viernes, octubre 14, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XVII)

ALFRED ATTENDU

En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos. El período entre 1940 y 1944 fueron sus años de oro; en aquel tiempo llevó a cabo sin el menor estorbo los estudios, experimentos y observaciones que más adelante recogió en su texto, convertido en un clásico del tema, El hastío de la inteligencia (L'embêtement de l'in-telligence, Bésancon, 1945).
Aislado, olvidado, autosuficiente, abundamente provisto de reeducandos, misteriosamente incólume de cualquier invasión teutónica, gracias también al desastroso es-tado de la única carretera de acceso, destrozada por un bombardeo equivocado (los alemanes habían creído que la carretera llevaba a Suiza, por culpa de una flecha con la inscripción «Refugio de Retrasados Mentales»); en suma, rey de su pequeño reino de idiotas, Attendu se permitió a lo largo de todos aquellos años ignorar lo que la prensa denominaba pomposamente el hundimiento de un mundo, pero que en realidad, visto desde lo alto de la Historia, o en todo caso desde lo alto del Jura, no fue más que un doble cambio de policías con algún incidente de ajuste.
Ya del título del libro de Attendu se desprende su tesis, es decir, que en cada una de sus funciones y actividades no necesarias para la vida vegetativa, el cerebro es una fuente de problemas. Durante siglos, la opinión habitual ha considerado que la idiotez es un síntoma de degeneración del hombre; Attendu le da la vuelta al prejuicio secular y afirma que el idiota no es más que el prototipo humano primitivo, del cual sólo somos la versión corrompida, y por tanto sujeta a trastornos, a pasiones y a vicios contra natura, que no afectan, sin embargo, al auténtico cretino, al puro.
En su libro, el psiquiatra francés describe o propone un original Edén poblado de imbéciles: perezosos, torpes, con los ojos porcinos, mejillas amarillentas, labios abultados, lengua salida, voz baja y ronca, oído débil, el sexo irrelevante. Con expresión clásica, les llama les enfants du bon Dieu. Sus descendientes, impropiamente llamados hombres, tienden a alejarse cada vez más del modelo platónico o imbécil primigenio, impulsados hacia los dementes abismos del lenguaje, de la moral, del trabajo y del arte. De vez en cuando, se le concede a una madre afortunada parir un idiota, imagen nostálgica de la creación primera, en cuyo rostro aún, por una vez se refleja Dios. Estos seres cristalinos son el mudo testimonio de nuestra depravación; se mueven entre nosotros como espejos de la primitiva estupidez divina. El hombre, sin embargo, se avergüenza de ellos, y los encierra para olvidarlos; tranquilos, los ángeles sin pecado viven vidas breves pero de perpetua e incontrolada alegría, comiendo tierra, masturbándose a continuación, chapoteando en el barro, agazapándose en el cubil amistoso del perro, metiendo distraídamente los dedos en el fuego, inermes, superiores, invulnerables.
Cualquier movimiento tendente a reinsertar a los subnormales, congénitos o accidentales, en la sociedad civilizada, se basa en el presupuesto —evidentemente falso— de que los evolucionados somos nosotros, y ellos los degenerados. Attendu invierte dicho presupuesto, es decir, decide que los degenerados somos nosotros y ellos los modelos, e inicia de ese modo un movimiento inverso, dejado hasta ahora por motivos muy claros sin otra consecuencia que la antigua pero tácita colaboración de las máximas autoridades, no sólo psiquiátricas, que tiende a incrementar en los imbéciles lo que precisamente les con-vierte en tales.
No le faltaban razones. Desde lo alto de Haut-les-Aigues había visto —metafóricamente, porque no era un águila ni tenía un telescopio— los ejércitos de uno y otro bando ir y venir, como en un film cómico, empujando amplias verjas de aire intangible, disparando hacia atrás, huyendo hacia la victoria, construyendo para destruir, arrancándose banderas de modesto precio al precio de la vida. Sus enloquecidas confusiones superaban la comprensión humana.
Y dirigiendo en cambio la mirada al otro lado, dentro de los límites de su claro jardín, había visto entre los abetos a sus mozarrones, también ellos veinteañeros y llenos de vida, jugar a juegos de incesante invención, por ejemplo destrozar el balón con los dientes, hurgarse la nariz con el pulgar de los pies del compañero, atrapar los peces del estanque, abrir todos los grifos para ver qué corría, cavar un agujero para sentarse dentro, recortar las sábanas colgadas y después correr por ahí agitando las tiras, mientras los más sosegados, filosóficamente, se llenaban de estiércol el ombligo o se arrancaban reflexivos uno a uno los pelos de la cabeza. Hasta el olor del Jardín original debía haber sido análogo. Pedían protección, sí, pero en su calidad de mensajeros preciosos, ejemplares, delicados; tocados, como siempre se había dicho, por el buen Dios, elegidos para compañeros de Su Hijo,
La opción era obligada: cualquiera habría elegido a los idiotas del asilo. El mérito de Attendu reside, sin embargo, en haber sacado las debidas consecuencias de dicha opción: dado que la condición del cretino es para el hombre normal la condición ideal, estudiar por qué caminos los cretinos imperfectos pueden alcanzar la deseable perfección. En aquellos años los deficientes psíquicos eran clasificados según la edad mental, deducible de unos tests adecuados: edad mental tres años o menos, idiotas; de tres a siete años, imbéciles; de ocho a doce años, retrasados. De modo que el objetivo del estudioso era descubrir los medios idóneos para reducir a los retrasados al estado de imbéciles, y a los imbéciles a la idiotez completa. Los diferentes intentos de Attendu en dicha dirección y los métodos más pertinentes están detalladamente descritos en su interesante libro, citado con frecuencia en las bibliografías.
Curiosamente, no han sido muchos los que han observado que embétement también quiere decir, etimológicamente, embrutecimiento.
La primera preocupación del personal tratante consiste en abolir cualquier relación del internado con el lenguaje. Dado que algunos de los internados todavía estaban en posesión, en el momento del internamiento, de algún medio, aunque rudimentario, de comunicación verbal, el recién llegado era segregado en una pequeña celda o caja, hasta que el silencio y la oscuridad le quitaban cualquier residuo o sospecha de locuacidad. En general bastaban pocos meses; los expertos enfermeros del doctor Attendu sabían reconocer, por el tipo de gruñidos del educando, cuándo había llegado el momento de sacarle del cubículo para llevarle a la pocilga.
La terapia de la pocilga se había demostrado la más eficaz para la obtención del objetivo siguiente, que era el de suprimir en el pupilo cualquier traza de buenos modales, limpieza, orden y similares características subhumanas adquiridas precedentemente. En dicho sentido los educandos más difíciles resultaron ser los procedentes de instituciones religiosas, lugares conocidos, en efecto, por su escrupuloso respeto a los buenos modales y la higiene. En cambio, los que procedían directamente del seno de la familia, del seno de una familia francesa, eran más espontáneamente propensos a la zafiedad y a la suciedad.
Todos los pupilos estaban provistos de bastones y eran periódicamente invitados por los enfermeros, con el ejemplo, a vapulear a sus compañeros; esta terapia tendía a eliminar de su vacío mental cualquier residuo de agresividad social. Niños y niñas eran invitados además a pasear desnudos, incluso en invierno, e inducidos, también con el ejemplo, a juegos bestiales de tipo vario. Eso sobre todo en el sector de los retrasados, que participaban más bien con placer en tales juegos con los enfermeros; porque en los imbéciles y más aún en los idiotas los instintos se habían ido refinando y regresando a la pureza primitiva: a lo máximo que podían llegar era a comerse mutuamente las heces. Los retrasados, en cambio, se entregaban con gusto a una especie de alegre vida sexual angélica.
Por las noches había un gran barullo, y no pocas veces un auténtico y divertido alboroto. Buena señal, porque el sueño tranquilo y prolongado es un síntoma, según Attendu, de una indebida actividad mental durante el día. En efecto, si un internado era sorprendido de noche en ese estado anómalo de sueño profundo, los enfermeros lo sacaban de la cama y lo arrojaban a una bañera de agua fría. En ocasiones también intervenía algún imbécil y arrojaba a la bañera a un enfermero; los idiotas más evolucionados, en cambio, se mantenían aparte, ahora del todo apáticos: los enfermeros les llamaban los aristócratas, los favoritos del Director. A los reales y auténticos idiotas lo que más les gustaba era el cine, especialmente si era en color; pero también les alegraba el estrépito, y "más" que nada los discos llamados de Festival.
En el transcurso de los diferentes procesos que tuvo que sufrir el doctor Attendu de 1946 en adelante, apareció otro detalle científico interesante: casi todos los retrasados de uno, dos o tres años que se hallaban en el Sanatorio, los llamados «p'tits anges», eran hijos suyos, producidos in loco a través, según parece, de la inseminación artificial; para las jóvenes mamás, veintitrés, se había construido algo así como un gallinero-maternidad, con un suelo de cemento fácilmente lavable.

jueves, octubre 13, 2011

Voy

Remixadísimos


Everything Is A Remix: KILL BILL from robgwilson.com on Vimeo.

