectan la reedición de El estereoscopio de los solitarios (1972), una obra compuesta por relatos breves, que hace serie con El libro de los monstruos (1978) y La sinagoga de los iconoclastas (1972). La justicia será más acabada cuando se reedite, por ejemplo, El templo etrusco (1973), una novela que podría sorprender a más de un lector de Copi o de Aira y hacerle sentir que estos solo descubrieron la pólvora.
En todo caso, conviene revisar algunos motivos por los que leer o releer El caos, de J. R. Wilcock podría ser un buena idea:
1. El relato que abre la obra, titulado "El caos", es un ajuste de cuentas con Borges. Aislado, estrábico y obsesionado con el universo, el protagonista organiza una fiesta para sembrar el caos, en diálogo alucinante con "La lotería en Babilonia":
Fue entonces cuando me decidí a organizar mi primera fiesta realmente caótica. Ante todo, los lacayos tenían orden de no conducir a los invitados directamente al gran salón, sino a las diversas dependencias del palacio, cada uno a un lugar distinto: al cuarto de las lámparas, a la cocina, al dormitorio de una mucama en el último piso, a la capilla, al gallinero. Allí los dejaban, que se arreglaran como mejor pudieran. Para los que a pesar de todo lograban llegar al gran salón, donde ni yo ni nadie de la familia los esperaba, la orquesta debía tocar piezas de baile que empezaban normalmente, para volverse cada vez más lentas, hasta un punto en que el baile se hacía imposible. Los criados ofrecían atrayentes refrigerios, en las tradicionales bandejas de plata, que luego resultaban ser —pero no siempre, porque entonces no habrían causado tanto efecto— sándwiches de gusanos, albóndigas de aserrín, o bocadillos con tajadas de víbora. Además circulaban por los salones labradores y mozos de mercado, con sus ropas de trabajo, y una multitud de obreros que efectuaban reparaciones en las puertas, los techos y los muebles de las habitaciones, sin preocuparse por la presencia de la flor y nata de nuestra aristocracia. En los jardines hice instalar además una cantidad de trampas: pozos disimulados con hojas, lazos atados a las puntas de los árboles, jaulas como cenadores que se cerraban apenas entraba en ellas la pareja adúltera deseosa de aislamiento.
La fiesta en cuestión fue un gran éxito; superado el primer momento de desconcierto, los invitados se entregaron a la exploración del caos con renovadas energías y —exceptuando claro está a los más ancianos y a los hipócritas, que se retiraron en seguida— tanto se divirtieron que era ya de día cuando hubo que echarlos con mangueras y regaderas, porque no se querían ir. Pero yo, en cambio, no estaba plenamente satisfecho del resultado: me parecía que al fin de cuentas se había tratado de una fiesta un poco más movida que las anteriores, y nada más. Nada, en verdad, que pudiera compararse con un verdadero caos. Debía refinar mis métodos, aplicar en mayor escala mi ingenio; debía, sobre todo, convertir a los infieles: no era admisible que los huéspedes se volvieran a sus casas, a proseguir la existencia ordenada de todos los días. Debía introducir el azar hasta el fondo mismo de sus vidas.
2. Entre los relatos de El caos, se encuentra "Casandra". Wilcock imagina un país en el que Casandra, una vagabunda que ha devenido en figura carismática y poderosa gracias al Arcontado de Entretenimientos, conmueve a masas de suplicantes y visitantes a los que atrae con sus palabras, sus vestidos y sus desplantes. Esta evidente ficcionalización de la figura de Evita fue soslayada por muchas lecturas que atoradas con "Esa mujer", de Walsh o con "Evita vive", de Perlongher, no advirtieron la existencia de este relato. "Casandra" comienza así:
Desde lejos se ven los estaqueados, los enterrados hasta el cuello en el barro helado, los flagelados. La gruta queda en el fondo de una hondonada pedregosa, labrada según dicen por la erosión de los glaciares, y situada aproximadamente en el centro del pentágono que forman las cinco ciudades principales de nuestro tetrarcado. No es una gruta, es una casa; pero conserva su nombre de gruta porque Casandra, en otras épocas, cuando todavía era una escuálida vagabunda, solía refugiarse en una gruta cerca del puerto, y con su persistencia de trastornada siguió llamando gruta primero la casilla de madera que en cierto momento le instaló el Arcontado de Entretenimientos, y luego la espléndida casa-templo que su popularidad vertiginosa no tardó en exigir.
Los turistas del Asia Menor, de Sicilia y de Egipto vienen a visitar nuestro país exclusivamente atraídos por la fama de Casandra. Afluyen en multitud, aun sabiendo que muchos no volverán, o volverán esclavos de sus esclavos, o inválidos, o ciegos. Hasta se murmura que la Capadocia no nos declaró la guerra porque su rey no quiso ofender a Casandra (¡como si algo pudiera influir sobre sus decisiones!).
3. "El niño proletario", de Osvaldo Lamborghini está anticipado en las páginas de este libro de cuentos de Wilcock. Tal como lo señaló Ricardo Strafacce en el último número de la revista Mancilla, "La fiesta de los enanos" es una narración precursora del cuento lamborghiniano. Extraña que tan pocos se hayan dado cuenta, que tan pocos lo hayan sumado en esa serie de relatos sobre la violencia política en Argentina que incluye textos ya obvios como El matadero, de Echeverría o "La fiesta del monstruo", de Borges y Bioy Casares pero que ha dejado de lado el cuento de Wilcock en el que se leen cosas como estas:
—¿Por qué estoy atado? —le preguntó Raúl, que no entendía todavía lo que ocurría.
Sin tomarse la molestia de contestarle, el enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Anfio, arrastrando su cola roja y negra: traía en la mano el gran cisne blanco de Güendolina, con el cual acababa de empolvarse el pelo de la cara y del cuello. Pero apenas vio el soldador dejó caer el cisne y trató de apoderarse del aparato eléctrico.
Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Anfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado.
4. El caos recopila un cuento fantástico humorístico y delirante insoslayable que ya había sido recopilado por Borges, Bioy y Silvina Ocampo en la Antología de la literatura fantástica (1940). Hablo de "Los donguis", que empieza cruzando una historia de construcciones en Mendoza (que Wilcock retoma in extenso en El ingeniero) y deriva en la afirmación de que la raza humana estaría pronta a desaparecer por la aparición de los donguis. Para muestra, basta este extracto:

Balsocci. -Por ese hueco aparecieron los donguis.
Yo. -¿Qué son?
Balsa. -Ahora le explico...
Balsocci. -Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra.
Balsa. -Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que le llama dongui...
Balsocci. -Lo llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.-¿Es un chancho?
Balsa. -Parece un lechón medio transparente.
Yo. -¿Y qué hace el dongui?
Balsa. -Tiene tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. ¡Qué porquería de animal!
Balsocci. -Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.
Yo. -¿Se reproducen?
Balsa. -Como la peste. Por brotes, imagínese.
Yo. -¿Y son de Boedo?

martes, marzo 24, 2015

Todos somos Osvaldo Lamborghini (Entrega 8)

Entrega 1: "La seducción del gesto" de Antonio Marimón (Punto de Vista, nº 36, 1989).
Entrega 2: Reseña sobre El fiord de Oscar Steimberg (Los Libros, nº5, 1969).
Entrega 3: "[Sobre] Sebregondi retrocede" de Héctor Libertella (en Nueva escritura en Latinoamérica, 1977).
Entrega 4: "De la inasible catadura de Osvaldo Lamborghini" de Sergio Chejfec (Babel, nº 10, 1989).
Entrega 5: "Lengua: ¡sonaste!" de Alan Pauls (Babel, nº 9, 1989).
Entrega 6: "Tipos de guerras" de Luis Chitarroni (Babel, n° 9, 1989).
Entrega 7: "Literatura experimental" de Josefina Ludmer (Clarín, 25/10/1973)

Tengo esta serie de posts bastante abandonada. El boom Lamborghini se fue diluyendo con el tiempo y ahora queda su escritura en tensión con un canon alternativo que busca encerrarla y su potencia indómita imposible de sujetar. En todo caso, revolviendo unos papeles, encontré otros textos críticos que leen los textos de OL en los años 90. Adjunto, entonces, una lectura de Horacio González, pronunciada en 1996. ¡Que la disfruten!

La frase-hecha. Literatura e historia a propósito de El Fiord (Horacio González)

Sobre El Fiord de Osvaldo Lamborghini, muchos han escrito o han pensado. Sobre ese Fiord me animo a escribir por haber aceptado una cauta sugerencia de Liliana Lukin. Desoírla, me hubiera incomodado. Acatarla, tampoco consigue ser una incomodidad remediada. A quienes no lo leímos en su momento —¿pero qué momento es el que nos corresponde?— El Fiord sorprende como un imposible literario. O si se desea, como una inaudita abreviatura —ya veremos esto— que la pura ideología es capaz de hacer con la historia. El consuelo del que se resiente por las fallas en su contemporaneidad, consiste en postular que lo único que nos permite leer es quedarnos por fuera de determinado tiempo. Ante esto, ¿qué respondería el que apenas ve el placer de la comprensión siendo coetáneo o concomitante a los hechos? Que nada está destinado a sorprender sino en el momento en que fue escrito. Sin embargo, si El Fiord fuera una anunciación —una anunciación, digamos inicialmente, sobre el horror de y en la historia argentina— el gusto oscuro de la premonición solo lo logra la conciencia simultánea, y el deleite efervescente del hecho cumplido, apenas lo saborea la conciencia ulterior o sucesiva. ¿Qué es mejor para nosotros, sufrir la tensión del anuncio o verlo ya consumado?
La literatura de Osvaldo Lamborghini parece tomar esta aflicción como materia, Y de ahí, creo, su profunda meditación sobre la frase hecha, o más ampliamente, sobre el peso de la frase hecha en la historia. El Fiord vive buscando la frase original entre las frases hechas, frases congeladas para las que no hay sujetos sino humanidad, no hay pensamiento sino creencia, no hay historia sino expectativa, no hay progreso sino resignación y contienda. La locución prefabricada es la partícula momificada que persiste en el repudio íntimo de quienes la emplean. Sienten que deben hablar con palabras-cadáver y sin embargo ellas permiten situarnos en la enorme mortandad con la que se nos presenta inevitablemente el mundo, por lo menos, el mundo del lenguaje. Ya manufacturadas, ya pronunciadas, esas frases nos otorgan el enigmático derecho de decirlas como si fuera la primera vez. En realidad, es el hablante con frases hechas —frases hechas que no son capaces de señalarse a sí mismas— el que pone a punto toda la literatura. La frase-hecha puede ser el temor de nuestras vidas, pero si el clishé inadvertido no tiene severos enemigos es porque lo hace todo soportable al combinar el ejercicio de la pertinacia con la creencia en la autenticidad. No creemos que erramos más al pronunciar frases sin ton ni son, que al decir la frase hecha, que es la actitud contraria. En la frase sin ton ni son, recibimos y saludamos la alegría de hablar. La historia solo ideológica, la historia con cuerpos, es cierto, pero sin economías ni sentido común, es la historia en el péndulo que se traza entre la frase desubicada y la frase prefabricada, la frase como letra o como sigla. Entre ambas, podemos poner el afán de Osvaldo Lamborghini en El Fiord.
La historia como frase hecha en la letra o en la sigla, es la historia detenida. No deja de serlo por estar aprisionada, pero pierde pulsación y vida. La putrefacción de la historia es una frase que Osvaldo Lamborghini le atribuye a Lenin en Las Hijas de Hegel, un breve cuento escrito en Mar del Plata por lo menos 15 años después de El Fiord. La historia desquiciada por un acontecimiento de la carne, entendida como una degradación fatal en dirección a lo hediondo, vendría a ser lo contrario de una sigla, de una construcción intelectual paralizada. Pero la idea leninista de corrupción de la carne —en este caso la carne burguesa— no se corresponde exactamente con la idea de lo descompuesto en Lamborghini. Lo que se descompone en él, como en un trance ensimismado, una suerte de Macedonio Fernández Obsceno, equivale a un intento de romper el orden del lenguaje. Empleo aquí esta expresión conocida por todos, como si la literatura pudiera convertirse en una tragicomedia foucaultiana (perdónese el conjunto de esta expresión) y como si ninguna palabra estuviera segura en un espacio establecido por lo que vendría a ser una fatua institución lingüística. Osvaldo Lamborghini propone en El Fiord la destrucción trascendental de las instituciones oficiales —como las llamó Freud— y de las instituciones éticas basadas en el signo del lenguaje, como las llamó Hegel. Instituciones artificiales o de signos, la familia de Hegel y Freud, basadas en el amor y en el suplicio, a las que había que disolverlas por medio del goce estupendo del redactor filosófico que hace añicos un lenguaje histórico extremando su ritual ideológico y haciendo de la política una antropofagia fanática.
Intercalo dos escritos salidos en el mismo día 28 de junio en Clarín —una manera no distante a la ironía de mentar esta afable reunión— para acercarnos a cierto modo lamborghiniano de tomar las frases hechas, las frases de la institución. Estos dos escritos se refieren, uno al aniversario de la muerte de Augusto Timoteo Vandor, uno de los fantasmas que recorren El Fiord y el otro a una eufórica salutación que un aficionado a un club de fútbol le dedica a su entrenador de buena estrella. (El lector puede apreciar ahora la imagen visual de estos dos recortes periodísticos, luego de los cuales prosigue este escrito).


