jueves, junio 24, 2010

Cinco para vencer (sobre La fiesta de la narrativa de El Quinteto de la Muerte)

La fiesta de la narrativa (Una ventana ediciones, 2010) es un intento por capturar, de algún modo, una(s) experiencia(s) artística(s). ¿Por qué experiencia(s)? Porque se trata de un libro que selecciona y re-produce textos y partituras del grupo El Quinteto de la Muerte, compuesto por Facundo Gorostiza, un músico, y Federico Levín, Ignacio Molina, Lucas “Funes” Oliveira y Ricardo Romero, cuatro narradores (ninguno de ellos inédito, todos han publicado en diversas editoriales, revistas y antologías). Este bicho de cinco patas, como se lo denomina en la contratapa del libro, ha venido desarrollando desde 2006 una serie de lecturas itinerantes en las que compartieron sus producciones ya musicales ya literarias. La fiesta de la narrativa, como decía, intenta asir esas lecturas, esas reuniones festivas: por un lado, la edición dedica un apartado (“Lo que pasó”: “Textos leídos” y “Todas las fechas”) a dar cuenta de los textos, las fechas y los lugares por los que El Quinteto de la Muerte ha transitado (así, de alguna manera, historiza las lecturas, las devuelve mínimamente a sus contextos, muestra la insistencia de estos muchachos por construir un clima de intercambio y arte); por otro lado, intercala partituras de Facundo Gorostiza, el encargado de musicalizar las lecturas del grupo, con las producciones de los narradores (en este sentido, la literatura no desplaza a la música sino que comparten espacios de escritura; sin embargo, quedan las ganas de escuchar las piezas).
Ahora bien, ¿qué resulta de La fiesta de la narrativa, este compilado de El Quinteto de la Muerte? En principio, el libro abre con un prólogo, “Lo que somos”, que nos presenta al grupo y su ciclo de lecturas con un anti-manifiesto que reivindica la amistad que los une, la constante búsqueda y la intención de hacer público sus trabajos solitarios. Después sí, entre partitura y partitura de Gorostiza, los textos de los narradores aparecen con sus propias voces, sus propios estilos y sus propias historias.
A ver, los relatos que abren y cierran La fiesta de la narrativa nos presentan dos propuestas bien diferentes. En el primero, “Valle hermoso” de Lucas “Funes” Oliveira, un narrador quejoso (en ese tono entre lo cómico y lo insoportable, encuentro el acierto de estilo de Oliveira) cuenta un viaje a Valle Hermoso ,junto a su pareja, en el que no sucede nada pero donde, lentamente, un pequeño rumor, la historia de Elsa, se vuelve una obsesión, un sucio secretito que hermana la comunidad del lugar. Así, este rumor se convierte en una excusa para la narración (y para la acción del protagonista) y Valle Hermoso comienza a cobrar un halo de misterio (la historia, la descripción y la visita al hotel Eden es el otro punto alto del relato que contribuye con este halo). El final hay que leerlo, es perturbador.
En cambio, en el relato que cierra la antología, “El cartógrafo” de Ricardo Romero, sucede algo diferente: en un clima que recuerda tanto a algunos cuentos de Ballard como a Mad Max, la Ruta (un lugar de tránsito, de abandono, de viento y polvo) es el ambiente perfecto para una historia equívoca, árida, de rutinas que engendran fantasmas. Esta vez, el estilo de Romero, desde su parquedad, su ambigüedad y sus imágenes distópicas, se juega en la descripción de una itinerario vital, el del narrador, que cambia a partir de un murmullo femenino que cree escuchar en un viaje en moto por la Ruta, yendo de torre en torre para la medición. El hallazgo de ese lugar, la Ruta, y un personaje como Rómulo se presentan como dos elementos que hacen que leer este cuento valga la pena.
In medias res, los otros textos, “Lo desconocido es la parte de alguna mosca” de Federico Levín y “Fausto” de Ignacio Molina, resultan adecuados, bien escritos y también encuentran su propia originalidad.  Por ejemplo, el conjunto de textos cortos (pero vinculados entre sí) de Levín tiene un tono de prosa poética muy logrado (sobre todo, “Brazos” y “Zapatoshoe”) y construyen una mirada que desarma unidades (partes del cuerpo, movimientos u objetos son enfocados con obsesión y cobran un brillo distinto). Levín escribe estos microrrelatos desde el extrañamiento, aquella perspectiva que clamaba Shklovski, que hace que la vida cotidiana cobre nuevos sentidos, nuevos significados. Respecto de “Fausto” de Ignacio Molina, se trata de una crónica sobre la experiencia de ser padre, la novedad que encarna tener un hijo y cómo continúa la vida cotidiana (hay algunos episodios como el de Fausto encerrado en el baño, que demuestran una capacidad de Molina de hacer interesante lo mínimo).
En fin, La fiesta de la narrativa de El Quinteto de la Muerte nos abre la puerta a esta comunidad y su ciclo de lecturas regalándonos una muestra de las experiencias (y también la búsqueda y los límites) de cuatro narradores y un músico (y dándonos ganas de explorar con mayor profundidad las obras que están empezando a desarrollar). Respecto de los narradores, desde el relato largo hasta la crónica, ciertas obsesiones por volver extraña la vida cotidiana o por contar desde un estilo propio y sin pretensiones unen esta orgía artística en la que lo heterogéneo construye lo común y en el que lo uno se vuelve múltiple.

3 comentarios:

RendónBenítez dijo...

Hola, un saludo desde Colombia.

Como hago para tener el libro?

Matías dijo...

Podés escribir a este mail: unaventanaediciones@gmail.com
Saludos!

Nahuel dijo...

Los vi ayer por la tele, canal A. Me parecio interesante lo que hacen y hasta me dio ganas de ir a verlos! jaja
Me gustaria saber que estan haciendo ahora, si hay alguna presentacion.
Les mando un saludo! Arriba el quintetooo!!!

 

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