miércoles, octubre 12, 2011

Toxic cruzader

martes, octubre 11, 2011

Hänsel y Gretel pynchonianos


Ante las imágenes que ve en el espejo, la muchacha también siente el placer de un operador de cine, pero además sabe lo que él no puede saber: que dentro de sí misma, debajo de la superficie soignée, de hermosa tela y células muertas, ella es corrupción y cenizas; pertenece, cruelmente, de un modo que ninguno de ellos puede imaginarse, al Horno..., al Der Kinderofen, al Horno de los Niños... Recuerda ahora los dientes de él, largos, terribles, manchados de lustrosa podredumbre marrón, mientras dice esas palabras en alemán..., los dientes del capitán Blicero, la ristra de hendeduras manchadas que, en su respiración nocturna —ella también lo recuerda—, en el oscuro horno de sí mismo, siempre dejan oír el murmullo de la podredumbre... Ahora ella recuerda sus dientes más que cualquier otro rasgo, aquellos dientes que se beneficiaron tan directamente del Horno: de lo que se planea para ella y para Gottfried. Él nunca lo mencionó de forma clara como una amenaza ni se dirigió directamente a ninguno de ellos, sino que lo hizo a través de los entrenados muslos de raso de ella, o bajando a lo largo del dócil espinazo de Gottfried («el Eje Roma-Berlín», lo llamó la noche en que estuvo el italiano, cuando todos se hallaban en la cama redonda, el capitán Blicero enchufado en el agujero del culo levantado de Gottfried y recibiendo, al mismo tiempo, al italiano en su bonita boca), Katje sólo pasiva, atada y amordazada, con sus pestañas postizas, sirviendo aquella noche de almohada humana a los rizos perfumados y canosos del italiano..., cada palabra una flor cerrada, susceptible de exfoliación y de revelación infinita (ella piensa en una función matemática que se expandirá para ella como un capullo al abrirse, en una serie de potencias sin término general, progresando infinitamente, oscuramente, aunque jamás del todo por sorpresa)..., su frase “Padre Ignacio”, exponiéndose al inquisidor español, sotana negra, morena nariz maliciosa, el asfixiante olor a incienso + confesor/verdugo + Katje y Gottfried, ambos arrodillados, el uno al lado del otro ante un oscuro confesonario + niños del viejo Marchen, el cuento alemán, arrodillados, rodillas frías y doloridas, delante del Horno, susurrándole secretos que no pueden contar a nadie más + paranoia de brujo del capitán Blicero, sospechando de ambos, de Katje a pesar de sus credenciales satisfactorias + el Horno como oyente/vengador + Katje arrodillada ante Blicero en un esfuerzo supremo, terciopelo negro y tacones altos, su pene aplastado, invisible bajo un suspensorio de cuero color carne sobre el que lleva un piloso pubis y una vagina de piel de marta cebellina falsos, ambos hechos a mano por la famosa Madame Ophir, los simulados labios y el clítoris púrpura brillante modelados —Madame ha sido mezquina, pretextando escasez—, caucho sintético y Mipolam, el nuevo cloruro polivinílico..., diminutas hojas de acero inoxidable se erizan desde la rosada humedad casi natural, centenares de éstas, contra las que Katje, de rodillas, está obligada a cortarse en los labios y la lengua, para luego besar, esparciendo residuos sanguinolentos, el dorado trasero de su «hermano» Gottfried. Hermano en el juego, en la esclavitud... Ella nunca lo había visto antes de ir a la casa requisada cercana a la zona de lanzamiento de cohetes, oculta en el bosque y parque natural de esta ordenada franja de pequeñas granjas y fincas que sale hacia el este desde la ciudad real, entre dos extensiones de pólder, hacia Wassenaar; pero el rostro del chico, esa primera vez, visto bajo la luz del sol otoñal a través de la gran ventana occidental del salón, arrodillado, desnudo con excepción de un collar tachonado de perro, masturbándose metronómicamente según las órdenes gritadas por el capitán Blicero, toda su delicada piel manchada por la luz de una tarde de color naranja sintético, tono que ella nunca había asociado con la epidermis, su pene hecho un monolito de sangre, cuyo glande, pegajosamente jadeante, resulta audible en el alfombrado silencio, su rostro levantado a veces, más que hacia alguno de ellos, hacia algo que parece ver en el techo, o en el cielo que en su visión pueden representar los techos, aunque, al parecer, permanece la mayor parte del tiempo con los ojos bajos, con su rostro que se vuelve tenso y se endurece, que viene hacia ella, que al llegar tan cerca de lo que la muchacha ha visto durante toda su vida en los espejos, su propia mirada estudiada de modelo, le hace contener la respiración, le hace sentir por un momento la acelerada percusión de su corazón, antes de volver exactamente esa mirada hacia Blicero. Éste queda encantado.
— Quizá te corto el pelo —dice Blicero a Katje, sonriendo—, o quizás hago que él se lo deje crecer.
La humillación sería buena para el muchacho, cada mañana, en los cuarteles, formando con los de su batería cerca de la plataforma de lanzamiento 3, para ese chico que fracasó una y otra vez en las inspecciones pese a estar protegido de la disciplina del ejército por su capitán. En cambio, entre los lanzamientos de día o de noche, falto de sueño, a horas intempestivas, sufría los sádicos castigos del capitán. ¿Pero llegó Blicero a cortarle el pelo a ella? Ahora la muchacha no puede recordarlo. Sabe que, una o dos veces, se puso los uniformes de Gottfried (recogiéndose el pelo hacia arriba, sí, dentro de la gorra de visera, y que pasó fácilmente por su doble, que se hospedó esas noches «en la jaula», tal como ordenaban las reglas de Blicero, mientras que Gottfried tenía que ponerse las medias de seda de ella, su delantal de encaje y su cofia, todo su raso y su organdí con lazos). Pero, después, el chico tenía que regresar a la jaula. Así era la cosa. El capitán de ambos no se permitía dudar de cuál, hermano o hermana, era en verdad criada y cuál ganso de engorde.
¿Hasta qué punto seguía ella seriamente el juego? En un país conquistado, el propio país ocupado, es mejor, creía ella, adaptarse a una versión formal, racionalizada, de lo que ocurría en el exterior sin forma ni límite razonable durante el día o la noche, como las ejecuciones sumarias, las palizas, los subterfugios, la paranoia, la vergüenza... Aunque nunca se había hablado abiertamente del tema entre ellos, parecía que Katje, Gottfried y el capitán Blicero estaban de acuerdo en que vivir esta antigua narración septentrional (Hänsel y Gretel), que todos conocen y en la que se encuentran a sus anchas —los niños extraviados, la bruja de la casa comestible, el cautiverio, el engorde, el Horno—, sería su rutina protectora, su refugio contra lo que, en el exterior, ninguno de ellos podía soportar: la Guerra, la ley absoluta de la casualidad, su lamentable contingencia en aquel lugar, en medio de ella...

Pynchon, Thomas (2002[1973]): El arco iris de gravedad, Barcelona, Tusquets, pp. 148-150.

lunes, octubre 10, 2011

Historietas del sótano


Historietas del sótano es un blog de historietas de todo tipo: en blanco y negro, en color; de aventuras, de terror; tiras, página de viñetas, etc. La extensión es breve y hay de todo para revolver, la mayoría son dibujantes y/o guionistas noveles por lo que es un buen semillero para anticipar que se puede venir en estos años en el panorama de la historieta argentina. Por lo demás, tiene un personaje encantador que va presentando las historietas y están abiertos a recibir colaboraciones. Que siga, que siga!

sábado, octubre 08, 2011

El decálogo de la mala crítica (Jorge Barón Biza)

Leído originalmente en el Foro de Literatura Cordobesa y publicado póstumamente en La Voz del Interior el 5 de septiembre de 2002, en el homenaje que el diario le dedicó a Jorge Barón Biza al año de su muerte.

Yo había preparado un speech sobre la función crítica del escándalo y había consultado un poco de bibliografía sobre la función del cuerpo en el escándalo en los cínicos griegos; y la función de la palabra en los santos; y la función de la denuncia; y otras cosas... Pero no voy a hablar de nada de eso porque me han ocurrido acontecimientos en La Cumbre con los cuales he quedado comprometido y de los cuales tengo que dar testimonio. Estaba paseando ayer, y aunque ya he pasado hace tiempo la mitad del camino de mi vida, se me apareció la sombra de Sainte-Beuve —el crítico contra el cual escribió Marcel Proust, un crítico que quería competir con Balzac y Flaubert—, y me tomó de la mano, y aunque no me metió en una selva oscura, me metió en un potrerito con bastantes espinas, y me encontré en el primer círculo del infierno con un grupo de señores que tenían a su lado una pila de suplementos literarios. Lloraban, gemían, pataleaban.

—¿Qué les pasa a ustedes? —pregunté.
—Estamos condenados, Jorgito. Nos han condenado a leer suplementos culturales.
—No es tan grave —dije—, yo los escribo. Y a veces también los leo.
—Sí —me dicen—, pero el problema en este infierno es que leemos los suplementos pero no nos dejan leer los libros.
—¡Qué horror! —dije, y me escapé.

viernes, octubre 07, 2011

¡Quiero mi pochoclo!


MK12 | Follow the Sun | 2011 from MK12 on Vimeo.

jueves, octubre 06, 2011

Voy


Más info, acá.