Si se quiere son los dos extremos del arco de un periódico, la lápida conmemorativa a la congratulación festiva, la remembranza devota o la jactancia de la inmortalidad. El escrito de la Unión Obrera Metalúrgica nos coloca frente a un abismo pues si quisiéramos, podríamos leer allí los pujos de Atilio Tancredo Vacán, que emerge en El Fiord con una boquita no mayor que un punto de un lápiz, nacido, parido, escupido y caído dentro de una bolsa como una momia azteca. Las iniciales de un nombre, son la maqueta bordada de una alegoría que, como las verdaderas alegorías, no reclaman el sentido sino que lo expulsan. Si hay un vaticinio en El Fiord solo podría ser el de la búsqueda de una oculta fuerza que martiriza todos los conjuntos humanos, una “putrefacción” que se investiga con la precaria brújula de las iniciales de los nombres. Nombres que cargan un choque en la historia y que los ingenuos ven como un destino fácil de percibir y que los duchos suelen desdeñar por insuficientes. ¿Esta solicitada de la UOM se podría considerar ya escrita si recombináramos de alguna manera casual —una entre varios millones, quizás— todos los gajos del idioma partido de El Fiord? Y al revés ¿es posible considerar este idioma de ceremonia oficial metalúrgica, que no se priva de decir tragedia, oscuros intereses e insignie dirigente, como una palabra moldeada en un orden al que El Fiord ya había escuchado en las catacumbas patológicas de la lengua?
En cuanto a la jaculatoria velezana querríamos observar la oración que desea que el tiempo se detenga para que el 30 de junio, día del retiro del bienaventurado adiestrador, no llegara nunca. ¿Cómo haremos para mirar el banco y no verlo a Carlitos? Es evidente que aquí estamos ante un deseo: que el tiempo se enfríe para siempre. Esta eternidad está invocada por una voz colectiva, la de “nuestra tribuna”, que habla a modo de un vasto resumen que no dejará nada fuera del presente compartido. En El Fiord hay frases así: flotaba en el aire que estábamos ante grandes cambios. Aquí habla una conciencia colectiva sobreviviente. Un alma destemplada pero en sosiego que ya lo ha visto todo y está en condiciones de hacer un balance condescendiente. Se trata de un plural que corresponde al testigo que resta con su voz para relatar la gesta, la orgía, el festín. Osvaldo Lamborghini, según creo —pero esta es una creencia que solo me trae el azar de la lectura de un periódico— es capaz de reutilizar esa frase que corresponde al relato colectivo de una falta o añoranza —el hincha fanático— o de una expectativa —los poetas de la revolución.
En ambos casos se trata de un trabajo de maldición hecho sobre la frase-hecha, pero sin abandonarla. Tan solo poniéndola en estado de despojo, colocando su pellejo reventado en las más diversas emulsiones anímicas. Tal es el soplo mayor de la ideología de la historia lamborghiana que se le opone al progresismo. Candoroso, el progresismo —una palabra que especialmente no nos gusta, pero que es la palabra más frontal y timbrada del propio progresismo— es al fin la aceptación de que no hay más que un único plano del lenguaje y un único plano de la comprensión. Ese solo plano reposa sobre la confianza de que las intenciones se agotan, se declaran y se disuelven armoniosamente en el lenguaje que las sirve. El progresismo como intención literaria impide leer estremecido, desconsidera la literatura de anunciación y le adjudica motivaciones reaccionarias al rechazo fáustico de la inteligibilidad burguesa. El Hegel de Osvaldo Lamborghini es en cambio el que consigue escribir con palabras que intentan escapar a la argumentación —alguien que sabía bien lo que decía ha señalado esto— lo que al fin sería una amenaza a la idea de progreso inmanente. Osvaldo Lamborghini parece pertenecer a esta discusión, un brillo de fraude y neón es una de sus conocidas frases hechas —todo en él, en verdad, es frase hecha— que después vuelve a escribir en sus escritos marplatenses. Un Hegel que ya ha llegado al lenguaje como autoconciencia de brillo y falsedad, un "hegel" que se anula a sí mismo al convertir toda su parábola del amo y del esclavo en una adulteración que resplandece en el espejismo luminoso del fiord.
Insoportables aun hoy —y habría que investigar si lo necesario está adherido para siempre a ciertos escritos— los cuentos y noveletas de Osvaldo Lamborghini hacen de la frase hecha una exaltación a la disgregación general de la materia. Al hacer sobre lo ya hecho, deshace, deja solo una bacanal de puras voces sin cuerpos: el Loco tenía dientes postizos, nariz de cartón, una oreja ortopédica de sarga. Esa marioneta solo continúa infundiendo pavor cuando se transfiere al brillo inauténtico de las palabras fosforescentes, que le dan a él la identidad del gesto con que se lo quiebra. El loco es mordido y se transforma en el Mordido, es capado y se transforma en el Capado, es apretado y se transforma en el Apretado, es baleado y se transforma en el Baleado, está sangrante y se transforma en el Sangrante. El chorro enloquecido de la sangre acaba siendo un sujeto pensante, como resultado de que el escritor se decide por una desesperada asociación de ideas. Todo es asociable a todo porque finalmente hay un nominalismo bestial que deja al mundo en estado de pujo político, pues toda acción lleva a un nombre. Entre el nombre y el asco se halla Lamborghini.
El congelamiento de la acción por la vía de los nombres puede ser representado —o evocado— en la muerte del Loco Rodríguez con un punzón. Los nombres aparecen luego de que se congela una acción arquetípica. La alusión a los combativos periódicos que en su momento abogaron por el Terror, a la Guardia Restauradora, a un suboficial dado de baja por la Revolución Libertadora que pacientemente nos enseñaba el marxismo, al COR, Comando de Operaciones Revolucionarias, a Perón o Muerte, a que Sebas pretendía refregar en el rostro del Loco un panfleto recién redactado o hipaba sobre unos titulares revolucionarios, hace del fiord unas acciones escarchadas en nombres y unos nombres extraídos del catálogo general de la sigla y el emblema, que acaban personalizados. La inicial y la frase compendiada vuelve al torrente de la historia. La única condición para que eso ocurra es la historia convertida en pura ideología, puro sueño, pura percusión sonora de una furia.
El Fiord también es quizá la forma en que los nombres se disponen en un desagüe irregular, sinuoso y glacial, o quizá la voluntad de escribir con las últimas palabras, con las palabras finales, después de las cuales nada queda, las palabras del origen del idioma, la conversación de un loco que repite un idioma ya hablado durante millones de años, buscando la palabra-acción, y también buscando el discurso que se apergamina, buscando las palabras bruscas, los cambios de rumbo. El Fiord no se mueve como se dice en El Fiord que se mueve el barco “mugiendo desde el río hacia el mar”, o con escenas “que se encadenan eslabón por eslabón”. El Fiord es la utopía de liberación del lenguaje y a la vez el lugar de contracción que no perdona ningún vacío, convirtiendo cada eventual vacío “en un punto nodal de todas las fuerzas en tensión”. El Fiord incluía su propia teoría escrita con palabras perdidas del estructuralismo o de la dialéctica del amo y el esclavo. La pregunta si “yo figuro en el gran libro de los verdugos y ella en el de las víctimas” es la frase-hecha arrojada contra una pared constituida por otras frases-hechas. Sebas parecía un judío de campo de concentración si es que alguna vez habían existido los campos de concentración. Lamborghini toma el postulado mayor de la no-historia, proposición central de la ideología hecha fraude y neón. Esto significa el confín de la investigación literaria en el secreto de la historia: finalmente todo puede ser negado, para establecer un horror si se quiere mayor que el horror que la historia de por sí contiene.
Las palabras se cortan como ríos o escurrideros que dejan frases por la mitad y la alegoría animista hace que la sangre actúe encarnada, subjetivizada. AI fin, el horror con ironía es más que una atribulada combinación, es una utopía literaria. Existe el horror con etiqueta, el horror con ceremonia, pero no con ironía. El horror con displicencia es una categoría esencial de la historia contemporánea. Lamborghini lo investiga a través de su rastro soez y escribe el banquete filosófico más abrumador de la literatura argentina, pero no en la huella de Kant con Sade sino en la de Hegel con Sade. Este último es el camino lamborghiano, torturada versión argentina de las filosofias espirituales de la acción que actúan bajo el nombre de lacanismo o de estructuralismo.
Dialéctica y Vejamen son las dos respiraciones filosóficas de El Fiord. Hay eticidad y no contrato, dice Hegel y Lamborghini hablará de Pactos imposibles con El Loco. Él mismo se atribuyó el papel hegeliano de una conciencia desdichada que piensa que el Martín Fierro es la constitución nacional, la carta Magna. La conexión entre peronismo y marxismo, entre militares nacionalistas y guerrilleros, la fórmula del peronismo iraní, o el fascismo mexicano que Lamborghini dice que pedía Artaud no son ideologías literales. Son los juegos ideológicos —si ustedes quieren, un lenguaje del infierno— de un entrenamiento espiritual que busca un imposible ser sin ley: el imposible literario. En esa convulsión, la idea de creencia en la historia desaparece para dejarnos tan solo frente al horror que es tan puro como para que las palabras intenten tomarlo, y tan evasivo como para que la literatura sienta el acoso de la misión final, ser ella misma el horror.