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XVI)

CHARLES PIAZZI-SMYTH

El cargo oficial de Primer Astrónomo de Escocia correspondía a finales del siglo XIX a un profesor de la universidad de Edimburgo llamado Charles Piazzi-Smyth. Piazzi-Smyth fue el fundador de la piramidología popular con su volumen Nuestra herencia en la Gran Pirámide, publicado en 1864. Reeditado en cuatro ocasiones, este libro fue traducido a casi todas las lenguas europeas; todavía en 1923 el abate Théophile Moreux, director del observatorio de Bourges y autor de Los misterios de la Gran Pirámide, se refería a él con el mayor respeto.
Inmediatamente después de la aparición del libro, agradablemente impresionado por su éxito, Piazzi-Smyth consideró que tal vez había llegado el momento de ir a Egipto a echar una mirada al objeto de sus estudios. Descendido del camello, cinta métrica en mano, realizó inmediatamente una serie de sensacionales descubrimientos, presentados en 1867 al público en los tres minuciosos volúmenes de Vida y trabajos junto a la Gran Pirámide (sólo había permanecido allí seis meses) y un año después en el tratado Sobre la antigüedad del hombre intelectual.
Originariamente, las tres pirámides de Gizeh estaban recubiertas de un revestimiento de losas preciosas. La primera cosa que descubrió Piazzi-Smyth fue que la longitud de base de la Gran Pirámide, dividida por la longitud de una de las losas del revestimiento, daba exactamente el número de días del año, o sea 365. Se trataba probablemente de una profecía, dado que las primeras losas de revestimiento fueron descubiertas en el curso de las excavaciones realizadas después de la muerte de Piazzi-Smyth. Otro motivo de perplejidad para sus admiradores fue el consiguiente descubrimiento de que las losas eran de longitud variable.
Nuestra herencia en la Gran Pirámide tuvo millones de lectores y generó decenas de otros libros, obviamente sobre el mismo tema. Su principal divulgador en Francia fue el abate F. Moigno, canónigo de San Dionisio en París. En 1879 fue creado en Boston un Instituto Internacional para la Conservación y el Perfeccionamiento de los Pesos y de las Medidas: el Instituto pretendía modificar el sistema mundial de pesos y de medidas para adecuarlo nuevamente a los parámetros sagrados de la Gran Pirámide; lo que implicaba la abolición del sistema métrico decimal francés, acusado de ateísmo. Entre los sostenedores del Instituto en cuestión se contaba el entonces Presidente de los Estados Unidos. En 1880 se sumó la revista "El standard internacional", destinada también a propiciar el retorno a las medidas egipcias, la más importante de las cuales —porque de ella derivan casi todas las demás— era el codo piramidal.
El director de "El standard internacional" era un ingeniero que escribió: «Proclamamos nuestro eterno e incesante antagonismo a esa inmensa y tremenda desgracia, el Sistema Métrico Decimal Francés.» En la misma revista apareció por vez primera el himno de los piramidólogos, que acababa con las palabras: «¡Muera, muera cualquier sistema métrico!»
En Inglaterra, El milagro de piedra (o sea, la Gran Pirámide) de Joseph Seiss alcanzó catorce reediciones consecutivas. En 1905, el coronel J. Garnier publicó un libro para anunciar que de las investigaciones realizadas personalmente por él, en el interior de las Pirámides, se desprendía que Jesucristo retornaría a la tierra en 1920. Walter Bynn, en 1926, hizo una predicción semejante, pero para 1932; frustrada la ilustre cita, Bynn efectuó una nueva profecía para 1933, aplazando todavía algunos años el retorno de Jesús.
Uno de los lectores más convencidos del libro de Piazzi-Smyth sobre los misterios de la Gran Pirámide fue el predicador Charles Taze Russell, de Allegheny, Pennsylvania, fundador de la secta de los Testigos de Jehová. Taze Russell compuso una serie de profecías bíblicas, basadas en parte en los descubrimientos piramidológicos de Piazzi-Smyth. Según el pastor Russell, tanto la Biblia como la Pirámide de Keops coincidían en revelar que la Segunda Llegada de Cristo ya se había producido, en secreto, en 1874. Esta silenciosa Llegada marcaba el comienzo de un período de cuarenta años, llamados de recolección, durante el cual los Testigos de Jehová permanecían confiados a los cuidados y a la guía del pastor Russell. Como episodio final de la recolección estaba previsto el Gran Juicio Final, en 1914. Los muertos retornarían a la vida, y en aquel momento se les concedería una segunda posibilidad de elección: aceptar o no a Jesucristo. Los que no lo aceptaran serían eliminados; y así el Mal desaparecería del mundo. En cambio, los Testigos lo aceptaban y se convertían en eternos.
Dos hermanos ingleses, John y Morton Edgar, se sintieron tan impresionados por esa profecía que fueron inmediatamente a Egipto para medir de nuevo la Pirámide. Sus observaciones confirmaron ampliamente la predicción del pastor Russell, como puede leerse en los dos gruesos volúmenes publicados por los Edgar entre 1910 y 1913, Los pasillos y las cámaras de la Gran Pirámide. En 1914 sucedió, sin embargo, que la mayor parte de los muertos se abstuvo de volver a la vida, y la secta de los Testigos perdió millares de adeptos. El pasaje del libro de Russell, que en la edición de 1910 decía: «...Los santos serán salvados antes de 1914» fue modificado, de modo que en la reedición de 1924 se lee: «...Los santos serán salvados no mucho después de 1914.» Mientras tanto Russell había sido sustituido: el nuevo jefe de la secta, para resolver de algún modo el problema, decidió que Jesucristo había venido realmente a la tierra en 1914, pero que no había querido hablar con nadie. A partir de aquella fecha, llamada la Llegada Secreta, había recomenzado el Reino del Bien; sólo que de momento se trataba de un reino invisible.

miércoles, octubre 05, 2011

Abcedario Cozarinsky

Leo La novia de Odessa (2001) de Edgardo Cozarinsky. Me derrite el alma, me trae nostalgia de acontecimientos, vidas y experiencias nuncas vistas, nunca vividas, me conmueve. Me dan ganas de llamar a mi abuela y preguntarle por su pasado, por el pasado de su padre, argentino, y el de su madre, italiana; de conocer el destino de sus doce hermanas. Me insta a revolver fotos viejas, libros dedicados, notas de diarios que quedaron de mi otra abuela y de su marido, el que trabajaba con Quinquela Martín.
La prosa de Cozarinsky y las historias que crea o rescata (nunca sabremos cuánto hay de ficción, cuanto de realidad; cuánto de invención, cuánto de memoria) son de una belleza pasmosa; esas ciudades europeas de antiguas épocas, esas vidas atravesadas por la Historia, esos sujetos minúsculos que las marejadas de decisiones, pasiones y azares arrastran... Busco una de las frases que más me gustó del libro (que ya había oído en una de sus películas, en Apuntes para una biografía imaginaria (2010)) y vuelvo a encontrar una gran idea de la extinta revista tijeretazos: el Abcedario Cozarinsky. Recórranlo, muchas de las entradas son brillantes.
Va la cita, corresponde a la entrada muerte:

"Para algunas mitologías la muerte no es un acontecimiento súbito, el tránsito abrupto de un instante en que aún hay vida a otro en que ya no la hay. La representa más bien un viaje, simbólico, que puede entenderse como un despojamiento y un aprendizaje.

Es posible imaginar que durante ese tránsito subsisten, islas a la deriva en un mar nocturno, fragmentos de conciencia, recuerdos, voces e imágenes de la existencia que se apaga, transitorio bagaje al que el viajero se aferra por un tiempo breve, impreciso, que nuestros instrumentos no saben medir.

Nada sugiere que en esas islas perduren los momentos que el viajero hubiese considerado decisivos en su vida: tal vez sólo se adhiera a ellas la resaca de un naufragio. De esas ruinas que se dispersan en el momento mismo de nombrarlas sería vano esperar el retrato de un individuo que desaparece. Tal vez sea su condición de añicos, de desechos lo que cautivaría la atención del improbable espectador que a ellos pudiese asomarse: fragmentos de un relato mutilado, piezas aisladas de un rompecabezas que ya nunca podrá completarse."

(Fragmento final de Días de 1937, relato incluido en La novia de Odessa, Buenos Aires, Emecé, 2001. El texto ha conocido, en el 2003, una feliz traslación en la televisión argentina, con el nombre de La prisa, dirigido por Verónica Chen.)

martes, octubre 04, 2011

Llega una tempestad...


Me complace enterarme de que el proyecto editorial de rescate y provocación del 8vo loco ediciones que empezó hace unos años con los cuentos de Enrique González Tuñón y las poesías de Nicolás Olivari no tendrá un alcance sólo nacional.
La publicación de Una tempestad de Aimé Césaire, en el marco de una nueva colección "80 mundos", es una de las apuestas más interesante que puede darnos este año. Los que, por las vueltas de la formación académica y de la vida, tuvimos la chance de estudiar y leer los textos en torno de Calibán y Ariel que escribieron autores como Rodó, Darío y Fernandez Retamar, habíamos escuchado menciones de la obra de Césaire a la que era difícil acceder. Recuperar Una tempestad implica reestablecer en eslabón del pensamiento crítico americano, reponer una pieza de la historia intelectual de nuestra continente y su apropiación de la cultura occidental europea. Aplaudo, pues, la aparición de Una tempestad de Aimé Césaire, edición anotada y bilingüe que espero ansioso, haciéndole un lugar en mi mesa de luz.

Copio la gacetilla:

El 8vo. loco ediciones se complace en anunciar la aparición de:

Una tempestad
Adaptación de La tempestad de Shakespeare para un teatro negro
de Aimé Césaire

160 pp. / 19,5x13,5 cms / ISBN: 978-987-27015-0-5 / Edición bilingüe / PVP: $46.-


Escritor y político martiniqueño, Aimé Césaire fue uno de los forjadores del concepto de negritud, acuñado como respuesta a la opresión cultural del sistema colonial francés; con él, intentó a la vez rechazar el proyecto francés de asimilación y promover África y su cultura, liberándola de la desvaloración ocasionada por el racismo intrínseco de la ideología colonial.
Su Una tempestad es una reescritura –en clave libertaria– de la conocida obra de W. Shakespeare. Traducida por primera –y única, hasta ahora– vez en 1971 por Barral editores, Una tempestad jamás circuló de este lado del Atlántico. Ahora, El 8vo. loco la devuelve al ruedo en una nueva traducción, pensada especialmente para el lector rioplatense, que acompaña con la obra en idioma original.