Fuente: Narrativa Argentina, n° 11, Buenos Aires, Fundación Roberto Noble, 1996, pp. 15-20.

domingo, marzo 22, 2015

Apertura de la Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la UNTREF: Sobre Pablo Katchadjian

viernes, marzo 20, 2015

cómo narrar lo contemporáneo

Primera entrega: la escritura es un hecho atómico (sobre hecho atómico ediciones)
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial) 
Séptima entrega: trazar recorridos (sobre Excursiones editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
Décima entrega: la juntidad espeluznante (sobre La Comarca libros)
Undécima entrega: el deseo de editar (sobre Palabras amarillas ediciones)
Duodécima entrega: entre lo exótico y lo familiar (sobre Páprika editorial)

Sumamos a la encuesta general sobre proyecto editoriales a un sello que irrumpió en 2014: Momofuku libros (facebook, twitter, web). Hace un tiempo, escribí sobre dos de los títulos publicados en esta editorial, Primavera ninja, de Luis Orani y Las redes invisibles, de Sebastián Robles; me parece que se trata de una editorial que puede contribuir, como otras que ya hemos mencionado y entrevistado, a una renovación y reflexión sobre la literatura argentina y cómo se narra en ella. En esta breve entrevista, los editores Hernán Vanoli y Lolita Copacabana nos cuentan un poco de qué va Momofuku y cómo construyen su catálogo.


GC: ¿Por qué la editorial se llama "Momofuku"?
M: Momofuku no significa nada y al mismo tiempo es un tributo al creador de las Cup Noodle soups, aka sopas Maruchán. Nos atraía, quizás como una broma al destino, su figura de self made man capaz de llegar con su invento hasta todos los rincones del planeta e incluso a la luna. También su forma de narrarlo: en Japón, Momofuku Endo tiene un museo de la sopa que es al mismo tiempo un autotributo que funciona como monumento funerario y espacio de publicidad para su marca. Después, a través del mercado financiero, conseguimos que su corporación hiciera filantropía financiando al proyecto.

GC: ¿Qué criterios tienen en cuenta para seleccionar los títulos?
M: El criterio es heterogéneo, y se vincula a cierta vocación de generar tensiones con las formas en que se narra lo contemporáneo. Creemos que los seis libros que llevamos publicados en nuestros primeros seis meses de vida cumplen, desde diferentes ángulos y a través de diversas poéticas, con ese mínimo requisito. Pretendemos que, sin resignar el vector del entretenimiento, los libros puedan generar preguntas sobre las maneras en que biografía, historia, tecnologías y política se cruzan y generan una mancha o una opacidad en el fluir del lenguaje, al mismo tiempo que un intento por reflexionar sobre las formas de contar. Desde luego que debemos dejar afuera libros que nos interesan porque los recursos y el tiempo son limitados.


GC: ¿Qué piensan sobre la literatura argentina que se escribe en la actualidad? ¿Buscan expresar esa perspectiva en su catálogo?
M: La literatura argentina que se escribe en la actualidad es demasiado amplia y diversa, por suerte muy rica. En muchos casos también es muy provinciana en el sentido que establece una relación fetichizada con la tradición y una relación subordinada con la “World fiction” y lo que se piensa que son las literaturas literarias. Sería imposible abarcarla en su diversidad y por otra parte eso es algo que no nos interesa. Lo nuestro, a través del catálogo, los paratextos y demás intervenciones editoriales, funciona como un croquis de formas de leer, un mapa a medio trazar que puede ser completado, ignorado o subvertido por cada lector. 

GC: Además de literatura argentina y latinoamericana, ¿piensan publicar literatura en otros idiomas o no ficción?
M: Sí, tenemos planeada una colección de traducciones y una colección de ensayo, que se van armando de manera fragmentaria y después de procesos de discusión interna.

GC: La bajada de cada título es un rasgo que sorprende en las tapas de Momofuku, ¿por qué eligieron ese recurso?
La bajada es una intervención que corre por cuenta de la editorial, es un paratexto más, que puede sumar o restar pero arriesga en forma leve una hipótesis de lectura. Lo hacemos porque muchas veces aporta información sobre los libros, que por su parte tienen un diseño de tapa un poco más hermético. Pero esencialmente es un juego. 

GC: ¿Qué importancia le dan a las ilustraciones de tapa de los libros?
M: Muchísima. Las discutimos y trabajamos con mucho esmero. Por suerte, para la primera serie pudimos contar con los collages de Ana Clara Soler y de Juan Goicochea, que son unos genios, y de Willy Weiss, que también es un artista y se involucra con cada libro y nos ayuda.

GC: ¿Qué títulos esperan publicar en 2015?
M: No podemos adelantar demasiado: por ahora, tenemos Aleksandr Solzhenitsyn, una novela de Lolita Copacabana que lidia con el crimen y el castigo, mientras se pregunta por el espíritu modernamente amable y carcelario de una Buenos Aires donde el control reticular excede la presencia omnipresente de las cámaras o los servicios de inteligencia, en una búsqueda que genera confluencias entre los rusos del siglo XIX y los norteamericanos del siglo XXI. Y también Bebé y otros cuentos, de la norteamericana Paula Bomer, un libro que en el espíritu de John Cheever y de A.M. Homes se introduce en la vida en los suburbios de la clase media yanqui, trabajando en forma sorprendente con las diferentes facetas de la maternidad, las ambiciones y la capacidad de amar que se incuban en los suburbios de Nueva York. Las chicas llegaron a Momofuku y van a sorprender a unos cuantos. Pero también tenemos otra novela casi cerrada y un libro de ensayos muy potente.

martes, marzo 17, 2015

Bienvenidos a Trapalanda


Al final, nunca hice mención de esta página que la Biblioteca Nacional inauguró hace un tiempo y que bien merece un post. Hablo de Trapalanda: biblioteca digital, en la que podemos encontrar revistas, libros, folletos y demás objetos culturales que forman parte de la BN y que han sido pasados por los scanners de lo común. 
En Trapalanda se puede, por ejemplo, consultar la colección de la revista de izquierda Claridad o la edición facsimilar de la revista Contorno (antes debíamos conformarnos con el cd de imágenes ilegibles del Cedinci). También se pueden leer online varios de los libros de la colección Reediciones & Antologías (aunque todavía falta subir gran parte de dicho catálogo) y hasta la colección Jorge Álvarez que incluye ese libro que es un orgullo para este blog, las Obras completas, de Germán Rozenmacher.
En todo caso, mientras esperamos que Trapalanda siga ampliando su territorio mes a mes hasta llegar a abarcarlo todo, pueden darse una vuelta por la página y disfrutar del acceso a algunos libro que solo se conseguían en los estantes de la BN o en formato físico y que ahora están a disposición virtual. Es un pequeño grano de arena pero contribuye a descontracturar las rejas de los derechos de autor.