Sobre esta edición
Bilingüe, la presente edición está introducida por un notable estudio preliminar que avanza sobre la obra y las problemáticas del colonialismo, a cargo del Dr. Rocco Carbone y el Lic. Leonardo Eiff. Rocco Carbone es Doktor der Philosophie por la Philosophischen Fakultät de la Universität Zürich (Suiza), ensayista, traductor y docente universitario. Es autor, entre otros, de: Imperio de las obsesiones (2007), La sonrisa de Perón es como la de mamá (2010, en colaboración con M. Muraca), traductor, y columnista habitual del diario Página/12 de Buenos Aires. Leonardo Eiff es licenciado en Ciencias Políticas por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, doctorando y becario de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICET). Es autor del libro: Sartre, Merleau-Ponty y los debates argentinos (2011) y de numerosos artículos en su área de especialidad, tanto en la Argentina como en Brasil.
La potente imagen de tapa estuvo a cargo de Carlos Huffman.

Sobre el libro
Podría sostenerse –quizá– que esta obra de Aimé Césaire es una adaptación/reescritura de The Tempest. Con disimetrías, desde ya, dado que se trata de un drama de la América Latina colonial/esclavista. Sin embargo, si lo pensamos mejor veremos que no hay aquí ni adaptación ni reescritura, sino apropiación violenta y consciente, plena, de la palabra del otro, un otro inscripto dentro de los márgenes de un sistema colonial/esclavista clásico: William Shakespeare. Palabra cuya apropiación no es ciega, sino crítica; que se explaya sobre el signo de la relación colonial a través de personajes que representan, más allá de toda determinación geográfica y temporal, al colonizado y el colonizante, y –en la sincronía– la relación que se establece entre ambos. Una tempestad es dramaturgia anticolonialista. De la mejor.

Sobre su autor
Nacido el 25 de junio de 1913 en Basse-Pointe (Martinica), Aimé Césaire estudió en Francia. Poeta, dramaturgo y político, desempeñó un rol importante en la concientización de los actores políticos y culturales de la descolonización. Fundador, en 1939, de la revista Tropiques, elaboró y definió –junto al senegalés Léopold Sédar Senghor– la noción de “negritud”. En 1956, luego de romper relaciones con el Partido Comunista francés, creó el Partido Progresista martiniqueño. Diputado de Martinica hasta el año 1993, Aimé Césaire se desempeñó como diputado-alcalde de Fort-de-France entre 1945 y 2001. Murió el 17 de abril de 2008 en Fort-de-France.

lunes, octubre 03, 2011

Extra! Extra!

Para que fuera feliz, había que darle malas noticias: esas noticias eran tónicos para su cuerpo, deleites para su espíritu.
–Celestina, hoy, mientras daba a luz, murió de un ataque al corazón la señora Celina Romero, aquella mujer simpática y bondadosa, a quien convidó usted con carbonada y niños envueltos. Nadie se ocupará del hijo, que tiene dos cabezas y una sola oreja.
–¿Y en todo lo demás el niño es normal?
–No. Tiene el talón del pie colocado adelante, los dedos en el talón, además de las pestañas dentro de los párpados. Hablan de hacerle una operación.
–¡Qué pavada operar a un recién nacido!
Celestina se incorporaba en la silla, como en el agua una flor marchita, y revivía.
–Celestina, hay terremotos en Chile; maremotos también. Ciudades enteras han desaparecido. Los ríos se transforman en montañas, las montañas en ríos. Se desbordan, se vienen abajo. Predicen el fin del mundo.
Celestina sonreía misteriosamente. Ella que era tan pálida, se sonrojaba un poco.
–¿Cuántos muertos? –preguntaba.
–Todavía no se sabe. Muchos han desaparecido.
–¿Podría mostrarme el diario?
Le mostrábamos el diario, con las fotografías de los desastres. Las guardaba sobre su corazón.
"Celestina" de Silvina Ocampo, sigue acá.

domingo, octubre 02, 2011

Sin comentarios


En estos días, reconciliado con la historieta nacional, tuve la grata sorpresa de encontrar algunos números de Suda Mery K! (revista sudamericana de historietas). En cada número uno puede encontrar además de las historietas latinoamericanas del subtítulo (varias de ellas sin desperdicio), una sección llamada "El extranjero" en donde se invita a un historietista de otro país.
Bien, gracias al número 4 de Suda Mery K!, tuve la dicha de conocer a Ivan Brun. Las tiras de Brun son breves, muy visuales y mudas (las palabras escasean, el mensaje hablado son pictogramas); la mayoría de ellas retratan situaciones de injusticia, desigualdad, pobreza, corrupción, idiotización y violencia (social, sexual, económica, física, política); muchas transcurren en América Latina, en ciudades contemporáneas, en ciudades al borde del colapso; y la crueldad de sus hombrecitos y mujercitas te dejan atónito, shockeado. Caricaturas que son demasiado reales y una capacidad narrativa destacable para contar historias trágicas y cínicas, sin palabras, con la fuerza de las imágenes, todo eso me fascinó de la obra de Brun. En la revista que antes mencionaba, hay una entrevista con este francés en la que habla sobre los temas de sus dibujos, copio un fragmento:
"Los temas que trato en forma recurrente son, la mayor parte de tiempo, las derivas totalitarias de las sociedades democráticas modernas, las desigualdades sociales, las desigualdades en general y las frustaciones, los conflictos que de ahí se desprenden y que producen un contenido novelesco fuerte."
Bajen y lean No comment de Ivan Brun. Eso.

sábado, octubre 01, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XV)

CHARLES CARROLL

Según Charles Carroll de Saint Louis, autor de El negro es una bestia (The Negro a Beast, 1900) y ¿Quién tentó a Eva? (The Tempter of Eve, 1902), el negro fue creado por Dios junto con los animales con el único fin de que Adán y sus descendientes no carecieran de camareros, lavaplatos, limpiabotas, encargados de letrinas y suministradores de servicios semejantes en el Jardín del Edén. Al igual que los restantes mamíferos, el negro manifiesta una especie de mente, algo entre el perro y el mono, pero está totalmente desprovisto de alma.
La serpiente que tentó a Eva era, en realidad, la camarera africana de la primera pareja humana. Caín, obligado por el padre y por las circunstancias a casarse con su hermana, rechazó el incesto y prefirió casarse con una de esas monas o criadas de piel oscura. De ese híbrido matrimonio surgieron las diferentes razas de la tierra; la blanca, en cambio, desciende de otro hijo de Adán, más serio.
Sucede, por consiguiente, que todos los descendientes de Caín carecen, al igual que su mono progenitor, de alma. Cuando la madre es negra, el hombre no puede transmitir a su prole ni un atisbo del alma divina. Por ello, sólo la poseen los blancos. Ocurre en ocasiones que un mulato aprenda a escribir, pero el simple hecho de que Alexandre Dumas poseyera una especie de inteligencia no quiere decir que poseyera también un alma.

viernes, septiembre 30, 2011

Optimus Christ

jueves, septiembre 29, 2011

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

La reina de las nieves (1982, CEAL) fue el primer libro que leí de don Elvio E. Gandolfo. Luego vinieron más y más. De ese primer libro, me quedan buenos recuerdos de tres cuentos, aunque es un conjunto parejo, las nouvelles que abren y cierran el libro ("La reina de las nieves" y "El instituto") y el que comparto abajo, "Vivir en la salina". Este último es una muestra de lo que en los 70 se podía hacer con el policial negro en Argentina: un clima agobiante, una incógnita policial irresuelta, relaciones de poder, violencia laboral y hombres resignados a vivir entre y para la sal. Se puede leer en consonancia con "Procedimientos" de Martini  (y, obviamente, con "La reina de las nieves") y reconstruir, lentamente, una antología posible del relato policial negro argentino.

Vivir en la salina (Elvio E. Gandolfo)