martes, marzo 10, 2015

Los jueves, gorilas


Reeditar La boca de la ballena (1973), de Héctor Lastra tiene sentido cuando uno se topa con este tipo de escenas tan recurrentes: 
La mayoría de los jueves, mucho antes de exiliarse en Montevideo, tío Adolfo organizaba reuniones en casa para conversar de “política” con sus amigos. Hoy presiento que elegía nuestra casa, porque, además de apartada, ofrecía el parque y las barrancas. O probablemente lo atraía la amplitud de la sala y de la biblioteca. Sin embargo, estoy seguro de que sus invitados ignoraban que el resto de las habitaciones estaban casi vacías.
Sentada junto a tía Melche, mi madre permanecía silenciosa. Supongo que aceptaba aquello por lo amable que era tío Adolfo con nosotros. Nunca dejaba de regalarme ropa que a Martín le iba chica o que ya no usaba. Por otra parte, terminadas las reuniones, siempre quedaban bebidas, masas y dulces de toda clase. Pero eso no borraba el aburrimiento pues el tema ofrecía pocas variantes. Podría decirse que nunca dejaba de tener el mismo principio y el mismo final. Todos eran opositores al gobierno, al que llamaban dictadura.
Empezaban la charla riendo, haciendo chistes, bebiendo los primeros whiskys. Y a medida que el humo de los cigarrillos subía lento y espeso, ellos parecían posesionarse. Finalmente hablaban todos a la vez, como si una suerte de rabia e impotencia los uniera.
Según ellos —lo escuche varios jueves desde la escalera—, el peronismo les había usurpado sus cargos, dándoselos a la “negrada”.
—A los descamisados —corregía, irónicamente, un político correligionario de tío Adolfo—. Qué me cuentan... Mar del Plata invadida. ¡Miren que atreverse a darle el Tourbillon a los carniceros!
—Eso no es nada —protestaba otro—. ¿Y qué me decís del pedido a Roma? ¡Nada menos que Santa Evita!
—Che... ¡por favor!, respeten a los muertos —pedía, con sorna, Panchita Acuña—. No se olviden que la señora dignifica...
—Sí, a las sirvientas y a las fabriqueras.
—Escuchen... No se enojen, pero les pido que cambiemos de tema.
—Sí, es lo mejor. Cada vez que me acuerdo de cuando salía al balcón se me pone la piel de gallina.
—-¡No es para menos! Yo creo que esa voz uno la va a tener metida en la cabeza, hasta después de muerto.
—Es cierto... es cierto. ¿Se acuerdan del día que dijo que si alguien llegaba a matar a Perón lo hiciera cinco minutos antes con ella, porque si no iba a salir por las calles a quemar el Barrio Norte, así sus descamisados tenían cien años de felicidad?
—Sí, ¡realmente es de no creer!
—Así es... ¡Realmente es de no creer!
Jamás discutían. Daban la impresión, en cambio, de que se esforzaban por ver quién decía más cosas sobre el gobierno. Por su lado, tía Melche siempre aprovechaba el primer silencio para asegurar:
—Las chicas de Agrelo dicen que según un horóscopo hecho en París, ya falta poco.
—Dios las oiga antes de que éstos se atrevan a más.
—¿Dios? —preguntaba tío Adolfo—. Mirá, no quiero blasfemar, pero creo que estos pueden contra todo. No se olviden que tienen al populacho. Estos hasta son capaces de hacer una reforma agraria, como en Rusia.
—No te quepa la menor duda —alegaba indignado el político—. A mí ya no me sorprende nada. Vamos a ver cosas peores. Si no titubearon con el campo de los Iraola ni con el Jockey, ya podemos irnos preparando para cualquier cosa.
—Tenés razón, si hasta se metieron con La Prensa...
Nada variaba en aquellos jueves por la tarde, nada provocaba un cambio en las conversaciones ni en mi aburrimiento. Así como sabía de memoria sus diálogos, también sabía a cuántos pasos estaba la sala del sótano o cuántas baldosas rotas tenía el patio del fondo. También sabía que al saludar a sus invitados, tío Adolfo repetiría que un grupo de amigos suyos alentaba, desde Montevideo, una futura revolución.
No, nada variaba en aquellos jueves por la tarde.

Con el tiempo, descubrí que esas dos frases repudiadas en casa no sólo estaban impresas en el cartelón municipal, sino también en muchas paredes de los ranchos. De esos ranchos que no me cansaba de mirar, mientras caminaba hacia el río.
En esas tardes tranquilas, en que las horas pasaban sin que yo lo percibiera, me fascinaba saber qué habría tras de las cortinas floreadas, tras de las puertas entreabiertas, que apenas dejaban ver un ángulo en penumbra, donde en algunas ocasiones se adivinaban el extremo de una mesa o una silla caída. En esas tardes, ya casi no existía el temor de que alguien me detuviera para preguntarme qué quería o de dónde venía. A pesar de eso, el camino hacia el basural me seguía despertando una cierta aprehensión. Recuerdo que me detenía en la entrada y que quedaba quieto largo rato, pensando en el hombre que se parecía al del Zoológico... Después iba hasta la playa y, sentándome en la tosca, miraba las dragas y las chatas areneras. A esa hora casi nunca se movían de su puesto; parecían pertenecer al río desde siempre, de la misma manera que lo parecían los botes y las boyas.
 Lastra, Héctor (1984 [1973]): La boca de la ballena, Buenos Aires, Legasa, pp. 37-39.

miércoles, marzo 04, 2015

entre lo exótico y lo familiar

Primera entrega: la escritura es un hecho atómico (sobre hecho atómico ediciones)
Segunda entrega: los matices del gris (sobre 17grises editora)
Tercera entrega: una mirada extrañada (sobre China editora)
Cuarta entrega: las huellas de la imaginación (sobre Fiordo editorial)
Quinta entrega: seguir el hilo rojo (sobre Hilo rojo editores)
Sexta entrega: cuidado con el libro (sobre Cave librum editorial) 
Séptima entrega: trazar recorridos (sobre Excursiones editorial)
Octava entrega: atípicos (sobre editorial Letranomáda)
Novena entrega: conexiones íntimas (sobre Santiago Arcos editor)
Décima entrega: la juntidad espeluznante (sobre La Comarca libros)
Undécima entrega: el deseo de editar (sobre Palabras amarillas ediciones)

En esta nueva entrega, conversamos con un sello reciente, Páprika editorial (facebook; twitter). Escribí sobre el primer título lanzado por este proyecto, Te quiero, de J. P. Zooey. Se trata de un libro desconcertante, una verdadera jugada para arrancar un catálogo. Las tapas y la heterogeneidad que presenta Páprika parecen ser cualidades que la caracterizarán en el tiempo por venir. Pasen y lean!


GC: ¿Por qué la editorial se llama “Páprika”?
P: Buscábamos un nombre sonoro, recordable, simpático, que trasmitiera de algún modo la felicidad que nos da trabajar con libros. Sobre todo, queríamos que el nombre no nos definiera demasiado de antemano: una de las cosas que más nos entusiasma de lo que estamos haciendo es que cualquier libro de cualquier autor en cualquier género podría caber, idealmente, en nuestro catálogo, siempre que nos parezca valioso y con capacidad de interpelar a los lectores. Tratándose de una editorial que publica tanto traducciones como autores que escriben en español, que sea una palabra exótica y a la vez familiar terminó de convencernos.

GC: ¿Cómo seleccionan los títulos que conformarán el catálogo?
P: Somos tres editores –Claudia Arce, Andrés Beláustegui y Maxi Papandrea–, cada uno obviamente con gustos e intereses distintos, con distintas bibliotecas en la cabeza. Esa diversidad de gustos es un buen contrapeso para una de las arrogancias en las que puede caer un editor: dar por sentado que lo que le interesa a él le interesará a los demás. Rastreamos, leemos, discutimos, analizamos, sopesamos una y otra vez, y si la idea sobrevive a todo ese proceso intentamos convertirla en libro. Pero esas diferencias que tenemos como lectores y que funcionan como filtro de calidad son un buen complemento, nos parece, para todas las coincidencias de criterio y concepción que nos unen: creemos absolutamente en la potencia de la lectura para enriquecer la vida de las personas y creemos que la misión de una editorial no es solamente elegir cuidadosamente lo que publica, sino respetar al autor y al lector con ediciones cuidadas al detalle, y hacer todos los esfuerzos posibles para que nuestros libros y los lectores se encuentren. Somos muy chicos, tenemos recursos limitados y somos muy conscientes de que de nuestras decisiones depende no solo la aceptación que tenga la editorial o lo que publiquemos, sino también nuestra capacidad para hacer todas las cosas que tenemos ganas de hacer en el futuro.


GC: ¿Qué importancia le dan a las tapas? Se nota una propuesta estética muy atractiva.
P: Hay una gran cantidad de ilustradores, artistas y diseñadores haciendo cosas muy interesantes. Pero nuestra idea no sólo tiene que ver con atender a ese fenómeno desde nuestro pequeño lugar. Desde el punto de vista editorial, la tapa es quizás la primera oportunidad que uno tiene como editor para hablarle a un lector posible, de darle una rápida impresión (con un golpe de vista) acerca de lo que el libro puede llegar a ofrecerle. Teniendo en cuenta eso, y que queremos ir construyendo un catálogo variado, ecléctico, que sorprenda, nos pareció una buena idea el desafío de llamar a un ilustrador, artista o diseñador distinto para cada título, que tenga un lenguaje artístico propio y sobre todo afín al libro. Es una manera de orientar al lector y también de enriquecer de sentidos la edición. Por ejemplo, la idea de llamar a Gualicho para Te quiero, de J.P. Zooey, salió del mismo mundo ficcional de la novela: los jovencísimos protagonistas andan de aquí para allá por una Buenos Aires muy actual, muy contemporánea, y todos los que vivimos acá sabemos de qué manera el arte callejero, el muralismo, el grafitti, etc., están cambiando la fisonomía de la ciudad. En la obra de Gualicho encontramos el mismo nervio urbano, la misma vibración y frescura que leímos en la novela de J.P. Zooey.

GC: ¿Por qué comenzar con Zooey y con Harrison? ¿Encuentran algo en común entre ambas obras? ¿Piensan trabajar con colecciones o apuntan a la heterogeneidad?
P: Por ahora no planeamos trabajar con colecciones. En cuanto al lanzamiento, era importante arrancar con un autor local y uno extranjero para definir algunas primeras coordenadas de lo que queremos hacer: atender a lo que se publica en español, pero también en otras partes del mundo. Desde hace tiempo admiramos a los dos, y junto con El último teorema de Fermat, de Simon Singh, un libro apasionante de divulgación matemática, estuvieron ya en nuestras primeras conversaciones. Hablar de puntos en común entre dos autores tan distintos, de generaciones distintas y que pertenecen a tradiciones y países distintos, es todo un desafío, porque en los dos valoramos cosas diferentes, pero probemos. Tanto en Harrison como en Zooey reconocemos una sensibilidad lingüística especial, un trabajo interesante con la forma novelística y una preocupación por pensar los vínculos y las relaciones entre las personas y de las personas con los mundos que habitan: Inglaterra de los sesenta a los ochenta, en el caso de Harrison, y el Buenos Aires de hoy (en diálogo con el de los noventa) en el de J. P. Zooey. En los dos casos, se adivina a un escritor auténtico, con una mirada, una voz, una búsqueda estilística o narrativa y vital. Y los dos, dicho un poco a las apuradas, impactan cada uno a su modo en el lector.


GC: ¿Qué títulos lanzaron y cuáles están en carpeta?
P: En 2014, Te quiero, de J.P. Zooey, El curso del Corazón, de M. John Harrison y El último teorema de Fermat, de Simon Singh. Para el 2015, planeamos publicar unos seis títulos. Comenzaremos con un autor joven estadounidense que tiene varios títulos publicados pero que aún no ha sido traducido al español: Joe Meno. Se trata de una novela (Chica de oficina) protagonizada por dos jóvenes artistas frustrados y bastante extraviados en la vida que se conocen en un call-center y se enamoran perdidamente. Meno es un claro heredero de Salinger en su talento para despertar empatía por los personajes; es un escritor sentimental, muy fino y divertido, muy fácil de leer, de esos que llegan a la transparencia y velocidad de la frase no a través del descuido sino de una atenta elaboración. Después vendrán una novela inédita de Marcelo Cohen (la historia de dos amigos que se pasan la vida inventando proyectos de resistencia política y cambio social) y un libro que es una singularidad total: El peregrino, de J. A. Baker. Baker está considerado uno de los más grandes escritores ingleses sobre la naturaleza. Durante diez años, el autor se dedicó a observar a los halcones peregrinos que visitaban su región y condensó esa experiencia, esa obsesión, en un libro de no ficción que se lee como una novela. Es un libro bellísimo y muy cautivante, un tesoro que, si el lector le presta la disposición que pide, lo llevará encima toda la vida. Herzog anda por el mundo recomendándole a todos los documentalistas que lo lean. Y a fin de año reeditaremos el segundo libro de J.P. Zooey, Los electrocutados, porque la edición española de esta novela circuló poco en la Argentina y porque nos interesa mucho que Zooey siga formando parte de nuestro catálogo. Hay otros dos títulos elegidos, pero todavía no están cerrados y no podemos decir nada. Y un montón de ideas, que esperamos ir concretando con el tiempo.