A Jorge Varlotta

I

Eran tres y me estaban pegando. Exigían saber dónde estaba Liliana, quién era yo, por qué había llegado a ese lugar donde no había trabajo y cuya única virtud era alejar cuanto antes a todo aquel que quisiera residir. Me pegaban con los puños y las rodillas, a veces apretaban en el puño un pañuelo para que el golpe fuese más fuerte y les doliera menos. Yo me defendía. Me acurrucaba contra la pared y esperaba que me llegase el impulso y me sacudía de pronto, me desprendía de ellos, les pegaba algunos golpes y volvía a acurrucarme. Porque eran tres. Al fin se cansaron y quedamos mirándonos los cuatro bajo la luz de mercurio. Me seguían preguntando dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Les contestaba siempre, invariablemente, que no sabía dónde estaba Liliana y que quería quedarme en el lugar, buscar trabajo y quedarme. Me decían que no entendían, que se habían cansado de pegarme, que no me tenían mayor bronca pero los familiares de Liliana necesitaban saber dónde había ido ella. Yo les contestaba que si querían ir a tomar algo y el más bajo quería volver a pegarme, pero el más alto le paraba el puño y me contestaba que sí, que podíamos, y los cuatro recogíamos los sacos y caminábamos por las calles en las que el viento removía siempre la sal, formaba nubes blancas y calientes que penetraban en los ojos y resecaban la piel.
Llegábamos a un bar chico y maloliente, pero que parecía el paraíso comparado con las calles y la sal. Pedíamos vino tinto y nos mirábamos entre los cuatro por primera vez, porque aquí al fin había luz y calma suficiente para hacerlo. Yo miraba al tipo bajito, con una cicatriz en la sien, al tipo alto, morocho, con dientes de caballo y saco a rayas grises, al tipo de bigotes, a quien le descubrí rasgos que me hicieron preguntarle si no era pariente de Liliana. Me decía que sí, que era hermano, y levantaba la copa y tomaba el vino negro.
El tipo alto me explicaba que no querían hacerme mal y que en realidad el padre de Liliana les había dado quinientos pesos a cada uno para que me detuvieran antes de llegar al hotel y me pegaran y me preguntaran dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Y me explicaban que habían hecho todo por tan poco dinero porque allí no había trabajo, y me volvían a preguntar qué quería yo realmente, porque no podía haber venido sólo a buscar trabajo, a enterrarme en un lugar en el que no había más que sal, sal hasta el desierto y sal hasta el mar, un mar blanco y salado, en el que era casi imposible bañarse porque los acantilados caían desde cincuenta metros y las olas se estrellaban contra las piedras con fuerza suficiente para destrozar un barco, con más razón un ser humano. Y volvíamos a pedir vino tinto, que parecía ser la única bebida que tenían en el bar.
Al fin nos íbamos. Nos sentíamos todos compañeros, medio mareados, volviendo a empujar contra el viento cargado de sal. Llegábamos al hotel y antes de que yo subiese el hermano de Liliana preguntaba cómo haríamos para que el viejo se dejara de insistir con lo mismo, porque los tres no querían perder los quinientos pesos de ninguna manera, preferían empezar a pegarme otra vez allí mismo, en todo caso hasta matarme, salvo que les diera una idea para librarse del viejo. Y uno de ellos decía que por qué no preparaba las valijas y me iba con el ómnibus que pasaba a la mañana, el único del día. Y yo le contestaba que en realidad no sabía muy bien por qué quería quedarme, que estaba empecinado. Y de pronto comenzaba a llover. Una lluvia blanca, cargada de sal. Los invitaba a subir a mi pieza y terminábamos entre los cuatro una botella de caña que llevaba en la valija, y al fin decidíamos decirle al padre de Liliana que yo nunca la había visto, que estaban seguros de eso, que lo más probable era que él se hubiese equivocado cuando la vio caminando con un hombre por una de las calles del pueblo, que el hombre era parecido a mí y se la había llevado.
Nos despedíamos en la puerta, abrazándonos y prometiéndonos ayudarnos mutuamente, porque era muy d ifícil soportar la soledad en este lugar lleno de sal.

Taller de Pensamiento Político y Social: "Territorio, comunidad y política"

miércoles, septiembre 28, 2011

The song remains the same (sobre Bellas artes de Luis Sagasti)


¿Dónde comienza una historia? ¿Comienza con la primera palabra o con la boca abierta que permite que esa primera palabra salga? La tapa de Bellas artes (Eterna Cadencia, 2011) nos muestra un entramado de hilos de diferentes colores, un entramado sin principio ni fin. Y es que la idea del libro de Luis Sagasti se plantea el interrogante con el que inicio esta reseña: ¿por dónde empezar a contar? Lo mejor será, como se propone en la primera estación “Luciérnagas”, cortar alguno de esos hilos y comenzar a seguir su dirección, sus nudos con otros, sus idas y vueltas. Así, Bellas artes es un texto-trama y cada capítulo o parte es un recorrido errático y azaroso que se va formando con la aparición de algunos nombres, algunas vidas, algunas experiencias. Por poner un ejemplo, “Corderos”, la tercera parte del entramado, pasará de la historia del sacerdote volador Adelir Carli al cerdo volador de Pink Floyd, pasando por la caída por la escalera de Primo Levi y las performances de Marina Abramovic, entre otros y otras. ¿Cuál es el hilo que une estas historias, estos sucesos? Es el vacío y su fuerza, el vértigo hacia arriba y hacia abajo.
Cada parte de Bellas artes recorre un cúmulo de historias, experiencias y obras que van y vuelven, que se tocan y se alejan, como recordándonos que la realidad que nos atraviesa es una realidad de hipervínculos: todos se conecta con todo (el narrador de las historias lo señala una y otra vez: Internet es la red de redes, la historia de historias). Pero detrás de esas conexiones (de la liebre muerta y los tártaros de Beuys a Wittgenstein escribiendo el Tractatus detrás de las trincheras, de Jorge Barón Biza suicidándose a las fotografías imposibles de Richard Drew, etc.), lo que nos muestra un narrador reflexivo y afilado es el fondo de las historias, el fondo de las palabras. Detrás del entramado de texto del libro de Sagasti, los interrogantes se encienden y se apagan como luciérnagas: cómo comunicar lo incomunicable (y ahí está Vonnegut intentando escribir sobre el bombardeo en Dresde), cómo caminar por el borde del arte y del lenguaje (y ahí están las trincheras de las guerras mundiales y Ungaretti y Wittgenstein), para qué sirve la poesía (y ahí está el haiku, abriendo la grieta en el lenguaje), cómo hacer música y filosofía en el fin de la historia (y ahí está Sun Ra y su música intergaláctica y Zhang Yun y su filosofía espacial), etcétera, etcétera, etcétera. La noche, los animales y la experiencia límite son tres elementos que, en Bellas artes, son condición de posibilidad para empezar a narrar o para continuar la narración.
Bellas artes no es ni una novela ni un ensayo, ni una colección de narraciones ni un libro de filosofía: es una trama, un tejido en el que los hilos se entrelazan y se separan, van y vienen. Y detrás está un simple mortal, un simple tejedor, Luis Sagasti, que recorre la historia, el arte e Internet para contar algo. ¿Contar qué? Contar anécdotas, sucesos, vidas, obras, escenas, experiencias (la brevedad y la síntesis como valores últimos). Bellas artes se instala en el borde de la narración, los nudos que se atraviesan son incontables pero la boca siempre vuelve a abrirse, tragándose lo incomunicable y comenzando, de nuevo, la misma historia.

lunes, septiembre 12, 2011

Ezequiel Martínez Estrada, profeta desdichado

domingo, septiembre 11, 2011

Hombre-leopardo


La división de la vida en vegetal y de relación, orgánica y animal, animal y humana pasa entonces, sobre todo, por el interior del viviente hombre como una frontera móvil; y sin esta íntima cesura, probablemente no sea posible la decisión misma sobre lo que es humano y lo que no lo es. Sólo es posible oponer el hombre a los otros vivientes y, al mismo tiempo, organizar la compleja -y no siempre edificante- economía de las relaciones entre los hombres y los animales, porque algo así como una vida animal ha sido separada en el interior del hombre, porque la distancia y la proximidad con el animal han sido medidas y reconocidas sobre todo en lo más íntimo y cercano.

Agamben, Giorgio (2006 [2002]): Lo abierto: el hombre y el animal, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, p. 35.

Los dos más formidables hombres-animales eran el hombre-leopardo y una criatura hecha de hiena y cerdo. Más grandes que éstos eran las tres criaturas-toro que habían remolcado el bote. Luego venían el plateado hombre peludo, que era también el predicador de la Ley, M'ling y una criatura parecida a un sátiro, con parte de mono y parte de cabra. Había tres hombres-cerdo y tres mujeres-cerdo, una criatura caballo-rinoceronte y otros seres femeninos cuyos ascendientes no pude establecer. Había varias criaturas-lobo, un toro-oso y un hombre-perro san bernardo. Ya he descripto al hombre-simio y había una particularmente odiosa (y maloliente) mujer vieja, mezcla de zorra y osa, a la cual odié desde el principio. Se decía que ella era apasionada devota de la Ley. Las criaturas más pequeñas eran ciertos cachorros moteados y mi pequeña criatura-marmota.

Wells, H. G. (2007 [1896]): La isla del Dr. Moreau, Buenos Aires, Cántaro, p. 130.

lunes, septiembre 05, 2011

Humor de Sala

domingo, septiembre 04, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XIV)