lunes, marzo 02, 2015

Completando las obras (V): Germán Rozenmacher: un testimonio (Jorge Lafforgue)

En 1972, la revista Macedonio, bajo la dirección de Juan Carlos Martini y Alberto Vanasco, publica su número 12/13 y lo dedica a Germán Rozenmacher (recordemos que el escritor de "Los ojos del tigre" había fallecido en 1971). El homenaje estaba formado por los siguientes artículos y textos: dos lecturas críticas ("Los cuentos de Germán Rozenmacher: un esbozo crítico"de Juan Carlos Martini; "La narrativa de Rozenmacher" de María Angélica Scotti), una semblanza ("Germán Rozenmacher: un testimonio") y dos textos del propio Rozenmacher recuperados (el cuento "El misterioso señor Q" y el artículo "Teatro argentino: nacionalizar a toda costa").
Hace unos años, muchos antes de que existiera la posibilidad de tener las Obras completas de Rozenmacher en circulación, recuperaba en este blog el cuento "El misterioso señor Q". Ahora, copio la hermosa semblanza que Jorge Lafforgue, amigo del autor, le dedicó en Macedonio. Entre la anécdota, la apreciación y la emoción, Lafforgue brindó mucha información para que las Obras completas fueran los más completas posibles. Lean y disfruten este texto conmemorativo de Germán Rozenmacher.


Germán Rozenmacher: un testimonio (Jorge Lafforgue)

Las astucias de la vida no siempre logran el olvido de la muerte. Hay momentos en que nuestras comodidades —todas esas miserables respuestas que entretejen la rutina y el sueño— se declaran impotentes, muestran su espesor escuálido. Momentos en que la muerte nos sacude intempestivamente, en que nos recuerda su presencia mediante una mueca súbita, absurda y despiadada, atroz. Para no morir, en momentos así sólo cabe repensar la vida, sentir y volver a palpar su textura verdadera.
Pero alguien no podrá hacerlo. Hablo desde adentro, desde la vida. Alguien ha muerto: Germán. Me parece increíble, aun monstruoso, que pueda pronunciar su nombre, escribirlo, y no detenerme, y seguir adelante. Sí, literatura. Cuando ya me negaba a todo testimonio personal, los dedos agarrotados y la garganta, pensé en Germán Rozenmacher. En su trágica muerte. Más espantosa aún por Juampi, que murió con él, y por Chana y Lucas, que quedaron con nosotros. Pero pensé también en su vida, en la lección que aprendí, aprendieron todos quienes fuimos sus amigos y trabajamos a su lado. Lección de un hacer diario, sin énfasis rumbosos ni grandes palabras. Sin modorras. Literatura, sí. Como la entendía Rozenmacher: como un dolor. Escribir sobre aquello que nos preocupa, que nos empuja desde el nudo mismo de nuestros conflictos, que sabemos oscura, contradictoria y dificultosamente. Escribir, entonces, no es un adorno. No es lindo. Nada lindo. Ahora sólo persisten los recuerdos, demasiado raudos. Seco el canto. Nos vimos en el viejo local de la Facultad de Filosofía y Letras, en Viamonte al 400 (la lectura de algunos cuentos anteriores a Cabecita negra, una módica discusión —él prefería a Faulkner, yo a Hemingway— e incontables comentarios sobre los mutuos padecimientos del latín); en casa de un amigo común, en las barrancas de Belgrano (mientras escuchábamos unos discos de jazz, con las manos en la boca a modo de trompeta y una alegría que le brotaba de todo el cuerpo, espontánea e inconteniblemente, como un torrente, Germán conseguía sorprendentes imitaciones musicales); en la redacción de Así (donde, en mis esporádicas visitas, supe de su adhesión al peronismo y luego de la actitud que —sin desconocer en absoluto su condición de judío— había asumido en favor de los pueblos árabes ante el conflicto con Israel); finalmente, en la revista Siete Días (en la cual trabajamos escritorio por medio durante más de un año: allí descubrí al gran periodista —no de escalafón, sino de veras—, como lo prueban sus notas sobre la Patagonia, la Isla de Pascua o el Chaco, sus entrevistas, sus críticas teatrales, plenas de pasión y de observaciones agudas, que delinean un programa coherente para la escena nacional; y también volví a encontrarme con ese trabajador de la literatura fervoroso e incansable, que ya conocía). El recuerdo siempre traicionará estos largos meses de trato cotidiano, en los que tantas cosas se pusieron a prueba. Anécdotas: a raíz de un comentario de Tizziani, su arrebatada defensa de la narrativa de Arguedas frente a la de Cortázar; su desconfianza ante mis entusiasmos por Brecht y, en cambio, su enorme admiración por Michel de Ghelderode y Valle Inclán; su beneplácito o tácita aprobación cuando yo creía percibir un clima chejoviano en Tristezas de la pieza de hotel, pero su perplejidad o negativa a admitir parentescos dramáticos con Saverio-Arlt en El caballero de Indias, reconociéndole su descendencia de los grotescos discepolianos; la lectura o discusión —muy lejos de él la petulancia o la suficiencia de los condecorados burócratas de nuestras letras— de sus propias obras o de fragmentos o escenas recién salidas del horno. Pero otros hechos, otras palabras —el trabajo, los hijos— alimentaban tanto como la literatura nuestro trato cotidiano.
Como todos los hombres, este escritor no era perfecto. Como todos los escritores, este hombre tampoco lo era. Sólo que él, como muy pocos, hubiese admitido —sin desdeñarlas ni sobrevalorarlas— sus limitaciones. Indudablemente, cabe juzgarlo ahora como periodista, narrador y dramaturgo. Otros harán ese análisis. Yo sólo sé decir que "El gato dorado" o "Blues en la noche" se cuentan entre las mejores páginas que nos ha deparado la literatura nacional en estos últimos años. También, que su autor era un muchacho “feo, judío, rante y sentimental”; que las escribió en un país subdesarrollado, pero con fieros delirios de grandeza; que vivió hasta las heces sus contradicciones y las del país; que ese muchacho se llamaba Germán Rozenmacher; que era mi amigo; que él ha muerto. Nada más.

Fuente: Revista Macedonio, nº 12/13, Buenos Aires, 1972, pp. 39-41.
 

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