FRANZ PIET VREDJUIK

A la prolongada discusión post-mortem entre Huygens y Newton sobre la naturaleza de la luz se apuntaron, entre otros muchos, obispos, locos, farmacéuticos, una princesa de Thurn und Taxis, un entomólogo de la Sagrada Puerta, Goethe; sus títulos académicos no siempre eran los que el tema exigía, pero nadie los tuvo más escasos que Franz Piet Vredjuik, enterrador de Udenthout en los Países Bajos, si es cierto que, como él mismo manifiesta, en toda su vida sólo había leído dos libros: la Biblia y las obras completas de Linneo. Esta presunción suya, que le hace único en el irregular campo de la filosofía postnewtoniana, se lee de manera explícita, y es difícil decir si petulante o modesta, en el prefacio del único opúsculo suyo que ha llegado hasta nosotros: El Pecado Universal, o Discurso sobre la identidad entre sonido y luz (1776, Utrecht). Como cualquiera puede deducir del título, el objetivo del breve tratado consiste en demostrar —o más
exactamente afirmar, sin otra demostración que una serie de precisos llamamientos a la intuición— que el sonido es luz, luz degenerada.
Desde el punto de vista meramente estructural, admitida posteriormente la hipótesis llamada ondulatoria, la propuesta de Vredjuik podría parecer defendible; mucho menos aceptable parece, no obstante, su motivación, que es la siguiente: la causa eficiente y universal de la transformación regresiva y recurrente de la luz en sonido es el pecado original.
Dicha tesis presuponía, para comenzar, una relación jerárquica entre sonido y luz tan evidente que casi no merece otras aclaraciones: la luz era por definición mucho más noble que el sonido. Todavía hoy subsiste esta tácita prerrogativa, cuando no tiende a exasperarse. Casi nadie ha leído a Vredjuik, pero todos están de acuerdo en reconocer los privilegios de la luz; nada, por ejemplo, puede superarla en velocidad; de no existir la luz, no habría ninguna otra cosa en el universo; sólo la luz consigue prescindir de la materia; y así sucesivamente. Nadie, sin embargo, sostiene actualmente, como Vredjuik, que esto sucede simplemente porque sólo la luz, entre todas las manifestaciones del cosmos, no ha sufrido las consecuencias del pecado de Adán. Apenas es rozada por el pecado, la luz se estropea y se convierte en calor, suciedad, bestialidad, ruido.
La idea de la fundamental identidad entre luz y sonido se le había ocurrido a Vredjuik, como explica él mismo, pocos días después de la llegada al mundo de su segunda hija, Margarethe. Una noche, a eso de las dos de la madrugada, su hija había comenzado a chillar, como solían hacer los recién nacidos holandeses por aquellos tiempos, cuando de repente sus chillidos alcanzaron una intensidad y un diapasón tan poco habituales, que el padre, con las mantas estiradas hasta cubrirle los oídos, vio en la negra oscuridad encenderse tres estrellas como centellas: era un primer ejemplo de sonido convertido en luz. Posteriores reflexiones llevaron a Vredjuik a presuponer una directa relación entre ese fenómeno y el hecho de que Margarethe hubiera sido bautizada aquel mismo día: no habiendo cometido después la niña ningún pecado, sus cuerdas vocales mantenían, y seguirían manteniendo durante un breve tiempo, la bivalente capacidad de emitir tanto sonido como luz; en efecto, el fenómeno fue disminuyendo con el tiempo, a medida que la recién nacida iba siendo, como le corresponde al destino humano, una cada vez más acendrada pecadora.
Otra prueba decisiva, según Vredjuik, era la prueba del disparo de mosquetón lejano: si se sitúa un mosquetón sobre un barril o sobre el techo de una casa, y a unos centenares de pasos se sitúa un observador encima de otro barril o sobre el techo de otra casa (en Holanda escasean las alturas), cuando el mosquetón dispara un tiro —mejor si es de noche— el observador ve una lucecita y al cabo de un instante no despreciable de tiempo le llega el ruido del disparo. Obviamente se trata en ambos casos del mismo fenómeno, reconducible a la ignición de una cierta cantidad de pólvora: una parte de esta luz, sin pecado, llega inmediatamente al observador; la parte contaminada —quién sabe qué manos han tocado esa pólvora— llega en cambio con dificultades, bajo la capa del estallido. De la misma manera, aclara más bien oscuramente Vredjuik, el sifilítico camina con bastón.
Otros ejemplos de luz sin pecado son: las estrellas, de las que los paganos afirman que suelen producir una música, pero que evidentemente no la producen en los países cristianos, porque el autor las ha escuchado en Udenhout más de una noche, cuando callan los animales y los ríos; el sol, del que nunca se ha oído un solo estallido, y la luna, notoriamente silenciosa; la niebla, que nunca hace ruido; las lámparas de las iglesias reformadas holandesas (las de las otras despiden una crepitación característica); los cometas (Vredjuik admite que nunca ha visto ni escuchado ninguno, pero se lo han dicho); los ojos de los niños mudos (el cuarto hijo del autor era mudo); el famoso faro de Nueva Amsterdam, hoy Nueva York, y en general toda la cadena de faros entre Zelanda y Frisia; algunos tipos benignos de fantasmas y fuegos fatuos.
El libro del olvidado sepulturero de Brabante se cierra con una «Advertencia al lector», sobre la intrínseca inmoralidad del ruido, de la música, del canto y de la conversación.

viernes, septiembre 02, 2011

Simples trazos





Más dibujos, acá.

miércoles, agosto 31, 2011

Perros en la noche (Carlos Gardini)


Hace un tiempo, revolviendo en una librería de la costa me encontré con dos libritos editados por Minotauro, la eximia editorial de ciencia ficción, a un precio irrisorio cada uno. Ambos libros eran de Carlos Gardini y uno de ellos, Mi cerebro animal (1983), es un compilado de cuentos de ciencia ficción atravesados por la violencia y la guerra. Entre ellos, hubo dos que me causaron una gran impresión, más allá de que todo el libro es muy parejo, "Perros en la noche" y "Teatro de operaciones". A continuación, recupero el primero, un relato oscuro en un futuro remoto que trae ecos del pasado argentino en código de policial negro. Una joyita, que lo disfruten.

Perros en la noche (Carlos Gardini)

Escuchá el aullido del perro solitario. Escuchá el aullido del perro solitario en la noche. El aullido del perro solitario que te acompaña en la noche.

Desde esa vez el Turco nunca fue el mismo. Algo se aflojó en él. Vivía obsesionado por el presentimiento de que todo acabaría pronto. Insistía en que habíamos cometido un error imperdonable. Habíamos cometido, decía el Turco. No me echaba la culpa a mí solo. Siempre supo aguantarse. Eso es lo que más me duele, porque los hechos en definitiva le han dado la razón, y ahora sólo nos quedan los perros.
No me acuerdo dónde fue exactamente. Era uno de esos tantos boliches donde parábamos antes de empezar la faena. Dejábamos el camión por ahí cerca, entrábamos en un bar, tomábamos una copa para entonarnos, y después nos metíamos en la Zona de Descontaminación que nos habían asignado esa noche para limpiarla de perros y jodidos.
Esa noche me acuerdo que dejamos el camión junto a unas motos flamantes, de ésas que costaban casi tanto como el camión. Estaban pintadas como tigres, fondo amarillo y rayas negras. No sé por qué, pero esas motos me dieron mala espina, porque siempre desconfié de los gatos y los bichos parecidos a los gatos. Pero no le dije nada al Turco. Nunca me dejo llevar por los pálpitos, y por esa mala costumbre ya van por lo menos dos amigos que pagan las consecuencias.
Como siempre, revisamos las automáticas, nos cerramos el chaleco para tapar bien las sobaqueras, entramos en el boliche y nos sentamos al mostrador.

martes, agosto 30, 2011

Presentación del primer EP de Bosques de Groenlandia


lunes, agosto 29, 2011

Shutter island

He llegado a la cuarta hipótesis por la aberración de contar sueños. Anoche soñé esto:
Yo estaba en un manicomio. Después de una larga consulta (¿el proceso?) con un médico, mi familia me había llevado ahí. Morel era el director. Por momentos, yo sabía que estaba en la isla; por momentos, creía estar en el manicomio; por momentos, era el director del manicomio.
No creo indispensable tomar un sueño por realidad, ni la realidad por locura.

sábado, agosto 27, 2011

Ni ni


Visto en el blog de Diego Parés.

viernes, agosto 26, 2011

1936-1937 en la vida de Patoruzú (Oscar Steimberg)


1936-1937 en la vida de Patoruzú
por Oscar Steimberg

Este capítulo tiene por objeto describir las características de la historieta Patoruzú en los primeros meses de vida de la revista Patoruzú, que aparece en noviembre de 1936, varios años después de iniciarse la publicación de la historieta en diarios. Es evidente que la aparición de la revista no carece de importancia, ya que permite develar algunas características esenciales de la tira: cierto fondo serio del humor de Patoruzú sale entonces impacientemente a la luz, descubriendo la ideología de la tira al convertirla en propaganda abierta.
La lectura se circunscribió a los primeros números de la revista, puesto que en esos números se definieron las características que la seguirían identificando casi hasta este momento.
Patoruzú invade otros géneros: política a la vista. La historieta se convirtió, al aparecer la revista Patoruzú, en sólo una parte del mensaje total de la revista. Y este mensaje se hizo entonces no sólo más complejo sino también más claro.
En uno de estos números se ironizaba, por ejemplo, en torno al debate sobre la renovación de las concesiones de la compañía eléctrica CADE, denunciada por el soborno de funcionarios públicos. La revista Patoruzú se burlaba, en cambio, de los que impugnaban los nuevos contratos, y lo hacía, a la vez que en el interior de los cuadros de la historieta, en algún artículo no ilustrado de humor, en dibujos humorísticos aislados y hasta en el capítulo de una narración continua y con personaje central. En la historieta, la alusión era general y más velada; en las demás secciones se daban nombres. Insistentemente las secciones que no eran de historietas atacaban temas diversos, principalmente políticos. ¿No se podría pensar entonces que la historieta le quedaba “chica” al creador de Patoruzú, ya que necesitaba volcar en otros géneros un mensaje que no se agotaba en la historieta?

jueves, agosto 25, 2011

Kafka para Todos


De acá, pueden bajar los impresionantes dibujos sobre Kafka y su obra que realizó Robert Crumb (acompañados por un conjunto de letras de David Mairowitz). Más que un Kafka para principiantes es un Kafka en su tinta. Hermoso, como todo lo que sale de la mano de Crumb.

miércoles, agosto 24, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XIII)

ARMANDO APRILE

Armando Aprile tuvo la consistencia de un fantasma. No ha quedado nada de él salvo un nombre que parece falso y una dirección que no era la suya, en un folleto que apareció un día por las calles de Roma. Efímero utopista, propuso al mundo un orden, pero a lo que parece el mundo lo rechazó. El folleto decía lo siguiente:
ATENCIÓN — MENSAJE MUY IMPORTANTE — Fecha de lanzamiento 1-12-1968 — Juro que haré respetar las siguientes leyes, siempre que el Pueblo mundial se una a mí llevando como reconocimiento: el reloj en la muñeca derecha: o bien una doble AA impresa en una parte visible de la persona o sobre las ropas. El pañuelo para la nariz: verde. Uniforme, único color: blanco o bien azul; zapatos negros en caso de luto; la bandera, blanca y/o azul.
Estas leyes sirven para crear la igualdad de paga, dividida en seis categorías: Mayor paga a los primeros 36 Dirigentes del mundo. Segunda paga: a los segundos 36 mil Dirigentes del Mundo. Tercera paga: a los Jueces. Cuarta paga: a los Científicos, Doctores, Comisarios, Ingenieros, Abogados, Generales, en cualquier caso hasta el grado de Brigadier de Carabineros, a todos los del Espectáculo y del Deporte, etcétera. Quinta paga: al Cuerpo de Aduanas, Marina, Carabineros, Policía, Estudiantes, Soldados, Empleados, etcétera. Sexta paga: a los Niños desde su nacimiento hasta los doce años y a los Presos condenados por homicidio. Los condenados por homicidio trabajarán diez horas al día, las restantes condenas se pagarán con dinero, así que trabajarán en libertad durante ocho horas al día, hasta que hayan terminado de pagar la condena; todos podrán disfrutar de la reducción por buena conducta, y los que estén en libertad trabajarán un máximo de cinco horas de las 24 de la jornada.
4. A los parados se les pagará la jornada como si trabajaran.
5. A los jubilados por ancianidad, los infortunados y los enfermos, se les pagará la jornada como cuando trabajaban, además de todas las curas, medicinas y alojamiento gratis.
6. Pueden llevar el uniforme todos los jóvenes de cualquier talla y sexo, con tal de que no hayan sido condenados por homicidio.
7. Siempre que sea posible, en cada lugar de trabajo habrá aire acondicionado, muebles siempre nuevos, máxima limpieza, etcétera.
8. Todos después de su vigésimo primer año de edad tendrán derecho a un alojamiento nuevo gratuito, en el país donde les permita la residencia su profesión.
9. Todos hablaremos una misma lengua, y se castigará con multa hablar en dialecto.
10. Mi nuevo sistema dé automóviles, etcétera, nos permitirá evitar el 90 por ciento de todos los accidentes.
11. Nadie seguirá pagando impuestos porque todo dependerá de la primera Dirección Mundial.
12. El desierto podrá ser habitado y cultivado. (Una sencilla idea mía nos permitirá evitar las discordias entre el Norte y el Sur de cada Nación.)
13. Se admite el divorcio, por lo que resulta mucho mejor dejar de casarse.
14. Haré apagar cuanto antes los volcanes porque aparte del peligro queman una cantidad de subsuelo muy útil para la evolución de hoy y tal vez la de mañana.
15. Será muy probable que consiga sacar el agua del mar dejando la necesaria para la irrigación, porque amenaza un gran peligro para el planeta Terrestre, ejemplo: si alguien instala en el mar unas gigantescas batidoras, moriremos todos en menos de lo que canta un gallo.
16. Prometo la inmortalidad con noventa probabilidades sobre cien de éxito, y por tanto: un joven puede seguir siendo joven y un viejo puede volverse joven.
17. Quienquiera que esté de acuerdo con estas leyes, haga algo por ayudarme de la manera que pueda, en el campo financiero, enviando una aportación a esta dirección: Aprile Armando — en casa de Giglio (243) St. Nicholas Av. Brooklyn N. Y. (11237) América. Ayudándome a esparcir por el Mundo en el mayor número de lenguas posibles este mensaje e impidiendo al mismo tiempo que nuestros enemigos hagan circular leyes falsas.
18. Mis señas de identidad son: altura 1, 54 m, sin zapatos ni sombrero, delgado, moreno, rojizo de piel, cicatriz en la parte derecha del tórax, un labanillo junto a la oreja derecha, la cara dividida en dos mitades por una señal natural casi invisible, apellido y nombre: Aprile Armando nacido el 29-12-1940.

martes, agosto 23, 2011

Presentación Trampa de luz de Matías Capelli


lunes, agosto 22, 2011

Presentación Pequeño mundo ilustrado de María Negroni


sábado, agosto 20, 2011

Procedimientos (Juan Martini)

Aparte de sus novelas (de El agua en los pulmones a El cerco), Juan Martini escribió, allá por mediados de los 70, un puñado de relatos inscriptos en el policial negro que parecían anunciar el huevo de la serpiente que estaba quebrando su cáscara. Entre ellos, está "Procedimientos", un cuento que forma parte de La brigada celeste, libro que permaneció inédito hasta 1983. Con un estilo seco, violento y vertiginoso, Martini escribe un buen relato, como para reafirmar que puede existir el policial negro en Argentina.

Procedimientos (Juan Martini)

El piso de madera estaba mojado y olía a detergente. En las paredes, sin embargo, se notaban manchas de sangre. Cuando lo empujaron hacia el centro de la pieza, alcanzó a ver al tipo que encendía el reflector: giró la cabeza para mirarlo y la luz, de pronto, le dio en los ojos. Bajó la cabeza y se quedó quieto, con los brazos a los lados del cuerpo, espiando la puerta. Entonces apareció el otro y llamó desde la sombra al del reflector:
—Mono, vení.
El Mono se acercó y escuchó lo que el otro decía en voz baja. Era alto, encorvado y de brazos largos.
—Bueno —dijo.
Avanzó hasta penetrar en el círculo de luz. Tenía la piel aceitosa, un bigote renegrido cayendo sobre los labios y una mata de pelo rebelde aplastada con gomina. El otro permanecía atrás, en la sombra, y era imposible distinguir su cara: sólo la forma del cuerpo, más bajo y más gordo que el Mono.
—Desnudate —dijo el Mono.
El hombre levantó la cabeza, asustado.
—¿Para qué?
—Desnudate, te digo.
Los ojos del hombre, incrédulos, se dirigieron a la oscuridad buscando al otro.
—¿Por qué me hacen esto?
—Obedecé —dijo el Mono entre dientes, y descargó la culata de una escopeta contra el pecho del hombre.
Se fue de espaldas y se golpeó la nuca contra la pared. Enseguida el Mono estuvo a su lado, lo agarró del pelo y le sacudió la cabeza.
—Haceme caso, carajo.

viernes, agosto 19, 2011

Voces del pasado



Radiografías de la historia, voces del pasado entre las que podemos hallar los barrocos poemas de Perlongher, los terroríficos cuentos narrados por Laiseca, discursos políticos antológicos o las coplas de ciertos payadores. Hay mucho más, no sólo de Argentina. Un sitio fantástico.

jueves, agosto 18, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XII)

ANTOINE AMEDEE BELOUIN

En 1897 Antoine Amédée Bélouin redactó el Proyecto Bélouin, destinado a revolucionar la forma de las comunicaciones en el inminente siglo XX. El Proyector Bélouin preveía una nueva y ubicua red de transportes subacuáticos. Esencial y genialmente, se trataba de un tren submarino; como era de prever, su objetivo era casi únicamente el de aumentar de manera desmedida las riquezas y la gloria de Francia, conocida canalizadora e intermediaria de océanos y de mares incompatibles, laureada constructora de canales.
Lo contrario de un canal es realmente un túnel, como el que ya en aquella época unía —o casi— Francia con Inglaterra; de modo mucho más económico, Bélouin había concebido raíles, cuidadosamente tendidos sobre el fondo marino, y un tren que corría —o resbalaba, o navegaba— encima, sin paradas por supuesto, ni siquiera para aprovisionarse de agua. Operación ésta que en el fondo del mar parecía, incluso ante los ojos posibilistas del entusiasta inventor, como paradójicamente problemática.
Ningún lugar más idóneo que el Báltico para tan veloz red de comunicación; de no ser porque el Báltico aún no pertenecía —o ya no pertenecía— a Francia, aunque una fuerte dinastía de una de sus orillas llevase el nombre de Bernardotte, y otra, si bien por breve tiempo, hubiese llevado el de Valois. Bélouin daba por supuesto, sin embargo, que al prestigioso Gobierno francés no podía resultarle excesivamente difícil obtener una especie de derecho de prelación y de protección sobre el inútil fondo de aquellos mares,, por otra parte feos, neblinosos, fríos y en cierto modo aún por colonizar.
Una vía férrea submarina de Petroburgo a Kiel, otra de Dantzig a Estocolmo, y ya estaba hecha la cruz de Lorena, a título de reconfirmación de la hasta demasiado confirmada capacidad de expansión del genio francés. Pero éste era el aspecto a largo plazo del Proyecto; respecto al futuro inmediato, se imponían desde entonces con el carisma de la inevitabilidad los trazados Calais-Do-ver, Le Havre-Southampton, y bajando al Mediterráneo el abanico Marsella-Barcelona, Marsella-Argel y Marsella-Genova, además de una eventual línea de deporte o caza mayor Bastia-Civitavecchia (Réseau Bélouin: Premier Projet de Chemin de Fer sous la Mer, Antoine Amédée Bélouin, Limoges, 1897).
En su manual de vías férreas sumergidas, Bélouin admite con tanta claridad como generosidad su absoluta incompetencia técnico-científica en los diferentes sectores de problemas planteados por su proyecto (en realidad, era profesor de latín y griego en un instituto de provincias), pero no tiene la menor duda de que, confiados a los expertos, la mayor parte de dichos problemas se resolverán, por decirlo de algún modo, por sí solos: «El progreso de la ciencia moderna», manifiesta, «ha sido tan vertiginoso en estos últimos años, que si bien por una parte ya no existe un Cicerón capaz de abarcar por su cuenta el entero acervo de conocimientos, por otra se puede decir perfectamente que no queda distante la hora en que, gracias al esfuerzo conjunto de los bravos científicos (preux savants) de hoy, todos los problemas pasados y presentes del hombre quedarán resueltos, lo que nos allanará el camino para plantear, exponer y arreglar los problemas del futuro».
La alusión a Cicerón en este contexto no hace más que aumentar la originalidad del autor del proyecto, el cual, poco propenso a la puntillosidad técnica de su coetáneo inventor de fábulas Julio Verne, delega prudentemente a los expertos la tarea de resolver, entre tantas otras, las siguientes cuestiones: espesor de las paredes acorazadas de los vagones estancos, sometidos a las notables presiones de los fondos marinos; presión interior del aire en dichos vagones; regular funcionamiento de una locomotora de vapor en el fondo del océano; iluminación (con los medios de 1897); colocación de las vías sobre el limo marino; trabajos de nivelamiento, puentes sobre los abismos y trabajos análogos, declives escarpadísimos de las líneas costeras; paso de los vehículos de la zona seca a la húmeda y viceversa; indicación de peligros; salvamento en caso de accidentes de mayor o menor relevancia; resistencia del agua al movimiento; corrientes; emergencias de carácter técnico, como por ejemplo agotamiento del carbón; comunicación entre un vagón y otro, etc.
En cambio, Bélouin describe minuciosamente los asientos, los retretes, las dobles ventanas de los vagones; los cuales serán construidos en forma de obús, más por motivos balísticos que hidrodinámicos. Describe el servicio de vigilancia, buenas costumbres y moral, tanto dentro del convoy como en la aduana de salida y de llegada; la calefacción, mediante dobles paneles de cobre rellenados de bolas de antracita encendidas en el momento de la partida; el espolón de la locomotora, que tendrá forma de tiburón o más exactamente de pez espada (narval). Prevé un vagón más blindado que los demás, defendido con abundantes carabinas, para el transporte de piedras preciosas, lingotes de oro y documentos de Estado; prevé compartimentos especiales para el transporte de cadáveres, y otros para religiosos. Y para terminar prevé, como consecuencia indirecta de estos cosmopolitas contactos submarinos, una mayor hermandad entre las naciones, bajo el signo luminoso e inagotable del ingenio francés.

miércoles, agosto 17, 2011

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sábado, agosto 13, 2011

Chisme 32 (Edgardo Cozarinsky)

A fines de los años 40, antes de distanciarse definitivamente, Leopoldo Torre Nilson y Ernesto Sabato compartían un "bulín". Poco después de conocer a Leopoldo, Beatriz Guido quiso saber con quién visitaba el escritor ese departamento. Una tarde en que Sabato lo había reservado para una hora posterior al paso de ella y de Leopoldo, Beatriz se instaló en un café, enfrente, y montó guardia. Vio llegar a Sabato, solo, con libros en la mano; ninguna mujer entró después; media hora más tarde lo vio salir, siempre solo, siempre con libros en la mano. Incapaz de resistir a la curiosidad, Beatriz cruzó la calle, subió, abrió sigilosamente la puerta con su llave, dispuesta a deshacerse en disculpas vehementes ante alguna desconocida, acaso ante una amiga. Pero el departamento estaba vacío y la cama, que ella y Leopoldo habían dejado tendida con sábanas recién cambiadas, estaba minuciosamente deshecha.

Fuente: oral, Beatriz Guido, Buenos Aires, c. 1964.

Cozarinsky, Edgardo (2005): Museo del chisme, Buenos Aires, Emecé, p. 91.

viernes, agosto 12, 2011

Miedo (sobre Relatos de un bebedor de éter de Jean Lorrain)


La mayor debilidad de las películas de Saw (El juego del miedo) es que no producen miedo. Es decir, sí, hay escenas impactantes con juegos perversos que llevan a sus desafortunados jugadores a límites intransferibles de dolor pero no es miedo lo que generan esas escenas, es otra cosa, llamémosle asco, por ponerle un nombre. Saw tiene un problema: quiere jugar en el extremo del género de terror pero se pasa para otro terreno, uno en el que se explora la tortura y el dolor, pero no lo inquietante, lo sugestivo, lo que horroriza.
Este año, los muchachos de Caja Negra han editado Relatos de un bebedor de éter de Jean Lorrain y es en sus páginas, en ese puñado de cuentos, donde podemos reencontrarnos con el terror. Lo que los efectos especiales de Saw no pueden generar (insisto: estas películas no generan terror, generan asco, impresión), lo pudo hacer en el siglo XIX, un escritor francés, decadentista, toxicómano.
Y es que en los relatos que recupera este libro las alucinaciones que los personajes viven por la ingestión de éter son espeluznantes. Lorrain es un maestro de la sugestión, así lo demuestra un relato como "Reclamación póstuma", en el que un pie visto debajo de una cortina, en una habitación vacía y silenciosa, logra ser el elemento aterrador, aquel que desencadena la desazón del protagonista y el miedo. En este relato, aparecen los dos o tres procedimientos que usará Lorrain en sus cuentos para lograr el efecto buscado: en primer lugar, el ambiente cerrado y solitario, recargado de objetos, en el que el protagonista se encuentra con sus propias alucinaciones, con sus propios fantasmas (véase, por ejemplo, "La casa siniestra": brujería y ruidos detrás de las ventanas); por otro lado, el narrador en primera persona, en cuyas palabras sentimos la impresión que causan las apariciones y las visiones, una voz de la que es difícil despegarse y que produce en el lector la empatía necesaria para transmitirle la turbación y la conmoción (léase, por ejemplo, "Los orificios de la máscara": carnaval y espectros); y por último, el detallismo de la prosa de Lorrain cuando se trata de describir las apariciones, un nivel de detalle que nos vuelve real lo que, tal vez, fuera imaginario (degústese "La habitación cerrada": un invitado y un voz nocturna). El primer procedimiento logra la atmósfera, fatalmente necesaria en el género de terror; el segundo, la transmisión de sensaciones y de ambigüedad ante lo que ocurre (¿esto no es real? ¿es sólo fruto del éter? ¿el sueño de la razón produce monstruos?); y el tercero, le da verosimilitud y contundencia a las apariciones (están ahí, pueden parecer irreales, pero están ahí y vienen por mí).
A la par de los relatos de fantástico y terror, este hermoso libro (en su confección, en su contenido) recopila dos o tres relatos que rompen con lo clásico dentro del género y se desbordan hacia otros límites. Es el caso, por ejemplo, de "El poseído", un relato en el que el discurso paranoico cubre la percepción de la sociedad y los hombres y mujeres se van animalizando (uno de los cuentos que más disfrute; cuando lo leía, no podía evitar pensar en Cortázar y su bestiario). Pero también es el caso, por poner otro ejemplo, del relato más melancólico del libro, el último, "Oración fúnebre".
Cierro: leer Relatos de un bebedor de éter de Jean Lorrain me produjo lo que no me producen las películas de Saw, es decir, incomodidad, miedo. Un miedo clásico, tal vez lejos de Lovecraft, cerca de Bierce, pero un miedo al fin, de esos que te hacen escuchar atentamente los golpes del viento en la persiana, ese pliegue extraño en la cortina, ese rostro de un paseante que parece una máscara vacía.

jueves, agosto 11, 2011

Voy


sábado, agosto 06, 2011

Masí

martes, agosto 02, 2011

Presentación Cine. III. La inmortalidad de Juan Martini

lunes, agosto 01, 2011

La sinagoga de los iconoclastas (J. R. Wilcock) (XI)

CARLO OLGIATI

En 1931, cuando estaba a punto de alcanzar los ochenta años, Carlo Olgiati de Abbiategrasso dio finalmente a la imprenta su obra fundamental en tres volúmenes El metabolismo histórico (Il metabolismo storico), única producción de la editorial «La Redentina» de Novara, que no era otra cosa que la fábrica de golosinas propiedad del mismo autor.
Este notable ejemplo de la actualmente casi extinguida vivacidad intelectual lombarda, tuvo una pobre vida, por no decir que no tuvo vida alguna: secuestrado inmediatamente por las autoridades fascistas, no conoció mejor fortuna en los años sucesivos, de modo que hoy sólo quedan del conjunto de la edición una docena de ejemplares, casi todos ellos incompletos y en manos de particulares. Uno de los ejemplares completos se encuentra desde 1956 en las ordenadas estanterías de la Duke University, en Carolina del Norte; de este casi incunable ha sido extraída en 1958 una edición reducida en copia fotostática, única fuente accesible de los intermitentes accesos de atención que todavía suscita el nombre de Olgiati, cuarenta años después de su desaparición.
El Maestro había dedicado más de veinte años a la elaboración de su teoría socio-biológico-económica. Una primera versión senil, cualquier cosa menos exhaustiva, titulada La lucha de los grupos en la fauna y en la flora (La lotta dei gruppi nella fauna e nella flore) y publicada en 1917, o sea en plena guerra, tuvo todavía menos éxito del que más adelante correspondería a la versión definitiva; fue incluso el propio autor quien la retiró de las librerías de Milán, Novara, Alessandria y Casalmonferrato, descontento tal vez de su incompletud, disgustado tal vez por el hecho de que ningún diario, ni revista, ni publicación de otro tipo le hubieran dedicado una sola reseña.
Ultimo entre los grandes constructores de sistemas, Olgiati era también conocido como propietario de una fábrica de galletas, especialidad local de Cuggiono, distrito de Abbiategrasso, llamadas «Prusianas»; por motivos totalmente ajenos a la filosofía se había visto obligado a cerrar la fábrica, en la orilla del Ticino pero al borde de la quiebra, un año después de la entrada de Italia en guerra. El establecimiento sólo consiguió abrir de nuevo sus puertas en 1919; las galletas, aun siendo siempre las mismas, se vendían ahora con el más grato nombre de «Redentinas». Entretanto, Olgiati había modificado en parte su concepción de la historia; a esta visión más coherente dedicaría más adelante los largos años de relativa paz e indiscutible miseria que siguieron.
 

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